11
Debe
de estar volviéndose loco, es lo primero que digo al escuchar eso, si, se ha
vuelto tan loco que la presión de los Juegos le afecto psicológicamente. Estoy
tan perpleja que ni percibo que las cámaras se han enfocado en mí, en la
reacción que he tenido, bueno estoy boquiabierta, una mezcla de asombro con protesta.
¡Madre mía! ¡Esta hablado de Katniss! ¡Está hablando de ella! Y yo, hace unos
segundos, de una absurda forma, estaba animándolo y diciendo que la chica de no
fijarse en él es una ciega... ¡Una ciega completa! No puede ser, no puede ser,
no puede ser... ¡Este imbécil no puede estar volviéndose a reír de mí! Bajo la
cabeza presa de mis emociones que atacan mis entrañas, hirviendo a fuego lento
y diciéndome que no puedo caer tan bajo al ponerme a creerle a este niño
estúpido, porque su único objetivo, aparentemente, es ridiculizarme frente de
toda Panem.
—
Vaya, eso sí que es mala suerte. — dice Caesar, y por primera vez, parece
simpatizar de verdad con el caso.
La
gente le da la razón con murmuros y unos cuantos han soltado grititos de
angustia.
—
No es bueno, no. — coincide Peeta.
—
En fin, nadie puede culparte por ello, es difícil no enamorarse de esa
jovencita. ¿Ella no lo sabía?
—
Hasta ahora, no. — responde Peeta, sacudiendo la cabeza.
Y
esta misma chica, desea patearte el trasero por la vergüenza que la estás
haciendo pasar, pero no lo hace porque sería demasiado imprudente de su parte y
podría volverme completamente irracional. Ni siquiera voy a alzar la mirada
para verme en las cámaras, porque me conozco, estoy tan roja que una farola no
podría compararse conmigo.
—
¿No les gustaría sacarla de nuevo para obtener una respuesta? — pregunta Caesar
a la audiencia, y los gritos de afirmación no se hacen esperar. Por mi parte,
me hundo lo más que puedo en mi asiento deseando desaparecer, esto es
humillante, demasiado humillante. ¿Por qué demonios le das más leña al fuego
Caesar? — Por desgracia, las reglas son las reglas, y el tiempo de Katniss
Everdeen ha terminado. Bueno, te deseo la mejor de las suertes Peeta Mellark, y
creo que hablo por toda Panem cuando digo que te llevamos en el corazón.
La
multitud se vuelve loca; Peeta se ha metido todos en el bolsillo declarando su
amor por Katniss, o por mí, que viene siendo básicamente lo mismo. Cuando por
fin se callan, les susurra un "gracias" y regresa a su asiento. Nos
levantamos para el himno, debo de alzar la cabeza porque de no hacerlo sería
una falta de respeto, y me doy cuenta como en todas las pantallas nos enfocan
al idiota mayor y a mí, en diferentes ángulos. Ya puedo hasta estar imaginando
la mienten de cada espectador: los pobres chicos sin suerte, los enamorados
trágicos, o el peor de todos, los trágicos amantes del Distrito 12. Pero yo sé,
que nada de eso es cierto, solo una treta bien elaborada. Luego del himno, los
tributos nos ponemos en fila para volver al vestíbulo del Centro de
Entrenamiento y sus ascensores. De ninguna manera me introduzco en el mismo que
Peeta. La gente frena a nuestros estilistas, mentores y acompañantes, así que,
básicamente, nos quedamos solo. Muy oportuno. Finalmente llego a la planta doce
en el justo momento que Peeta lo hace, la nube de cólera y rabia me embarga
todos los sentidos, apretando los puños con fuerza empujo al chico rubio del
pecho; él pierde el equilibrio y tropieza con una fea urna de flores
artificiales. Esta cae al suelo rompiéndose en pedazos y, seguidamente, Peeta
cae sobre los cristales que se le incrustan en las manos produciéndole
sangrado.
—
¿A qué viene esto? — me pregunta, horrorizado.
—
¿Qué a que viene esto? — Repito colerizada — ¡¿Enserio me estas preguntando por
qué lo he hecho?! ¡Eres un cretino! Si, si, sin duda... ¡Eso es lo que eres!
—
¿Pero que...? — intenta decir, pero no lo dejo
—
¿Desde cuándo me veo tan idiota como para decir esa sartada de idioteces sobre mí?
¡¿Desde cuándo?!
Las
ascensores se abren y aparece todo el mundo: Effie, Haymitch, Portia y Cinna.
—
¿Qué está pasando? — pregunta Effie, en un tono medio histérico. — ¿Te has
caído?
—
Después de que ella me empujara. — responde Peeta, mientras que Effie y Cinna
lo ayudan a colocarse de pie.
—
¿Lo has empujado? — me pregunta Haymitch.
— Tú
lo sabías, ¿no es cierto? — lo acuso haciendo una mueca de incredulidad en el
rostro. — ¡Lo de hacerme una idiota frente a todo el mundo! ¡Tú lo sabias!
Pero... ¡Claro! Seguramente le has dado la idea de hacerlo.
—
Fue idea mía. — interviene Peeta, mientras se quita trozos de cerámica de las
manos. — Haymitch no me ayudo a perfeccionarla.
—
¡Pero que amable de su parte! Porque si mal no recuerdo: ¡a mí me trato de
babosa muerta!
—
Eres una idiota, sin duda. — dice Haymitch, asqueado. — ¿Crees que te ha
perjudicado? Este chico acaba de darte algo que nunca podrías lograr tú sola.
—
Oh, por supuesto, por supuesto... ¡Me hizo parecer una imbécil frente a las cámaras!
—
¡Te ha hecho parecer deseable! Y, reconozcámoslo, necesitas toda la ayuda
posible en ese tema. Eras tan romántica como un trozo de roca hasta que él dijo
que te quería. Ahora todos te quieren y hablan de ti. ¡Los trágicos amantes del
Distrito 12!
—
¡No somos tal cosa! — exclamó.
—
¿A quién le importa? — insiste Haymitch, sosteniéndome de los hombros y aplastándome
contra la pared. — No es más que espectáculo, todo depende de cómo te perciban.
Después de tu entrevista lo único que podrían podido haber dicho de ti
era que resultabas bastante agradable, aunque debo admitir que de por sí ya es
un milagro. Ahora puedo decir que eres una rompecorazones. Oooh, los chicos de
tu distrito caían abrumados a tus pies. ¿Con cuál de las dos imágenes crees que
conseguirás más patrocinadores?
El
que me diga todo eso como si fuese una chica de cinco años me pone de malas,
agregándole lo del alcohol apestando en su boca, provoca en mi darle un empujón
y sacármelo de encima. No soporto esto... ¡No lo soporto!
—
Tiene razón, Katniss. — me dice Cinna, rodeándome un brazo.
—
¿Por qué demonios no me han contado? — pregunto frunciendo el entrecejo. — De
hacerlo no hubiera pasado vergüenza allá fuera.
—
No, tu reacción ha sido perfecta. De haberlo sabido, no habría parecido tan
real — agrega Portia.
—
Lo que le preocupa es su novio. — dice Peeta, malhumorado, mientras se arranca
otro pedazo ensangrentado.
Giro
los ojos en blanco ante tal comentario fuera de lugar, no es como si tuviera
Katniss para ese tipo de estupideces, pero de alguna manera la imagen de Gale
se me viene a la mente paralizándome. Oh, rayos.
— Déjate
de bobadas, que no tengo novio. — giro la cabeza a otro lugar medio
avergonzada.
—
Lo que tú digas, pero seguro que es lo bastante listo para reconocer un farol.
Además, tú no has dicho que me quieras, así que ¿qué más da?
Escuchándolo
decirme eso giro rápidamente para fulminarlo con la mirada, ahora no solo me exaspera
con soltura, igualmente se hace la real víctima en todo este asunto. ¿Te he
pedido que tu posible chica crea que estás enamorado de Katniss? ¿Lo he hecho?
Aunque, también está el detalle de no saber comprender si me ha usado y me dio
ventaja. Las complejidades de Peeta Mellark, me es todo un misterio el detrás
de sus acciones. Sin embargo, quedo lo comentado por Haymitch hace unos
segundos, no puedo cuestionárselo, es verdad; inclusive yo misma sabia el estar
haciendo el tonto de forma propia del Capitolio. Repartiendo risitas, girando
como un trompo al que le prendes fuego, comentarios que no venían al caso y, el
momento más puro de todos, ha sido cuando hable sobre Prim. Simplona,
agradable, pero bastante fácil de olvidar. Salvo olvidárseles un pequeño
detalle: el mayor puntaje en los entrenamientos.
Por
otro lado, el chico del pan me convirtió en el objeto de amor del distrito, ese
que tiene muchos pretendientes pero no son lo suficientes de atención como para
ignorarlos, y termino caminando en medio de puros corazones rotos. Pero de
pronto, llega un humilde panadero y todo cambia, salvo un gran detalle, ambos
han tenido la mala suerte de ser tributos para los Juegos. No pueden consumar
su amor, no pueden simplemente pensar en admitir sus sentimientos el uno por el
otro, está prohibido, no es concedido menos si van a tener que matarse el uno
al otro al ser lanzados a la arena: los amantes trágicos. Maldición, hasta yo
misma me invente la novela del siglo, seguramente los de Capitolio deben adorar
este tipo de cosas, un amor juvenil. Aguarden, cuando me encontré en el
escenario estaba tan enojada que quizás no reaccione de la manera correcta, soy
pésima tratando estos temas siendo Heather Fausto, ni mencionare ahora como
Katniss.
—
Cuando... cuando él dijo que me quería, ¿les pareció que podría corresponderle?
— les pregunto, con cautela.
—
A mí sí. — responde Portia. — Por la forma que evitabas mirar a las cámaras y
el rubor en las mejillas.
Los
demás asienten a su argumento.
—
Eres una mina, preciosa, vas a tener a los patrocinadores haciendo cola. —
afirma Haymitch.
—
Lo siento, — le digo a Peeta, obligándome a mirarlo. He sido una troglodita
completa. — por a ver reaccionado de esa manera.
—
Da igual. — dice él, encogiéndose de hombros. — Aunque, técnicamente, es ilegal.
—
¿Estas bien? Digo... tus manos, ¿se encuentran bien?
—
Mejoraran.
No
sé ni cómo reaccionar a lo que acabo de hacer, es decir, Peeta me ha dado
razones para dudar de él, pero lo que acaba de hacer fue... mis pensamientos se
dispersan con el olor de la cocina. El silencio incomodo parece cambiar de
momento a otro, porque todos parecen hambrientos.
—
Vamos a comer. — dice Haymitch, todos le seguimos desde atrás para ocupar
nuestros puestos.
Me
quedo mirando como Portia se lleva a Peeta para curarlo, está sangrando demasiado
y solo me produce una punzada de culpabilidad. He sido una bruta, pienso mientras
como tranquilamente la sopa de nata con pétalos de rosa, ese chico acaba de
ayudarme a conseguir la atención de posibles patrocinadores, y yo, le destroce
las manos. A su regreso, noto como se las han vendado y bajo la mirada como si
pudiera sumergirme en la sopa, conozco que soy demasiado impulsiva e inclusive grosera,
pero esta vez me he pasado de la raya. Mañana nos lanzaran a la arena y le di
una desventaja, en su lugar, estaría odiándome mucho en este momento.
Luego
de la cena vemos la repetición de las entrevistas en el salón. Soy, una
ridícula, o al menos es lo que pienso al verme dar vueltas y sonrisitas, en
realidad nunca pensé en verme de esta manera tan superficial o tonta, creo que
es una combinación de ambas. Los demás aseguran que soy encantadora, pero no lo
soy, en su lugar, Peeta sí, y junto su actuación de chico enamorado no puedes
evitar soltar una risita. Realmente le va. Acto seguido, salgo yo, roja hasta
las orejas, medio perpleja, medio confundida, hermosa gracias a las manos
magistrales de Cinna, y deseable por la confesión del chico del pan. Con esto
aseguro lo más importante, jamás seré olvidada.
Al
terminar el himno la pantalla se oscurece, todos guardan silencio. Mañana al
alba nos levantaran para ir al estadio, los Juegos empezaran a las diez, muchos
de las personas del Capitolio se levantaran tarde, bueno, menos Peeta y yo. Se
desconoce cuán lejos se encontrara el campo de batalla este año, pero Haymitch
y Effie no nos acompañaran, ellos tendrán la difícil tarea de trasladarse a la
sede central de los juegos, donde llevaran al pie del cañón las negociaciones
para conseguirnos patrocinadores, y como enviarnos los regalos. Por otro lado,
Cinna y Portia nos acompañaran hasta el lugar de lanzamiento, por lo que es momento
de las despedidas. Effie nos sujeta a los dos de la mano con lágrimas en los
ojos, deseándonos buena suerte, nos da las gracias por haber sido los mejores
tributos que haya tenido que patrocinar; seguidamente, como es de costumbre en
esta impredecible mujer, culmina con algo feo:
—
¡No me sorprendería nada que el año que viene me promocionasen al fin un
distrito decente!
Nos
besa en la mejilla y se aleja rápidamente, no sé si esta abrumada de sentimientos
nostálgicos o felices de la lotería que acaba de ganar, sea como sea, nunca
sabes lo que piensa Effie. Haymitch cruza los brazos y nos observa con cautela.
—
¿Un último consejo? — pregunta Peeta.
—
Cuando suene el gong, salgan de corriendo lejos de ahí. Ninguno de los dos son
lo bastante buenos para meterse en el baño de sangre de la Cornucopia. Salgan
corriendo, pongan toda la distancia necesaria y encuentren una fuente de agua.
¿Entendido?
—
¿Y luego? — preguntó.
—
Sigan vivos. — responde Haymitch.
Es
lo mismo que nos dijo en el tren borracho y riéndose, esta vez parece ir
completamente enserio, por lo tanto, asentimos. Cuando me voy a mi cuarto,
percató que Peeta se queda hablando con Portia, algo que me alivia
completamente porque no tengo ni idea de cómo debería de ser nuestra despedida.
Si pudiera posponerlo, sería hasta mañana, o tal vez nunca, porque quizás estas
cosas entre enemigos no se de bien. Además, tanto Katniss como yo le debemos
mucho al chico del pan, desligarme de todo lo que el representa desde ahora, es
lo mejor. Al entrar a la habitación encuentro que la cama ya ha sido abierta, desconozco
quien pudo haber sido pero no puedo evitar pensar en la chica pelirroja, me
encantaría saber su nombre, ahora dada las circunstancia dudo poder hacerlo, de
ella también quería despedirme su perdón le es de importancia para la dueña de
este cuerpo. Me doy una lucha y me quito la pintura dorada, el maquillaje y
todo lo que presente en las entrevista, bueno, me queda el recuerdo de las uñas
pintadas con formas de llamas. Acto seguido, me pongo un camisón grueso, como
de lana y me acuesto. En teoría, debería quedarme dormida enseguida, pero
conforme pasan los minutos no lo hago.
Empiezo
a divagar sobre lo que va a ocurrirme al día siguiente, si conseguiré
permanecer viva como el mismo Haymitch me ha mandado, pero sobre todo, el tipo
de ambiente que seré lanzada. ¿Selva? ¿Hierva? ¿Pantano? ¿O una isla con un sol
abrazador? No lo he dicho pero, odio las atmósferas calurosas, soy una persona
que ha nacido y vivido toda su vida en una cordillera andina, mi hermosa
ciudad, Mérida, está rodeada de montañas que nos proporciona frescor y frío,
son las pocas veces en experimentar el calor y puedo decir con certeza, no
funciono. Por el contrario, espero realmente que sea un sitio boscoso, lleno de
árboles donde pueda escalarlos, aun no lo he olvidado, Katniss es una cazadora
nata y este tipo de atmósfera de le da de muerte. Estando en las alturas, me
encontré lo suficiente segura como para no ser pescada por nadie, es el
escondite predilecto para alguien como nosotras. Entre más vueltas le doy al
asunto, menos consigo dormirme. A la final estoy tan inquieta que debo salir de
la cama; recorro la habitación notando que el corazón me lata muy deprisa, que
tengo la respiración acelerada. Tengo claustrofobia, si no consigo calmarme en
unos segundos volveré a perder la cabeza y romperé todo.
Salgo
con pasos apresurados hacia el vestíbulos, quizás esté abierta esa puerta,
quizás nadie se moleste de cerrarla porque ningún tributo pueda suicidarse,
sobre todo, quizás sea la cura a esta ansiedad irreversible. Entonces me
percató que no solo no está cerrada, la han dejado entre abierta. Frunciendo el
ceño extrañada atravieso el mural, caminando con pasos cautelosos viendo que el
tejado no está iluminado por la noche y, de manera algo sorpresiva, gracias a
las luces del Capitolio se refleja mi silueta en las baldosas. En las calles
hay bulla, música, gente cantando y cláxones, un montón de ruido que desde mi
habitación no se escuchaba. Y entonces, lo veo; la sangre del cuerpo se me va
por completo, no ayudando mucho a mi estado actual, porque el cosquilleo en
todo el cuerpo no es normal, y lo sé. Esta tan concentrado en toda la conmoción
debajo de él que ni se ha percatado de mi presencia, podría irme en este
instante y capaz, ni cuenta se daría. Pero de una extraña manera, algo me
empuja a acercármele y hablarle, cosa en unas cuantas horas atrás no quería
hacerlo, me doy cuenta que soy tan inestable, cuando se trata de este chico lo
soy. Me conozco y se perfectamente cuando algo me llama la atención, busco
descifrarlo viendo todas sus caras, analizándolas, y si siento que algo no va
bien me alejo. Sin embargo, con el chico del pan no he podido hacer, aunque
crea que lo termino de conocer por completo, sale con otra faceta totalmente
nueva, por ejemplo: la de hoy. Hasta ahora, no he podido ver la parte
beneficiosa para él de confesarle sus sentimientos a Katniss, salvo el verse
realmente un idiota encantador y simpático chico no correspondido, o tal vez no
tanto, porque mi reacción de vergüenza contenida ayudo a crear la última movida
de la noche: los trágicos amantes del Distrito 12.
Suspiro,
no tengo porque darle más cuerda a esto, mañana todo acabara y tanto él como yo
seremos enemigos. Por lo tanto, ¿qué más da si hablamos o no? Sigo avanzando
sin hacer ruidos por las baldosas, al estar en una distancia prudencial le
digo:
—
¿No sabes que trasnocharse es malo para la piel? Mata muchas células de ella.
Deberías pensar más en cuidar de ti mismo.
Él
da un sobresalto, pero no se devuelve, puedo percibir una sonrisa pequeña de
sus labios en tanto mueve la cabeza hacia los lados.
—
¿De dónde has escuchado tal cosa? — me pregunta.
—
Bueno, son las cosas sorprendentes que puedes aprender si escuchas a tu equipo
de preparación. — le digo, sonriéndole, aunque no pueda verme. — ¿Y no puedes
dormir?
—
No quería perderme la fiesta. Al final y al cabo, es por nosotros.
Me
acerco a él y me asomo al borde; esto es una locura: las amplias calles están
llenas de gente bailando, estoy esforzándome en ver los detalles en sus
pequeñas figuras.
—
¿Eso son disfraces?
—
¿Quién sabe? Teniendo en cuenta la locura de ropa que llevan aquí... ¿Tú
tampoco podías dormir?
—
Uno de mis grandes defectos es darle muchas vueltas a los asuntos, pero más,
pensar en lo que importa en momentos menos indicados. — respondo.
—
¿A qué exactamente?
—
Mañana. — le digo, mirando directamente a sus encantadores ojos azules. — no
puedo dejar de pensar en lo que pueda ocurrir mañana, aunque, por supuesto. Eso
no cambiaría las cosas aunque quisiera. — bajo la mirada y no puedo evitar
fijarme en sus manos vendadas, se las agarra de una particular manera. —
Realmente me he pasado de la raya, no sabes cuánto lo siento por haber dañados
tus manos, Peeta.
—
No importa, Katniss. De todos modos, no tenía ninguna oportunidad en los
Juegos.
—
Detesto cuando hablas así. No cuando no sabes que pueda ocurrir.
—
No deberías hacerlo, porque es la verdad. Mi única esperanza es no avergonzar a
nadie y... — vacila.
—
¿Y qué?
—
No sé cómo expresarlo bien. Es que... quiero morir siendo yo mismo. ¿Tiene
sentido? — pregunta, y yo sacudo la cabeza. ¿De qué va todo esto? — No quiero
que me cambien allí afuera, que me conviertan en una especie de monstruo,
porque yo no soy así.
Bajo
la cabeza apretando mis manos con fuerza, me siento tan patética al pensar que
pase todo este rato meditando a como será la arena, si me agrada o no el chico
rubio, en tanto él solo quiere seguir manteniendo su esencia.
—
¿No mataras a nadie? — le pregunto.
—
No. Cuando llegue el momento estoy seguro de que mataré como todos los demás.
No puedo rendirme sin luchar. Pero desearía poder encontrar una forma de...
demostrarle al Capitolio que no le pertenezco, que soy algo más que una pieza
en sus juegos.
—
Es muy tarde para pensar en algo así, no viendo como son las cosas aquí, Peeta.
A la final, terminamos siendo eso, una pieza en sus juegos.
—
Vale, pero dentro de ese esquema, tú sigues siendo tú, y yo sigo siendo yo. —
insiste. — ¿No lo ves?
—
Algo, pero... Peeta, no soy nadie para reclamarte pero, ¿a quién le importa
eso?
—
A mí. Quiero decir, ¿qué otra cosa me podría preocupar en estos momentos? — me
pregunta, enfadado. Me mira a los ojos con sus penetrantes ojos azules,
exigiendo respuesta.
—
De acuerdo, pero por ahora limítate a hacerle caso a Haymitch. — respondo,
dando un paso atrás. — sigue vivo.
—
Vale. — responde él, esbozando una sonrisa triste y burlona. — Gracias por el
consejo, preciosa. — Usa el tono tan fastidioso que odio de nuestro mentor que
me provoca un tic en el ojo; aparentemente, con este chico no se puede bajar la
guardia en ningún momento.
—
Escucha, si deseas pasarte tus últimas horas pensando cómo puedes convertir tu
muerte en memorable, es tu problema. En cambio, yo, las hare en la comodidad de
mi hogar.
—
No me sorprendería si lo hicieras. Dale recuerdos a mi madre de mi parte,
¿vale?
—
No hay problema. — le doy la espalda y bajo del tejado.
Una
vez más, me paso dándole vueltas a las cuestiones morales que tiene Peeta
Mellark sobre la muerte, el llenarme de hologramas la cabeza y seguir siendo el
mismo cuando ocurra. No lo sé, ahora parecía muy convincente cuando me planteo
todo eso, pero del mismo modo, comprendo que no debería de comerme fácilmente
sus cuentos. Es decir, a fingido ser mi amigo, el llevarnos bien, e inclusive,
haberse enamorado de Katniss desde quien sabe cuánto. Está claro, que su poder
es las palabras hechas mentiras salidas desde su boca, ya me gustaría ver el
momento de su metamorfosis, cuando deba escoger vida de muerte. Seguramente no
sera tan bondadoso como ahora, pueda y que se convierta, en un tipo de tributo
tan bestial que cause impresiones de sorpresa en todos. « Existió uno antes »
dice Katniss, sorprendiéndome en escucharla luego de todo este tiempo, de
nuevo; « se llamaba Titus, era tan bestial que tuvieron que llamar a agentes de
la paz para derribarlo. Aún recuerdo que devoraba los corazones de sus
contrincantes, no estoy muy segura, pero el canibalismo no es algo que
entusiasme al Capitolio » ni a nadie en general, y con los raros que son aquí,
seguramente le daba escalofríos ver eso. Ah, pero no un niño matando, eso sí
que no. « Creo que lo eliminaron porque no deseaban de ganador a un tipo mal de
la cabeza » aunque, hablando sinceramente, no imagino de esa manera al bobo de
Peeta, es decir, sé que es un tonto y piensa en muchas tonterías sin sentido.
Pero, ¿caníbal? No, por otro lado, mentiroso sí.
A
la mañana siguiente ni le veo, es Cinna quien viene por mí antes del alba, me
da una túnica sencilla y me acompaña al tejado. Un aerodeslizador sale de la
nada, me recuerda a la memoria de Katniss cuando atraparon en el bosque a la
chica pelirroja, y dejan caer una escalera de mano. Pongo manos y pies en los
escalones, pero al instante, me quedo paralizada. Seguidamente, una corriente
me pega a la escalera hasta que me sube al interior. Aunque imaginaba adentro
siendo liberada, no sucede, y una extraña mujer se acerca hasta donde me
encuentro con una jeringa. Oh, claro, algo a lo que se lidiar con poco
esfuerzo. Espero y se perciba mi sarcasmo.
—
Es tu dispositivo de seguimiento, Katniss. Cuanto más quieta estés, mejor podré
colocártelo. — me explica.
¿Me
habla enserio? ¡Pero si soy una momia! Pero eso no me salvara del dolor agudo
cuando la aguja me introduce el dispositivo metálico debajo de la piel del
antebrazo. Ahora, los Vigilantes sabrán donde estaré en todo momento, imagino
que perdérsele un tributo esta entre sus planes. Cuando el dispositivo está
colocado, la escalera me suelta. La mujer desaparece y recogen a Cinna del
tejado, un chico avox se acerca y nos acompaña a una habitación donde han
servido el desayuno. Al pesar de tener el estómago para nada cooperativo en
tener hambre, me lleno de todo lo que puedo, no se sabe cuándo que me espera allá
afuera en cuánto alimentos. Sin embargo, existe otra cosa, algo que
desesperadamente he tratado de no hacerle mucha cabeza: estoy nerviosa. Quizás
centrarme en la comida me ayude, pero no lo hace, por lo que limito a mi vista
a fijarse en las ventanas. Estamos sobrevolando la ciudad y luego la zona
deshabitada que hay más allá. Recuerdo lo mucho que detesto volar, las alturas
y todo lo referente de ello, pero me encuentro tan sumida en cualquier cosa que
me ocurra de ahora en adelante, que lo olvido al instante.
El
viaje dura una media hora. Después se oscurecen las ventanas, lo que nos indica
que llegamos al estadio. El aerodeslizador aterriza, y Cinna y yo volvemos a la
escalera, aunque esta vez para bajar hasta el tubo subterráneo que da a las
catatumbas. Seguimos las instrucciones para llegar a mi destino, una cámara
donde realizara los preparativos. Katniss me susurra ser la sala de
lanzamientos, pero ya le tengo nombre propio: el nido de la muerte. Me contengo
para no vomitar el desayuno mientras me ducho y lavo mis dientes. Cinna me
peina con mi sencilla trenza de costumbre; después llega la ropa, todos la
tendremos en conjunto como reos. Cinna no tiene nada que ver con el traje, ni
tiene idea del contenido del paquete, pero me ayuda a vestirme desde la ropa
interior, los pantalones rojizos, la blusa verde claro, el robusto cinturón
marrón y la fina chaqueta negra que me llega hasta los muslos.
—
El material de esta chaqueta está hecho para aprovechar el calor corporal, así
que te esperan noches frescas. — me dice.
Las
botas, que me colocó sobre unas medias muy ajustadas, son mejores de lo que
podía esperar: cuero suave, parecidas a las que tiene Katniss en casa. Sin
embargo, están tienen una suela de goma flexible, listas para usarse para
correr y no dejar ni rastro. Cuando creo que ya pienso que ha terminado, Cinna
se saca del bolsillo la insignia de sinsajo dorado. La había olvidado por
completo.
—
¿Donde la conseguiste? — le pregunto.
—
Del traje que llevaste en el tren. — responde. Recuerdo que se lo quite al
vestido azul de la mamá de Katniss, me lo prendí al traje verde que me coloque,
luego al otro y... y... no supe nada más de él. — Es el símbolo de tu distrito,
¿no? — Asiento, y él me lo prende en la camisa. — Casi no logra pasar por la
junta de revisión. Algunos pensaban que podía usarse como un arma y darte una
ventaja injusta, pero, al final, lo aprobaron. Sí eliminaron un anillo de la
chica del Distrito 1; si girabas la gema salía una punta envenenada. La chica
decía que no tenía ni idea de que el anillo se transformase y no había pruebas
que demostrasen lo contrario. De todos modos, ha perdido su símbolo. Bueno, ya
está. Muévete, asegúrate de estar cómoda.
Camino,
me levanto y agacho, agito los brazos y muevo los hombros en círculos.
—
Sí, está bien. Estoy cómoda con él.
—
Entonces sólo queda esperar la llamada. — me dice Cinna. — A no ser que puedas
comer algo más.
No,
no puedo, por lo que declinó la oferta pero sí aceptó un vaso de agua que me
bebo sorbo, por sorbo mientras esperamos en el sofá. No pretendo masajearme las
manos como tic nervioso, menos dañarme las uñas, por lo que término mordiéndome
el labios muy casualmente, ocupándome de no hacerlo tan fuerte y no dejar
marcas. De los nervios paso al terror al considerar lo que pueda ocurrirme allá
fuera, podría matarme, matarme de verdad y con ello no volver a mi mundo. No
quiero terminar de esta manera, muriendo en unos estúpidos Juegos lejos de
donde pertenezco, de lo que soy, prometí confiar en este cuerpo, en la fuerza
de Katniss pero, ¿y si no soy suficiente? ¿si no doy la talla? Recuerdo a Prim
y su madre, la esperanza en sus ojos cuando le prometí volver, regresar en una
pieza entera a su hermana. En Gale, más en Gale, él único en saber realmente mi
condición y mostrarse comprensivo en la situación. Todos ellos tienen algo en
común: su fe en mí. Al menos, debería aferrarme a eso.
—
¿Quieres hablar Katniss?
Sacudo
la cabeza, lo último que quisiera hacer es hablar, sé que las intenciones de
Cinna son las mejores pero de sacar alguna palabra de mi boca, no saldrían más
a maldiciones y necesito mantenerme centrada. Al extenderme su mano, no dudo n
sujetarla, él me mantiene bien agarrada y juntos permanecemos un buen rato así,
o al menos, hasta el momento en que soy llamada. Debemos prepararnos para el
lanzamiento.
Todavía
estoy sujeta a Cinna mientras me posiciono en el tubo de lanzamiento, con los
pies bien puestos en la placa redonda.
—
Recuerda lo que dijo Haymitch: corre, busca agua. Lo demás saldrá solo. — dice,
y yo asiento. — Y recuerda una cosa: aunque no se me permite apostar, si
pudiera, lo haría por ti.
—
¿Enserio? — susurro.
—
Sí. — afirma, luego se inclina y me da un beso en la frente. — Buena suerte,
chica en llamas.
Entonces,
el cilindro se cierra por completo obligando a soltarnos, que me obliga a
separarme de él. Cinna se da unos golpecitos en la barbilla; quiere decir que
mantenga la cabeza en alto. Alzo el mentón y me quedo quieta lo más que puedo.
El cilindro empieza a moverse y, durante unos segundos, quedo totalmente a
oscuras. Después noto que la placa metálica sale del cilindro y me lleva hasta
la brillante luz del sol, que me escandila; un fuerte viento me trae un aroma
conocido, un aroma que representa la comodidad de mi hogar: el pino. En ese
instante oigo la voz del presentador, quien según Katniss, es legendario:
Claudius Templesmith por todas partes:
—
Damas y caballeros, ¡que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!
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