22
Con
las horas restantes para que anochezca, me dispongo a recoger rocas y todo tipo
de cosas para camuflar la entrada a la cueva. Es una tarea realmente fastidiosa
pero, la recompensa luego de mover y cambiar objetos de su sitio, es grandiosa.
Ahora, la cueva ha dado un paso a verse como forma de una pila de rocas de
mayor tamaño, como muchas de la que tenemos cerca. Aun puedo llegar hasta Peeta
a través de un pequeño agujero, que no se ve desde el exterior. Es excelente,
porque esta noche volveremos a estar en el mismo saco de dormir, además, de no
regresar del banquete, el chico rubio estará bien escondido, pero no aislado
del todo de los otros tributos. Del mismo modo, dudo mucho aguantar mucho sin
medicamentos. Si muero en el banquete, el Distrito 12 se quedara sin vencedor
este año. Sé que no debo de pensar de esa manera, menos sabiendo las promesas
que llevo acuesta en mi espalda, pero igualmente tengo presente quienes son mis
posibles contrincantes, y ellos, no me la colocaran muy fácil llegado el
momento.
Me
como una buena cena de peces que he cogido en el arroyo, lleno todos los
contenedores de agua y la purifico, y limpio mis armas. Solo me quedan nueve
flechas. No le dejo el cuchillo a Peeta, sé que su última defensa es el
camuflaje, por lo tanto me es de más utilidad a mí que a él. Estoy segura de
algunas cosas, por ejemplo: Cato, Clove y Thresh, estarán cerca cuando empiece
el banquete. De la Comadreja, no tengo idea, ha dejado claro que no quiere
atacar a nadie, para ella, su opción más oportuna ha sido el de huir. Su
estrategia, en un 95% de las probabilidades, será de mantenerse lo más cerca de
la Cornucopia y ver que puede rapiñar sin salir herida. Claro, de los otros
tres si debo de estar atenta, la habilidad de este cuerpo que he adoptado como
mío, es de cazar en largo alcance. Solo debo de emplearlo al máximo, derribar a
cuanto contrincante se meta en mi camino y tratar de sujetar la mochila con el
número 12, como dijo Claudius Templesmith.
Me
arrastro hasta el interior de la cueva, me coloco los lentes de visión nocturna
y me acurruco al lado de Peeta. Esta noche hace mucho frío, pero demasiado
frío, tanto que me recuerda al clima invernal de las montañas de mi hermosa
ciudad, está claro que el objetivo de los Vigilantes será congelarnos vivos. Me
introduzco dentro del saco con Peeta e intento sacarle provecho a la
temperatura alta producida por la fiebre. De cierto modo, resulta extraño que
tengas a alguien al lado en forma presente, pero de la misma manera lejos. Es
decir, este chico podría encontrarse en el Capitolio, el Saturno, Venus,
Júpiter o, en la misma luna. Concluyendo en mi posición, mas sola que las
madrugadas y con un sentimiento extraño carcomiendo mi pecho. Está claro, hoy
no va hacer una buena noche.
Aunque
sé que es malo hacerlo termino pensando en casa, mi verdadera casa, la fría
ciudad de Mérida. Desconozco si el tiempo ha avanzado o se ha detenido, si mamá
perdió los estribos por no conseguirme en cama, si ha llamado a todo la familia
por mi desaparición o simplemente está muriéndose del dolor. En un caso
hipotético, estoy segura que ella jamás permitiría ocurrir tal cosa, lo de
enviar a sus hijos a los Juegos del Hambre solo porque el estado lo ha querido
de esa manera; en su lugar hubiera luchado con uñas y dientes antes de dejar
que me coloquen una mano encima. A pesar de todas las circunstancias vividas,
los errores y las meteduras de pata, mamá lo logrado sacarme adelante junto a
Will. Oh, casi se me olvidaba la existencia de mi fastidioso hermano mayor.
Creo que observar todo lo que hago para mantenerme con vida, soltaría una
risotada al aire y dictaminaría pedir un deseo, es predecible, ya que tengo de
romántica, lo que una mariposa tiene de mamífero. Hasta cierto punto me enoja,
porque puede que no tenga lo suficiente para asemejarme a una chica normal de
mi edad, pero esto me ha servido para tener al chico del pan y a mi aun
respirando. Por lo tanto, Will deberá comerse sus palabras. Ahora precisamente
me cuestionó, cuál de los dos es menos pedante en ese sentido.
Luego
esta Andree, mi prima. De ella si no puedo decir nada, obviamente no es lo
mismo que el desespero de estar viviendo Prim y su madre, las cuales igualmente
debería de acordarme, pero seguramente mi primita poseería unos ojos compasivos
a toda esta ola de maldad, le afectaría.
Dándole
un paso de página, miro a través de una grieta en las rocas la luna avanzar por
el cielo. Al calcular Katniss tres horas para el alba, empiezo a prepararme. Le
dejo a Peeta el agua y el botiquín de primeros auxilios, sabiendo a tientas que
de no sobrevivir, estas cosas le serán innecesarias. Luego le quito la chaqueta
y la pongo sobre la mia, de no hacerlo, probablemente se asara durante el día,
además, con el saco de dormir sumándole la fiebre le es más que suficiente.
Tengo las manos congeladas del frío, por lo que se me ocurre coger las medias
de recambio de Rue, abrirle dos huecos y ponérmelas, lo que hace mejorar un
poco. Acto seguido, en su pequeña mochila la lleno de comida, vendas y agua, me
meto el cuchillo en el cinturón, y agarro el arco con las flechas. Antes de
irme, me devuelvo hasta Peeta para darle un largo beso en los labios seguido de
una caricia en el rostro, debo seguir manteniendo la rutina de los trágicos
amantes, sería una estupidez no hacerlo. Aunque claro, el imaginarme a medio
Capitolio chillar de la tristeza no me es raro, creo que rodearía los ojos del
asco. Restándole importancia, me meto por la abertura de las rocas y salgo al
bosque.
Me
muevo todo lo rápido que me atrevo. Los lentes de visión nocturna son
increíbles, aunque sigo sintiéndome rara sin poder escuchar sin el oido
izquierdo. Seguramente me he reventado el tímpano, la fuerza de la explosión
debió de hacerlo, me alivia un poco que ha sido eso el perjudicado y no mi
vida. « Da igual » cataloga Katniss, restándole importancia « cuando volvamos
al 12, seremos tan asquerosamente ricas que podremos pagar a alguien para que
escuche por nosotras » muerdo mis labios para no dejar escapar ningún sonido de
risa, que lo diga ella siendo la dueña del cuerpo es hilarante, pensé que diría
otra cosa. No lo sé, como pagar una operación de reconstrucción de tímpano o
algo parecido, al parecer, la he subestimado.
No
intento nada peligroso durante mi recorrido, como escoger una nueva ruta, sino
que vuelvo al arroyo y sigo el mismo recorrido de vuelta al escondite de Rue,
cerca del lago. Por donde voy no existe ni rastro de los otros tributos, ni una
nube de vaho, ni una rama moviéndose. O soy la primera o los otros se buscaron
un sitio ayer por la noche. Cuando me meto en la maleza para esperar a la
lluvia de sangre, todavía queda más de una hora, quizá dos, para que amanezca.
Mientras espero, me meto un puñado de hojas de menta en el estómago, esté no
parece quejarse, creo que está cerrado hasta que la tensión disminuya. El cielo
adquiere un tono de mañana gris brumosa y sigue sin haber rastro de los demás.
No debe de sorprenderme esto, todos aquí han destacado por ser superior a los
demás; su fuerza, astucia o capacidad rápida para matar. ¿Creerán que llevo a
Peeta conmigo? Al menos la Comadreja y Thersh si, lo que me viene bien, porque
seguramente pensaran que me cubre mientras voy por la mochila.
Pero,
a todo esto, ¿dónde lo han puesto? El estadio está lo suficiente iluminado para
quitarme los lentes. Los pájaros han comenzado a cantar, ¿ya no es la hora? Sí,
sí que lo es pero todo sigue estando en completa calma. Me inquieta, porque sé
muy bien por experiencia vividas en este mundo, que luego de una paz artificial
como la experimentada en estos minutos, le sigue un acontecimiento
catastrófico.
Al
dar el primer rayo de sol contra la Cornucopia de oro, noto movimiento en el
llano. El suelo delante de la boca del cuerno se divide en dos y surge una meza
redonda con un mantel blanco como la nieve. En la mesa hay cuatro mochilas, dos
negras grandes con los números 2 y 11, una mediaba verde con el número 5, y una
diminuta naranja que debe de tener un 12. A los pocos minutos de acomodarse la
mesa, una figura sale corriendo de la Cornucopia, agarra la mochila verde y
sale corriendo a toda prisa. ¡La Comadreja! ¡Se trata de ella! ¿Quién si no?
Solo alguien tan aventado como es, se le ocurrirían una idea tan arriesgada y
genial como esa. Maldición, me enoja mucho que no se me ocurrió antes tal idea,
por supuesto, nadie se le ocurrirá ir tras ella, menos estando las demás
mochilas sobre el mesón. Lo ha hecho a posta, demonios que sí, porque ya
teniendo su mochila a la mano, los demás no tendrán motivos para ir contra
ella. Menos yo junto a mi arco y flechas, viéndola alejarse del todo del
panorama mientras experimento toda clase de sentimientos contradictorios, desde
el enojó, rabia hasta la impotencia y envidia. Estoy temiendo de los demás,
pero he dejado de la lado lo importante: la Comadreja, puede ser mi verdadera contrincante.
Bueno,
no puedo perder más el tiempo, es a juro que debo de ser la siguiente. De
llegar alguien a la mesa antes que yo, no le costaría agarrar mi paquete y
largarse sin dejar estela. Sin pensármelo dos veces, salgo disparada hacia la
mesa y noto el peligro a antes de verlo. Por suerte, el primer cuchillo se
dirige a mi lado derecho, así que soy capaz de esquivarlo con el arco. Me
vuelvo, tenso la cuerda y lanzo una flecha directo al corazón de Clove. Ella se
vuelve lo justo para evitar el blanco mortal, pero la punta le agujera el
antebrazo izquierdo. Me es una pena que no sea zurda, pero me basta para
frenarla unos cuantos segundos, porque tiene que sacarse la flecha del brazo y
examinar si es grave la herida. Por ni parte, no me freno, desconozco si es la
habilidad del cuerpo de Katniss, pero sin titubear coloco otra flecha en el
arco tensándola.
Ya
he llegado a mesa, sujeto la mini mochila naranja, meto la mal entre las
correas y me la pongo en el brazo, es demasiado pequeña y desconozco otra parte
donde pueda colocarla. Voy a disparar nuevamente cuando el segundo cuchillo me
da en la frente. Me hace un corte encima de la cena derecha, me ciega un ojo y
me llena la boca de sangre. Me tambaleo y retroceso, pero aun así, consigo
lanzar la flecha que tengo preparada hacia mí atacante, más o menos. Al
lanzaros, no me lleno de expectativas buenas, no acertare y Clove aprovecha
para arrojarse encima de mí, sujetarme los hombros contra el suelo con las
rodillas.
Se
terminó, me digo, y por el bien de todo aquel que aprecie a la chica ruda,
espero que sea rápido.
Sin
embargo, ella quiere saborear el momento, incluso cree tener tiempo. Cato debe
de estar cerca, cuidándole las espaldas, esperando por Thresh, y un posible
Peeta.
—
¿Dónde está tu novio, Distrito 12? ¿Sigue vivo? — me pregunta.
—
¿Y tú qué crees? — le digo con burla, ella frunce el ceño visiblemente enojada.
— Si quieres, puedo llamarlo: Pe...
Antes
de terminar el nombre, Clove me da un puñetazo a la altura de la tráquea, lo
que sirve a la perfección para callarme. Sin embargo, mueve la cabeza de un
lado a otro, por lo que entiendo que, ha pensado por un instante el decirle la
verdad. Como no aparece Peeta para salvarme, se vuelve de nuevo hacia mí.
—
Mentirosa — dice, sonriendo — está casi muerto, Cato sabe bien dónde lo cortó.
Seguramente lo tienes atado a la rama de un árbol mientras intentas que no se
le pare el corazón. ¿Qué hay en es mini mochila tan linda? ¿La medicina para tu
chico amoroso? Qué pena que no la vaya a ver. — Clove se abre la chaqueta y veo
su arsenal, esta armada de un impresionante colección de cuchillos. Se toma el
momento apropiado para escoger uno, parece delicado y tiene una hoja curva. —
Le prometí a Carlos que, so me dejaba acabar contigo, le daría a la audiencia un
buen espectáculo. — ¿Ha si? Pues mira como me importa, no te daré el gusto de
verme acorralada. Ni en las últimas se las daré. — Oh, pero mira cuanta
determinación en una sola mirada. Da igual todo lo que hagas, Distrito 12,
terminaras igual que tu lamentable aliada..., ¿cómo es que era su nombre? ¿La
que iba saltando por los árboles? ¿Rue? Bueno, primero Rue, después tú y le
dejaremos a la naturaleza encargarse del chico amoroso. ¿Qué te parece? Bien,
¿por dónde empiezo?
Me
limpia con la manga de la chaqueta la sangre de la herida sin delicadeza
absoluta, observando mi cara durante un momento, moviéndola de un lado a otro
como si fuese un lienzo que debe de pintar, o quizás, un pedazo de madera que
tallará. Intento morderle la mano, pero ella me sujeta del pelo por la parte de
arriba de la cabeza y me pica a apoyarla en el suelo.
—
Creo... — Parece tan contenta, que solo le faltaría ronronear igual a un gato.
— Creo que empezaré con tu boca.
Aprieto
loa dientes mientras ella traza, burlona, el perfil de mis labios con la punta
del cuchillo.
De
ninguna manera cerraré los ojos, el comentario sobre Rue me ha puesto de malas,
lo bastante como para morir con la máxima dignidad posible. Mi último desafío
es mirarla todo el tiempo posible, no gritare, ni nada, no sé si regrese a mi
cuerpo o muera junto a Katniss, lo que se hace más probable, pero lo hare
invicta y a mi discreta manera.
—
Sí, creo que ya no te hacen mucha frase los labios. ¿Quieres enviarle un último
beso al chico amoroso? — me pregunta, reuniendo la sangre y saliva en la boca
relate escupo en toda su cara. Ella se pone roja de la rabia, mientras sonrió
socarronamente. — De acuerdo, vamos a empezar.
Estoy
lista, me digo, empecemos con el show más doloroso de la historia de mi vida,
aunque cuando siento el primer corte en el labio, una fueran terrible arranca a
Clove de mi cuerpo haciéndola gritar. Al comienzo, estoy muy confundida como
para prestar atención. ¿Peeta ha venido a salvarme de algún modo? ¿Los
Vigilantes lanzaron una especie de muto para aumentar la diversión? ¿O
modificaron el clima a ventarrones dinámicos? Entonces, apoyando mis
adormilados brazos para levantarme, es cuando caigo en cuenta no ser nada de
eso: Clove cuelga de los brazos de Thresh, a treinta centímetros del suelo.
Suelto una exclamación de asombro al verlo, erguido sobre mí, sosteniendo a
Clove como si fuese un insignificante saco de papas. Sé que era grande, pero
ahora es enorme, mucho más poderoso de lo que creía. Incluso, tiene más peso
estando en el estadio a comparación de antes. Le da vuelta a Clove y la tira al
suelo.
Cuando
grita, doy un respingo asustada, nunca lo oí alzar la voz, siempre hablaba
entre susurros.
—
¡¿Qué le has hecho a la niñita?! ¿La hasta matado?
Clove
retrocede a cuatro patas, como si fuese un animalejo desesperado, demasiado
atónita para llamar a Cato o acordarse de su presencia.
—
¡No! ¡No, no fui yo!
—
Has dicho su nombre, te he oído. ¿La has matado? — otra idea hace que le
refuerza la cara de la rabia. — ¿La cortaste en trocitos como ibas a cortar a
esta chica?
—
¡No! No, yo no... — Clove ve la piedra que tiene Thresh en la mano, tiene el
tamaño de una pequeña barra de pan, y pierde el control. — ¡Cato! — grita. —
¡Cato!
—
¡Clove! — oigo la respuesta de Cato, pero debe de estar muy lejos para poder
auxiliarla.
¿Pero
qué demonios puede estar haciendo? ¿Cazando a Peeta? ¿La Comadreja? ¿O a mí?
No, seguramente su objetivo es Thresh, pero se ha equivocado de lugar para
darle una emboscada.
Thresh
estampa con fuerza la roca en la sien de Clove, no sangraba, pero veo la marca
en el cráneo y sé que está perdida; sin embargo, le queda algo de vida, porque
veo como se le mueve el pecho rápidamente y suelta un gemido.
Cuando
Thresh se gira hacia mí con la piedra levantada, sé que no sirve de nada
correr; además, no tengo ninguna flecha preparada en el arco, puesto que la
última salió volando hacia alguna parte en dirección a Clove. Estoy atrapada,
muerta en manos de un chico que no solo me supera en fuerza, igualmente tamaño.
—
¿Qué quería decir? ¿Qué era eso de que Rue era tu aliada?
—
Yo... yo... nosotras hicimos un equipo. Volamos en pedazos las provisiones,
intente salvarla, realmente lo hice, pero el del 1... el chico del Distrito 1,
llego primero. — respondí.
Si
soy sincera con él contándole sobre mi travesía con Rue, puede no utilizar un
método doloroso y algo más rápido, al igual de menos doloroso.
—
¿Y lo mataste?
—
Si, si lo hice, y a ella la cubrí de flores. Y canté una canción como su última
voluntad, hasta que cerró los ojos.
Volver
a retomar esas memorias hacen llenar de lágrimas mis ojos; me duele pensar en
Rue, me duele la herida de mi cabeza, sin dejar la inquietud de mi destino y
los agonizantes sonidos de Clove a pequeños metros de mí.
—
¿Hasta qué cerro los ojos? — pregunta Thresh, con voz áspera.
—
Hasta que murió, cante para ella hasta que murió. El Distrito 11 me ha... me
envío pan. — levantó la mano, pero no para sujetar una flecha, sino para
limpiarme la nariz. — Ya está Thresh, hazlo de una manera que ni sienta. ¿De
acuerdo?
Hay
emociones contradictorias en el rostro de Thresh, llevándolo a bajar la piedra
y apuntarme con el dedo, como si me acusara.
—
Te dejo ir solo esta vez, por la niñita. Tú y yo estamos en paz. No nos debemos
nada, ¿entiendes?
Asiento,
debido a las explicaciones de Katniss y a la misma vida propia, entiendo lo de
odiar deberle algo a alguien. En resumidas cuentas, de ganar Thresh, se
enfrentara a un Distrito 11 que violo las reglas para agradecerme enviándome
pan, y él en estos instantes, vuelve hacerlo en dármelas a mi también. Por los
momentos, ha decidió formar una tregua y no aplastarme el cráneo.
—
¡Clove!
La
voz de Caro se escucha mucho más cerca, sé por el tono adolorido que tiene,
haber visto a la chica tirada en el suelo.
—
Será mejor que corras, chica de fuego. — dice Thresh.
Tampoco
me quedaré para que me lo digan nuevamente, por lo que le doy la espalda y
corro todo lo lejos posible, de Thresh, de Cato y una Clove al borde de
precipicio de la vida. No me doy la vuelta, no quiero realmente hacerlo, temo
que la paz temporal de Thresh y yo acabe de la misma manera en que se hizo,
pero si logro divisar a lo lejos el sujetar ambas mochilas y desaparecer en
aquella área terrorífica de todo el estadio. Cato seguramente volverá hacer una
de sus rabietas, como gritar blasfemias al cielo, pegarle puñetazos al suelo o
simplemente mirar como la vida de su compañera se le va de las manos; da igual,
no creo que sea del tipo sentimental, menos cuando se trata de una chica. Me
método entre los árboles, limpiándome sin pagar la sangre que me tapa el ojo,
huyendo como la criatura salvaje que me he convertido y herida que soy. Al cabo
de unos minutos, oigo el cañonazo y sé que Clove ha muerto, por lo tanto, Cato
ira detrás de la estela de Thresh. Sé que no debo de estar asustada, que va es
a cazar a Thresh y no a mí, pero mi cabeza atolondrada no puede medir las
consecuencias de los actos de los demás y solo a punta a sobrevivir.
De
todas maneras, no freno hasta llegar al agua, me método dentro con las botad
puestas y avanzo arroyo abajo. Me quito las medias de Rue que usaba como
guantes y me los pongo en la frente para intentar parar el fluido de la sangre,
pero a los pocos minutos, lo tengo empapados. No tengo ni la mínima idea, pero
consigo llegar a la cueva. Me meto entre las rocas y, a la escasa luz, me quito
la mini mochila naranja del brazo, corto el cierre y tiro el contenido al
suelo: una caja delgada con una alguna hipodérmica. Sin darle muchas vueltas,
meto la aguja en el brazo de Peeta y la presiono poco a poco.
Me
lleva las manos a la cabeza y las dejo caer sobre el regazo, resbaladizas por
la sangre.
Todo
empieza a darme vueltas dándome señales de estar mareada, tampoco tengo más
fuerzas para resistir, la acumulación de todo lo ocurrido de explota en la cara
sin contemplación. Por lo que deslizándome lentamente al suelo, pierdo el
conocimiento no sin antes darle un último vistazo al chico del pan, pensando
que nada de esto ha sido en vano y vamos a salir de está juntos.
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