domingo, 18 de marzo de 2018

Adaptación: Los Juegos del Hambre It's Like a Dream

18
Me impacto contra la dura tierra de la llanura que me deja sin aliento, y la mochila no suaviza en lo absoluto el golpe. El carcaj se me queda en el codo, cosa que me libera de otro golpe seguro en la espalda, además, al pesar de todo no he soltado el arco. El suelo sigue temblando por los estallidos, pero no consigo escuchar nada, nada en lo absoluto. Las manzanas debieron activar las minas suficientes, porque algunos escombros salen disparados por todo el lugar. Me devuelvo cubriendo mi rostro de algunos trocitos de materia, otros ardiendo. Un humo a ocre lo llena todo, nada efectivo para alguien que lucha por conseguir aire nuevamente. Al cabo de un minuto, el suelo deja de vibrar, ruedo por el suelo y me permito reír de la satisfacción de lo ocurrido, claro está, no lo hago como una neurótica porque alguien podría dar conmigo, pero si lo suficientemente quedo para mí misma, para celebrar una pequeña victoria. Ahora, si, bola de chulitos, ahora si van a saber que es una supervivencia de verdad. « Será mejor que salgamos de aquí rápido » me sugiere Katniss.
Lastimosamente, al colocarme de pie, me percató que esa escapada triunfal no va a poder darse como quiere la chica ruda, es decir, al levantarme me siento mareada, me tambaleo y noto como los árboles dan vueltas sin parar. Doy un paso hacia adelante y caigo de bruces, mierda, esto es serio, en todo el sentido de la palabra lo es. Me siento pensando que podrá pasarme el malestar dentro de un rato, cosa que no pasa en lo más mínimo. Voy a entrar en modo paranoia. No puedo quedarme aquí, debo marcharme lo más rápido que logre hacerlo, pero no puedo ni oír o andar. Me llevo la mano a la oreja izquierda y noto sangre, oh... oh... ¡Carajo! ¿Me quede sorda? No, esto es grave, demasiado grave, porque se supone que Katniss es cazadora, para poder serlo necesita de sus sentidos mejor que nunca, más de sus oídos. « No entres en pánico » me aconseja Katniss, con voz suave « recuerda que te observan, cualquier acto de debilidad te restará patrocinadores » haciendo caso a sus sugerencias, consigo colocarme la capucha encima y atarme el cordón con dedos temblorosos bajo el mentón. Eso servirá para absorber la sangre. Es un hecho que no puedo caminar, pero al menos intentaré arrastrarme. Con esto, consigo avanzar no tan deprisa hacia los arbustos de Rue, no puedo quedarme en campo abierto, si Cato logra verme de esta manera se asegurara de matarme de dolorosa y lenta forma. Y lo siento, pero no me he quedado sorda para nada, esto debe de valer la pena.
Otro estadillo me hace volver a balancearme hacia adelante, es una mina escondida de los demás que le ha debido de caer una caja encima. Pasa otras dos veces más, hasta que la calma, aparentemente, aparece. Consigo esconderme en el momento oportuno, aparece Cato en el llano seguido de sus compañeros. Hay que fijarse de su comportamiento casi infantil; se jala de los pelos, tira puños al aire, pega pistones al suelo y dice tantas malas palabras que he quedado en pañales junto a él. En cierto modo, estoy aterrada, porque estoy aquí, escondida entre matorrales, muy cerca de la guarida de perros hambrientos de carne, pero consigo tranquilizarme a mí misma con que, están tan sumidos en la rabieta del niño chiquito, que ni en mil años luz conseguirán dar conmigo. El chico del 3 tira piedras al destrozo y debe de concluir que todas las minas se activaron, porque los profesionales se acercan. Cato termina con su fase de berrinche y descarga su ira en los restos quemados, dándoles patadas a los contenedores. Los otros tributos inspeccionan el área en busca de algo salvable, pero no existe nada de nada. El chico del 3 cumplió con su trabajo a la máxima cabalidad; Cato parece concluir con la misma idea, porque se gira hacia el chico gritándole. El pobre no tiene ni tiempo a correr, cuando es cogido por la parte de atrás del cuello y ser girado sin problemas, rompiéndoselo. De esa manera tan grotesca, muere el chico del Distrito 3.
Cato quiere volver al bosque, aunque los otros profesionales no lo dejan, señal sin parar al cielo como si le informaran de algo. ¡Claro! Piensan que el causante de las explosiones ha muerto en la emboscada, encuentro fascinante esa conclusión, porque ni han intuido que poseo un buen manejo de arco y flechas, menos el estar viva o escondida. El cañonazo fácilmente pudo haberse perdido entre las explosiones, el aerodeslizador pudo también aparecido mientras ellos se encontraban en el bosque, por lo tanto, hasta los momentos me encuentro a salvo. Los profesionales se retiran hacia el lago para dejar que los Vigilantes se lleven los restos del chico del 3 y esperan. Creo que se escucha el cañonazo porque aparece un aerodeslizador y se llevan al chico muerto. El solo se pone en el horizonte, anunciando la caída de la noche, en el cielo veo el sello de Panem y seguramente ha comenzado el himno. Un momento de oscuridad y muestran los rostros del chico del 10, del cañonazo de esta mañana, y el del 3, que fue hace unos momentos. Entonces, la oscuridad vuelve a reinar. Ya está, saben que el saboteador a sobrevivido. Percibo como la chica del 2 y Cato se colocan los lentes de visión nocturna. El chico del 1 enciende una antorcha con una rama, dando así la iluminación de sus rostros bastantes lúgubres y decididos. Los profesionales vuelven al bosque para cazar.
El mareo ha cesado y, aunque no escucho nada con el oído izquierdo, puedo oír un zumbido en el derecho, lo cual es buena señal. Sin embargo, sería un suicidio salir de aquí, menos conociendo que los profesionales están merodeando el bosque. Seguramente piensan que el causante del desastre les lleva bastante ventaja, de todos modos, pasa un buen rato antes de arriesgarme a moverme un poco. Lo primero que hago es sacarme los lentes y ponérmelos, lo que me relaja un poco, ante fallarme uno de mis sentidos, mejor colocar los otro alerta, tal cual a lo que Katniss me pudiera aconsejar. Bebo un poco de agua y lavo la sangre de no oreja, la chica ruda dice que el olor a carne puede atraer depredadores, me alimento con los vegetales, las bayas y raíces que Rue y yo hemos recolectado esta mañana. Me pregunto dónde puede de estar mi pequeño aliada, espero que haya podido llegar a nuestro lugar de encuentro, no debe de estar preocupada por mí, al ver que mi rostro no se ha proyectado en el cielo se dará de cuenta que aún sigo viva.
Katniss hace un recuento por mí de los tributos que quedan vivos; el chico del 1, los del 2, la Comadreja, los dos del 11 y el 12. Ocho, solamente quedamos ocho, las apuestas debieron de colocarse algo apretadas en el Capitolio. « No solo eso » agrega, la chica ruda « seguro estarán emitiendo reportajes de todos nosotros, y probablemente entrevisten a nuestros familiares y amigos. Hace ya mucho tiempo que el Distrito 12 no tenía tributos entre los ocho finalistas, y ahora, tenemos dos. » Pero, aparentemente como dijo Cato, Peeta no durara mucho. « ¿Acaso importa lo que diga Cato? » me pregunta Katniss, como tratando de darme ánimos « ¿No acaba de perder toda su pila de provisiones? » nuevamente una sonrisa satisfecha ilumina toda mi cara, porque en este mismo instante voy a inaugurar los verdaderos Septuagésimos Cuartos Juegos del Hambre, pero eso si, que empiecen de verdad, ¿no es así? ¿Cato?
Una brisa fría me sacude por completo, pienso que debería sacar mi saco de dormir, pero recuerdo habérselo dado a Rue con la promesa de robarme uno. Claro, con toda la conmoción ocurrida lo olvide por completo. Empiezo a temblar, sé que paso las noches subidas en un árbol, pero hacerlo ahora seria de todo menos sensato, así que, escarbo un agujero bajo los arbustos y, me cubro con hojas y agujas de pino. Sigo teniendo frío. Me echo el trozo de plástico en la parte de arriba y coloco la mochila de forma que bloquee el viento. Como Katniss es experta en aguantar hambre, yo lo soy en aguantar frío, vivo en plena cordillera andina, por lo que puedo soportar hasta el amanecer aun si tiemblo mucho. De todas formas, me echo otra capa de hojas, agujas de pino, abrazo mis rodillas y así consigo dormirme. Cuando vuelvo a la vida, me doy cuenta que el sol está muy alto en el cielo, los lentes de visión nocturna me avisan que ya no son necesarios. Me siento para quitármelos y, es justo en ese momento cuando escucho unas risas, se encuentran cerca del lago, me quedo quieta. Las risas están distorsionadas, pero el hecho de que las escuche, quiere decir que vuelvo a recuperar la audición, bueno, al menos de mi oreja derecha porque la izquierda... diré que ya no me sangra.
Me asomo entre los arbustos, temiendo que los profesionales regresaron y deba permanecer un tiempo más aquí, hasta que noto que se trata de la Comadreja parada entre los escombros muerta de risa. Es más lista que los profesionales, ha logrado encontrar unos cuantos artículos servibles entre las cenizas: una olla metálica y un cuchillo. Me confunde su alegría hasta que caigo en cuenta, si se acorta la supervivencia de los profesionales, se alarga más sus posibilidades de ganar igual como el resto. Sé que es el momento perfecto para lanzarle una flecha, quizás la he subestimado demasiado y la real contrincante, sea ella; sin embargo, la chica escucha algo que no soy yo, porque vuelve la cabeza la la dirección contraria, hacia el lugar donde nos soltaron, y vuelve corriendo hacia el bosque. Espero. Nadie, no aparece nadie. Como sea, si a la Comadreja le parece peligroso ¿quién soy para cuestionarle? Debo irme también. Estoy ansiosa de contarle a Rue lo ocurrido. No tengo idea de dónde están los profesionales, por lo que la ruta de regreso al arroyo es tan buena como cualquier otra. Aceleró mis pasos, tengo en una mano el arco y en la otra un pedazo de granso frío; tengo demasiada hambre, y no parezco aguantar solo con bayas y raíces, el cuerpo me pide comida de verdad. La excursión hacia el arroyo ocurre sin menor inconveniente. Una vez allí, reconoce agua y me lavo el oído, después avanzo colina arriba utilizando el arroyo como guía.
En cierto momento, noto unas huellas de botas en el barro de la orilla, los profesionales han estado por aquí, aunque no ha sido hace poco. « Las huellas son profundas porque se hicieron en barro húmedo » me explica la chica ruda « pero ahora están casi secas por el sol, deberías tener cuidado con las tuyas. » Tomando precauciones de ello, me quito las botas y calcetines, caminando por el arroyo descalza dándome una sensación de frescura. Aprovecho y cazo dos peces, me como uno y le guardo el otro a Rue. Poco a poco el ruido del oído derecho cesa por completo, aunque nada del izquierdo, intento quitarme cualquier cosa que obstruya la audición, pero aun con eso, no siento mejoría alguna. Me siento tan rara siendo sorda de un oído, como medio desequilibrada, de vez en cuando me inclino de ese lado para ver si sale algo, teniendo el mismo resultado. La oreja derecha busca acaparar todo sonido que la otra no puede hacer, analizando toda la información que pueda, en tanto pasa el tiempo, menos posibilidades me quedan de poder recuperarme.
Al llegar al lugar de encuentro, estoy segura de ser la primera y que nadie a tocado el sitio. No hay rastros de Rue, ni en el suelo, ni en el los árboles. Es raro, debería de regresar, es más, debería de estar esperándome aquí antes de mi llegada. Bueno, tuvo que haber pasado la noche en otro lugar, contando que los profesionales recorrían el estadio con posibles víctimas, armadas y con dos lentes de visión nocturna, está claro la gran desventaja. La tercera fogata era la más lejana a nuestro campamento, otra razón más de estar fuera de nuestro campamento la noche pasada. Estará estudiando cuidadosamente su regreso, viendo con precaución no ser cogida por ningún profesional, está bien que lo haga pero, me encantaría que se diera prisa. Tengo pensado pasar la tarde caminando más hacia lo alto y, de paso, cazar algo. En cualquier caso, no me queda más remedio que esperar a su regreso. Me lavo la sangre de la chaqueta y el pelo, y limpio mi creciente número de heridas. Las quemaduras están mucho mejor, pero no me arriesgo, por lo que me echo otra capa de crema. Lo primordial es evitar cualquier tipo de infección. Me como el segundo pez, porque no va a durar más con este calor y será fácil reponerlo para Rue, si decidiera aparecer de una buena vez.
Me siento vulnerable en el suelo, un oído menos, por lo que me subo a un árbol a esperar. No voy arriesgarme a que un profesional aparezca, pero estando en zonas altas le puedo disparar fácilmente. El sol se mueve lentamente y hago lo que puedo para pasar el tiempo: mastico hojas para curarme las picadas, que se han desinflamado, pero duele un poco; me peino el dedo con los dedos y me lo trenzo; me ato los cordones de las botas; compruebo el arco y las flechas que me quedan; hago pruebas de audición de mi oído izquierdo, pero sigue sin dar señales de vida. Al pesar del granso y los peces sigo teniendo hambre, en pocas palabras, nada parece satisfacerme. « En el Distrito 12 eso, lo llamamos día hueco » me explica Katniss « es donde no importa lo mucho que comas, no consigues llenarte » bueno, creo que estar en el árbol sin ocio no ayuda mucho al día hueco, por lo que debería ser algo al respecto. Abro lentamente un puñado de nueces y me las como; mi última galleta; el cuello del granso, que usualmente no me molestaría en comer, pero cuando existe hambre nada de eso importa y me ha costado igualmente limpiarlo, por lo que decido no haberlo hecho en vano; después me trago un ala y el pájaro es historia. Pero como es un día hueco, tal cual dijo la chica ruda, sigo soñando despierta con los manjares que hacen en el Capitolio: el pollo en salsa de naranja, las tortas, pudines, mi amada copa de fresas con crema, y ese curioso estofado de cordero de ciruelas pasas. Katniss me sugiere que agarre un puñado de hojas de menta, en su casa lo hace para engañar a su estómago, así le dice que la hora de comer ha pasado y debe conformarse.
Colgada en un árbol, con el calor del sol, la boca llena de menta, el arco y las flechas a mano... es el momento más relajado que he tenido en toda mi estadía en el estadio. Si apareciera Rue y pudiéramos irnos... conforme crecen las sombras, también mi inquietud lo hace; a última hora de la tarde decido buscarla. Al menos, puedo pasar por el lugar donde encendió la tercera fogata y pueda encontrar pistas de su paradero. Antes de irme, esparzo algunas hojas de menta en nuestra antigua fogata, así sabrá que estuve por aquí y me encuentro bien; si otro tributo las ve no tendrá ningún significado en especial. En menos de una hora llegó a la última fogata, o lo que debió de ser una, porque la niña la hizo muy bien pero no la encendió. Maldición, tuvo que haberse metido en algún problema, es lo que deduzco enseguida. Bien, está viva, debe de estarlo porque de lo contrario hubiese escuchado su cañonazo, o al menos que lo hayan sonado en la madrugada cuando estaba la suficientemente sorda como para oírlo. No, imposible, me niego a creer esa conjetura. Es lista y muy hábil, pudo haber ocurrido cualquier otra cosa que la mantiene encaramada un árbol: una manada de perros, Thersh, los profesionales haciendo rondas. Sea lo que sea, sé que está viva, en alguna parte de la segunda fogata y esta, debo encontrarla.
Es un alivio estar en movimiento después de pasar toda la tarde sentada. Me arrastro en silencio por las sombras, dejando que me oculten, pero no noto nada sospechoso; no hay signos de lucha o agujas rotas en el suelo. Me paro un momento y lo oigo, aunque tengo que inclinar la cabeza para asegurarme: es la melodía de cuatro notas de Rue, repetida por sinsajos. La melodía que significa que está viva. Coloco una mano en mi pecho suspirando aliviada, sé que no debería de hacerlo, pero es lo que siento. Otro repite otro puñado de notas más allá, eso quiere decir que Rue le ha estado cantando hace poco; si no, ya habrían repetido cualquier otra cosa. Levanto la mirada en busca de la niña, trago saliva, y aunque en lo absoluto poseo voz de cantante, repito las notas dándole señal que es seguro ya reunirse conmigo. Un sinsajo repite, y entonces, se escucha un grito.
Es un grito infantil, un grito de niña, y en el estadio no existe nadie más con esas características que Rue. Empiezo a correr teniendo la posibilidad de tratarse de una trampa, una que me puede conducir a los profesionales pero, no me importa, ya nada importa. Oigo otro grito agudo, y esta vez pronuncia un nombre:
— ¡Katniss, Katniss!
— ¡Rue! — respondo, para que sepa que estoy cerca, para que se enteren de una vez que la chica de las rastrevíspulas está cerca y que he conseguido un once, que para ellos es inexplicable, le deje al menos un segundo para dejarla en paz. — ¡Rue! ¡Resiste! ¡Resiste que ya voy!
Cuando llego al claro, ella está en el suelo, envuelta en una red. Tiempo justo para sacar una de sus manitos a través de la malla y gritar el nombre de la chica ruda antes que la atraviese la lanza.

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