8
Paso la noche llena de sueños espeluznantes, donde la cara de
la chica pelirroja se convierte en un horrible monstruo que me persigue en
medio del bosque, tiene unas filosas garras, colmillos y cuernos que se
asemejan a un venado. Jadeando, sobrepasó un canto rodado y lucho porque su
aliento putrefacto no choque sobre mi cuello, pero me es muy difícil, más si
voy corriendo descalza, en pijama y en mi cuerpo original. De pronto, el largo
cabello, del cual estoy orgullosa, me es un total estorbo en mi travesía por el
bosque, se me pega a la cara y en otras oportunidades, me cubre los ojos. Es en
el instante que el aliento del monstruo esta en mi nuca, que aparece Katniss a
lo lejos en un árbol, inclinada sobre una rama, pidiéndome correr más rápido en
tanto me extiende una mano. Haciéndole caso, aceleró mis pobres lastimados y
mallugados pies entre la maleza, alzando la voz a todo pulmón hacia Katniss
para que me ayude, ella frunciendo el ceño, sujeta mi mano con fuerza jalándome
para poder sumirme el árbol, pero no puede. La bestia con cuerno logra
alcanzarme saltando bajo mis pies, intentando morderme para arrancarme una
pierna, tengo miedo, por lo que me tambaleo de un lado a otro impidiéndole su
hazaña. Katniss ya no puede más, noto por el sudor de su frente que peso mucho
para ella, que no puede ayudarme, por lo tanto, me soltara un cualquier
instante. Empiezo a lloriquear, no quiero morir, es decir, nadie desea hacerlo,
pero comprendo si me suelta, no la culparé.
Es en ese instante que todo para mi ocurre en cámara lenta,
Katniss en un impulso increíble, me eleva hasta el punto que caigo como un gato
sobre la rama, pero en consecuencia, ella resbala y cayendo al suelo donde el
monstruo de la chica pelirroja la espera. Antes de poder hacer algo, extiendo mi
mano gritando su nombre y es cuando me despierto jadeando, sudando a chorros y
con el corazón martillando constantemente sobre mi pecho. El alba empieza a
entrar por las ventanas, y el Capitolio tiene un aire brumoso y encantador. Me
duele la cabeza y me parece que me he mordido el interior de la mejilla por la
noche; lo compruebo con la lengua y noto el sabor a sangre. Salgo de la cama
poco a poco, el cuerpo sigue agitado, las piernas vienen incluidas por lo que
me tomo mi tiempo para controlar mis emociones. Tomo una ducha, la cual debo
mencionar, ser la más agitada de todas, en parte tengo la culpa, nada sale bien
si presiono botones al azar: termine recibiendo chorros alternos de agua
helada, que odio y me pone a gritar, seguidamente de agua abrazadora. Acto
seguido, una avalancha de espuma olor a limón que dé deja igual a un muñeco de
nieve, dejándome con la única opción de sacármelas con una esponja de cerdas
duras, tal parezco una pared que necesita ser pintada, pero antes, saquemos con
una espátula. « No puedes quejarte » me dice con voz monótona Katniss, casi y
parece aburrida « te han puesto la circulación en marcha ». No pues, que
hermosa manera de despertar la mañana.
Después de secarme e hidratarme la piel, consigo un conjunto
que me han dejado frente del armario: pantalones negros ajustados, una túnica
de manga larga color burdeos y zapatos de cuero. Me recojo el pelo en una trenza,
como desearía hacerlo Katniss normalmente. En general, tengo el mismo aspecto
antes de la cosecha, como si fuese a prepararme para ir al bosque, y, de alguna
manera, me relaja. Ya no tengo que fingir algo que no soy, bueno, al menos,
algo que no es Katniss. Haymitch no nos ha dado una hora exacta para desayunar
y nadie viene por mí, pero tengo mucha hambre, por lo que me dirijo al comedor
esperando toparme con un banquete. Lo que encuentro, no es lo que esperaba,
pero estoy satisfecha. La mesa principal está vacía, aun así una larga mesa
lateral hay al menos vente platos. Un joven avox, espera instrucciones junto al
banquete, cuando le pregunto si puedo servirme yo misma, asiente. Me preparo un
plato lleno de huevos, beicon, pasteles cubiertos de un glasé de naranja y unas
fresas bañadas con crema chantilly y chocolate. Mientras como con mucho gusto,
observo la salida del sol sobre el Capitolio. Me sirvo un segundo plato lleno
de cereales calientes cubiertos de estofado de ternera. Y finalmente, como nadie
esta propiamente, observando, cojo una taza de chocolate caliente y otra de
café mezclándolos entre sí, mientras como unos bollos de pan y me siento en la
mesa.
Al darle un trago a la bebida combinada, vuelvo a la vida,
muchos de mis conocidos en mi mundo me tacha de rara por hacer semejante cosa,
no al menos de la manera apropiada. Pero no les prestó atención, alguien muy
importante para mí me la ha enseñado, aunque desde hace mucho tiempo perdimos
el contacto, y, posiblemente, se haya olvidado de mí, lo mantengo firmemente en
mis memorias preciadas. ¿Qué pensaría ante mi suerte? Seguramente se reiría,
sostendría su panza señalándome por ser tan ingenua y confiada, aunque de la
misma manera, daría palmaditas en mi cabeza diciéndome hacer un buen trabajo,
me caracterizó por mi cara sin emoción, pero del mismo modo, mi buen corazón
dispuesta a ayudar quien lo necesite. Mi mente vuelve a la realidad al ver a
Haymitch y Peeta entrar al comedor, frunzo el ceño, esto de los "gemelos
fantásticos" debería acabar justo ahora, porque que el chico rubio tenga
un conjunto parecido al mío me molesta mucho. Sé que Haymitch ha dicho obedecer
a todo lo de lo que dicen los estilistas, y luego del debut de anoche, es
imposible dudar en ellos, pero Cinna debe de recordar que Peeta y yo no somos
un equipo, en realidad, seremos rivales a muerte, donde terminaremos cazando la
yugular del otro una vez lanzados al campo de batalla. Sin embargo, Cinna me
cae bien, es uno de los pocos en caer bien del Capitolio, por lo tanto, mantendré
mi boca cerrada.
El entrenamiento me pone nerviosa, lo pienso mientras los veo
llenar sus platos de comida, porque es allí donde las cosas se podrán más
crudas de lo que podrían ser. « Estaremos tres días en el entrenamiento de
tributos » me explica Katniss « la última tarde estaremos en una sesión privada
con los vigilantes, donde debemos demostrarle lo mejor que sepamos hacer ». No
lo sé, pero la idea de encontrarme cara a cara con los demás tributos me hiela
la sangre, tanto como parecerme más amargo que dulce mi mezcla especial de chocolate
con café, incluso, el bollo de pan en la mano ha dejado de verse apetitoso. Ya
no tengo hambre.
Después de comerse varios platos de estofado, Haymitch
suspira, satisfecho, saca una petanca del bolsillo, le da un buen trago y apoya
los codos en la mesa.
— Bueno, vayamos al asunto: el entrenamiento. En primer
lugar, si quieren, puedo entrenarlos por separado, decidan ahora.
— ¿Por qué deberías hacerlo? — pregunto.
— Supón que tienes una habilidad secreta que no quieres que
los conozca los demás.
— No tengo ninguna. — dice Peeta, luego mira hacia mi
dirección. — y yo sé cuál es la tuya, ¿no? Me he comida más de una de tus
ardillas.
Me quedo perpleja, nunca imagine que Peeta comiese de lo que
cazaba Katniss, es decir, en todo este tiempo de llevar en este mundo, pensé en
el panadero dándose el gusto de comerlas. Y me parece igualmente extraño, vive
en la ciudad, los de la ciudad poseen el lujo de comprar en la carnicería si lo
prefiere. Aunque, quizás, en algunas ocasiones desee algo de carne fresca.
— Puedes entrenarnos juntos. — le digo a Haymitch, Peeta
asiente.
— De acuerdo, pues díganme una idea de lo que pueden hacer.
— Yo no sé hacer nada — responde Peeta — a no ser que sea
referente al pan.
« ¿Habla en serio? » pregunta irónicamente en mi mente
Katniss, hasta parece indignada. « Lo he visto por el mercado alzar ciento de
kilos de harina sobre su cabeza, miente, él es fuerte. Y ni contar el año
pasado, donde quedo en segundo lugar en un campeonato de lucha detrás de su
hermano, ¿a qué juego ocultando esto? ». Quizás a hacerse el modesto, aunque no
viene al caso si nos encontramos en los Juegos del Hambre, puede realmente
querer hacerlo para que no nos enteremos, pero resulta que ya lo sabemos.
Bingo.
— Lo siento, pero no cuenta. Katniss, sé que eres buena con
el cuchillo.
— No del todo, pero se me da la caza. Con arco y flechas.
— ¿Y lo haces bien? — pregunta Hatmitch. Bueno, la pregunta
ofende un poco, porque luego de la muerte del padre de Katniss, la caza es la
que la mantuvo a ella y su familia vivas. Lo hace más que bien. « Pero no tan
excelente como mi padre » responde a mi argumento ella « al menos más que Gale
si lo hago bien. » el que se compare con su amigo me da mucha gracia, pero le
creo, ella debe de tener mejor puntería que él. « En su lugar, se le dan de
muerte las trampas. — Bueno, al menos me ha servido hasta ahora.
— Es excelente — dice Peeta, en mi parte, procuro no girar la
cabeza como si estuviera poseída o algo así. ¿Y esto...? ¿A qué viene? — Mi padre
le compra las ardillas y siempre comenta que la flecha nunca agujera el cuerpo,
siempre le da en un ojo. Igual a los conejos que le vende a la carnicería, y
hasta es capaz se cazar ciervos.
Oh, bien... eso no ha sido nada espeluznante, para nada lo ha
sido. « En realidad... » Susurra Katniss impresionada « me ha tomado
desprevenida, no sabía que supiera con exactitud todas mis habilidades » cosa,
que dejando las bromas irónicas a un lado, es bastante extraño. Es decir, ¿por
qué motivo el chico rubio saca todo eso a relucir sin más? ¡Debería de estar
diciendo lo suyo! No la de tu enemigo.
— ¿Qué estas pretendiendo hacer? — le preguntó, y por primera
vez, no estoy haciéndolo como Katniss Everdeen, sino como Heather Fausto.
— ¿Y qué haces tú? Si quieres que Haymitch te ayude, tiene
que saber de lo que eres capaz de hacer. No te subestimes.
¡¿Qué no me subestime?! Esto... esto es el colmo, que mi
enemigo, ¡por qué eso es lo que es! Me diga lo que debo de hacer, me molesta,
me molesta y mucho.
— Que irónico. — bufo con ironía, girando mi cabeza hacia los
dos y recordando lo mencionado por Katniss hace unos minutos. — Te he visto en
el mercado alzando sacos de harina de cuarenta y cinco kilos, no nos mientas, sí
que sabes hacer algo.
— Sí, seguro que el estadio estará lleno de sacos de harina
para que se los lance a la gente. No es como si a uno se le diera manejar bien
las armas, y lo sabes.
¿Eso ha sido sarcasmo? ¡¿Lo ha sido?! Este... ¡Este chico!
— Es bueno en la lucha libre. — lo señalo como si lo acusara,
mientras miro a Haymitch. — el año pasado, quedo en segundo lugar por debajo de
su hermano.
¡Toma! Lidia con esto ahora, chico del pan.
— ¿Y de qué sirve eso? ¿Cuantas veces has visto matar a
alguien así? — pregunta Peeta, disgusto.
¡Por lo más sagrado de mi mundo y este! ¿Por qué diablos es
tan terco? Hace parecer que es un idiota, un tarado completo. La manera de
verse a sí mismo me desespera, en realidad, me pone de un humor muy malo. Y detesto
a ese tipo de personas.
— Existe el combate cuerpo a cuerpo, Peeta. Y si tienes un
cuchillo, podrías manejarlo fácilmente teniendo el momento indicado. En cambio,
de mi parte, estaré muerte en menos de un segundo. — he subido el tono de mi
voz, es oficial, me he enojado de verdad.
— ¡Pero no lo harán! Estarás viviendo en lo alto de un árbol,
alimentándote de ardillas crudas y disparando flechas a la gente. ¿Sabes que
dijo mi madre cuando vino a despedirse, como si quisiera darme ánimos? Me dijo
que quizá el Distrito 12 tuviese por fin un ganador este año. Entonces me di
cuenta que no se refería a mí. ¡Se refería a ti! — estalla Peeta.
¿Y por qué demonio lo haría? Es la mujer que insulto a
Katniss en medio la lluvia cuando se moría de hambre, de hecho, ha llegado tan
lejos porque la ayudo él. Nadie más. Solo él. ¡¿Por qué demonios no lo ve?!
— Sí, claro, va a decir eso de alguien con quien no comparte
sangre. — gire mis ojos, casi a punto de soltar una risita irónica.
— Dijo: "esa chica si es una superviviente". Esa
chica.
Vamos, vamos, vamos. ¿Esperas a que me crea otra de tus
mentiras? ¡Es tu madre por lo más sagrado! La mía estaría dispuesta a meter el
fuego por mí, y, la verdad, me rehusó a pensar que una no le tenga la suficiente
fe al suyo como para no darlo como ganador de unos juegos. Entonces, cuando
intento comentar otra cosa irónica, veo los ojos de Peeta llenos de dolor, por
primera vez, no me está mintiendo: dice la verdad. ¡Demonios! ¿Acaso esto no
terminara? El que mire al chico rubio y todo a mí alrededor se desmorone,
porque en él miro aquel mismo niño detrás de su mamá que mira curioso a una
niña hundiéndose en lodo y barro, mientras estaba muriendo de hambre
lentamente. Solo él extendiendo su mano, solo él le arrojo el pan que la
salvaría de su destino cruel, solo y únicamente él.
— He llegado hasta donde estoy solo porque alguien me brindo
su ayuda.
Lo he dicho ¡demonios que lo he hecho! Seguramente Katniss me
regañara pero no importa, este chiquillo idiota de alguna manera debe de abrir
sus ojos, de saber la clase de persona que es. Entonces, él, mira el bollo de
pan que se encuentra en mi mano, admitiendo de alguna manera recordar lo
ocurrido en ese día de lluvia. Pero de forma sorpresiva, encoje sus hombros.
— La gente te ayudara en el estadio. Estarán deseando
patrocinarte.
— También a ti.
— No lo entiende. — dice Peeta, dirigiéndose a Haymitch y
poniendo los ojos en blanco. — No entiende el efecto que ejerce en los demás.
Aguarda, aguarda un maldito segundo por favor, porque
sinceramente, eso no ha sonado en lo más mínimo bonito. ¿Qué demonios ha
querido decir? ¿Qué Katniss da pena? ¿Qué hace todo esto porque le doy pena?
¿Pues saben algo? ¡Que se vaya al infierno! En las memorias que me presento
Katniss de su pasado, en ningún momento vi a alguien mirándola con lastima o
pena, ha conseguido salir adelante bajo su propio fuerzo y sudor. ¿Y qué hay
del "no sabe el efecto que surge en los demás"? Por un demonio, por
un condenado y jodido demonio. ¿Por qué las cosas con este chico son tan
complicadas? ¿Confusas? Porque cuando creo que la elogia, saca una daga de
debajo de su pantalón y la clava en mis esperanzas, es cierto no poder olvidar
la bondad de su acto al salvar a Katniss cuando tuvo once años. Pero del mismo
modo, recuerdo que es un idiota sin remedio que ha insinuado que la dueña de
este cuerpo da pena.
Miro el bollo de pan en mi mano con rabia, si este cabeza de
aire no desea hablar de sus habilidades, ¡perfecto! ¡Que no lo haga! En
realidad: ¡Que haga lo que le dé la gana! Ya me arte de todo esta discusión
inútil.
Al cabo de unos minutos, Haymitch decide intervenir.
— Bueno, de acuerdo. Bien, bien, bien. Katniss, no podemos
garantizar que encuentres arcos y flechas en el estadio, pero, durante tu
sesión privada con los vigilantes, enséñales lo que sabes hacer. Hasta
entonces, mantente alejada de los arcos. ¿Se te dan bien las trampas?
— Se una que otra. — mascullo.
— Eso puede ser importante para la comida. — dice Haymitch —
Y Peeta, ella tiene razón: no subestimes la fuerza en el campo de batalla. A
menudo la fuerza física le da la ventaja definitiva al jugador. En el Centro de
Entrenamiento tendrá pesas, pero no las muestres a los otros tributos lo que
eres capaz de levantar. El plan será igual para los dos: vayan a los
entrenamientos en grupo; pasen algún tiempo aprendiendo algunas cosas que no
sepan; tiren lanzas; utilicen masas y aprendan hacer unos buenos nudos. Sin
embargo, guardasen lo mejor que se les depara la sesión privada. ¿Está todo
claro? — El chico rubio y yo asentimos. — Otra cosa. En público, quiero que
estén juntos en todo momento. — ¿Esta loco? ¡¿Se ha vuelto acaso loco?! No
puedo pretender que me llevo bien con este idiota, no sabiendo como es. Al
menos, Peeta está de acuerdo conmigo, porque juntos comenzamos a protestar y
Haymitch le da un golpe a la mesa — ¡En todo momento! ¡Fin de la discusión!
¡Acordaron hacer lo que yo dijera! Estarán juntos y serán amables el uno con el
otro. Ahora, salgan de aquí. Reúnanse con Effie en el ascensor a las diez para
el entrenamiento.
Esto es ridículo, completamente ridículo, así que, apretando
mis puños vuelvo a mi habitación asegurándome que aquel par de estúpidos
escuchen el portazo que he dado detrás de mí. Tengo unas ganas de romper todo,
de arrojar todo al suelo de la impotencia que cargo encima, pero no lo hago, en
cambio me siento en la cama odiando a Peeta, Haymitch y a mí misma por siquiera
tener un voto de confianza en el chico rubio. Y ahora, debemos fingir ser
amigos, no, corrijo, debemos ser: los gemelos dinámicos. ¡Es que hasta la
discusión de hace un rato fue absurda! ¿Desde cuándo debía de sacar los
atributos de ese bobo? En ningún punto lo debía de hacer, menos tomando en
cuenta, que eso me colocaría en desventaja si deseo ganar los juegos. Sin
embargo, el ver como se desprecia a sí mismo me dio cólera, eso mismo, cólera.
Porque en lugar de insinuar que es Katniss la que da pena, es él quien ha
querido hacerlo. ¿Cómo es que no me di cuenta antes?
Por otro lado, me sorprende todos los detalles que, tanto
Katniss, como Peeta, saben el uno del otro. Apartando a aparte todo el enojo
que llevó recorriéndome en la sangre, la chica desde hace mucho le ha seguido
la pista al chico del pan, al igual que él de ella. No lo sé, pero todo sigue resultándome
bastante extraño. No importa de todas maneras, me digo a mi misma, al ver como
Katniss en ningún momento da señales de aparecer, todos los chicos resultar ser
unos idiotas en cualquiera de los dos mundos, donde más temprano que tarde
vienen y te apuñalan en la espalda. El chico del pan no sería la excepción, nos
encontramos en los Juegos del Hambre, él es mi enemigo, no mi amigo, y no
importa estrategia sin sentido que nos obligue hacer Haymitch para darme cuenta
de eso, de hecho, estaría dispuesta a llevarlo a cabo ahora mismo si fuese
necesario, entre más lejos este de él, mejor. Sin embargo, he sido yo misma la
que me eche la soga al cuello al decir entrenarnos juntos, es decir, lo hice
porque aparentemente somos un libro abierto el uno para el otro, tratar de
ocultar las cosas a estas alturas sería absurdo. Pero lo subestime, lo
subestime realmente, y capaz, más adelante, me arrepienta de esto.
Al ver que ya son casi las diez me cepillo los dientes y me
peino de nuevo, los nervios que creí instintos vuelven aparecer, estoy a casi
nada de encontrarme con los demás tributos. Tengo ansiedad. Cuando me reúno con
Peeta y Effie en el ascensor, noto como las manos me tiemblan y me obligo a mí
misma a cruzarlas, no pretendo demostrar debilidad alguna de aquí en adelante.
Las salas de entrenamiento se encuentran en el nivel inferior a planta baja, lo
cual, con estos elevadores ultra modernos, nos lleva en un segundo de viaje. Al
abrirse las puertas, podemos ver un gimnasio lleno de armas y obstáculos en
todas partes. Aun el reloj no da las diez, pero los otros tributos ya están
aquí convirtiéndonos los últimos en aparecer. Ellos se encuentran en un círculo
muy tenso, con un trozo de tela prendido a la camisa que identifica a qué
distrito pertenece. Mientras alguien me pega el número 12 en la espalda,
observo objetivamente como somos los únicos, el chico rubio y yo, en poseer el
mismo conjunto de ropa. Dándome a entender que en verdad, somos los gemelos
dinámicos. Da igual, pienso, a estas alturas no va a venir a afectarme esto, me
he cansado de enfadarme.
En cuanto nos unimos al círculo, una mujer alta y atlética
llamada Atala, es la entrenadora en jefe y nos empieza a explicar los horarios
de nuestro entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la habilidad en
cuestión, y nosotros podemos ir de una zona a otra como queramos, según las
instrucciones de nuestros mentores. Algunos puestos enseñan tácticas de
supervivencia y otros de técnicas de lucha. Está prohibido hacer cualquier
combate simulado de lucha con otro tributo, para eso tenemos a personas a
disposición para practicar con ellos, y para mí misma, pienso que de enfrentamientos
tendremos mucho en la arena. Cuando la entrenadora empieza a leer la lista de
habilidades, me permito pasar mis ojos por los demás chicos, es inevitable no
hacerlo. Es de algún modo, extraño encontrarnos todos en suelo firme sin
maquillajes, sin adornos estrafalarios, o vestidos elegantes, ahora todos
aparentamos normalidad. Entonces, me fijo en un gran detalle, casi la mitad de
las chicas y todos los chicos, son más grandes que Katniss, en general, en mi
cuerpo normal no soy más que unos centímetros más alta que ella, dando por
sentada que estos niños, seguirían superándome en altura. Pero que no me a
panique, estos chicos viven en condiciones más precarias a la dueña de este
cuerpo, en sus miradas vacías y mejillas pegas al hueso, se percata la realidad
de este mundo. Al menos, la vida le hizo aprender a Katniss el arte de cazar,
de no quedarse con los brazos cruzados e ir a buscar su propio alimento: en los
bosques. Es ese estilo de vivir que le ha permitido a Katniss mantenerse sana,
fuerte y lo suficientemente astuta para no confiar en nadie, ni siquiera su
propia sombra.
Pero claro, existen las excepciones, como los tributos del
1,2 y 4, lo cuales, si mal no recuerdo, se presentan voluntarios cada año en
las cosechas convirtiendo en todo un lio ser elegidos. « En el Distrito 12
solemos llamarlos: los profesiones » dice la voz « en teoría, va contra las
reglas entrenar un tributo antes de la cosecha, pero cuando provienes de
distritos como estos, es algo completamente normal. » son enfermos, arriesgar
tu vida solo para afirmar ser fuerte y valeroso frente de tu distrito, no lo
vale. « Ellos casi siempre son los que ganan. » ¿Y cómo no iban hacerlo? Si
entrenan antes de siquiera ser elegidos en las cosechas, vienen en sus mentes
que participar en esto está bien, que es correcto. No, me disculpan bola de lamer
suelas del Capitolio, pero ustedes están peor o igual a sus gobernantes.
Tenía una ligera ventana al entrar en el Centro de
Entrenamiento gracias a mi impecable debut, pero se acabado estrepitosamente.
Los otros competidores tenían celos, no hay duda, pero no porque fuéramos
asombrosos, sino de nuestros estilistas. Ahora, los tributos profesionales, no
tienen más que desprecio es sus rostros, cualquiera de ellos pesa entre veinte
y cuarenta kilos más al cuerpo de Katniss, y, su brutalidad y arrogancia no
tiene límites. Cuando Atala nos deja marchar, van directo a las armas más mortíferas
y las manejan con soltura. Estoy pensando que espero que Katniss se le dé bien
correr, bueno, es cazadora y escapar de perros salvajes seguramente le ha dado
mucha complexión física, me ayudara. Peeta me da un codazo y suelto un respingo
de la impresión, me ha dado un buen susto, seguramente está siguiendo al pie de
la letra el mandato de Haymitch: permanecer en todo momento juntos. Cosa que me
molesta.
— ¿Por dónde te gustaría empezar? — me pregunta, serio.
Le doy un vistazo a los profesionales que presumen sus
habilidades delante de los demás, es un intento bastante ridículo de intimidar,
en tonto los otros tributos, comienzan sus primeras lecciones de cómo manejar
cuchillos y lanzas sin siquiera hacerse sobre sus pantalones.
— Hacer nudos, ¿qué piensas?
— Me parece bien, vamos. — contesta Peeta.
Nos acercamos a un puesto vacío, el entrenador parece
encantado de tener alumnos, aparentemente la clase de nudos no es muy popular.
Katniss desde mi mente me dictamina lo que sabe sobre trampas, la verdad, no se
me dan nada mal y con ello nos enseña una sencilla que sirve para dejar a
alguien colgado de un árbol por la pierna. Nos concentramos en aprender la
técnica durante una hora, hasta que pasamos al puesto de camuflaje y, es allí,
donde Peeta parece pasárselo bien. Se dedica a mezclar lodo, arcilla y jugo de
bayas sobre su pálida piel, y a trenzar disfraces con vides y hojas. El
entrenador fascinado se pasa por el puesto, gustándole visiblemente el trabajo
que realiza.
— Yo hago los pasteles. — me dice Peeta.
— ¿Pasteles? — pregunto, he estado bastante ocupada viendo
como el chico del 2 acaba de atravesar el corazón de un muñeco con una lanza a
trece metros de distancia. — ¿Qué pasteles?
— En casa. Los glaseados para la panadería.
Oh, recuerdo que mi mamá, en una de sus tantos cursos que
hace solamente cuando se siente inútil o dejada a un lado, hizo uno de
pastelería europea. ¿Qué les puedo decir? Su destreza al ser profesora de
educación inicial, le permitió hacer los glaseados con mayor creatividad, tanto
para ser llamada una de las mejores alumnas del curso. Una vez mamá me enseño,
no se me da tan mal, es decir, aparentemente tengo habilidades en el dibujo
pero soy las que prefiere las actividades fuera de la cocina, en pocas
palabras, no es mi fuente.
Empiezo a mirar con ojos críticos el diseño del brazo de
Peeta: el dibujo, que alterna luz y sobras, me recuerda a la luz del sol
atravesando las hojas de los bosques. Pero aguarden un segundo, se me hace raro
que alguien como él sepa hacer esto, más cuando seguramente no ha tenido ni la
remota posibilidad de cruzar la alambrada. Solo mírenlo, es un chico de la
ciudad, allí tiene todas las comodidades necesarias para su supervivencias,
además, es hijo de un panadero. No me lo tomen a mal, pero el chico del pan, no
tiene necesidad alguna para ir al bosque.
« ¿No te parece molesto? » me pregunta Katniss, y oh, sí,
claro que sí, este niño con sonrisa de bobo es molesto pero... ¿a qué viene eso
ahora? « ¿En verdad aprendió hacer ese camuflado solamente observando el viejo
manzano de su casa? No lo sé, aun así, todas esas alabanzas y camuflaje
perfecto me pone de malas. » Allí vamos, que su malestar es porque Peeta es el
centro de atención, cuando horas atrás, admitía no saber hacer nada a excepción
del mal. Es cierto, igualmente me ha puesto de malas.
— Es impresionante. Aunque, la verdad, dudo que puedas acabar
con alguien con tu glaseado.
— No te lo creas tanto. Nunca se sabe que te puedes encontrar
en el campo de batalla. ¿Y si es un pastel gigante...? — empieza a decir Peeta.
— Sera mejor que sigamos. — le corto el rollo.
Los siguientes tres días nos dedicamos a visitar con mucha
tranquilidad los puestos. Aprendemos algunas cosas útiles, desde hacer fuego
hasta tirar cuchillos, pasando por fabricar refugios. A pesar de la orden de
Haymitch de parecer unos enclenques, Peeta sobresale en el combate cuerpo a
cuerpo y yo arrasó sin ni siquiera sudar en la prueba de plantas comestibles,
eso si, Katniss es quien me ha guiado. Cabe de resaltar que nos hemos mantenido
bien lejos de los arcos y las pesas, eso va como dato especial a las secciones
privadas. Los vigilantes solamente se han aparecido el primer día, son
aproximadamente unos veinte hombres y mujeres vestidos de túnicas moradas, que
mi parecer, comandan una secta satánica, pero solo recuerdo en donde me
encuentro y se me pasa. Se sientan en las gradas que rodean el gimnasio, a veces
dan vueltas para observarnos y tomar notas, y en otras, se limitan a comerse el
gran banquete que han preparado para ellos, sin voltear a mirarnos. Sin
embargo, noto en ciertas oportunidades como nos observan, al menos, a los
pertenecientes al Distrito 12. También hablan con nuestros entrenadores en
nuestras comidas y lo vemos a todos reunidos mientras volvemos.
En nuestro piso comemos el desayuno y la cena, durante el
almuerzo, comemos con los demás tributos en el comedor del gimnasio. Colocan la
comida en carros alrededor de la sala y cada quien se sirve lo que prefiere.
Los tributos profesionales son unos imbéciles, tienden a reunirse en medio de
una mesa haciendo mucho ruido, como era de esperarse en unos idiotas,
demostrando ser superiores a cualquiera y mejores a nadie. Casi los demás
tributos se sientan solos, como lobos siberianos, nadie nos dice nada y, como
lo ha mandado Haymitch, Peeta y yo ejercemos el poder de "los gemelos
atómicos" y comemos juntos. No es que prefiera hacerlo, pero ordenes, son órdenes.
Ni pueden imaginar lo difícil de conversar con él, es decir, obviamente no
puedo sacar algo de mi mundo porque se daría cuenta de algo raro en mí, del
mismo modo, hablar de su hogar seria nuevamente abrir la herida y no deseo eso,
porque igualmente Katniss se pondría mal. Por lo tanto, se lo dejo en sus
manos, cosa en no hacérsele tan mal, al menos, un día no. Al no tener mucho por
hablar, el chico rubio arrojo una cesta de pan sobre la mesa y procurando que
no me pierda nada, comenta que han intentado incluir todas las clases de panes
realizados en cada distrito, añadiendo el del Capitolio igualmente. La barra
con forma de pez y pintada de verde con algas es del Distrito 4; el rollo con
forma de media luna y semillas, del 11. En realidad, el chico rubio, se me hace
la Wikipedia del pan y eso provoca que me suelte una carcajada. Pero no lo
hago, no si quiero ser tachada de rara.
— Y eso es todo. — dice Peeta, volviendo a meter el pan en la
cesta.
— Estoy impresionada, sabes mucho de cosas.
— Solo de pan. Vale, ríete como si hubiese dicho algo
gracioso. — ambos soltamos una carcajada más o menos convincente que deja
perplejo más de uno, pero que va, no pretendo darles importancia. — De acuerdo,
seguiré sonriendo amablemente mientras hablas tú. — dice Peeta.
¡Fascinante! Pretendamos que nada entre nosotros ha cambiado
desde que te tire ese portazo, finjamos frente de los demás que somos los
mejores amigos del mundo, cuando la realidad es otra. Pero bien, muy bien,
Haymitch es quien da la ideas y nosotros, los limitamos a escuchar y obedecer.
— Bien, entonces... — giro mi vista hacia los carritos de
comida, cuando de pronto, encuentro algo con que trabajar. Sonrió de medio
lado. — ¿Qué tal si te enseño también mis conocimientos? Sígueme.
El chico rubio alza sus dos cejas impresionado, pero
igualmente, encamina sus pasos detrás de los míos. En primer lugar, no tenía la
más mínima intención de compartir uno de mis más grandes secretos como Heather
Fausto con él, pero de alguna manera, necesito seguir pareciendo delante de los
demás y Peeta mismo, como si confiaras tan plenamente el uno en el otro al
punto de ser hermanos. La simple palabra me asquea demasiado, aunque me limito
guardarla solo para mí. La mirada la paso rápidamente donde se encuentra las
bebidas, existen al menos como unas veinte diferentes, algunas conocidas y
otras no tanto, pero si existe dos especialmente que necesito ahora mismo:
chocolate y café. Sujeto una taza bajo los atentos ojos del chico rubio sobre mí,
vertiendo primero el café negro y seguidamente, una espumosa y oloroso aroma
dulce se mezcla con el primero dando una concentración curiosa. Nuevamente,
imito el mismo procedimiento en otra taza, la cual va hacer para mi compañero
de distrito que esta mirándome con una expresión indescifrable en el rostro,
tengo unas ganas de reírme, y no los reprimo, en este tipo de casos es
innecesario hacerlo.
— Toma. — le extiendo la taza que acabo de preparar, él por
su parte la sostiene como si fuese una bomba o granada que explotara en su
rostro. — tranquilo, no va a matarte, te prometo que es completamente sano. ¿No
te has dado cuenta? Aun no lo ha hecho conmigo.
— Pero Katniss, es café y chocolate. — replica y acerca su
rostro para olerlo, sigo riéndome de la expresión que hace. — he escuchado del
café con leche, pero esto es nuevo. Además, se supone que quien terminara
riendo era yo, no tú.
— Mejor pruébalo. — señalo con mi taza a la suya, seguidamente
lo hago yo y emito un suspiro satisfecho. — Esta bueno, bébelo mejor caliente
porque frío no te certificó su sabor.
Peeta aun dudoso, cierra los ojos mientras le da un trago
generoso a la bebida que he preparado, en realidad es muy gracioso, parece uno
de esos niños que obligas a comer sus vegetales, y cuando los hacen, cierran
sus ojos con fuerza en un intento de escapar de la realidad. De otra manera, el
chico rubio me recuerda a mi, recuerdo que la primera vez hacer tal combinación
delante de mis ojos, quede tan asqueada que di por loco a su inventor; sin
embargo, con un poco de incentivo de su parte, termine adoptando igualmente
como mia su costumbre. Finalmente, Peeta abre sus ojos azules impresionado,
medio sonriendo, medio riendo, mirándome con una expresión que no estaba tan
loca como lo imaginaba.
— ¡Esta realmente bueno! — dice Peeta, y bebe una vez más de
la taza. — la combinación de lo amargo del café con el chocolate, es
francamente fascinante. ¿De dónde lo has aprendido?
— De un ami... — freno el carro, no puedo decirle que de
alguien conocido tiempos atrás cuando estaba más joven, es decir, eso es algo
que diría Heather Fausto, y no estoy siendo Heather Fausto sino Katniss. Ah...
maldición, llego el momento de aplicar la salida más viable: inventar. — amiga,
una amiga que vive en la ciudad. Por supuesto, la conocí porque me compra
algunas de la cosas que recoleto en el bosque. No somos tan cercanas, pero nos
llevamos bien.
— ¿Quién? — pregunta perspicaz y yo me tenso. Maldición,
parece que lee cada expresión de mi inexpresable nuevo rostro. — ¿Madge?
Aguarda, ¿y este como sabe que la hija del alcalde es cercana
a Katniss? En realidad, no es como si fuesen de las cotorras que jamás paran de
hablar, pero que conozca hasta quien la rodea es espeluznante. El chico del pan
es alguien bastante curioso.
— ¿Cómo lo sabes?
— Es la única chica, aparte de ti, que se quedan solas en el
almuerzo y actividades deportivas del colegio. — explica Peeta, mientras vacía
su taza de chocolate con café. — Usualmente conforman equipo, ¿cierto? Es un
buena chica, aunque muy tímida.
— Si, si, tienes razón. Se trata de Madge.
Intento no darle más vueltas al asunto mientras me tomo mi
bebida, está claro que este par desde ese día se siguieron la pista muy de
cerca, al punto de averiguar cada mínimo detalle. En fin, es su problema y no
el mío, solamente trato de salvar la vida de la dueña de este cuerpo, la cual,
quizás, también peligre la mía propia al encontrarse mi alma atrapada. Sin
embargo, Peeta sigue mirándome muy fijamente al punto de inquietarme, quiero
meterle mis dedos en sus ojos pero sé que no puedo, por lo tanto, suspiro y le
sigo el juego.
— No volveré a dudar de ti. — me dice suavemente, encendiendo
todas las alarmas en mi cerebro de peligro. — realmente es una combinación
curiosa pero sabrosa, Katniss. Gracias por compartirla conmigo.
Esa sonrisa, esa arrolladora, cegadora y enorme sonrisa pone
en peligro todas las alarmas de mi corazón. Porque no puedo dejar hacerlo, no
puedo permitírsele que se cuele hasta mis órganos solamente porque me ha dado
un cumplido, uno que por cierto, es fingido porque sé que lo hace por el
mandato de Haymitch, no porque le haya nacido. ¿Y qué más da? Me repito en la
mente sin descansar ¿Qué más da si lo hace? No es como si a estas alturas, más
si estoy en un mundo paralelo al mío, le doy importancia a lo que haga o me
diga un chico. A la final, estaremos en una arena donde deberemos matarnos, y
aunque precisamente no me corresponda a mi hacerlo, otro lo hará y encariñarse
de un futuro cadáver no es sano, es tóxico.
— Seguro. — respondo sonriendo de medio lado, dándome la
vuelta y volviendo a la realidad.
En el segundo día, mientras estamos intentando el tiro de
lanza, me susurra:
— Creo que tenemos una sombra.
Lanzo y veo que no se me da tan mal, está claro que dar en el
clavo cuanto a puntería es lo de Katniss, siempre y cuando no sea de tan lejos.
Entonces le prestó atención a lo que dice Peeta, se está refiriendo a la niña
del 11, quien me recordó un poco a Prim y a Andree, mi prima por su edad. De
cerca parece de diez; tiene ojos oscuros y brillantes, su piel es de un marrón
sedoso y está ligeramente de puntillas, con los brazos extendidos junto a los
costados, como si estuviese lista para salir volando ante cualquier sonido.
Veas por donde la veas se asemeja a un pájaro.
Sujeto otra lanza mientras Peeta arroja la suya.
— Creo que se llama Rue. — me dice en voz baja.
« Rue, la amarga » me dice Katniss en un susurro « una
pequeña flor amarilla que crece en la Pradera. » Apretó los puños con
impotencia, tanto esta niña como Prim, han sido accedidas por las maldades del
Capitolio. ¿Por qué ellas deben de morir por la diversión de algunas cuantos?
No es justo, nada en este mundo es justo.
— ¿Ahora qué quieres hacer? — le preguntó, aunque no el chico
rubio no tenga la culpa, sigo afectada de la situación.
— Nada, solo hablar.
Ahora que he descubierto su presencia, me es difícil no
hacerle caso a la niña. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos
puestos; al igual que Katniss, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad
y tiene buena puntería. Acierta con la honda, pero de cierta manera ¿qué podría
lograr con alguien que le supera en edad y estatura a la par de armado?
Ahora que sé que está aquí, me resulta difícil no hacer caso
de la niña. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos puestos; como
a mí, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad y tiene buena puntería.
Acierta siempre con la honda, aunque ¿de qué sirve una honda contra un chico de
cien kilos con una espada?
Cuando volvemos al piso del Distrito 12, Haymitch y Effie nos
acribillan a preguntas durante todo el tiempo, o al menos, lo que compartimos
con ellos. Desde sobre lo que hemos hecho durante todo el día, hasta como lo
hicieron los demás tributos. Cinna y Portia no están aquí, así que las comidas
se han vuelto un desfile de cero cordura y más desorden, aunque tampoco es que
Effie o Haymitch discutan, más bien, resulta lo contrario: se han aliado para
prepararnos a como dé lugar. Nos llenan de sus interminables explicaciones
sobre lo que hay de hacer y no hacer, temperamento y posiciones en los
entrenamientos. Peeta ha demostrado tener más paciencia para esto, yo no, me
pongo terriblemente irritada que soy hasta algo maleducada.
En una de esas noches, logro tener mi escapada triunfal a mi
habitación, que llega Peeta y masculla:
— Alguien debería de darle una copa a Haymitch.
¿Una? ¡Por favor que sea una botella completa! Estoy apuntó
de soltar ese comentario en medio de un bufido y ruido próximo a una carcajada.
Pero lo reprimo. Seguir en este jueguito de "amigos" y "ahora no
amigos" me tiene exhausta, no quiero lidiar con esto ahora, no esta noche.
— No, Peeta. Al menos por ahora, no finjamos estar bien entre
nosotros.
— De acuerdo, Katniss. — responde él, con cansancio.
Luego de eso, solamente volvimos a interactuar estando otras
personas presente, entre nosotros no.
Al tercer día de entrenamiento empiezan a llamarnos a la hora
del almuerzo para nuestras secciones privadas con los Vigilantes. Distrito a
distrito, primero el chico y luego la chica. Sobre decir que el 12 es el
último, predecible en mi sincera opinión, ya que como son el último distrito.
.. así que esperamos en el comedor sin saber nada mejor en que quemar el
tiempo. Nadie regresa después de la sesión. A medida de vaciarse la sala, el
fingir ser amigos se deja a un lado, porque luego de desaparecer Rue, quedamos
en entero silencio uno del lado del otro Peeta y yo. Entonces, al momento de
llamarlo, él simplemente se levanta.
— Recuerda lo que dijo Haymitch, tira las pesas. — digo
sorpresivamente, como si mi boca tuviese vida propia y no pudiese controlarla.
— Gracias, lo haré. Y tú... dispara bien.
Asiento con la cabeza, no sé porque simplemente no me quede
callada, hubiese ayudado más en hacerlo. « Quizás si nosotras perdiéramos, no sería
malo en que ganara Peeta. » dice Katniss, con lo cual la tacho de loca, porque
después de todo este tiempo por nada he luchado por no confiar en el chico del
pan, ahora viene ella y dice esto: ¡¿Perdió la cordura?! « Es que si lo hace, sería
bueno para Prim, bueno para mi familia. » Ella se refiere al año completo de
alimentos ilimitados, pero del mismo modo considero, que no puede existir nada
mejor para ellas salvo que regresemos vivas. Entiendo que tengamos momentos de
simpatía por Peeta, es que ¡es normal! El chico tiene el poder de las palabras
y sabe ganarse tu confianza, pero a la final esto seguirán siendo los Juegos
del Hambre. El menos pensado se colocara en tu contra.
Después de unos quince minutos, me llaman. Acomodo mi
cabello, sacudo mis ropas y enderezo mis hombros al entrar al gimnasio. Al
instante, se que tendré problemas, estas personas han visto veintitrés tributos
antes que yo y que, por lo tanto, deben de estar muriéndose por ir a casa.
Tampoco es que pueda hacer mucho, salvo apegarme al plan: me dirijo al puesto
de tiro con arco. ¡Por fin poder tocar las armas! Llevo queriendo hacerlas
desde el primer día, y aunque se me dijo confiar en el cuerpo de Katniss, solo
tuve la oportunidad de utilizar uno en el día de la cosecha para cazar. No se
me da mal, no me quejo, pero sé que necesito practicar más. Está claro que este
arco y flechas están hecho de otros materiales distintos a los de Katniss
guarda en el bosque, si mis ojos no me fallan, parece sintéticos y algo de
metal, pero son resistentes cien por ciento. Sujeto uno y me dirijo al
directamente a mi objetivo, Katniss me susurra que el campo parece un poco
limitado para ella pero que quizás podamos hacer algo en el centro de gimnasio
e intento darle al muñeco de lanzamientos de cuchillos. La sola idea me
fascina, que me hace sacar del carcaj una flecha para acomodarlo en el arco,
pero descubro que algo anda mal. Esta cuerda está más tensa y las flechas más rígida
a las que tiene Katniss en casa, al lanzarla quedo cinco centímetros de darle
al muñeco, que por consecuencia, pierdo poca atención recibida. ¡Demonios! Esto
es muy humillante, el confiar en este cuerpo no me ha solucionado nada, estas
armas no es algo que ni la mismísima Katniss podría haber liado, ¿qué diablos
hare ahora? « Intentar de nuevo » me dice su voz en mi mente « yo no me
quedaría de brazos cruzados. ¡Lo haría todas la veces fuese necesario hasta
lograr darle al blanco! » Plagada del sentimiento de no rendirme de Katniss,
vuelvo a sacar otra flecha y obligo a este cuerpo a adaptarme a estas nuevas
armas. Luego, nuevamente en el centro del gimnasio, respiro con profundidad
hasta que finalmente le doy en el corazón al muñeco. Seguidamente, corto la
soga que sostiene el saco para boxear. Sin detenerme, ruedo por el suelo, me
levanto apoyada en una rodilla y disparo una flecha a las luces colgantes del alto
techo del gimnasio, provocando una lluvia de chispas. No pueden negármelo, para
ser la segunda vez en utilizar arco y flechas, le he dado una exhibición
espléndida. Aunque al parecer la mayoría de los Vigilantes están muy ocupados
para prestarme atención, existen las excepciones, unos que inclusive me dan su
aprobación ante lo hecho pero da un poco, no, mucha rabia que un cerdo que
acaba de llegar reciba toda la atención.
Esto tiene que ser una broma, una de muy mal gusto, las
entrañas empiezan a hervirme de cólera que poseo, la sangre se me calienta a
punto de nublarme toda la vista. Mi vida depende de estos malditos juegos, o al
menos, la de la dueña de este cuerpo y esta bola de parásitos inadaptados le
dan más importancia a un cerdo muerto que a mí, pero no, esto se acaba y debe
de acabarse justo aquí. Presa de la nebulosa rabia insipiente en mí, saco una
flecha de carcaj y a apunto a la maldita manzana del estúpido cerdo asado, clavándola
a su vez en la pared. Oigo los gritos de asombro y veo que la gente retrocede,
plasmados. De hecho, todos me miran con expresiones incrédulas en sus rostros.
— Gracias por prestarme valiosos minutos de su tiempo.
— digo, luego hago una ligera reverencia y me marchó sin escuchar siquiera un
permiso de su parte.
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