Un
empujonazo me despierta. Miro desconcertada a mi alrededor dándome cuenta que
me he quedado dormida en una de las mesas, giro a la derecha topándome con los
ojos negros de mi compañera de clase, Rebeca. Por su pose de madre regañona, un
pie adelante del otro, labios fruncidos y brazos cruzados a la altura del
pecho, debe de estar súper enojada. Resulta que hemos venido a la fiesta de
cumpleaños de quince de Mari Anna, cuando digo "vamos" incluye a un
grupo limitado de amigos, los cuales se encuentran dispersos en todo el área:
Luis, alias, "la lagartija", muy junto a Yoselin, una de sus mejores
amigas, conversando junto a la mesa de aperitivos, a la izquierda de donde me
encuentro; Amelia y Hermes, dos primos que discuten muy a menudo, ellos están
en una mesa conjunta a la mía, muy callados para tratarse de ellos; Estefani y
alguien desconocido, conversan manteniendo una bebida de dudoso contenido en
sus manos, sonriendo y hablando muy cerca; finalmente nos deja a Rebeca, la
gruñona del frente y Ricardo, un amigo muy cercano. Si mis memorias no fallan,
viene a esta fiesta obligada, en realidad, mamá junto a su mejor amiga me
obligaron a vestir un vestido negro de cinturón rojo de lentejuelas, una
chaqueta acolchada con un tocado de piel sintética y tacones de aguja
exagerados, que siendo más precisa, los odio con todo el corazón. En cuanto al
maquillaje, es sencillo; un pintalabios rosa, sobra lila y una capa de polvo
blanco, mamá ha dicho que por ser muy joven no pretende cargarme de mucha
pintura, la moda de hoy en día realza en ser natural.
Cogimos
un taxi y fuimos rumbo al sitio de la fiesta: el pedregal. Esta sumamente ansiosa,
nunca me ha gustado las fiestas, es un hecho que se me dan a las patadas, mas
sabiendo la clase de persona que puede ser Mari Ann, se hace una idea del
evento que será. Sin embargo, de manera sorpresiva, nada de su personalidad
explosiva se presentó. Llegando la quinta, en El Pedregal, una zona bastante
apartada de la ciudad, entendimos que nada de eso pasaría. Es un sitio
exclusivo, de hecho, la casa era enorme y la fiesta seria en el jardín, donde
un gran toldo ocupaba todo el espacio; las mesas estaban vestidas de blanco,
tenían un centro de mesa de flores blancas y rosas rosadas y rojas, sus sillas
tenían un forro del mismo color del mantel, pero con un laso rosado atrás. Por
supuesto, pensé de inmediato, es el color que ha escogido la madre de Mari Ann
para su vestido, que muy a pesar de su "oposición" a la fiesta, la
termino aceptando sin rechistar. Tomamos asiento y de inmediato, un fuerte
chaparrón cayó sobre nosotros. Suerte que viene con chaqueta, de lo contrario,
me hubiese congelado. Nadie de mis conocidos llego en los primeros quince
minutos de aparecerme, no hasta que Amelia y Hermes aparecieron. Es tan extraño
estar fuera del aula de clases, fuera de lo cotidiano, fuera del uniforme, y
fuera del colegio. No pude tratarlos a ellos de forma convencional, está la
sonrisa me resultaba incómoda, por lo que me limite a sentarme muy callada
junto a mamá y su amiga. Santo cielos, ¿quién se le ocurre venir a alguien a
una fiesta con su mamá? A mí, solamente y únicamente a mí.
Luego
de unos veinte minutos de espera y la lluvia cesado, la fiesta comenzó con el
protocolo inicial: el grupo de jóvenes chicos ubicados a la mitad de la carpa,
en parejas, bailando al son de la canción de las quinceañeras; acto seguida, la
agasaja aparece, todos aplauden y se une a la cuadrilla en su baile. Desde el
inicio, iba a participar en ese grupo, la misma Mari Ann me escogió para dicha
pareja, es más, fui a uno de los ensayos y tuve de pareja a un chico de ojo
verdes espectacular, pero debí salir porque a mamá no le gustó la idea, eso y
que ocupara mis fines de semana en actividades de ocio. Dejando eso de lado, la
fiesta sigue su curso. Terminado el vals con la cuadrilla, aparece el papá y
comparte el baile con él, viene el cambio de zapatillas, el significado de
transformarse de niña a mujer, y luego otro baile más. Terminados los actos
convencionales, la fiesta se suma entre el sonido de la música bailable y las
ganas de felicitar a la cumpleañera. Soy una de esas, bueno, tengo que esperar
mi turno al final del jardín, cerca de un puentecillo, donde cruza un arroyo
pequeño. Mientras lo miro me siento estúpida, he visto como las chicas y los
chicos de la cuadrilla interactúan amenamente, en tanto he sido apartada aun
lado como un trapo sucio. No se puede evitar, mamá no ha querido eso para mí y
el tiempo es imposible de volverlo atrás, me toca es tragarme los sentimientos
de un solo golpe. Finalmente pudo saludar a Mari Ann, está admite sorprenderle
verme en su fiesta, con su usual tono burlón, ahora más discreto porque está en
público, dice conocerme lo suficiente como para querer huir de esto y zambullirme
en el fondo de un closet. No le digo nada, en su lugar, rodeo los ojos siseando
entre dientes quererla tanto como ella a mí. Luego, desaparezco entre la
multitud, buscando una vez más ese lugar apartado.
Escuchando
a duras penas el sonido del pequeño caudal, apoyo mis brazos en el barandal
dando un suspiro profundo; realmente quiero irme a casa, mamá me ha obligado a
venir a esta fiesta solo para desafiar a Mari Ann, nunca se han llevado bien y
creen que demostrándole ser una mamá comprensiva al traerme a la fiesta, le dirá
que no soy una sometida. Da igual de todas maneras, yo realmente no quiero
estar aquí. Entonces, como si fuera dictado por el destino, giro mi mirada
hacia mis espaldas encontrándome con una mirada café, está sorprendida, y su
expresión no sabe cómo colocarla. Por un lado, mi corazón da un vuelco emocionado
y mi estómago siente retorcijones conmocionado, sé que debo de estar muy
asombrada, con la boca abierta y los ojos igual que dos platos, pero no puedo
creerlo, entre todas las personas, tenía que venir Ricardo y su hermana
Yoselin, claro, tiene de llavero a la lagartija; pero no tienen importancia
para mí, jamás la han tenido y menos ahora la tendrán. Quiero acercarme,
necesito hacerlo, pero la impresión de verlo aparecer de la nada desestabiliza
los nervios de mi cuerpo, perdiendo la oportunidad, porque Mari Ann hallo con
ellos, llevándoselos lejos de mi vista. Giro rápidamente en dirección al
arroyo, aprieto los puños y me encojo de hombros, sé que soy una idiota, una
que no tiene punto de comparación ¿acaso es difícil alzar la mano y saludar?
No, no lo es, menos cuando el mismo Ricardo ha gritado en los cuatro vientos
que somos muy buenos amigos, de los mejores. El cuerpo me ha empezado a sudar
en niveles sorprendentes, el pulso me tiembla y la garganta la tengo seca,
estoy tan nerviosa que la opción de huir me parece tentadora. ¡Santo infierno
ardiente! El chico que me gusta, el chico que ha puesto de cabeza mi vida está
aquí, en el mismo sitio que yo, bajo una noche de luna nueva y frío abrazador,
en donde me he sentido apartada y excluida de los demás... ¡Tiene que
significar algo!
Llevo
una de mis manos a mi pecho obligándome a tranquilizarme, aspiro y suspiro
varias veces, lleno de aire mis pulmones lo suficiente para controlar una parte
de mis emociones. El corazón sigue martillando con fuerza contra mi mano, pero
al menos las manos ya no me tiemblan, me encojo de hombros en señal de ocultar
una sonrisa entre mi chaqueta. Ah... perdí la cordura, la poca que tenía, la he
perdido y solo por el efecto Ricardo Rivas, en un mismo sitio. Obviamente, no coincidimos
a la primera, él se aparta junto a sus amigos o conocidos, en tanto Mari Ann me
ataja para presentarme a unos cuantos de su familia, del mismo modo, saludo a
la cuadrilla y el chico que fue mi pareja de baile, casi ni me presta atención,
esta con su nueva adquirida novia: Karla. No puede importarme menos, con tal,
mi chico esta por allí mirándome desde lo lejos; sé que técnicamente, no somos
algo en el sentido romántico, pero pronto lo seremos. Nuevamente, Mari Ann
desaparece y quedó con una amable chica gordita, Virginia, la conocí ese fin de
semana, corrección, el único fin de semana que pertenecí a la cuadrilla y nos
agradamos al instante; conversaremos de los temas jugosos luego de mi salida, y
como mi amiga perdía la compostura en ocasiones. Tipo normal, son cosas de quinceañeras
nerviosas a que su día salga todo perfecto, tal cual debe de ser. Minutos
después, Mari Ann reaparece junto a sus hermanos, "la pulga" un
chiquillo dos años menor a nosotras, pero con complexión de niño de primaria y
dos chicas, vestidas de elegantes vestidos, pero usando tenis. Ellos me saludan
con abrazos efusivos, son bastante afectuosos considerando que he estado muchas
veces en su hogar, ya me tienen como otra más de la familia. La pulga, me
invita a comer en el mesón fresas con chocolate, han traído una fuente y sería
un sacrilegio no unirse al festín cuando se tiene la oportunidad, mordiéndome
en labio mientras miro a Mari Ann y Virginia, no puedo evitar aceptar la
propuesta del chiquillo perdiéndome en el impuro deseo de la cómoda, de mi delirio.
Me tardo unos diez minutos en comer unas cuantas brochetas dulces; malvadiscos,
fresas y otras frutas junto a la pulga, ambos no las pasamos bien hasta mi
encuentro con Estefani, la propulsora del pecado.
La
chica, quien igualmente participo en la cuadrilla de los quince de mi amiga,
dictamina que debo de dejarme de comportamientos infantiles, ya tenemos quince,
además de estar en una fiesta, lo más propicio seria tomar aunque sea un
cóctel. Pongo los ojos en blanco, no necesito nada de alcohol en mi sistema
para festejar un año más de vida de Mari Ann, el estar presente, y comer
chocolate con su hermano es suficiente. Entonces, imitando el movimiento de mis
ojos, señala atrás suyo comentado haberse encontrado con Ricardo y ha
preguntado por mí, me ha notado muy extraña porque ni siquiera lo salude, y yo
siempre le doy aunque sea una sonrisa en respuesta. Pero esta vez nada, nada en
lo absoluto, solo me quede mirándolo.
—
Escucha. — dice Estefani. — si quieres tener el valor para acercártele a ese chico,
tomate una de estas y deja que la magia fluya. — alza su copa, sonriéndome
abiertamente. — Es notable que te falta valor, y un poco de alcohol no te
matara, te dará energía.
¿Quieren
saber cómo termine? Lo predecible: ebria. Aparentemente soy intolerante al
alcohol, por lo que a la tercera copa de un coctel sumamente dulce, me hallaba
sonriendo sin razón aparente, metida en medio de una manada de chicos bailando,
y por si fuera poco, haciendo bulla en la hora loca. Exhausta por mover mucho
el esqueleto, me deje caer una de las mesas más apartadas de todas, cerca del
puentecillo del arroyo, no quería mover más mis pobres pies, solo sentarme y
cerrar los ojos por un momento. Aunque no sabía que terminaría durmiéndome por
completo, olvidando mi verdadero objetivo: hablar con Ricardo. Llevándome las
manos al rostro, ahogue un gemido de frustración, Estefani seguía mirándome con
reproche y yo queriendo sumergirme en mi propia vergüenza. Tampoco es que he
visto más a Ricardo, su hermana junto a la lagartija a están a metros de mí,
por lo que lo deja la pista de baile.
—
¡Ugh! Dime por favor que Ricardo no está bailando con otra, por favor... ¡Dímelo!
— exigí dramática a Estefani.
—
No, aun no. — me avisa, entonces aprovecho para mirarla a los ojos. Ya no esta tan
enojada. — pero eso no ha dicho que se haya mantenido intacto porque no le
prestas atención, ha estado con varias chicas pero no dura mucho conversando.
Ahora, lo vi con el hermano de Mari Ann, están en la fuente de chocolate.
Comiendo.
Hago
ruido al brusco movimiento de pararme, la cabeza me da vueltas ante tal exabrupto.
Estúpida idea de tomar, principalmente no debí de llevarle la corriente a mi
compañera de clases, es una buena persona, pero sus ideas no son la más
sensatas en hacerlo. Ella me mira divertida, mi comportamiento con la bebida no
es la más perfecta posible, y ante lo posible, nunca querré tener una
apariencia igual a esta. Pisando con paso firme, me abro paso entre los
presentes para ir a la dirección donde se encuentra el chico de mis sueños,
Estefani me sigue muy desde atrás, seguramente riéndose de mi estado al beber
por primera vez. Creo que lo anotaré: nunca más volveré a tomar alcohol.
Finalmente, llego a la mesa donde se encuentran los aperitivos, no hay muchas
personas conversando, y las chupetas de pollo no están siendo el punto fuerte
culinario, se encuentran prácticamente todas a un lado del plato de fresas, ya
casi vacíos, ante el verdadero festín de la mesa: la fuente de chocolate. No es
muy grande, claro está, aunque sus pisos son cuatro el tamaño es reducido y a
su alrededor, están dos muchachos riendo, hablando y señalando a la pista de
baile de vez en cuando. El corazón se me acelera sal notar esos lunares en ese
rostro juvenil, porque podrá ser de noche, no encontrarnos cerca, pero siempre
detectare esa característica que adoro tanto de él, si, hablo de Ricardo. La
pulga es el primero en darse cuenta de mi presencia, sus ojos negros brillan
con picardía y, dándole un codazo amistoso a su acompañante, señala con su
brocheta de fresas hacia mi dirección. Al girarse me congelo por completo,
Ricardo y yo no hemos cruzado más que miradas al inicio de la fiesta, somos
amigos jurados, de los muy buenos amigos, pero existe algo entre nosotros que
me hace creer que eso no es cierto del todo. ¡Pero no me estoy refiriendo a lo
negativo! En realidad, en el instante de cruzar miradas, se percibe una
electricidad recorriendo cada centímetro de mi piel, está me paraliza, llegando
hasta mis terminaciones nerviosas y ejerciendo peor a las cosquillas. Desconozco
que si él experimenta lo mismo, pero al menos, su mirada no podía apartar la de
la mía y nos sumimos en una atmósfera donde solo nosotros, estábamos.
Estefani
me devuelve a la realidad colocando una de sus manos en mi hombro, se acerca a
mi oído susurrándome el tomar la iniciativa, caminar hasta donde él y empezar
hablando con una disculpa, desde mi descontrol con la bebida ha estado
fijándose en mí, detallándome incluso cuando baile con el primo de Mari Ann,
aunque no hizo expresión alguna de celos, su calma era muy inquietante. Ante
semejante declaración, me devuelvo a donde está mi amiga mirándola con ojos muy
abiertos, ahora sí quiero morirme, o escarbar en la tierra y esconder la
cabeza: ¡Qué vergüenza! Aun así, Estefani me anima a olvidar eso y seguir
adelante, somos amigos, y ellos hablan como las personas normales, sobre todo,
dialogan con las personas normales. Dicho esto, alza su mano en señal de
despedida, caminando y desapareciendo entre la multitud de la fiesta. Bien, no
he hecho nada malo, es normal mi comportamiento porque Ricardo y yo solo somos
amigos, me gusta e igualmente, desconozco si yo también, pero mientras sigamos
en este juego de "tira y encoje", mis acciones serán siendo mías.
Apretando la manos, respiro hondo y camino con determinación hacia mi amigo,
los estragos del alcohol todavía en mi sistema, me tambaleo de un lado a otro
de vez en cuando, pero no le prestó atención, simplemente sigo hacia adelante.
Ya habiendo llegado a mi objetivo primordial, me acaricio un poco las sienes y
miro directamente a los ojos a Ricardo, no nos decimos nada, pero el ambiente
claramente sigue siendo electrizante. La pulga, que es el hermano menor de Mari
Ann, mueve su cabeza de un lugar a otro como si esto fuera un partido de ping-pong,
esperando quizás cuál de los dos da el primer paso.
—
No hemos coincidido mucho en la fiesta de hoy, Heather. — dice Ricardo, e
inmediatamente, dirige su atención a la fuente de chocolate. — No sé si hemos
estado muy sumidos en nuestros asuntos, o simplemente, distraídos el uno del
otro.
—
Nunca podría distraerme de tu presencia. — digo, y rápidamente me arrepiento de
ello. La pulga abre los ojos impresionado, ni hablar de mí, colorada hasta las
orejas, ¿Qué demonios acabo de hacer? — Digo... digo... somos amigos ¿cierto?
Te vi desde el inicio, solo que... es muy extraño vernos fuera de clase, de los
uniformes, además del ambiente.
—
Tienes razón. — sonríe de medio lado, luego me extiende una fresa con
chocolate. — Tampoco he podido acercarme a ti de todas maneras, la belleza de
la noche reflejada en tu rostro, me cohíbe al punto de abrumarme. Ni siquiera,
se cómo actuar en estos instantes.
Una
de las características de Ricardo, es su forma de hablar tan elocuente y
certera, hace que tu corazón lata tan fuerte como un tambor, tu cuerpo vibre
como un temblor y las piernas se conviertan en gelatina. Y, todo esa gama de
sensaciones, venían acompañadas de una mirada profunda de sus ojos color café,
brillan y son tan intensos como un aguacero en tiempo de lluvias.
—
Buen... bueno. — recibo las fresas bajando la mirada, acomodando el mechón de
mi cabello corto y sonriendo nerviosa. — tu igual te ves bien, el negro es
definitivamente tu color.
—
¿En verdad? — pregunta incrédulo, da un paso hacia mi y sostiene mi mentón, obligándolo
a alzar. — Gracias, me en canta cuando me halagas pero mirándome directamente,
tus ojos me recuerdan a las almendras y devorarlos, es una cosa que debo
reprimir hacerlos.
—
Ricardo, deja las bromas. — le reprocho.
—
Vale, tómalo como bromas si es lo que quieres. — suspira, cerrando los ojos
unos segundos y acto seguido, una sonrisa se dibuja en sus labios. — ¿Nos
sentamos? Bebemos un coctel y coloquémonos al día, aun no me has contado cómo
te sientes viendo la cuadrilla completa, o caso... ¿No los conociste a todos
ellos?
—
Si, los salude después del vals. — digo, y camino lejos de la mesa dejando a la
pulga atrás, este se encoje de hombros y nos despide con la mano. Está claro
que es más importante comer, en lugar de escuchar a dos adolescentes hablar de
cosas sin sentido. — pero estoy bien, solo fui a uno de los ensayos, por lo que
no compartí mucho con ellos.
—
Oh, vamos. Conozco esa carita, te ha afecto por lo menos, un poco. — señala,
una vez más bajo la cabeza apenada. Ricardo y su capacidad para ver a través de
mí. — ¿Fue un chico quizás?
—
¿Estas bromeando?
—
No, obvio y no fue un chico. — dejamos de caminar, quedando uno frente del otro
y él, dando un paso al frente, acerca su rostro lo suficiente como para sentir
su aliento en mi rostro. Me paralizó. — soy el único que existe en tu corazón,
quien quiera ocupar mi lugar, se verá contra un muro de contención con mi
nombre en él.
No
sabía si era otra de las bromas de Ricardo, estas eran sus frases
convencionales, piropos sin sentido combinados con violar mi espacio personal,
robaban toda la capacidad de razonar de mi cerebro y colocaba a dar vueltas mi
alrededor. Sudaba, temblaba y la garganta se me secaba, todo pensamiento
negativo o positivo se escapaba, dejando únicamente un remolino de confusión.
Somos amigos, claro, pero del mismo modo, los amigos no se insinúan de la forma
que lo hacemos nosotros, tampoco puedo preguntar sobre sus sentimientos hacia mí,
temo de ser rechazada y herida profundamente. Ya ocurrió una vez, y una segunda,
es algo en no poder soportar. Tomando yo misma la distancia, sonrió y le
aprieto la mejilla cariñosamente a mi amigo sacándole la lengua, él se queja y
acaricia donde le duele mirándome con reproche.
—
Muy gracioso, pero no. — le doy la espalda y escucho sus pasos detrás de mí. —
no existe ningún chico, menos existirá en estas épocas de mi vida. Te confías
mucho de la vida, un día de estos, capaz... ni te quiera.
—
¡Venga! — ríe incrédulo, colándose en mi camino y impidiéndome caminar. — eso
no es como cambiar de zapatos, el cariño no se desecha de buenas a primeras,
menos uno como el nuestro.
Es
en esos instantes, que no deduzco si habla de lo amistoso o amoroso. Me
confunde.
—
¿Y qué hay de mí? — pregunto, Ricardo me mira confundido sin entender nada. —
¿Soy fácil de remplazar?
—
Por favor. — bufa indignado, sostiene con sus dos manos las mías como si me
brindara calor. — Eres una de las chicas más maravillosas que he conocido en la
vida, Heather. Para alguien como tú, no existe remplazo alguno o existirá,
siempre te voy a querer.
Ojala,
esas mismas palabras, las hubiera sostenido en el futuro.
—
Entonces, lo mismo va para mí. — digo, y él sonríe abiertamente, como si
realmente estuviera conmovido de mis palabras. — No hay ningún chico que te
igualen, ni ahora o nunca.
Colocando
su brazo igual a un caballero, la sostengo y juntos nos dirigimos a las mesas
de la fiesta, en aquel lapso de tiempo fui lo suficientemente feliz como para
hablar dos días seguidos de lo mismo, Ricardo y yo no solo conversamos animadamente,
igualmente bailamos un poco e incluso, comimos un poco de torta de cumpleaños.
No nos separamos el resto de la noche, permanecimos uno al lado del otro como
siameses, a su lado me sentía poderosa, una reina, que todas las chicas
transitando a su alrededor no eran más a sombras inconsistentes ante sus ojos,
era lo suficiente caballero para darme mi lugar y respetarme. Terminada la
velada, nos acompañó a mi mamá, su amiga y a mí, hasta que llegara el taxi que
nos recogería. No quería que la noche acabara, no tan pronto, era como el
hechizo de cenicienta a media noche cuando debe de correr para evitar que el
príncipe azul la viera en sus verdaderas ropas, solo que en esta ocasión, no me
convertiría en la modelo de ropa harapienta, sino la muchacha de uniforme
escolar que ama intensamente a su amigo de clases. Llegado nuestro humilde
transporte, abrace fuertemente a Ricardo, como si sintiera un mal
presentimiento del futuro con respecto a nosotros; el ser separados, cambiar
nuestro estatus y todo nuestro entorno por algo que claramente, no me gustaría.
Terminada las despedidas, prometimos volvernos a ver el lunes en clase, la
época de lluvias se encontraban a la vuelta de la esquina y mejor sería llevar
paraguas, como un buen abrigo. Aunque, claro está, que no sabía que esa
temporada tan fría y demoledora, se convertiría en mi confidente para los días
horribles que vendrían, lo cuales, acabarían completamente mis sonrisas y
alegrías.
Me
despierto de golpe, desconcertada de todas imágenes dantescas que visto, son
pesadillas, más que pesadillas, se tratan de memorias vividas anteriormente en
mi mundo, cuando era una idiota completa. ¿Por qué demonios las he visto? ¡¿Por
qué demonios me muestran algo que en su momento me hizo daño?! Me quedo
tumbada, esperando a que vuelvan otra vez una zartada de memorias de la peor
parte de mi vida. Pero no llegan, al cabo de un rato acepto que el veneno de
las rastrevíspulas ha salido de mi cuerpo, dejándome hecha polvo y muy débil.
Sigo tumbada de lado, abrazando mis rodillas como si estuviera protegiéndome de
algo o alguien. Quizás si lo haga, solo... quizás me proteja de mi misma, de
aquello que con tanto esfuerzo y valor he tratado de ocultar este medio año
transcurrido: lo tonta y confiada que fui. Me pregunto si el veneno de las
rastrevíspulas funciona de esa manera, mostrarte cosas pavorosas, asquerosas,
cosas, que temes y odias. De ser así, me quito el sombrero y les doy un aplauso
a los encargados de hacerlas, son unos jodidos malditos desalmados, a la par de
sádicos, aquellos rebeldes debieron de haberla pasado bastante negras con las
picadas. Me llevo una mano a la nuca esperando encontrar sangre o tripas, pero
no, solo noto sudor y la fuerte premonición de jamás a ver visto un mapache
explosivo. Al estirar mi cuerpo suelto un pequeño quejido, siento como si un
tren me halla arrollado y retrocedido para rematarme; en pocas palabras: estoy
molida. Lo llevo lento, muy, muy, muy lento en sentarme y cuando lo hago noto
que estoy en un agujero poco profundo con hojas muertas y viejas. Estoy
empapada, llegue a la conclusión de ser sudor, pero igualmente podría ser otra
cosa. Me paso un buen rato dándole sorbos a la botella de agua y tocando las
hojas viejas como una simple distracción, ¿cuánto ha pasado desde mi desmayo? Era
la mañana cuando perdí el conocimiento y ahora es por la tarde, aunque tengo
las articulaciones tan rígidas que pudo haber pasado dos días enteros. Si es
así, no tengo idea de que muertes han transmitido en el cielo, menos lo de las
picaduras de las rastrevíspulas. Glimmer y la chica del 4 están más que
muertas, pero quedan el chico del 1, los del 2 y Peeta. ¿Habrán soportado el
veneno? De hacerlo, seguramente han pasado las mismas penurias que yo. ¿Y qué
hay de Rue? La pequeña hada se ve tan frágil, que no bastaría solo una gota de
veneno para derrumbarla. Pero no, es imposible, es ágil y astuta, fue ella
quien vio el nido primero que nadie, seguramente cuando todo ocurrió estaba en
un lugar seguro.
Me
tumbo boca arriba mirando hacia los árboles que me rodean, son frondosos y
bastante verdes, noto un poco de la luz de la tarde y consigo cerrar los ojos
un minuto. No sé qué habrá ocurrido luego de desmayarme, menos si ha corrido más
sangre, la verdad, lo dudo mucho teniendo a los profesionales fuera de combate.
Dibujo una sonrisa en mis labios satisfecha, al pesar de terminar machada de
esta manera, valió la pena haberles regresado cada una de sus palabras engreídas
y ridículas. ¿Cómo se ha sentido? Me preguntó ¿Cómo se ha sentido que lo que
consideras "presa" se te ha devuelto? Giro hacia un lado y acaricio
las hojas muertas, mirando como los insectos hacen su trabajo forzoso para
alimentarse; sé que debo de estar alerta nuevamente con los profesionales,
porque seguramente estarán furiosos y con deseos de vengarse. Entonces, al
tragar saliva, noto un sabor rancio que me hace fruncir el ceño. « ¿Ves eso? Se
llama madreselva » señala Katniss, haciendo nuevamente su aparición « arranca
su flor, quintales con cuidado el estambre y coge el néctar. Te hará bien. » En
cogiéndome de hombros, perezosamente me arrastro hasta el arbustos y hago
exactamente lo dicho por la voz, la gota dulce cae en mi lengua y su dulzor
aplaca el sabor amargo de mi boca. Suspiro, me siento viva, he burlado a la
muerte y... ¡Demonios! Lo recuerdo, recuerdo todo lo ocurrido antes de correr a
este sitio: Peeta me ha salvado la vida. Restriego mis manos en mi rostro
tratando de digerir lo ocurrido, no puede ser cierto, en realidad... ¿Lo
alucine como lo del mapache? A estas alturas de la vida no es un misterio mis
contradicciones contra él, sobre su extraña amabilidad sin razón, y todas esas
acciones cuando ambos nos estábamos entrenando. Si... si me salvo la vida, como
aparentemente paso, le debo, otro cosa más, en el saco de mis deudas junto a
las de Katniss. ¿Por qué lo ha hecho? No tiene sentido, se unió a los
profesionales, intentaba cazarme para matarme, se prestó indiferente cuando me
acorralaron. ¿Por qué? ¿Por qué a estas alturas? Dudo que siga con el
jueguecillo de los amantes trágicos, desde el principio lo odie, y aunque me
dio algo de ventaja, explotarlo aquí es absurdo.
« Olvídate
de eso por un segundo, céntrate en lo importante » dice Katniss, y dejo de
esconderme en mis manos para atenderla mejor « ¡Tenemos arco y flechas! » ¡Es
cierto! Una doce de ellas, contando con la que me arrojaron en el árbol, no
tienen esa apestosa baba verde y es otra señal más para decirme que fue una alucinación,
pero si mucha sangre seca. No importa, puedo limpiarlas. Con instrucciones de
Katniss, me centro en practicar disparándole a un árbol un rato, es claro que
este cuerpo sigue recordando sus actividades cotidianas, del mismo modo, se
parecen a las armas del Centro de Entrenamiento en lugar de las propias que
tiene en casa, pero no me da mala impresión, pudo soportarlo. Ahora que tengo
arco y flechas tengo una perspectiva más amplia de los Juegos, es cierto que
sigo siendo una amateur en lo se ser lanzadora, pero puedo enfrentar los
problemas que venga, ya no voy hacer más la presa escurridiza que huye, no,
estoy lista para responder. Sin embargo, primero debo ponerme fuerte, porque
vuelvo a estar sin agua y mis reservas están críticas. Perdí los kilos
adquiridos en el Capitolio, agregándole los propios de Katniss ¿En verdad se le
marcaban antes los huesos de la cadera? Sin olvidar lo esencial, heridas:
golpes de caídas de árboles, quemaduras y tres picaduras de rastrevíspulas, las
cuales, están muy hinchadas como desde el principio. Me echo un poco de crema
para las quemaduras, pero no ocurre nada, permanecen igual.
«
Sé que existe unas hierbas medicinales para eso » menciona pensativa Katniss «
mamá suele utilizarlas en casa para sus enfermos, pero... ahora no consigo
recordarlas » lo ha hecho nuevamente, decirme algo que no necesariamente ayuda,
alimentarme de esperanzas para robármelas en un suspiro. Reprimo un gruñido y
sigo avanzando, necesito agua, luego veré como lidiaré con eso. Resulta fácil
dirigirme por donde he aparecido, es como si una manada de cerdos salvajes
hayan correteado por el sendero, ¿en verdad me volví tan loca? En cualquiera de
los casos, me desvío a la mitad, así mis enemigos tendrán una falsa señal de mí.
Eso si siguen en el mundo de colores luminosos de las rastrevíspulas, me
pregunto si es parecido a drogarse, pero recuerdo que los testimonios quienes
toman ese tipo de sustancia dictamina sentirse bien, no tan acabada como estoy
ahora, después, olvido esa boba pregunta. No puedo avanzar tan rápido como
quisiera, las extremidades me siguen doliendo, por lo que me aferro a las
habilidades del cuerpo de cazadora y mantengo un ritmo lento. En minutos
encuentro un conejo y haciendo tal cual me explico Katniss, mato mi primera
presa con el arco. Quiero actuar como una chiquilla mimada, brincar, saltar y
chillar, pero no es el momento ni lugar indicado, me hago de tripas corazón y
permanezco con expresión de piedra. Unos metros más adelante, doy con un arroyo
poco profundo y ancho, algo que claramente necesitaba. El sol cae tan incesante,
que mientras el agua de purifica, me quedo en ropa interior y me meto en la
corriente. Estoy hecha un asco de pies a cabeza. Intento echarme agua encima,
pero estoy tan adolorida del cuerpo que dejó que la corriente haga el trabajo,
quitarme la sangre de la piel, el horroroso olor y las cáscaras de las
quemaduras que han empezado a caérseme. Después de lavar la ropa, la coloco en
los arbustos para que se seque y me quedó en la orilla, desenredándome el
cabello y peinándomelo. El apetito aparece, me como una galleta y una tira
cecina. Por último limpio con musgo la sangre de mis armas plateadas
Más
fresca, trato las quemaduras, me trenzo el pelo y me pongo la ropa mojada; he
estado en contra de hacerlo, no creo que estemos en condiciones para
resfriarnos en pleno estadio, pero Katniss atribuyo que con este sol
rápidamente se secaría. Sigo el curso del arroyo, contracorriente, siendo lo
ideal. Podría ser fuente de presas, que me vendría bien, además de conseguir
derribar sin problemas un extraño pájaro, creo que es un pavo, pero conociendo
donde me encuentro podría ser cualquier cosa. Da igual, me digo, de ver
bastante comestible. A la última hora de la tarde, con mucha precaución,
enciendo una fogata para cocinar con tal, Katniss ha dado su aprobación: con la
luz del crepúsculo a nuestro favor, cubrirá el humo, tampoco lo dejaremos
permanecer hasta el anochecer completo. Limpio las presas teniendo más cuidado
en el pájaro, aunque no debo de alarmarme tanto, una vez desplumado, no es más
que un pollo sumamente gordo y grande, me daré un gran festín con él. Una lástima,
pienso mientras coloco el primer montón en las brasas, con lo que yo amo el
pollo y más si es frito. Empiezo a extrañar mi hogar, mi verdadero hogar.
Entonces,
el sonido de una rama rompiéndose me coloca alerta. Me devuelvo con arco y
flecha en mano, pero no hay nadie, al menos, no alguien que pueda ver. Es
cuando distingo una diminuta bota detrás de un árbol, es de una niña y sé que
la conozco muy bien; sonrió de medio lado aliviada bajando el arma. Esta
hada... ¡Sí que parece una sombra! Se mueve con tanta agilidad que realmente
cuesta darse cuenta de su presencia, es lista y sensata, me agrada. Por eso,
antes que Katniss pueda reprocharme algo, hablo lo más rápido posible:
—
Los profesionales no son los únicos con derecho de aliarse entre ellos, ¿no
crees?
No
escucho una respuesta de su parte de inmediato, pero uno de los ojos de Rue
sale del cobijo del árbol.
—
¿Quieres que seamos aliadas?
—
Si, es decir, ¿por qué no hacerlo? Me diste la idea de las rastrevíspulas, lo
cual, fue mi salvación. Eres lista y lo sufrientemente fuerte para seguir
sobreviviendo. Sobre todo. — giro mi cabeza hacia los lados, soltando una
risita incrédula. — Eres mi sombra personal, una a la cual no puedo huir. —
ella parpadea, intentado decidirse. — ¿No tienes hambre? — veo que tragar
saliva de forma visible mirando la carne. — Estas de suerte, mi niña. Hoy he
tenido un excelente botín de caza.
—
Puedo curarte las heridas. — dice la chiquilla, dando un paso vacilante hacia mí.
—
¿Enserio? ¿Cómo? — ella mete una mano en su mochila y saca un puñado de hojas,
creo que son las que comento Katniss hace unas horas atrás. — Vaya... ¿de dónde
la has sacado?
—
Por ahí. Todos las llevamos cuando trabajamos en los huertos; allí dejaron
muchos nidos. Aquí también hay muchos.
—
Por supuesto, casi lo olvidaba. Perteneces al Distrito 11, donde la principal
actividad es la agricultura. Y allí viene tu capacidad de hada de los árboles,
pero sin alas. — Rue sonríe. Parece muy orgullosa de su capacidad, y no es para
menos, es asombrosa. — Bien, doctora Rue, estoy a su entera disposición.
La
niña suelta otra risita mientras me dejo caer junto al fuego y me remango la
pernera para descubrir la picadura de la rodilla, recuerdo lo mucho que se me
dan los niños, de hecho, mamá me ha dicho que debería seguir sus pasos como
profesora, pero la verdad, tengo otros planes en mente. Rue se sorprende al ver
la picadura, se mete un puñado de hojas en la boca masticándolas, supongo que
quiere hacer una pasta con ellas y así sacarle provecho. Al cabo de un minuto,
Rue comprime un buen montón de hojas masticadas y me lo escupe en la rodilla.
—
¡Mi madre! — digo sin poder evitarlo, porque el alivio es inevitable. ¡Dios
bendiga a estas hojas sanadoras y las habilidades de esta niña para
recordarlas!
—
Menos mal y tuviste la sensatez de sacarte los aguijones — comenta Rue, luego
de soltar una risita. — Si no, estarías mucho peor.
—
¡El cuello! ¡La mejilla! — exclamó, señalando las partes.
Rue
se mete otro puñado de hojas en la boca y, al cano de un momento, me río a
carcajadas, porque esto es maravilloso. Es el efecto que me surge cuando estoy
con alguien a gusto, sé que soy malhumorada y hostil, la vida me ha enseñado
hacerlo, pero en existe en un pequeño cuadro de personas en las que no puedo
hacerlo: mi familia, amigos y los niños; si Rue forma parte de estos. Entonces,
de forma curiosa, noto como la pequeña tiene una quemadura fea en el brazo.
—
Yo también, puedo ser sanadora Rue. — señalo a su brazo, dejando las armas de
lado y buscando la pomada de las quemaduras. — Te cura de casi manera
milagrosa.
—
Tienes buenos patrocinadores — dice anhelante, mientras le unto la pomada en su
herida.
—
¿Aun no te han dado nada? — pregunto incrédula, ella sacude la cabeza y me
pregunto: ¿Esos ricos son idiotas? ¡Esta niña es una mina de oro! — Pues lo
harán, ya veras, tengo un tercer ojo, está en mi frente y es de clarividencia.
¡Oh! Veo que perciben en ti lo lista y asombrosa que eres, mi niña, los
patrocinadores se pelearan para darte regalos por montón.
Le
doy la vuelta a la carne, en tanto Rue sigue riéndose de mis ocurrencias, al
menos, está divirtiéndose con los disparates que hago. Me alegra.
—
¿No bromeas? ¿Cierto? Sobre aliarnos.
—
Claro que no, la Clarividente Everdeen, jamás abandona su palabra.
Es
raro que la verdadera Everdeen no me está riñendo, tampoco quiero pensar en
estos momentos en mi mentor borracho, seguramente bramara como perro en estos
instantes, pero quiero a Rue de mi parte. Es sobreviviente, no se ha doblegado
ante su presencia en los Juegos, y no le teme a su suerte. ¿Por qué no
admitimos lo obvio? Me recuerda a Prim, sin contar a casa, mi casa, rodeada de
chiquillas de esta edad y la principal de todas: Andree.
—
Vale. — responde, extendiéndome su manito. Yo le doy la mía. — Trato hecho.
Aunque,
no quiero resaltar lo obvio: es un trato temporal. Ninguna de las dos lo
menciona y me parece bien. Rue aporta a la comida un buen puñado de raíces con
aspecto de tener almidón, al asarla al fuego saben agridulces, un acompañante
excelente con la carne. Hablando de él, la hada parece reconocer al pollo
mutante llamándolo granso, dice que es común verlo en su distrito, en algunas
ocasiones van en manada a los huertos y se dan un festín con ellos. Nos
quedamos unos momentos en silencio, estamos disfrutando de la comida, que detecto
la jugosa carne del granso, desde mi llegada al estadio no he tenido una comida
decente, no al menos, hasta hora.
—
Oh — dice Rue, suspirando. — Nunca había tenido un muslo para mi sola.
Abro
los ojos impresionada, consiguiendo, efectivamente imaginar la situación de
esta chiquilla en su distrito. No debe de ser tan ajeno al de Katniss, de
seguro, apenas conseguía comer carne.
—
Agarra otro.
—
¿En serio?
—
Si, adelante. Come todo lo que quieras, tengo arco y flechas, puedo cazar más adelante.
Además, se una que otra trampa para cazar presas. La clarividente Everdeen,
cambiara su piel a profesora, y te enseñara. Es muy sencillo. — Rue ríe, pero
duda en cogerlo o no. Moviendo mi cabeza hacia los lados, en señal de
incredulidad, le coloco el muslo en las manos. — Con confianza, ten. Pronto se
pondrá malo si no lo comemos, también tenemos todo el conejo y el pájaro. Tú no
te aflijas más y adelante. — dándome otra mirada, la niña olvida por completo
su timidez y empieza a comérselo de verdad. — En casa, cultivan ¿verdad? Le
deben de dar un poco de eso, como ayudan y tal...
—
Oh, no, no se nos permiten alimentarnos de los cultivos. — responde Rue, con
los ojos muy abiertos.
—
¿Los castigan o algo?
—
Te azotan frente del todo el distrito. El alcalde es muy estricto en eso.
¡Madre
mía! ¿Pero qué clase de personas son? O sea, en resumidas cuentas, los del 11
le trabajan de a gratis a estas personas, como si fueran esclavos. Vamos, no están
tan lejanos a hacerlo. Creo que entre más conozco de este mundo, los cabellos
se me ponen de punta. Es decir, aquí tratan a las personas de los distritos
como si no fueran humanos, los esclavizan, engañan, someten y sobre todas las
cosas, obligan a trabajar en condiciones precarias. ¿Acaso esta gente no se
cansa?
—
¿Ustedes tienen todo el carbón que quieran? — me pregunta Rue.
—
Mmm... Me temo que no, debemos pagar por con nuestro propio bolsillo. — espero
que esto no suene muy despectivo, pero realmente deseo que se den, al menos un
poco, mi enojo hacia ellos.
— A
nosotros nos dan un poco más de comida en tiempo de cosecha, para que
aguantemos más.
—
¿Qué hay del colegio? ¿No van?
—
Durante la cosecha, no, todos trabajamos. — me explica.
Es
interesante ver la situación que viven en los otros distritos, no parecen tener
mucha información de los de afuera, tampoco interactuar entre ellos, tal parece
que lo hicieran al propósito, como si... ¿Evitara a toda costa amistas entre
vecinos? No puedo deducir las razones, completas no, pero pueden que me lleven
a un mismo fin. De todas maneras, seguramente los Vigilantes están bloqueando
todo esto, es decir, si es una conversación inocente entre tributos, pero
podría querer guardar la información a los demás distritos, solo por
"precaución". Siguiendo la sugerencia de Rue, sacamos toda la comida
que tenemos, para organizarnos. Ella ya ha visto casi toda la mía, pero añado
el último par de galletas saladas y las tiras de cecina a la pila. Ella ha
recogido una buena colección de raíces, nueces, vegetales y hasta bayas.
—
¿No causan ningún daño? — pregunto señalando a las bayas.
—
No, en casa las tenemos. Llevo varios comiéndolas. — responde metiéndose un
puñado en la boca.
La
imito llevándome unas cuantas a la boca, suelto un ruidito de satisfacción. Están
buenas, muy buenas, y no se me escapa de la cabeza que aliarme con esta niña es
una excelente idea. Por lo tanto, nos dividimos la comida, si en algún momento
nos llegamos a separar, ella tendrá con que abastecerse. Aparte, el hada sin
alas, tiene una pequeña bota con agua, una honda casera, un par de calcetines
de recambio y un trozo de roca afilada como un chuchillo.
—
Sé que no es la gran cosa. — dice en un tono cabizbajo, como si estuviera muy
avergonzada. — pero tenía que salir de la Cornucopia a toda prisa.
—
Lo has hecho muy bien. — respondo.
Cuando
saco el contenido de mi mochila expresa una cara de asombro, mas con los lentes
de sol.
—
¿Como la has conseguido?
—
Venían en la mochila, pero son inservibles, no bloquean el sol ni nada. Me es
desconocida su utilidad. — respondo encogiéndome de hombros.
—
No son para el sol, son para la noche. — exclama Rue. — A veces, cuando
cosechamos de noche, nos dan unos cuantos pares a los que estamos en la parte
más alta de los árboles, donde no llega la luz de las antorchas. Una vez, un chico,
Martín, intentó quedarse con las suyas; se las escondió en los pantalones. Lo
mataron en el acto.
—
¿Pero que...? — reprimo sacar una de mis maldiciones, trago saliva, pero no se
me va el asombro. — ¿Lo han matado por eso?
—
Si, todos sabíamos que Martín no era peligroso. No estaba bien de la cabeza, es
decir, seguía comportándose como un crío de tres años. Solo quería los lentes
para jugar.
Siento
un ligero temblor por todo el cuerpo, no puedo creer que en verdad se atrevan a
dispararle a un niño... ¡A solo un niño! Solo por unos estúpidos lentes para la
oscuridad, ni que fuese a utilizarlos como arma en su contra. Si es que se
puede hacer. Solo coloquemos de esta forma, solo son lentes, ¡Lentes! ¿Qué gran
cosa podrían ser ellos? ¿Arrojárselos como bumerang a sus ojos? Es absurdo,
francamente, muy absurdo.
—
¿Qué utilidad tienen? — le pregunto a Rue, sosteniendo el arma nuclear del
momento.
—
Te permiten ver en la oscuridad. Pruebas esta noche, cuando se vaya el sol.
Le
doy a Rue algunas cerillas y ella me entrega algunas hojas de sobra, es si en
algún momento las picaduras se me vuelven a hinchar. Apagamos la fogata y nos
dirigimos arroyo arriba hasta que está a punto de caer la noche.
—
¿Dónde duermes? — le pregunto. — ¿En los árboles? — ella asiente — ¿Solo con la
chaqueta y nada más?
—
Tengo esto para las manos. — responde, mostrándome un par de calcetines extra.
—
Puedes compartir conmigo saco, si quieres. — digo, porque se lo muy frías que
son las noches desde la primera que pase en el estadio. — las dos, cabemos de
sobra.
A
ella se le ilumina la cara, seguramente ha padecido bastante de frío, y esta es
como su salvación. Escogemos una rama alta para pasar la noche, nos estamos
acomodando justo cuando comienza el himno y sé, que es un buen momento para
conversar de temas delicados.
—
Rue, hoy apenas desperté. ¿Cuantas noches me he perdido? — el sonido puede
ocultar mi voz, pero el movimiento de mis labios no, por ello, me los cubro.
Voy a contarle lo de Peeta, es el tema delicado y ella parece entenderlo, pues
me imita.
—
Dos. La chica del 1 y del 4, están muertas. Quedamos diez.
—
Mmm... No... No lo sé, pero me paso algo muy raro, creo. Peeta, el chico de mi
distrito, puede... puede que me salvo la vida. Pero no tiene sentido, él,
estaba con los profesionales.
—
Ya no está con ellos. Los he espiado en su campamento, junto al lago.
Regresaron antes de derrumbarse por el veneno, pero él no iba con ellos. Quizá
te salvara de verdad y tuviera que huir.
Estoy
muda, espero que no se percate de mi asombro, porque si el chico del pan me ha
salvado, estoy en deuda con él. Una vez más, Katniss le debe la vida, y yo, mi
propio pellejo. ¿Cómo carajos se lo puedo pagar?
—
Seguramente lo hizo por aparentar, digo, lo de estar súper enamorado de mí.
—
Oh — dice Rue, pensativa. — A mí no me pareció que fingiera.
—
Es verdad, él y mi mentor planearon todo lo de "Trágicos amantes del
Distrito 12". — el cielo se oscurece y el himno acaba. — Veamos que pueden
hacer estas bellezas. — digo sacando los lentes de visión nocturna, y es cuando
veo que Rue no miente. Puedo verlo todo, absolutamente todo, cada detallen del
arbolaje, los nidos de pájaros indefensos, incluso, una mofeta. Podría matarlos
si quisiera, podría matar cualquier cosa de proponérmelo. — No son las únicas
en el estadio, ¿cierto?
—
No, los profesionales tienen dos, pero lo guardan todo en el lago. Son muy
fuertes.
—
Igualmente lo somos, a nuestra particular manera.
— Tú
eres fuerte, eres capaz de disparar. ¿Qué puedo hacer yo?
—
Recolectar alimentos sin fallar en el intento, sin envenenarte. ¿Qué hay de
ellos?
—
No les hace falta, tienen un montón de suministros.
—
Pues imagina que no los tuvieran, imagina que todos esas reservar
desaparecieran. ¿Cuánto crees que podrían durar? En los Juegos del Hambre,
cualquier cosa puede suceder.
—
Ellos tienen de todo, Katniss. De todo menos hambre.
—
Bueno, eso, sí que es un problema. — deduzco, dándole la razón completamente.
Entonces, sonrió, lo hago porque se me acaba de ocurrir una idea que no tiene
nada que ver con la necesidad de huir, si no, con un contraataque. — Mi niña,
parece que tenemos que desenredar este dilema.
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