jueves, 1 de marzo de 2018

Adaptación: Los Juegos del Hambre It's Like a Dream.

8
Paso la noche llena de sueños espeluznantes, donde la cara de la chica pelirroja se convierte en un horrible monstruo que me persigue en medio del bosque, tiene unas filosas garras, colmillos y cuernos que se asemejan a un venado. Jadeando, sobrepasó un canto rodado y lucho porque su aliento putrefacto no choque sobre mi cuello, pero me es muy difícil, más si voy corriendo descalza, en pijama y en mi cuerpo original. De pronto, el largo cabello, del cual estoy orgullosa, me es un total estorbo en mi travesía por el bosque, se me pega a la cara y en otras oportunidades, me cubre los ojos. Es en el instante que el aliento del monstruo esta en mi nuca, que aparece Katniss a lo lejos en un árbol, inclinada sobre una rama, pidiéndome correr más rápido en tanto me extiende una mano. Haciéndole caso, aceleró mis pobres lastimados y mallugados pies entre la maleza, alzando la voz a todo pulmón hacia Katniss para que me ayude, ella frunciendo el ceño, sujeta mi mano con fuerza jalándome para poder sumirme el árbol, pero no puede. La bestia con cuerno logra alcanzarme saltando bajo mis pies, intentando morderme para arrancarme una pierna, tengo miedo, por lo que me tambaleo de un lado a otro impidiéndole su hazaña. Katniss ya no puede más, noto por el sudor de su frente que peso mucho para ella, que no puede ayudarme, por lo tanto, me soltara un cualquier instante. Empiezo a lloriquear, no quiero morir, es decir, nadie desea hacerlo, pero comprendo si me suelta, no la culparé.

Es en ese instante que todo para mi ocurre en cámara lenta, Katniss en un impulso increíble, me eleva hasta el punto que caigo como un gato sobre la rama, pero en consecuencia, ella resbala y cayendo al suelo donde el monstruo de la chica pelirroja la espera. Antes de poder hacer algo, extiendo mi mano gritando su nombre y es cuando me despierto jadeando, sudando a chorros y con el corazón martillando constantemente sobre mi pecho. El alba empieza a entrar por las ventanas, y el Capitolio tiene un aire brumoso y encantador. Me duele la cabeza y me parece que me he mordido el interior de la mejilla por la noche; lo compruebo con la lengua y noto el sabor a sangre. Salgo de la cama poco a poco, el cuerpo sigue agitado, las piernas vienen incluidas por lo que me tomo mi tiempo para controlar mis emociones. Tomo una ducha, la cual debo mencionar, ser la más agitada de todas, en parte tengo la culpa, nada sale bien si presiono botones al azar: termine recibiendo chorros alternos de agua helada, que odio y me pone a gritar, seguidamente de agua abrazadora. Acto seguido, una avalancha de espuma olor a limón que dé deja igual a un muñeco de nieve, dejándome con la única opción de sacármelas con una esponja de cerdas duras, tal parezco una pared que necesita ser pintada, pero antes, saquemos con una espátula. « No puedes quejarte » me dice con voz monótona Katniss, casi y parece aburrida « te han puesto la circulación en marcha ». No pues, que hermosa manera de despertar la mañana.
Después de secarme e hidratarme la piel, consigo un conjunto que me han dejado frente del armario: pantalones negros ajustados, una túnica de manga larga color burdeos y zapatos de cuero. Me recojo el pelo en una trenza, como desearía hacerlo Katniss normalmente. En general, tengo el mismo aspecto antes de la cosecha, como si fuese a prepararme para ir al bosque, y, de alguna manera, me relaja. Ya no tengo que fingir algo que no soy, bueno, al menos, algo que no es Katniss. Haymitch no nos ha dado una hora exacta para desayunar y nadie viene por mí, pero tengo mucha hambre, por lo que me dirijo al comedor esperando toparme con un banquete. Lo que encuentro, no es lo que esperaba, pero estoy satisfecha. La mesa principal está vacía, aun así una larga mesa lateral hay al menos vente platos. Un joven avox, espera instrucciones junto al banquete, cuando le pregunto si puedo servirme yo misma, asiente. Me preparo un plato lleno de huevos, beicon, pasteles cubiertos de un glasé de naranja y unas fresas bañadas con crema chantilly y chocolate. Mientras como con mucho gusto, observo la salida del sol sobre el Capitolio. Me sirvo un segundo plato lleno de cereales calientes cubiertos de estofado de ternera. Y finalmente, como nadie esta propiamente, observando, cojo una taza de chocolate caliente y otra de café mezclándolos entre sí, mientras como unos bollos de pan y me siento en la mesa.
Al darle un trago a la bebida combinada, vuelvo a la vida, muchos de mis conocidos en mi mundo me tacha de rara por hacer semejante cosa, no al menos de la manera apropiada. Pero no les prestó atención, alguien muy importante para mí me la ha enseñado, aunque desde hace mucho tiempo perdimos el contacto, y, posiblemente, se haya olvidado de mí, lo mantengo firmemente en mis memorias preciadas. ¿Qué pensaría ante mi suerte? Seguramente se reiría, sostendría su panza señalándome por ser tan ingenua y confiada, aunque de la misma manera, daría palmaditas en mi cabeza diciéndome hacer un buen trabajo, me caracterizó por mi cara sin emoción, pero del mismo modo, mi buen corazón dispuesta a ayudar quien lo necesite. Mi mente vuelve a la realidad al ver a Haymitch y Peeta entrar al comedor, frunzo el ceño, esto de los "gemelos fantásticos" debería acabar justo ahora, porque que el chico rubio tenga un conjunto parecido al mío me molesta mucho. Sé que Haymitch ha dicho obedecer a todo lo de lo que dicen los estilistas, y luego del debut de anoche, es imposible dudar en ellos, pero Cinna debe de recordar que Peeta y yo no somos un equipo, en realidad, seremos rivales a muerte, donde terminaremos cazando la yugular del otro una vez lanzados al campo de batalla. Sin embargo, Cinna me cae bien, es uno de los pocos en caer bien del Capitolio, por lo tanto, mantendré mi boca cerrada.
El entrenamiento me pone nerviosa, lo pienso mientras los veo llenar sus platos de comida, porque es allí donde las cosas se podrán más crudas de lo que podrían ser. « Estaremos tres días en el entrenamiento de tributos » me explica Katniss « la última tarde estaremos en una sesión privada con los vigilantes, donde debemos demostrarle lo mejor que sepamos hacer ». No lo sé, pero la idea de encontrarme cara a cara con los demás tributos me hiela la sangre, tanto como parecerme más amargo que dulce mi mezcla especial de chocolate con café, incluso, el bollo de pan en la mano ha dejado de verse apetitoso. Ya no tengo hambre.
Después de comerse varios platos de estofado, Haymitch suspira, satisfecho, saca una petanca del bolsillo, le da un buen trago y apoya los codos en la mesa.
— Bueno, vayamos al asunto: el entrenamiento. En primer lugar, si quieren, puedo entrenarlos por separado, decidan ahora.
— ¿Por qué deberías hacerlo? — pregunto.
— Supón que tienes una habilidad secreta que no quieres que los conozca los demás.
— No tengo ninguna. — dice Peeta, luego mira hacia mi dirección. — y yo sé cuál es la tuya, ¿no? Me he comida más de una de tus ardillas.
Me quedo perpleja, nunca imagine que Peeta comiese de lo que cazaba Katniss, es decir, en todo este tiempo de llevar en este mundo, pensé en el panadero dándose el gusto de comerlas. Y me parece igualmente extraño, vive en la ciudad, los de la ciudad poseen el lujo de comprar en la carnicería si lo prefiere. Aunque, quizás, en algunas ocasiones desee algo de carne fresca.
— Puedes entrenarnos juntos. — le digo a Haymitch, Peeta asiente.
— De acuerdo, pues díganme una idea de lo que pueden hacer.
— Yo no sé hacer nada — responde Peeta — a no ser que sea referente al pan.
« ¿Habla en serio? » pregunta irónicamente en mi mente Katniss, hasta parece indignada. « Lo he visto por el mercado alzar ciento de kilos de harina sobre su cabeza, miente, él es fuerte. Y ni contar el año pasado, donde quedo en segundo lugar en un campeonato de lucha detrás de su hermano, ¿a qué juego ocultando esto? ». Quizás a hacerse el modesto, aunque no viene al caso si nos encontramos en los Juegos del Hambre, puede realmente querer hacerlo para que no nos enteremos, pero resulta que ya lo sabemos. Bingo.
— Lo siento, pero no cuenta. Katniss, sé que eres buena con el cuchillo.
— No del todo, pero se me da la caza. Con arco y flechas.
— ¿Y lo haces bien? — pregunta Hatmitch. Bueno, la pregunta ofende un poco, porque luego de la muerte del padre de Katniss, la caza es la que la mantuvo a ella y su familia vivas. Lo hace más que bien. « Pero no tan excelente como mi padre » responde a mi argumento ella « al menos más que Gale si lo hago bien. » el que se compare con su amigo me da mucha gracia, pero le creo, ella debe de tener mejor puntería que él. « En su lugar, se le dan de muerte las trampas. — Bueno, al menos me ha servido hasta ahora.
— Es excelente — dice Peeta, en mi parte, procuro no girar la cabeza como si estuviera poseída o algo así. ¿Y esto...? ¿A qué viene? — Mi padre le compra las ardillas y siempre comenta que la flecha nunca agujera el cuerpo, siempre le da en un ojo. Igual a los conejos que le vende a la carnicería, y hasta es capaz se cazar ciervos.
Oh, bien... eso no ha sido nada espeluznante, para nada lo ha sido. « En realidad... » Susurra Katniss impresionada « me ha tomado desprevenida, no sabía que supiera con exactitud todas mis habilidades » cosa, que dejando las bromas irónicas a un lado, es bastante extraño. Es decir, ¿por qué motivo el chico rubio saca todo eso a relucir sin más? ¡Debería de estar diciendo lo suyo! No la de tu enemigo.
— ¿Qué estas pretendiendo hacer? — le preguntó, y por primera vez, no estoy haciéndolo como Katniss Everdeen, sino como Heather Fausto.
— ¿Y qué haces tú? Si quieres que Haymitch te ayude, tiene que saber de lo que eres capaz de hacer. No te subestimes.
¡¿Qué no me subestime?! Esto... esto es el colmo, que mi enemigo, ¡por qué eso es lo que es! Me diga lo que debo de hacer, me molesta, me molesta y mucho.
— Que irónico. — bufo con ironía, girando mi cabeza hacia los dos y recordando lo mencionado por Katniss hace unos minutos. — Te he visto en el mercado alzando sacos de harina de cuarenta y cinco kilos, no nos mientas, sí que sabes hacer algo.
— Sí, seguro que el estadio estará lleno de sacos de harina para que se los lance a la gente. No es como si a uno se le diera manejar bien las armas, y lo sabes.
¿Eso ha sido sarcasmo? ¡¿Lo ha sido?! Este... ¡Este chico!
— Es bueno en la lucha libre. — lo señalo como si lo acusara, mientras miro a Haymitch. — el año pasado, quedo en segundo lugar por debajo de su hermano.
¡Toma! Lidia con esto ahora, chico del pan.
— ¿Y de qué sirve eso? ¿Cuantas veces has visto matar a alguien así? — pregunta Peeta, disgusto.
¡Por lo más sagrado de mi mundo y este! ¿Por qué diablos es tan terco? Hace parecer que es un idiota, un tarado completo. La manera de verse a sí mismo me desespera, en realidad, me pone de un humor muy malo. Y detesto a ese tipo de personas.
— Existe el combate cuerpo a cuerpo, Peeta. Y si tienes un cuchillo, podrías manejarlo fácilmente teniendo el momento indicado. En cambio, de mi parte, estaré muerte en menos de un segundo. — he subido el tono de mi voz, es oficial, me he enojado de verdad.
— ¡Pero no lo harán! Estarás viviendo en lo alto de un árbol, alimentándote de ardillas crudas y disparando flechas a la gente. ¿Sabes que dijo mi madre cuando vino a despedirse, como si quisiera darme ánimos? Me dijo que quizá el Distrito 12 tuviese por fin un ganador este año. Entonces me di cuenta que no se refería a mí. ¡Se refería a ti! — estalla Peeta.
¿Y por qué demonio lo haría? Es la mujer que insulto a Katniss en medio la lluvia cuando se moría de hambre, de hecho, ha llegado tan lejos porque la ayudo él. Nadie más. Solo él. ¡¿Por qué demonios no lo ve?!
— Sí, claro, va a decir eso de alguien con quien no comparte sangre. — gire mis ojos, casi a punto de soltar una risita irónica.
— Dijo: "esa chica si es una superviviente". Esa chica.
Vamos, vamos, vamos. ¿Esperas a que me crea otra de tus mentiras? ¡Es tu madre por lo más sagrado! La mía estaría dispuesta a meter el fuego por mí, y, la verdad, me rehusó a pensar que una no le tenga la suficiente fe al suyo como para no darlo como ganador de unos juegos. Entonces, cuando intento comentar otra cosa irónica, veo los ojos de Peeta llenos de dolor, por primera vez, no me está mintiendo: dice la verdad. ¡Demonios! ¿Acaso esto no terminara? El que mire al chico rubio y todo a mí alrededor se desmorone, porque en él miro aquel mismo niño detrás de su mamá que mira curioso a una niña hundiéndose en lodo y barro, mientras estaba muriendo de hambre lentamente. Solo él extendiendo su mano, solo él le arrojo el pan que la salvaría de su destino cruel, solo y únicamente él.
— He llegado hasta donde estoy solo porque alguien me brindo su ayuda.
Lo he dicho ¡demonios que lo he hecho! Seguramente Katniss me regañara pero no importa, este chiquillo idiota de alguna manera debe de abrir sus ojos, de saber la clase de persona que es. Entonces, él, mira el bollo de pan que se encuentra en mi mano, admitiendo de alguna manera recordar lo ocurrido en ese día de lluvia. Pero de forma sorpresiva, encoje sus hombros.
— La gente te ayudara en el estadio. Estarán deseando patrocinarte.
— También a ti.
— No lo entiende. — dice Peeta, dirigiéndose a Haymitch y poniendo los ojos en blanco. — No entiende el efecto que ejerce en los demás.
Aguarda, aguarda un maldito segundo por favor, porque sinceramente, eso no ha sonado en lo más mínimo bonito. ¿Qué demonios ha querido decir? ¿Qué Katniss da pena? ¿Qué hace todo esto porque le doy pena? ¿Pues saben algo? ¡Que se vaya al infierno! En las memorias que me presento Katniss de su pasado, en ningún momento vi a alguien mirándola con lastima o pena, ha conseguido salir adelante bajo su propio fuerzo y sudor. ¿Y qué hay del "no sabe el efecto que surge en los demás"? Por un demonio, por un condenado y jodido demonio. ¿Por qué las cosas con este chico son tan complicadas? ¿Confusas? Porque cuando creo que la elogia, saca una daga de debajo de su pantalón y la clava en mis esperanzas, es cierto no poder olvidar la bondad de su acto al salvar a Katniss cuando tuvo once años. Pero del mismo modo, recuerdo que es un idiota sin remedio que ha insinuado que la dueña de este cuerpo da pena.
Miro el bollo de pan en mi mano con rabia, si este cabeza de aire no desea hablar de sus habilidades, ¡perfecto! ¡Que no lo haga! En realidad: ¡Que haga lo que le dé la gana! Ya me arte de todo esta discusión inútil.
Al cabo de unos minutos, Haymitch decide intervenir.
— Bueno, de acuerdo. Bien, bien, bien. Katniss, no podemos garantizar que encuentres arcos y flechas en el estadio, pero, durante tu sesión privada con los vigilantes, enséñales lo que sabes hacer. Hasta entonces, mantente alejada de los arcos. ¿Se te dan bien las trampas?
— Se una que otra. — mascullo.
— Eso puede ser importante para la comida. — dice Haymitch — Y Peeta, ella tiene razón: no subestimes la fuerza en el campo de batalla. A menudo la fuerza física le da la ventaja definitiva al jugador. En el Centro de Entrenamiento tendrá pesas, pero no las muestres a los otros tributos lo que eres capaz de levantar. El plan será igual para los dos: vayan a los entrenamientos en grupo; pasen algún tiempo aprendiendo algunas cosas que no sepan; tiren lanzas; utilicen masas y aprendan hacer unos buenos nudos. Sin embargo, guardasen lo mejor que se les depara la sesión privada. ¿Está todo claro? — El chico rubio y yo asentimos. — Otra cosa. En público, quiero que estén juntos en todo momento. — ¿Esta loco? ¡¿Se ha vuelto acaso loco?! No puedo pretender que me llevo bien con este idiota, no sabiendo como es. Al menos, Peeta está de acuerdo conmigo, porque juntos comenzamos a protestar y Haymitch le da un golpe a la mesa — ¡En todo momento! ¡Fin de la discusión! ¡Acordaron hacer lo que yo dijera! Estarán juntos y serán amables el uno con el otro. Ahora, salgan de aquí. Reúnanse con Effie en el ascensor a las diez para el entrenamiento.
Esto es ridículo, completamente ridículo, así que, apretando mis puños vuelvo a mi habitación asegurándome que aquel par de estúpidos escuchen el portazo que he dado detrás de mí. Tengo unas ganas de romper todo, de arrojar todo al suelo de la impotencia que cargo encima, pero no lo hago, en cambio me siento en la cama odiando a Peeta, Haymitch y a mí misma por siquiera tener un voto de confianza en el chico rubio. Y ahora, debemos fingir ser amigos, no, corrijo, debemos ser: los gemelos dinámicos. ¡Es que hasta la discusión de hace un rato fue absurda! ¿Desde cuándo debía de sacar los atributos de ese bobo? En ningún punto lo debía de hacer, menos tomando en cuenta, que eso me colocaría en desventaja si deseo ganar los juegos. Sin embargo, el ver como se desprecia a sí mismo me dio cólera, eso mismo, cólera. Porque en lugar de insinuar que es Katniss la que da pena, es él quien ha querido hacerlo. ¿Cómo es que no me di cuenta antes?
Por otro lado, me sorprende todos los detalles que, tanto Katniss, como Peeta, saben el uno del otro. Apartando a aparte todo el enojo que llevó recorriéndome en la sangre, la chica desde hace mucho le ha seguido la pista al chico del pan, al igual que él de ella. No lo sé, pero todo sigue resultándome bastante extraño. No importa de todas maneras, me digo a mi misma, al ver como Katniss en ningún momento da señales de aparecer, todos los chicos resultar ser unos idiotas en cualquiera de los dos mundos, donde más temprano que tarde vienen y te apuñalan en la espalda. El chico del pan no sería la excepción, nos encontramos en los Juegos del Hambre, él es mi enemigo, no mi amigo, y no importa estrategia sin sentido que nos obligue hacer Haymitch para darme cuenta de eso, de hecho, estaría dispuesta a llevarlo a cabo ahora mismo si fuese necesario, entre más lejos este de él, mejor. Sin embargo, he sido yo misma la que me eche la soga al cuello al decir entrenarnos juntos, es decir, lo hice porque aparentemente somos un libro abierto el uno para el otro, tratar de ocultar las cosas a estas alturas sería absurdo. Pero lo subestime, lo subestime realmente, y capaz, más adelante, me arrepienta de esto.
Al ver que ya son casi las diez me cepillo los dientes y me peino de nuevo, los nervios que creí instintos vuelven aparecer, estoy a casi nada de encontrarme con los demás tributos. Tengo ansiedad. Cuando me reúno con Peeta y Effie en el ascensor, noto como las manos me tiemblan y me obligo a mí misma a cruzarlas, no pretendo demostrar debilidad alguna de aquí en adelante. Las salas de entrenamiento se encuentran en el nivel inferior a planta baja, lo cual, con estos elevadores ultra modernos, nos lleva en un segundo de viaje. Al abrirse las puertas, podemos ver un gimnasio lleno de armas y obstáculos en todas partes. Aun el reloj no da las diez, pero los otros tributos ya están aquí convirtiéndonos los últimos en aparecer. Ellos se encuentran en un círculo muy tenso, con un trozo de tela prendido a la camisa que identifica a qué distrito pertenece. Mientras alguien me pega el número 12 en la espalda, observo objetivamente como somos los únicos, el chico rubio y yo, en poseer el mismo conjunto de ropa. Dándome a entender que en verdad, somos los gemelos dinámicos. Da igual, pienso, a estas alturas no va a venir a afectarme esto, me he cansado de enfadarme.
En cuanto nos unimos al círculo, una mujer alta y atlética llamada Atala, es la entrenadora en jefe y nos empieza a explicar los horarios de nuestro entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la habilidad en cuestión, y nosotros podemos ir de una zona a otra como queramos, según las instrucciones de nuestros mentores. Algunos puestos enseñan tácticas de supervivencia y otros de técnicas de lucha. Está prohibido hacer cualquier combate simulado de lucha con otro tributo, para eso tenemos a personas a disposición para practicar con ellos, y para mí misma, pienso que de enfrentamientos tendremos mucho en la arena. Cuando la entrenadora empieza a leer la lista de habilidades, me permito pasar mis ojos por los demás chicos, es inevitable no hacerlo. Es de algún modo, extraño encontrarnos todos en suelo firme sin maquillajes, sin adornos estrafalarios, o vestidos elegantes, ahora todos aparentamos normalidad. Entonces, me fijo en un gran detalle, casi la mitad de las chicas y todos los chicos, son más grandes que Katniss, en general, en mi cuerpo normal no soy más que unos centímetros más alta que ella, dando por sentada que estos niños, seguirían superándome en altura. Pero que no me a panique, estos chicos viven en condiciones más precarias a la dueña de este cuerpo, en sus miradas vacías y mejillas pegas al hueso, se percata la realidad de este mundo. Al menos, la vida le hizo aprender a Katniss el arte de cazar, de no quedarse con los brazos cruzados e ir a buscar su propio alimento: en los bosques. Es ese estilo de vivir que le ha permitido a Katniss mantenerse sana, fuerte y lo suficientemente astuta para no confiar en nadie, ni siquiera su propia sombra.
Pero claro, existen las excepciones, como los tributos del 1,2 y 4, lo cuales, si mal no recuerdo, se presentan voluntarios cada año en las cosechas convirtiendo en todo un lio ser elegidos. « En el Distrito 12 solemos llamarlos: los profesiones » dice la voz « en teoría, va contra las reglas entrenar un tributo antes de la cosecha, pero cuando provienes de distritos como estos, es algo completamente normal. » son enfermos, arriesgar tu vida solo para afirmar ser fuerte y valeroso frente de tu distrito, no lo vale. « Ellos casi siempre son los que ganan. » ¿Y cómo no iban hacerlo? Si entrenan antes de siquiera ser elegidos en las cosechas, vienen en sus mentes que participar en esto está bien, que es correcto. No, me disculpan bola de lamer suelas del Capitolio, pero ustedes están peor o igual a sus gobernantes.
Tenía una ligera ventana al entrar en el Centro de Entrenamiento gracias a mi impecable debut, pero se acabado estrepitosamente. Los otros competidores tenían celos, no hay duda, pero no porque fuéramos asombrosos, sino de nuestros estilistas. Ahora, los tributos profesionales, no tienen más que desprecio es sus rostros, cualquiera de ellos pesa entre veinte y cuarenta kilos más al cuerpo de Katniss, y, su brutalidad y arrogancia no tiene límites. Cuando Atala nos deja marchar, van directo a las armas más mortíferas y las manejan con soltura. Estoy pensando que espero que Katniss se le dé bien correr, bueno, es cazadora y escapar de perros salvajes seguramente le ha dado mucha complexión física, me ayudara. Peeta me da un codazo y suelto un respingo de la impresión, me ha dado un buen susto, seguramente está siguiendo al pie de la letra el mandato de Haymitch: permanecer en todo momento juntos. Cosa que me molesta.
— ¿Por dónde te gustaría empezar? — me pregunta, serio.
Le doy un vistazo a los profesionales que presumen sus habilidades delante de los demás, es un intento bastante ridículo de intimidar, en tonto los otros tributos, comienzan sus primeras lecciones de cómo manejar cuchillos y lanzas sin siquiera hacerse sobre sus pantalones.
— Hacer nudos, ¿qué piensas?
— Me parece bien, vamos. — contesta Peeta.
Nos acercamos a un puesto vacío, el entrenador parece encantado de tener alumnos, aparentemente la clase de nudos no es muy popular. Katniss desde mi mente me dictamina lo que sabe sobre trampas, la verdad, no se me dan nada mal y con ello nos enseña una sencilla que sirve para dejar a alguien colgado de un árbol por la pierna. Nos concentramos en aprender la técnica durante una hora, hasta que pasamos al puesto de camuflaje y, es allí, donde Peeta parece pasárselo bien. Se dedica a mezclar lodo, arcilla y jugo de bayas sobre su pálida piel, y a trenzar disfraces con vides y hojas. El entrenador fascinado se pasa por el puesto, gustándole visiblemente el trabajo que realiza.
— Yo hago los pasteles. — me dice Peeta.
— ¿Pasteles? — pregunto, he estado bastante ocupada viendo como el chico del 2 acaba de atravesar el corazón de un muñeco con una lanza a trece metros de distancia. — ¿Qué pasteles?
— En casa. Los glaseados para la panadería.
Oh, recuerdo que mi mamá, en una de sus tantos cursos que hace solamente cuando se siente inútil o dejada a un lado, hizo uno de pastelería europea. ¿Qué les puedo decir? Su destreza al ser profesora de educación inicial, le permitió hacer los glaseados con mayor creatividad, tanto para ser llamada una de las mejores alumnas del curso. Una vez mamá me enseño, no se me da tan mal, es decir, aparentemente tengo habilidades en el dibujo pero soy las que prefiere las actividades fuera de la cocina, en pocas palabras, no es mi fuente.
Empiezo a mirar con ojos críticos el diseño del brazo de Peeta: el dibujo, que alterna luz y sobras, me recuerda a la luz del sol atravesando las hojas de los bosques. Pero aguarden un segundo, se me hace raro que alguien como él sepa hacer esto, más cuando seguramente no ha tenido ni la remota posibilidad de cruzar la alambrada. Solo mírenlo, es un chico de la ciudad, allí tiene todas las comodidades necesarias para su supervivencias, además, es hijo de un panadero. No me lo tomen a mal, pero el chico del pan, no tiene necesidad alguna para ir al bosque.
« ¿No te parece molesto? » me pregunta Katniss, y oh, sí, claro que sí, este niño con sonrisa de bobo es molesto pero... ¿a qué viene eso ahora? « ¿En verdad aprendió hacer ese camuflado solamente observando el viejo manzano de su casa? No lo sé, aun así, todas esas alabanzas y camuflaje perfecto me pone de malas. » Allí vamos, que su malestar es porque Peeta es el centro de atención, cuando horas atrás, admitía no saber hacer nada a excepción del mal. Es cierto, igualmente me ha puesto de malas.
— Es impresionante. Aunque, la verdad, dudo que puedas acabar con alguien con tu glaseado.
— No te lo creas tanto. Nunca se sabe que te puedes encontrar en el campo de batalla. ¿Y si es un pastel gigante...? — empieza a decir Peeta.
— Sera mejor que sigamos. — le corto el rollo.
Los siguientes tres días nos dedicamos a visitar con mucha tranquilidad los puestos. Aprendemos algunas cosas útiles, desde hacer fuego hasta tirar cuchillos, pasando por fabricar refugios. A pesar de la orden de Haymitch de parecer unos enclenques, Peeta sobresale en el combate cuerpo a cuerpo y yo arrasó sin ni siquiera sudar en la prueba de plantas comestibles, eso si, Katniss es quien me ha guiado. Cabe de resaltar que nos hemos mantenido bien lejos de los arcos y las pesas, eso va como dato especial a las secciones privadas. Los vigilantes solamente se han aparecido el primer día, son aproximadamente unos veinte hombres y mujeres vestidos de túnicas moradas, que mi parecer, comandan una secta satánica, pero solo recuerdo en donde me encuentro y se me pasa. Se sientan en las gradas que rodean el gimnasio, a veces dan vueltas para observarnos y tomar notas, y en otras, se limitan a comerse el gran banquete que han preparado para ellos, sin voltear a mirarnos. Sin embargo, noto en ciertas oportunidades como nos observan, al menos, a los pertenecientes al Distrito 12. También hablan con nuestros entrenadores en nuestras comidas y lo vemos a todos reunidos mientras volvemos.
En nuestro piso comemos el desayuno y la cena, durante el almuerzo, comemos con los demás tributos en el comedor del gimnasio. Colocan la comida en carros alrededor de la sala y cada quien se sirve lo que prefiere. Los tributos profesionales son unos imbéciles, tienden a reunirse en medio de una mesa haciendo mucho ruido, como era de esperarse en unos idiotas, demostrando ser superiores a cualquiera y mejores a nadie. Casi los demás tributos se sientan solos, como lobos siberianos, nadie nos dice nada y, como lo ha mandado Haymitch, Peeta y yo ejercemos el poder de "los gemelos atómicos" y comemos juntos. No es que prefiera hacerlo, pero ordenes, son órdenes. Ni pueden imaginar lo difícil de conversar con él, es decir, obviamente no puedo sacar algo de mi mundo porque se daría cuenta de algo raro en mí, del mismo modo, hablar de su hogar seria nuevamente abrir la herida y no deseo eso, porque igualmente Katniss se pondría mal. Por lo tanto, se lo dejo en sus manos, cosa en no hacérsele tan mal, al menos, un día no. Al no tener mucho por hablar, el chico rubio arrojo una cesta de pan sobre la mesa y procurando que no me pierda nada, comenta que han intentado incluir todas las clases de panes realizados en cada distrito, añadiendo el del Capitolio igualmente. La barra con forma de pez y pintada de verde con algas es del Distrito 4; el rollo con forma de media luna y semillas, del 11. En realidad, el chico rubio, se me hace la Wikipedia del pan y eso provoca que me suelte una carcajada. Pero no lo hago, no si quiero ser tachada de rara.
— Y eso es todo. — dice Peeta, volviendo a meter el pan en la cesta.
— Estoy impresionada, sabes mucho de cosas.
— Solo de pan. Vale, ríete como si hubiese dicho algo gracioso. — ambos soltamos una carcajada más o menos convincente que deja perplejo más de uno, pero que va, no pretendo darles importancia. — De acuerdo, seguiré sonriendo amablemente mientras hablas tú. — dice Peeta.
¡Fascinante! Pretendamos que nada entre nosotros ha cambiado desde que te tire ese portazo, finjamos frente de los demás que somos los mejores amigos del mundo, cuando la realidad es otra. Pero bien, muy bien, Haymitch es quien da la ideas y nosotros, los limitamos a escuchar y obedecer.
— Bien, entonces... — giro mi vista hacia los carritos de comida, cuando de pronto, encuentro algo con que trabajar. Sonrió de medio lado. — ¿Qué tal si te enseño también mis conocimientos? Sígueme.
El chico rubio alza sus dos cejas impresionado, pero igualmente, encamina sus pasos detrás de los míos. En primer lugar, no tenía la más mínima intención de compartir uno de mis más grandes secretos como Heather Fausto con él, pero de alguna manera, necesito seguir pareciendo delante de los demás y Peeta mismo, como si confiaras tan plenamente el uno en el otro al punto de ser hermanos. La simple palabra me asquea demasiado, aunque me limito guardarla solo para mí. La mirada la paso rápidamente donde se encuentra las bebidas, existen al menos como unas veinte diferentes, algunas conocidas y otras no tanto, pero si existe dos especialmente que necesito ahora mismo: chocolate y café. Sujeto una taza bajo los atentos ojos del chico rubio sobre mí, vertiendo primero el café negro y seguidamente, una espumosa y oloroso aroma dulce se mezcla con el primero dando una concentración curiosa. Nuevamente, imito el mismo procedimiento en otra taza, la cual va hacer para mi compañero de distrito que esta mirándome con una expresión indescifrable en el rostro, tengo unas ganas de reírme, y no los reprimo, en este tipo de casos es innecesario hacerlo.
— Toma. — le extiendo la taza que acabo de preparar, él por su parte la sostiene como si fuese una bomba o granada que explotara en su rostro. — tranquilo, no va a matarte, te prometo que es completamente sano. ¿No te has dado cuenta? Aun no lo ha hecho conmigo.
— Pero Katniss, es café y chocolate. — replica y acerca su rostro para olerlo, sigo riéndome de la expresión que hace. — he escuchado del café con leche, pero esto es nuevo. Además, se supone que quien terminara riendo era yo, no tú.
— Mejor pruébalo. — señalo con mi taza a la suya, seguidamente lo hago yo y emito un suspiro satisfecho. — Esta bueno, bébelo mejor caliente porque frío no te certificó su sabor.
Peeta aun dudoso, cierra los ojos mientras le da un trago generoso a la bebida que he preparado, en realidad es muy gracioso, parece uno de esos niños que obligas a comer sus vegetales, y cuando los hacen, cierran sus ojos con fuerza en un intento de escapar de la realidad. De otra manera, el chico rubio me recuerda a mi, recuerdo que la primera vez hacer tal combinación delante de mis ojos, quede tan asqueada que di por loco a su inventor; sin embargo, con un poco de incentivo de su parte, termine adoptando igualmente como mia su costumbre. Finalmente, Peeta abre sus ojos azules impresionado, medio sonriendo, medio riendo, mirándome con una expresión que no estaba tan loca como lo imaginaba.
— ¡Esta realmente bueno! — dice Peeta, y bebe una vez más de la taza. — la combinación de lo amargo del café con el chocolate, es francamente fascinante. ¿De dónde lo has aprendido?
— De un ami... — freno el carro, no puedo decirle que de alguien conocido tiempos atrás cuando estaba más joven, es decir, eso es algo que diría Heather Fausto, y no estoy siendo Heather Fausto sino Katniss. Ah... maldición, llego el momento de aplicar la salida más viable: inventar. — amiga, una amiga que vive en la ciudad. Por supuesto, la conocí porque me compra algunas de la cosas que recoleto en el bosque. No somos tan cercanas, pero nos llevamos bien.
— ¿Quién? — pregunta perspicaz y yo me tenso. Maldición, parece que lee cada expresión de mi inexpresable nuevo rostro. — ¿Madge?
Aguarda, ¿y este como sabe que la hija del alcalde es cercana a Katniss? En realidad, no es como si fuesen de las cotorras que jamás paran de hablar, pero que conozca hasta quien la rodea es espeluznante. El chico del pan es alguien bastante curioso.
— ¿Cómo lo sabes?
— Es la única chica, aparte de ti, que se quedan solas en el almuerzo y actividades deportivas del colegio. — explica Peeta, mientras vacía su taza de chocolate con café. — Usualmente conforman equipo, ¿cierto? Es un buena chica, aunque muy tímida.
— Si, si, tienes razón. Se trata de Madge.
Intento no darle más vueltas al asunto mientras me tomo mi bebida, está claro que este par desde ese día se siguieron la pista muy de cerca, al punto de averiguar cada mínimo detalle. En fin, es su problema y no el mío, solamente trato de salvar la vida de la dueña de este cuerpo, la cual, quizás, también peligre la mía propia al encontrarse mi alma atrapada. Sin embargo, Peeta sigue mirándome muy fijamente al punto de inquietarme, quiero meterle mis dedos en sus ojos pero sé que no puedo, por lo tanto, suspiro y le sigo el juego.
— No volveré a dudar de ti. — me dice suavemente, encendiendo todas las alarmas en mi cerebro de peligro. — realmente es una combinación curiosa pero sabrosa, Katniss. Gracias por compartirla conmigo.
Esa sonrisa, esa arrolladora, cegadora y enorme sonrisa pone en peligro todas las alarmas de mi corazón. Porque no puedo dejar hacerlo, no puedo permitírsele que se cuele hasta mis órganos solamente porque me ha dado un cumplido, uno que por cierto, es fingido porque sé que lo hace por el mandato de Haymitch, no porque le haya nacido. ¿Y qué más da? Me repito en la mente sin descansar ¿Qué más da si lo hace? No es como si a estas alturas, más si estoy en un mundo paralelo al mío, le doy importancia a lo que haga o me diga un chico. A la final, estaremos en una arena donde deberemos matarnos, y aunque precisamente no me corresponda a mi hacerlo, otro lo hará y encariñarse de un futuro cadáver no es sano, es tóxico.
— Seguro. — respondo sonriendo de medio lado, dándome la vuelta y volviendo a la realidad.
En el segundo día, mientras estamos intentando el tiro de lanza, me susurra:
— Creo que tenemos una sombra.
Lanzo y veo que no se me da tan mal, está claro que dar en el clavo cuanto a puntería es lo de Katniss, siempre y cuando no sea de tan lejos. Entonces le prestó atención a lo que dice Peeta, se está refiriendo a la niña del 11, quien me recordó un poco a Prim y a Andree, mi prima por su edad. De cerca parece de diez; tiene ojos oscuros y brillantes, su piel es de un marrón sedoso y está ligeramente de puntillas, con los brazos extendidos junto a los costados, como si estuviese lista para salir volando ante cualquier sonido. Veas por donde la veas se asemeja a un pájaro.
Sujeto otra lanza mientras Peeta arroja la suya.
— Creo que se llama Rue. — me dice en voz baja.
« Rue, la amarga » me dice Katniss en un susurro « una pequeña flor amarilla que crece en la Pradera. » Apretó los puños con impotencia, tanto esta niña como Prim, han sido accedidas por las maldades del Capitolio. ¿Por qué ellas deben de morir por la diversión de algunas cuantos? No es justo, nada en este mundo es justo.
— ¿Ahora qué quieres hacer? — le preguntó, aunque no el chico rubio no tenga la culpa, sigo afectada de la situación.
— Nada, solo hablar.
Ahora que he descubierto su presencia, me es difícil no hacerle caso a la niña. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos puestos; al igual que Katniss, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad y tiene buena puntería. Acierta con la honda, pero de cierta manera ¿qué podría lograr con alguien que le supera en edad y estatura a la par de armado?
Ahora que sé que está aquí, me resulta difícil no hacer caso de la niña. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos puestos; como a mí, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad y tiene buena puntería. Acierta siempre con la honda, aunque ¿de qué sirve una honda contra un chico de cien kilos con una espada?
Cuando volvemos al piso del Distrito 12, Haymitch y Effie nos acribillan a preguntas durante todo el tiempo, o al menos, lo que compartimos con ellos. Desde sobre lo que hemos hecho durante todo el día, hasta como lo hicieron los demás tributos. Cinna y Portia no están aquí, así que las comidas se han vuelto un desfile de cero cordura y más desorden, aunque tampoco es que Effie o Haymitch discutan, más bien, resulta lo contrario: se han aliado para prepararnos a como dé lugar. Nos llenan de sus interminables explicaciones sobre lo que hay de hacer y no hacer, temperamento y posiciones en los entrenamientos. Peeta ha demostrado tener más paciencia para esto, yo no, me pongo terriblemente irritada que soy hasta algo maleducada.
En una de esas noches, logro tener mi escapada triunfal a mi habitación, que llega Peeta y masculla:
— Alguien debería de darle una copa a Haymitch.
¿Una? ¡Por favor que sea una botella completa! Estoy apuntó de soltar ese comentario en medio de un bufido y ruido próximo a una carcajada. Pero lo reprimo. Seguir en este jueguito de "amigos" y "ahora no amigos" me tiene exhausta, no quiero lidiar con esto ahora, no esta noche.
— No, Peeta. Al menos por ahora, no finjamos estar bien entre nosotros.
— De acuerdo, Katniss. — responde él, con cansancio.
Luego de eso, solamente volvimos a interactuar estando otras personas presente, entre nosotros no.
Al tercer día de entrenamiento empiezan a llamarnos a la hora del almuerzo para nuestras secciones privadas con los Vigilantes. Distrito a distrito, primero el chico y luego la chica. Sobre decir que el 12 es el último, predecible en mi sincera opinión, ya que como son el último distrito. .. así que esperamos en el comedor sin saber nada mejor en que quemar el tiempo. Nadie regresa después de la sesión. A medida de vaciarse la sala, el fingir ser amigos se deja a un lado, porque luego de desaparecer Rue, quedamos en entero silencio uno del lado del otro Peeta y yo. Entonces, al momento de llamarlo, él simplemente se levanta.
— Recuerda lo que dijo Haymitch, tira las pesas. — digo sorpresivamente, como si mi boca tuviese vida propia y no pudiese controlarla.
— Gracias, lo haré. Y tú... dispara bien.
Asiento con la cabeza, no sé porque simplemente no me quede callada, hubiese ayudado más en hacerlo. « Quizás si nosotras perdiéramos, no sería malo en que ganara Peeta. » dice Katniss, con lo cual la tacho de loca, porque después de todo este tiempo por nada he luchado por no confiar en el chico del pan, ahora viene ella y dice esto: ¡¿Perdió la cordura?! « Es que si lo hace, sería bueno para Prim, bueno para mi familia. » Ella se refiere al año completo de alimentos ilimitados, pero del mismo modo considero, que no puede existir nada mejor para ellas salvo que regresemos vivas. Entiendo que tengamos momentos de simpatía por Peeta, es que ¡es normal! El chico tiene el poder de las palabras y sabe ganarse tu confianza, pero a la final esto seguirán siendo los Juegos del Hambre. El menos pensado se colocara en tu contra.
Después de unos quince minutos, me llaman. Acomodo mi cabello, sacudo mis ropas y enderezo mis hombros al entrar al gimnasio. Al instante, se que tendré problemas, estas personas han visto veintitrés tributos antes que yo y que, por lo tanto, deben de estar muriéndose por ir a casa. Tampoco es que pueda hacer mucho, salvo apegarme al plan: me dirijo al puesto de tiro con arco. ¡Por fin poder tocar las armas! Llevo queriendo hacerlas desde el primer día, y aunque se me dijo confiar en el cuerpo de Katniss, solo tuve la oportunidad de utilizar uno en el día de la cosecha para cazar. No se me da mal, no me quejo, pero sé que necesito practicar más. Está claro que este arco y flechas están hecho de otros materiales distintos a los de Katniss guarda en el bosque, si mis ojos no me fallan, parece sintéticos y algo de metal, pero son resistentes cien por ciento. Sujeto uno y me dirijo al directamente a mi objetivo, Katniss me susurra que el campo parece un poco limitado para ella pero que quizás podamos hacer algo en el centro de gimnasio e intento darle al muñeco de lanzamientos de cuchillos. La sola idea me fascina, que me hace sacar del carcaj una flecha para acomodarlo en el arco, pero descubro que algo anda mal. Esta cuerda está más tensa y las flechas más rígida a las que tiene Katniss en casa, al lanzarla quedo cinco centímetros de darle al muñeco, que por consecuencia, pierdo poca atención recibida. ¡Demonios! Esto es muy humillante, el confiar en este cuerpo no me ha solucionado nada, estas armas no es algo que ni la mismísima Katniss podría haber liado, ¿qué diablos hare ahora? « Intentar de nuevo » me dice su voz en mi mente « yo no me quedaría de brazos cruzados. ¡Lo haría todas la veces fuese necesario hasta lograr darle al blanco! » Plagada del sentimiento de no rendirme de Katniss, vuelvo a sacar otra flecha y obligo a este cuerpo a adaptarme a estas nuevas armas. Luego, nuevamente en el centro del gimnasio, respiro con profundidad hasta que finalmente le doy en el corazón al muñeco. Seguidamente, corto la soga que sostiene el saco para boxear. Sin detenerme, ruedo por el suelo, me levanto apoyada en una rodilla y disparo una flecha a las luces colgantes del alto techo del gimnasio, provocando una lluvia de chispas. No pueden negármelo, para ser la segunda vez en utilizar arco y flechas, le he dado una exhibición espléndida. Aunque al parecer la mayoría de los Vigilantes están muy ocupados para prestarme atención, existen las excepciones, unos que inclusive me dan su aprobación ante lo hecho pero da un poco, no, mucha rabia que un cerdo que acaba de llegar reciba toda la atención.
Esto tiene que ser una broma, una de muy mal gusto, las entrañas empiezan a hervirme de cólera que poseo, la sangre se me calienta a punto de nublarme toda la vista. Mi vida depende de estos malditos juegos, o al menos, la de la dueña de este cuerpo y esta bola de parásitos inadaptados le dan más importancia a un cerdo muerto que a mí, pero no, esto se acaba y debe de acabarse justo aquí. Presa de la nebulosa rabia insipiente en mí, saco una flecha de carcaj y a apunto a la maldita manzana del estúpido cerdo asado, clavándola a su vez en la pared. Oigo los gritos de asombro y veo que la gente retrocede, plasmados. De hecho, todos me miran con expresiones incrédulas en sus rostros.
— Gracias por prestarme valiosos minutos de su tiempo. — digo, luego hago una ligera reverencia y me marchó sin escuchar siquiera un permiso de su parte.

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