lunes, 19 de marzo de 2018

Adaptación: Los Juegos del Hambre It's Like a Dream


20
Me tapo la boca, pero es muy tarde porque el grito ya lo he soltado. El cielo se oscurece y oigo un coro de ranas que empiezan a cantar. « ¿Qué sucede contigo? » me reclama la chica ruda « ¿Eres estúpida? ¡Alguien podría escucharte! » Por unos minutos me quedó paralizada, esperando que alguien venga y me ataque, pero no ocurre nada, es lo obvio, casi no queda nadie. El chico rubio, que está herido, se ha convertido en mi aliado. Katniss tiene razón, soy una estúpida, porque desde el principio he desconfiado de un chico que jamás ha sido mi amenaza. Tiene ahora sentido lo de estar juntos desde el comienzo, el cuidarnos el uno al otro y fingir llenar bien, mas nosotros, que somos "los trágicos amantes del Distrito 12", es lo ideal para conseguir patrocinadores de buen corazón. Si claro, eso no me lo creo ni yo; pero si lo suficientemente idiotas para tragarse lo del amor.
Trágicos amantes... ese chico del pan debió de apostar por todas desde el comienzo, de lo contrario, los Vigilantes no hubieran cambiado las reglas para poder ser posible surgir esto, el ser posible que dos tributos ganen los Juegos nuestro "romance" debe de ser tan popular entre la audiencia, que condenarlo al olvido podría sentenciar el éxito de todo su jueguito macabro. Por supuesto, esto no se debe a mi o la chica ruda, claramente lo más bestial que he hecho es no matar a Peeta. Sabrá solo dios que ha hecho él, pero convenció que todo ha sido para mantenerme con vida a la audiencia. Sacudió la cabeza para que no me metiera al baño de sangre de la Cornucopia; lucho contra Cato para dejarme escapar; incluso unirse a los profesionales fue algo previsto para despistarlos. A la final, mi intuición dio en el clavo, Peeta jamás intento matarme, jamás intento traicionarme, él, jamás fue alguien que pudiera amenazarme. Sonrió y no puedo evitar embargarme la alegría, de hecho, quito la manos de mi boca y dejo que las cámaras lo graben todo.
Bien, todo muy conmovedor y todo lo que quieran pero, la gran pregunta es: ¿a quién debo de temer? ¿La Comadreja? El chico de su distrito está muerto y ella trabaja sola, por la noche, su estrategia es huir y no atacar, de hecho, si lograra escucharme no haría nada, solo esperar a que alguien venga y me mate. También esta Thersh, ok, él si es una amenaza real, pero no lo he visto desde mi primer día en el estadio. El día después de la explosión, la Comadreja parecía estar huyendo de algo mientras miraba a esa parte del bosque que nadie sabe a dónde llega, bueno, seguramente huía de Thersh y ese son sus dominios. Desde allí no me ha podido ni escuchar ni queriendo y, aunque lo hiciera, estoy a demasiada altura para alguien de su tamaño. Eso me deja con Cato y la chica de su distrito, ellos deben estar bailando, literalmente, en una sola pata ante la nueva noticia. Son los únicos en tener pareja aparte de Peeta y yo, ¿debo de huir por si me escucharon?
« No » me dice, Katniss « déjalos que vengan, con sus cuerpos pesados y sus lentes de visión nocturna. ¡Que se atrevan a ponerse bajo el radar de tus flechas! » Estoy tentada a soltar una carcajada por lo mencionado por la chica ruda, pero me reprimo, sé que esos chulitos no vendrán por aquí. Dudo el querer exponerse una caza nocturna, si ellos vienen, serán imponiendo sus propias condiciones no porque saben mi paradero. « Quédate y descansa un poco, Heather » me ordena la chica ruda, aunque me encantaría empezar a buscar a Peeta « mañana, mañana seguramente lo encontraremos »
Consigo dormirme, pero, por la mañana, me comporto con sumo cuidado, porque, aunque los profesionales podrían dudar de venir al árbol, son capaces de darme una emboscada sorpresa. Me aseguro de prepararme para soportar el día; tomo un buen desayuno, arreglo las armas y ordeno todas las provisiones en la mochila. Acto seguido, desciendo. Todo parece tranquilo cuando toco suelo, pero debo tomar las precauciones necesarias, porque seguramente los profesionales saben que estaré buscando a Peeta. Si está herido como dice Cato, deberé defendernos a los dos sin pensármelo dos veces. Sin embargo, si esta tan mal ¿cómo demonios ha soportado todo este tiempo? ¿Cómo demonios voy a dar con él? Rebusco en mi cabeza datos que puedan ayudarme a conseguirlo, pero nada se me ocurre. Por lo que me remoto a la última memoria que tengo de él; brillando bajo la estela del sol, yo toda confundida esperando a que me matara, acto seguido empujándome con la lanza para que me levantara, le hice caso y al momento de desaparecer Cato lo hirió. Pero ¿De qué forma escapo? Quizás tiene mejor aguante que Cato para las picaduras, esa tal vez fue el dato importante que le permitiera huir. Sin embargo, a él también le picaron ¿Cuanto pudo alejarse estando tan malherido y lleno de veneno? ¿Y cómo ha permanecido todos estos días vivo? Digo, si la herida no lo ha matado, la sed podría acabarlo en menos de un día. Aguarden, creo tener la primera pista para dar con él: debe de estar en una fuente de agua. La primera dirección que se me ocurre es el lago, pero es imposible, no sabiendo que está muy cerca de los profesionales. Hay unos cuantos estanques que son alimentados por el arroyo, pero sería un bocadillo fácil de digerir. Y está el otro arroyo, donde estuve con Rue, pasa cerca del lago y sigue abajo. Si se ha mantenido cerca del arroyo, puedo moverse con facilidad y estar cerca del agua, borrar sus huellas y pescar algo.
En cualquier caso, es un buen lugar para empezar a buscar. Buscando confundir el enemigo, enciendo una fogata con mucha leña verde, pueden pensar que es una artimaña, no me importa, solo quiero que crea que me encuentro por aquí, cuando en realidad estaré buscando a Peeta. El sol empieza a pegar de una manera sorprendente, dándome un aviso que hoy hará más calor de lo normal. El agua me resulta refrescante cuando meto los pies en ella, en el arroyo abajo. Tengo ganas de llamar a Peeta pero me contengo, sé que no es una buena idea hacerlo, por lo tanto sigo avanzando. Debo encontrarlo colocándola toda la atención que pueda, mas tomando en cuenta que he quedado sorda de un oído, él debe saber que lo busco ¿no? Solo espero que mi mala conducta no distorsione mi visión él, pero resulta tan impresentable, podría incluso, en estos momentos pensar que lo he olvidado y dejado solo. Bueno, también, del mismo modo, puede estar ocurriendo lo otro. El chico de los misterios, seguramente estando en un lugar más propicio, estaría encantada de la vida tratado de analizarlo; pero no ahora, me resulta un jodido obstáculo.
Llego al lugar donde partí para ir al campamento de los profesionales, ni rastros del chico del pan. Bastante predecible, he estado varias veces en este sitio y nunca me he topado con algún indicio de Peeta, de haberlo intuido, desde hace mucho lo hubiera encontrado. El arroyo empieza a doblarse hacia la izquierda en un lugar donde nunca antes he estado antes, una orilla embarrada y cubierta de plantas acuáticas enredadas lleva a unas rocas que aumentan en tamaño, es donde empiezo a sentirme algo atrapada. Estando en este sitio, de hecho, Cato o Thersh podría acabar conmigo y, yo encerrada como un canario en cautiverio. Estoy a punto de decir que no es sitio más sensato para un chico herido moverse, empiezo a ver un reguero de sangre en una roca. A paso un tiempo y se ha secado un poco, pero las manchas van de un lado a otro dando a entender que alguien, en no un muy buen uso de sus facultades mentales, intento limpiarse la sangre. Abrazada a las rocas, me muevo lentamente hacia la sangre, buscándolo. Encuentro más manchas, unos con pedazo de tela, pero ni señales de él. Me siento en la roca y digo:
— ¡Peeta, Peeta!
Un sinsajo aterriza en un árbol raquítico e imita mi voz, simplemente lo dejo, me ahorra un montón de energía pero, con todo y eso, no logro hallarlo. Me rindo, regreso al arroyo pensando que tuvo que ir más abajo, no acabo de meter el pie en el agua cuando lo escucho:
— ¿Has venido a rematarme preciosa?
¡Demonios! Giro bruscamente en búsqueda de su voz, la he escuchado muy cerca, de mi izquierda, no existe nadie en este estadio que me llame de esa ridícula manera, salvo Peeta. Recorro con la mirada por la orilla pero, nada, solo rocas, plantas, barro...
— ¿Peeta? — susurro. — ¿Dónde estás? — no responde, que raro, no me lo imagine estoy segura que se trataba de él. — ¿Peeta? — me arrastro por la orilla.
— Bueno, no me pises.
Doy un salto de la impresión, porque la voz proviene del suelo, pero sigo sin verlo. Entonces, abre los ojos y veo el azul inconfundible entre el lodo marrón y las hojas verdes. Llevo mis manos a mi boca para no escapar un grito, veo como aparecen los dientes de su sonrisa blanca y no puedo evitar reírme con él. Por supuesto, Peeta sabe lo último en camuflaje, debió de olvidar en la sesión con los Vigilantes de lanzar pesas y convertirse en árbol, o en malezas, o en cualquier otra cosa para dejarlos con una expresión estupefacta como estoy ahora mismo.
— Vuelve hacerlo. — le pido. — cierra los ojos una vez más. — Y lo hace, igualmente la boca, desapareciendo por completo de mi vista. En general, creo que tiene todo su cuerpo lleno de lodo, desde sus brazos hasta sus piernas y lo retribuyen algunas plantas también. Termino arrodillándome a su lado. — Me quito el sombrero ante ti, el glaseado ha dejado por fin sus frutos. No lo has aprendido en vano.
— Bueno, es la última defensa contra los moribundos.
— Deja de decir sandeces, no te vas a morir.
— ¿Y quién lo dice? — tiene la voz muy ronca.
— Yo. Pertenecemos al mismo bando, no debe de ser una sorpresa para ti.
— No, no lo es. Igualmente lo escuche. — responde, abriendo los ojos. — Muy amable de tu parte, venir a buscar lo que queda de mí.
— ¿Dónde te ha cortado Cato? — le pregunto sacando la botella y dándole un poco de agua.
— Pierna izquierda, arriba.
— Te meteré en el arroyo, necesito quitar todo esto y verte las heridas.
— Primero acercarte un momento, tengo que decirte una cosa. — parpadeo varias veces sin entender nada, aunque termino obedeciendo colocándole mi oído bueno para poder escucharlo. — recuerda que estamos locamente enamorados, puedes besarme cuando quieras.
Aparto mi cabeza de golpe, sonrojándome hasta las orejas y sintiendo un extraño cosquilleo que invade todo mi cuerpo, tengo unas ganas de maldecirlo en voz alta, pero no es buena idea, menos si quiero conseguir patrocinadores. Por lo que, me limito a reír nerviosamente, esperando que este cretino no perciba lo que hecho en mí.
— Muy bien, tendré en cuenta ese dato.
Bueno, al menos tiene la capacidad de bromear. No obstante, cuando empiezo a ayudarle para llegar al arroyo, toda su simploneria desaparece. Esta hundido más de medio metro. ¡Rayos! ¿No puede ser las cosas más fáciles para mí? No, no lo son porque Peeta no puede moverse él solo; esta tan débil que su único propósito es dejarse llevar. Lo arrastro, o creo hacerlo, porque aunque intente quedarse quieto, los gritos de dolor son bastante sonoros y logro escucharlos. A la final, tengo que darle un tirón porque parece que el lodo y las plantas lo han tomado como parte de su aérea, aún sigue tumbado a medio metro del agua, con los dientes apretados y lágrimas escapando de sus surcos marcados por porquería. Diablos, esto no va ser para nada un paseo al parque.
— Peeta, escúchame. Voy hacerte rodar arroyo abajo, es un poco profundo y debemos aprovecharlo. ¿De acuerdo?
— Suena fantástico.
Me agacho a su lado, me digo que ocurra, lo que ocurra, no parare hasta verlo en el agua.
— Hasta las tres. — le anuncio. — ¡Una, dos, tres! — solo consigo que ruede completamente porque hace unos ruidos tan horribles, que le paralizan la sangre a cualquiera. Al menos es algo, me digo, ha quedado lo más cerca posible. — ¿Sabes qué? Olvida lo que dije, no voy a meterte del todo. — le digo, porque si logra hacerlo no certificó poder sacarlo nuevamente.
— ¿Nada de rodar?
— No, nada de rodar. Te limpiaré, pero eso sí, da una vistazo al bosque por mí. ¿De acuerdo?
Esta tan hecho un asco que ni sé por dónde empezar; todo cubierta de lodo y hojas apelmazadas que ni siquiera le veo la ropa. Me paralizó. Tiene que llenar ropa puesta, ¿cierto? El chico rubio no sería tan atrevido para no llevarla, ¿cierto? Peeta no se atrevería a ser tal cosa... ¡¿Cierto?! « Bueno, los desnudos en el estadio no son la gran cosa » minimiza la situación, la chica ruda pero a mi si me parece alarmante. ¡¿Por qué demonios no lo haría?! Es decir, joder, soy una mujer, una mujer en todo el sentido de la palabra y el un hombre... ¿Ha captado por donde va el asunto? Bien, bien, bien. Que no me ataque el pánico, solamente debo de aparentar normalidad. Por lo tanto, apoyo las dos botellas de agua y la bota de Rue para que se llenen, tardo un poco en hacerlo, pero logro quitarle todo el barro hasta que encuentro su ropa. Siento un alivio profundo, pero sé que me durara poco, debo quitarle lo que lleva encima. De acuerdo, primero le bajo la cremallera de la chaqueta con mucho cuidado, le desabrocho la camisa y le quito las dos cosas. Las camisa interior esta tan pegada a sus heridas que debo sacar el cuchillo para cortársela, no hay momentos para sentirme avergonzada, el chico está realmente golpeado tiene una larga quemada en el pecho y cuatro picadas de rastrevíspulas, contando con una que tiene en la oreja. Con esto no tengo problemas, porque puedo arreglarlas. La gran odisea será cuando vea lo que Cato hizo con su pierna, por lo menos me limitaré a atender los daños de su torso.
Noto que tratar sus heridas en medio de un charco de barro no tiene sentido alguno, por lo que con algo de suerte lo ayudo a acomodar en un canto rodado. Él se queda tan quieto como una momia, mientras le lavo la tierra del pelo y la piel. Su tez contra el sol es bastante pálida y ya no parece ser tan musculoso como antes, aprovecho para quitarle los aguijones de la picaduras, lo que, le hace provocar una mueca pero al aplicarle las hojas, suspira un alivio. Mientras se seca al sol, le lavo la camisa y la chaqueta, que las tiene asquerosas. Debo de decir una cosa, mi mamá de ver algo así estaría orgullosa, o asombrada, no suelo hacer nada de este tipo de cosas, solamente deshacerme de mi ropa sucia en una cesta especial para eso, luego mi mama hace la magia. Supongo que venir a este mundo me ha servido para aprender hacer independiente, es claro, aquí solamente me tengo a mi misma. Entonces, alejando mis pensamientos siendo Heather Fausto, siento como la piel de Peeta tiene mucha temperatura. La capa de lodo y barro cubría lo bastante que arde en fiebre. Busco entre el bolso de Marvel, el botiquín de primero auxilios y descubro unas pastillas para reducir la temperatura.
— Tómate esto. — se la doy, y él se las traga muy obedientemente. — seguro y tienes hambre.
— La verdad es que no. Qué raro, llevo días sin tener hambre. — responde Peeta.
Lo que me ha dicho, es cierto. Cuando le ofrezco granso, arruga la nariz y vuelve la cara. Está realmente enfermo, me preocupa.
— Vamos, tienes que comer algo. — insisto.
— Sólo servirá para que lo devuelva. — Lo único que consigo darle es unos trocitos de manzana desecada. — Gracias. Estoy mucho mejor, de verdad. ¿Puedo dormir un poco Katniss?
— Espera, aun no. — le aviso, porque debo de enfrentarme a algo realmente preocupante. — primero déjame ver tu pierna.
Respirando profundamente, evitando sentir una vez más el nerviosismo de la vergüenza, adopto una expresión neutral mientras comienzo quitándole las botas, los calcetines y después, los pantalones centímetro a centímetro. Veo el corte que ha hecho la espada de Cato en la tela sobre el muslo, pero eso no me avisa en lo absoluto para lo que se aproxima. El profundo tajo inflamado supura sangre y pus, la pierna esta hinchada y, lo peor de todo, huele a carne podrida. ¡Santa madre de dios! Quiero correr, huir y esconderme en la oscuridad de mi habitación, cerrar los ojos y esperar a que todo vuelva a la normalidad, donde esto solamente sea un apestoso sueño. Pero no puedo hacerlo, Peeta solamente me tiene a mí aquí en el estadio, tengo que aparentar toda la tranquilidad posible, no solo por las cámaras, igualmente por el enfermo.
— Bastante feo, ¿eh? — me dice Peeta, observándome con atención.
— No, que va. — respondo, encogiéndome de hombros y restándole importancia. — He visto peores, créeme. Solamente deberías imaginar lo que se pasan por casa. — bufo rodeando los ojos, actuando como chulita mientras recuerdo que la mamá de Katniss es sanadora. — Eso sí que da terror de verdad. Por lo tanto, primero limpiemos esto bien.
Le dejó puesto los calzoncillos porque no se ven tan mal y la idea de que toquen la herida, me da escalofríos; de acuerdo, seamos francos desde el principio: no quiero verlo desnudo. No sé cómo trataran la desnudes en este mundo, pero en el mío, se da respeto a la privacidad y por nada permiten que suceda este tipo de cosas; ni siquiera en los programas donde luchan para ganar dinero, le prometen privacidad y jamás gravan un desnudo. « Mi madre y Prim, no les afecta en lo absoluto la desnudes » me dice la chica ruda « quizás, ellas, sean de más utilidad que nosotras dos en estos momentos. » Así que, aparentemente, Katniss igual le afecta todo este tema, me parece justo, porque no quiero ser la única en hacerlo. Coloco el trozo del plástico debajo de él para lavarlo del todo. Con cada botella que le arrojo encima, la herida tiene una apariencia peor. El resto de su mitad inferior, está bien, sólo una picadura y una quemadura mínima que atiendo rápidamente. El gran dilema es... ¿Qué diablos hago con la cortada?
— ¿Lo dejamos un momento al aire y...? — dejo sin acabar la frase.
— ¿Y después lo curas? — responde Peeta por mí. Sus increíbles ojos azules me observan con pena, como si leyera mis pensamientos y descubriera lo perdida que estoy.
— Exactamente. Ahora, comete esto.
Le coloco en la mano unas peras secas partidas a la mitad y vuelvo al arroyo a lavarle el resto de la ropa. Cuando la coloca a secar, reviso el contenido del botiquín, son cosas demasiado básicas: vendas, pastillas para la temperatura, otras para el dolor de estómago... nada para poder atender su herida grave en la pierna.
— Nos toca experimentar. — admito.
Las hojas contra las picadas son buenas para la infección, según Katniss, debo empezar con ellas. A los poco minutos de aplicar la sustancia verde en la herida, la pus baja por la pierna y pienso que es una buena señal. Aunque claro, no tan buena para mi estómago, que se recueste sin control alguno.
— ¿Katniss? — me llama Peeta, lo miro y sé que debo de tener una expresión totalmente llena de asco. — ¿Y ese beso? — imita los movimientos de mis labios como si tirara un beso, pero si sonido alguno. Claro, estoy masticando mi mejilla interna, por eso lo hace, pero al mismo tiempo provoca que me ría de lo asqueroso de ser todo esto. — ¿Va todo bien? — pregunta, en un tono demasiado inocente.
— ¿La verdad? No lo sé... solo... solo que yo y el pus, no nos llevamos bien y... ¡ugh! — me permito llamar un poco al vómito mientras retiro la primera capa de hojas y aplico la segunda. — ¡ugh! ¡No puedo soportarlo!
— ¿Cómo puedes cazar animales?
— Por favor, el cazar animales es una tarea muy sencilla a comparación de esto. Aunque, quien sabe, podría estar matándote.
— ¿Puedes darte un poco más de prisa?
— Cállate, mejor llena tu boca con las peras.
Luego de tres aplicaciones y lo que aparentemente, es un cubo entero de pus, la herida tiene mejor aspecto. La inflamación ha bajado un poco, permitiéndome ver el corte de Cato: llega hasta el hueso.
— ¿Y ahora qué, doctora Everdeen? — pregunta Peeta.
— Mmm... Pomada para las quemadas, ayudaría contra la infección y ¿la vendo? — lo hago, porque la misma Katniss me ha dado instrucciones para hacerlo, ella tiene un mejor manejo con este tipo de situaciones que yo. Aunque algo no me parece bien, lo limpio de la venda da un contraste extraordinario con sus calzoncillos, y créame, ya no tienen un buen aspecto. — Espera. — reviso y lo mejor que tengo para cubrirlo, es la mochila de Rue. — Cúbrete con esto, dame tus calzoncillos y los lavaré.
— Oh, a mí no me importa que me veas.
¿Escucharon eso? ¡¿Acaban de escuchar eso?! ¡Estoy que lo mato! Menos mal y está enfermo, de lo contrario, lo lanzó de cabeza contra el arroyo. ¿Qué demonios pasa en este mundo con el tema del pudor? Hacen parecer como si no fuese nada, pero... ¡Por lo más sagrado del universo! Somos una chica y un chico en medio de un bosque, aunque no estamos solos y las cámaras nos graban, no quita que deben de comportarse tal cual a lo que somos: dos sexos opuestos. Respiro profundamente, o al menos, lo suficiente para que no se note lo afectada que estoy, aunque a estas alturas... toda Panem sabe de mi sonrojo no tan natural.
— ¿Qué le ocurre a todo el mundo aquí? Peeta, puede que a ti no te afecte, pero a mí sí. ¿Te enteras?
Me devuelvo hacia el arroyo, cerrando los ojos con fuerza y regulando mis pensamientos para no pensar que el chico del pan, no se encuentra desnudándose detrás de mí. El rostro lo siento tan caliente que seguramente le hace la competencia en temperatura a Peeta, jamás pensé que viviría tal cosa, menos el lavarle siquiera, a un chico los calzoncillos. En pocas palabras: esto es demasiado para mí. Abro los ojos al momento de que arroja su ropa interior al arroyo, debe de sentirse muy bien para hacerlo, aparte, toda Panem debe de reírse de mi comportamiento.
— ¿Sabes? Para ser una cazadora tan letal eres un poco aprensiva. — dice, mientras en medio de dos rocas lavo sus calzoncillos. — debí dejarte darle en ese momento la ducha a Haymitch.
No te burles de mí, idiota, de hecho, ese es mi pensamiento y las ganas de soltarlo son tan palpables que me limito a decir:
— ¿Qué te ha enviado hasta ahora?
— Nada de nada. — responde, luego hace una pausa y parece recordar algo. — ¿A ti si?
— La crema para las quemadas. — le digo, medio mordiéndome los labios, avergonzada. — y también pan.
— Siempre supe que eras su favorita.
— Claro, claro, y por eso con mucho cariño me llamo: "encanto de babosa muerta". — rodeo los ojos con fastidio, casi riéndome. — Esta claro el no soportarme.
— Es porque se parecen. — murmura Peeta, lo dejo ser porque, no quiero discutir con el chico y mucho menos insultar a nuestro mentor. Aunque, ganas no me faltan.
Dejo que el chico del pan tome una pequeña siesta mientras se seque la ropa, pero a última hora de la tarde, considero que es demasiado peligroso quedarnos aquí, por lo que le sacudo el hombro.
— Peeta, venga, tenemos que irnos.
— ¿Irnos? — pregunta, como si estuviera confundido. — ¿A dónde?
— Lejos, en un sitio escondido donde puedas ponerte mejor. — Lo ayudo a vestirse y le dejo los pies descalzos para caminar por el agua, acto seguido, lo levantó. Se queda tan blanco como el papel cuando se apoya en la pierna. — Vamos, sé que puedes hacerlo.
Y no, no lo puede, al menos, no por tanto tiempo. Recorremos cincuenta metros más abajo, él apoyado sobre mi hombro, y noto que está a punto de desmayarse. Lo siento en la orilla, le pongo la cabeza entre las rodillas y le doy unas palmaditas torpes mientras examinó la zona. Tengo unas ganas incontrolables de subirme a un árbol, pero con esta situación, es más que obvio el no poder hacerlo. Es cuando Katniss, siendo más detallista que yo, percibe unas rocas que forman formas singulares a cuevas, y, acaba escogiendo, una que está a veinte metros por encima del arroyo. Cuando Peeta consigue volver a levantarse, lo llevo medio a rastras hasta la cueva. Sé que debe de existir un lugar mejor, pero por los momentos debo conformarme con esto, el chico rubio esta vuelvo nada: pálido como la luna, jadeando del cansancio y temblando por la fiebre. Cubro el suelo de la caverna con agujas de pino en forma de capas, desenrollo en saco de dormir y lo termino metiendo dentro. En medio de su despiste le doy otras pastillas contra la fiebre, le intento meter alimento pero vuelve a negarse, esta vez ni soporta la fruta.
Se queda tumbado mirándome un buen rato, a la chica ruda se le ha ocurrido que cree una cortina con vides, pero el resultado no es nada favorable por lo que, me regaña y termino rompiéndola a pedazos. Según ella, un animal pasaría desapercibido eso, pero un humano, no dudaría dos veces en atacar. ¡Al demonio! ¡No soy ella para poder hacer cosas a la perfección!
— Katniss. — me llama. Dándome la vuelta, trato de aparentar normalidad y apartar esos mechones rubios de su vista, así puedo permitirme, aunque sea unos segundos, ver el azul de su mirar. — Gracias por encontrarme.
— No me agradezcas, al menos, no ahora. — sonrió de medio lado. — Hazlo cuando volvamos a casa.
Está volando en fiebre, es como si la medicina no surgiera efecto en él. Unas horribles contracciones se alojan en mi vientre, temiendo que, de alguna manera, realmente se muera.
— Hablando de eso, si no regreso... — empieza.
— Ni se te ocurra mencionarlo, no he sacado esa pus para nada.
— Lo sé, pero, por si acaso... — intenta insistir.
— Ya lo dije, no saquemos ese tema ni por asomo. — insisto, poniéndole los dedos en los labios para callarlo.
— Pero...
En un mero impulso de mi mente, me inclino y lo beso para que deje de hablar. Oh, demonios, esta es la primera vez que beso a un chico, siendo como Heather o Katniss, quien seguramente jamás ha tenido tal oportunidad, no he sido buena en estos temas y jamás lo seré. Estoy avergonzada, es un hecho, pero luego se me pasa cuando me doy cuenta que los labios de Peeta están muy calientes, su temperatura no acaba de bajar. ¿No se supone que debería de surgir estrellas, explosiones o ángeles cantando en este instante? Bueno, al parecer no, porque lo único en mis pensamientos en este momento es evitar que se muera. Por lo que, me aparto y lo arropo con el borde del saco.
— Queda terminantemente morirse, ¿está claro?
— Sí. — susurra él.
Cuando salgo al aire fresco nocturno, cae frente de mis ojos un paracaídas del cielo. Deshago con rapidez el nudo esperando que sea la medicina que cure a Peeta, pero recibo algo totalmente diferente: una olla de caldo caliente. Aprieto los labios en una sola línea, imaginando lo que puede estar diciendo en estos momentos Haymitch: "Se supone que estas enamorada, preciosa, y el chico se está muriendo. ¡Dame algo con lo que pueda trabajar!" Ugh... rayos, odio decirlo pero, tiene razón. Somos lo trágicos amantes del Distrito 12 deseando volver a casa, querido desesperadamente, amarnos sin necesidad de ser pasados por la muerte. Dos chicos locamente enamorados, la ansiedad, el anhelo, el... romance. ¡Carajo! Obviamente he estado antes enamorada, pero es ese tipo de recuerdos que luchó desesperadamente por olvidar, enterrar y nunca sacarlos a flote. Odio esa parte de mí que era una idiota, que daba todo y no recibía nada a cambio, solo para que mi persona amada me diera la espalda y abandonase. ¡Ugh! Esto va ser un poco complicado, porque si quiero seguir manteniendo con vida a Peeta, y efectivamente, igualmente a mí, tengo que desempolvar los recuerdos y traer, al menos, un gramo de la antigua Heather Fausto al presente. Aunque, sinceramente, el romance jamás ha sido lo mío.
— ¡Peeta! — exclamó, intentando poner ese tono meloso y ridículo cuando ves a la persona que te gusta. Se ha vuelto a dormir, pero lo despierto con un beso, lo que hace sorprenderlo. Después sonríe, como si se alegrara de estar allí tumbado y simplemente poder contemplarme eternamente. Me congelo, esa simple mirada ha hecho que sienta un raro dolor en el pecho, pero no le prestó atención, no debo de hacerlo, porque al igual que yo, nos estamos jugando esto. Por lo tanto, medio escondiéndome detrás de la olla de caldo, sonrió. — mira lo que Haymitch te ha enviado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario