21
He
pasado una hora tratando de que Peeta se coma el caldo, suplicándole,
amenazándole y, claro, besándolo, hasta que a la final, culmina por tragárselo
completo. Finalmente, le dejo que descanse y me ocupo de mí; como granso y
raíces mientras veo el cielo con la esperanza de ver muertes, pero nada, hoy no
cambio nada. Me tranquilizo, hoy Peeta le hemos dado muchas emociones, por lo
que los Vigilantes nos dejaran en paz. En estos momentos seguramente estaría
buscando un árbol, un lugar donde dormir cómodamente, pero todo eso se ha
acabado, al menos, por los momentos. Sé que dejar, o pensar, dejar a Peeta solo
en este sitio está mal, no es correcto, menos considerando los peligros que
pueda depararle, igualmente, si quiero aparentar lo de "los trágicos
amantes", es una gran idea permanecer todo el tiempo necesario junto a él,
de esa manera, transmito que no puedo siquiera imaginar estar lejos de su lado.
Por lo tanto, saco los lentes de visión nocturna, acomodo las armas y me
dispongo a montar guardia. La temperatura la baja en cuestión de segundos, me
aferro, por lo menos en unos segundos, que soy tolerante al frío y esto no es
nada para mí. Pero conforme avanza el tiempo, me rindo y me cuesto junto a
Peeta, lo cual es refrescante, esta calientito y me hace bien. Pero noto algo
raro, el chico rubio está más que "calentito", es un horno completo.
Lo que es predecible, porque el saco está reflejando el calor corporal, su real
temperatura. Le pongo la mano en la frente y compruebo que está ardiendo, no sé
qué hacer, usualmente en mi mundo, teniendo los medicamentos necesarios, te
bajan la temperatura gradualmente, pero esto es distinto. Mirando a todos lados
medio aterrada, acabo humedeciendo una venda y se le colocó en la frente. Sé
que no parece la gran cosa, pero es lo único en ocurrírseme para absorber el
calor, en ocasiones, cuando estaba pequeña mamá solía colocármelo, eso y
bañarme con pañitos de agua fría. Tampoco es que me apetezca desnudar a Peeta,
menos estando de noche, y, mucho menos, verlo desnudo realmente.
Me
paso la noche medio tumbada, medio sentada, cambiándole la venda a Peeta cuando
se le volvía seca, Katniss de vez en cuando me recalca que nos hemos vuelto
débiles, vulnerables ahora que tenemos un enfermo a cargo. No le hago caso,
porque cuando vine a buscarlo sabia a lo que me enfrentaría, igualmente ella,
teníamos en cuenta las consecuencias de esta decisión. Así que, debemos
aferrarnos a la intuición que me hizo buscarlo, sobre todo, el hacer lo
correcto. Al ver los matices claros del cielo, percibo una capa de sudor en los
labios de Peeta, creo que se le ha bajado la fiebre un poco, no a temperatura
normal, pero si unos grados. La noche cuando recogía vides, note uno de los
arbustos que me enseño Rue, salgo a recoger la fruta y la aplasta en la olla
del caldo con agua, es la receta de especialidad de la Chef Everdeen, cuando
hablo de ella, me refiero a la verdadera dueña de este cuerpo: Katniss.
—
Me desperté y no estabas. — me dice Peeta, intentando levantarse, cuando llegó
a la cueva. — Estaba preocupado por ti.
—
A ver si entiendo un poco. — me rio, mientras lo tumbo otra vez. — Tu... ¿Estas
preocupado por mí? Peeta, mira un segundo como te encuentras y, luego, organiza
tus ideas.
—
Creía que Cato y Clove te habían encontrado. Les gusta cazar de noche. — sigue
diciendo él, todavía muy serio.
—
¿Clove? ¿Quién es?
—
La chica del Distrito 2. Sigue viva, ¿no?
—
Si, están los del 2, nosotros, Thersh, la Comadreja, que el chica del 5. Ahora,
¿Estas mejor?
—
Lo estoy, esto, es mucho mejor que el lodo. Ropa limpia, medicinas, un saco de
dormir... y tú.
Ah,
rayos, yo que pensé que tendría un pequeño descanso sobre el romance. Por lo
que, le toco la mejilla y él, se la lleva a los labios. Es cuando, este mundo
tal cual y como esta, se detiene. Un extraño calor se extiende por todo mi
cuerpo, me quedo observando con ojos muy abiertos este mínimo movimiento de
Peeta, de cómo hace que reaccione de una forma rara, es decir, sus ojos azules
me observan como dulzura, dedicación, cariño, amor... y nadie en la vida me ha
visto así. No lo sé, pero de alguna manera, me siento cohibida y con las
mejillas calientes, porque aunque estemos fingiendo todo esto, está logrando
afectarme un poco, solo un mínimo grado. « ¿De dónde ha sacado esto Peeta? »
pregunta Katniss, rompiendo la burbuja del frenado de tiempo « porque,
seguramente, de sus padres no. ¿Recuerdas a su madre? Es una bruja, dudo ver
una expresión de dulzura en ella » vale, vale, puede que lo ha observado en la
escuela o los visitantes de la panadería. Como quien dice: ¡El amor puede estar
en cualquier parte!
—
Bien, no habrá más besos para ti si no comes. — le digo, mientras mentalmente
me cuestionó un millón de cosas, con ello, mi comportamiento.
Le
ayudo a apoyar su espalda contra la pared y él se traga obediente las
cucharadas de papilla de bayas que le doy, pero sigue sin querer ingerir algo más,
salvo frutas.
—
No has dormido. — me dice.
—
Estoy bien. — miento, porque mis músculos desprenden protestas para querer
protestar.
—
Duerme un poco, yo vigilare. Te despierto si paso algo, Katniss. — sigue
diciendo, pero me aterra el dejarlo solo, el cargarlo con el peso de la
responsabilidad de cuidarnos cuando él está enfermo. — No puedes estar despierta
para siempre.
Es
verdad, en algún momento tengo que descansar, mejor hacerlo ahora, cuando la
luz del sol la tenemos a nuestro favor. Y principalmente, realmente necesito
una siesta, mínima, de unos cinco minutos.
—
De acuerdo, pero solo unos minutos. Despiértame enseguida si ocurre algo.
Está
haciendo mucha temperatura como para meterme en el saco, por lo que me acuesto
encima de él, con el arco en una de mis manos, si se presenta la oportunidad de
ataque pueda disparar en cuestión de segundos. Peeta se sienta a mi lado,
apoyando su espalda en la pared, con la pierna mala estirada frente de él y con
los ojos clavados en el exterior.
— Duérmete.
— me dice en voz baja, apartando unos mechones de mi pelo que me caen sobre la
frente.
A
diferencia de los besos que nos hemos dado hasta ahora, de mentira, este
movimiento se me hace tan sincero y tranquilizante que por nada en el mundo
deseo que se detenga, es más, no lo hace; por lo que manteniendo mis ojos
clavados en su singular perfil agraciado de chico guapo de la ciudad del
Distrito 12, cierro los ojos dibujando una sonrisa tranquila en mis labios y
suspirando satisfecha. Con esas pequeñas, pero significantes caricias, me quedo
dormida.
Cuando
tenía doce años, fue el momento que fui transferida al Liceo Miguel Carrero
Burgués, por una parte estaba nerviosa, y la otra, ansiosa por conocer las
nuevas aventuras que estarían por venir. Ese día, aunque me pare relativamente
temprano, termine por llegar tarde y presentada cuando ya todo el grupo estaba
reunido en el salón. La directora, en ese entonces, muy amable, le restó
importancia a mi percance y le pidió el favor al Coordinador del Departamento
de Evaluación, el acompañarme en donde sería mi nuevo salón de clases. En tanto
yo me marchaba, mamá se quedó conversando con la mujer otros asuntos, muy
casualmente, ya que ambas eran conocidas de antes y se tomaba en cuenta la
aparición de mi hermano Will en sus instalaciones. Quizás ya lo he mencionado
anteriormente, pero Will y yo nos llevamos relativamente unos cuatro años de
diferencia, por lo que estaría cursando su cuarto año de liceo; en fin, por
alguna extraña razón que no recuerdo, él no asistió ese día, dejándome
completamente sola. Genial, ahora mis nervios ahora si estaban por los cielos,
pero si quería causar una buena impresión, tenía controlarlos bien. Si, y lo
hice a la perfección. Al entrar al aula y ver a chicas de donde antes había
estudiado sentí mucho alivio, al menos, no estaría sola. De todas maneras, en
el arte de socializar, era experta, aunque claro, lo que yo desconocía era que
el liceo es otro mundo, uno donde pueden pisotearte sin poder frenarlo.
De
todas maneras, ese primer día la pase muy bien con mis conocidas: Yess, Miriam
y Carol. Aprovechamos para colocarnos al pendiente de las vacaciones, de cómo
terminamos aquí, del antiguo colegio... y las razones del porqué no siguieron
la línea del Colegio Coromoto. Yess, dijo tener a su hermano en el liceo, y su
mamá no se daría muchos rodeos buscando algo más, menos siguiendo el de
señoritas; por lo tanto, la inscribió en el Miguel Carrero. Carol, fue
sencillo, no deseaba estudiar más con señoritas, además, no cualquiera estudia
en el Coromoto y no poseía el promedio necesario para ingresar, optando por el
este liceo y caso cerrado. Miriam fue distinto, su madre era la directora, al
igual que Yess, tenía a su hermana estudiando, y desaprovechar una oportunidad
así, era absurdo, llevándola a estudiar allí. Lo que desconocía yo por
completo, era que la amable, seria y, en ciertos puntos, desinteresada Miriam,
se convertiría en una de mis peores enemigas en todo el Liceo Miguel Carrero, y
las razones, hasta ahora las desconozco; es como si, de la noche a la mañana,
el cargo de su madre se le subiera a la cabeza, creyéndose la que más mandara
en todo el recinto. Dejando eso de lado, en la hora de inglés, que debo de
mencionar, fue realmente fuera de lugar, el maestro un hombre de aspecto de
guacamayo desplumado por su creciente calvicie, nos enseñó a presentarnos en
ingles pero formando grupos; como no conocíamos a nadie, fue el momento idóneo
para socializar. Era de tres, dos chicas y un chico. Lo conforme con un chico
moreno de ojos oscuros muy saltones, su baja estatura daba mucha gracia, y su
seriedad curiosa, poseía un nombre bastante complicado, que hasta el sol de
hoy, nunca podré pronunciar y menos recordar. Seguidamente de Angie, una
muchacha de mejillas rellenas, labios regordetes, y los dientes algo desviados;
eran del tipo de chicas bastante engreídas, mirando por encima del hombro, y jamás
de los jamases, tener a alguien que pudiera sobrepasarle, en conclusión: una
esnob. Bueno, fui separada de mis amigas, y tuve que permitirlo. Mientras todo
el mundo hacia la actividad, localice a un trio bastante ruidoso, uno que
gritaba, reía y escandalizaban todo de una particular forma; eran dos chicas y
un chico, los cuales, se ganaron toda mi atención. Ignore a mi grupo, de hecho,
me centre a descifrarlos. Una de las chicas, de un cabello negro brillante muy
extenso, reía a carcajadas señalando a la otra, que era muy blanca, de cabello
ondulado rebelde color rubio, sonrisa amigable y ojos que transmitían
jovialidad; a su vez, señalo al chico, de tez morena, alto, delgado, muy
delgado y de peinado de los años sesenta. ¿Pueden imaginar de quien se trata?
Si, Sebastián, Mari y Alexa.
Obviamente,
desde el inicio, no presente ninguna clase de atracción por Sebastián, solo era
el chico curioso que tenía un peinado extraño, con una mochila extraña, de
personalidad simplona y otras veces reservada, de mi clases. Debido a mi
creciente interés en él, tomaba asiento lo relativamente conjunto para
observarlo, porque en mis ojos inocentemente, era interesante verlo hacer
cualquier cosa; obviamente, en mi mente no existía el gustarme, menos sentir
una especie de cariño, solamente era curiosidad, solo curiosidad. Estudiar sus
expresiones, movimientos, risas, miradas de: impresión, traviesas, soñadoras o
serias; cuando ocurrían esas era para preocuparse porque, ojo, Sebastián muy
raras ocasiones estaba así. Vi en él una fuente inagotable de historia por
descubrir, el individuo más interesante de toda la clase, el que más sembraba
la duda y me arrastraba a observarlo cada vez más. Para ese entonces, creí que
me gustaba uno de los amigos de mi hermano Will, cosa predecible; era bien
parecido: moreno, alto, hombros anchos, ojos oscuros que usaba lentes de
montura cristalina, alta y fornido, capaz de con una sola patada abrir la
puerta del salón de ciencias. Efectivamente, estaba babeando por él, en mi
mente, no cabía la posibilidad de interesarme por Sebastián, salvo en su manera
de ser. Claro, eso cambiaría fácilmente.
Como
saben, a los doce, casi trece años no es la edad que sea principalmente idónea
para conocer el significado de amor o gustar, en ello solo piensan que es
básicamente lo mismo, cosa que está mal. Al enterarme de que él amigo de Will,
ya tenía novia, y esa novia, era la hermana mayor de Miriam no llore, no me sentí
mal, ni nada, bueno, salvo algo: hice pataleo. Sí, eso mismo, una expresión de
pataleo, porque cruce mis brazos en la altura del pecho y fruncí mis cejas con
enojo, mas nada. Donde mi primer amor fugaz, termino en menos de lo que canto
un gallo. Aunque, verdaderamente, no puedes catalogar sentir gusto por uno de
los amigotes de Will como amor, menos sabiendo la clase de mujeriego que es,
por lo tanto, quienes lo acompañaban eran igual. Y si, si lo eran. Desechando
cualquier comportamiento infantil, mande todo por un tubo y me centre en
observar más a mi compañero, quizás en una vaga posibilidad de entender a los
hombres, cosa en no lograr porque, de golpe, comprendí que mis sentimientos por
el amigo de Will no eran amor, mucho menos atracción, solo era gusto porque era
temerario y un poco estúpido, ¿lo recuerdan? Abrió de una patada el salón de
ciencias, y no recibió ningún castigo al respecto. Luego, la curiosidad por
Sebastián, no solo era curiosidad, tal vez al principio lo fue pero, sin darme
cuenta, mis sentimientos cambiaron a gusto, eso mismo, estaba al pendiente de
él porque me gustaba y quería saber todo lo que le concernía, llevándome hacia
la próxima revelación: necesitaba acercarme.
Mari
y Alexa eran el tipo de chica escandalosa, de las que tu mamá se pensaría dos
veces antes de aceptar que pueden ser tus amigas, mas Alexa que cualquiera, poseía
el tipo de mirada baja aterradora haciéndote pensar si es o no una niña. ¿Qué más
daba? Eran las más cercanas a Sebastián y necesitaba de ellas. Al comienzo fue
aparatoso, no con Mari, ella es un sol en el horizonte que no deseas perdértelo
por completo, porque su amistad es valiosa como única, nunca esta indispuesta
para ayudar, es más, ella con sus ojos perspicaces descubrió mis sentimientos
por Sebastián, y aunque se los negara, me ayudo en muchas ocasiones. Era Alexa,
con su hostil humor, quien me rechazo, solamente, debo recalcar, en un
principio. Luego de ello, las tres éramos inseparables, haciendo todos los
trabajos, actividades, e inclusive, salidas fuera del liceo. Esto me llevo a lo
más esperado: estar junto a Sebastián. Le mencione antes, pero Sebastián, no
fue un chico bien portado, menos conmigo, porque teniendo la menor oportunidad
me llamo "enana". Bien, no estaba mal, nada mal, porque al pesar de
todo eso, le reste importancia y seguí queriendolo, prendada de él como una
masoquista. Tampoco fueron malos momentos, ocurrieron unos pocos donde
realmente fui feliz, donde me sentí especial delante de sus ojos, y que
excluyendo a cualquier otra chica, no existía cabida alguna. Salimos muchas
veces en grupo, a comer, a los centros comerciales, al parque, y puede resultar
extraño, pero a su casa. Compartimos risas, juegos y bromas sin sentido. Era el
tipo de chico fastidioso, quisquilloso y simplón que no podía quedarse
tranquilo, por lo tanto, se la pasaba fastidiándome teniendo la mínima
oportunidad. En una ocasión, pude percibir el quedarse sin aliento al verme
vestida de forma particular, fue gracioso, porque era la fiesta de navidad y
fue el único en irse con el uniforme, dejándolo desubicado. Tuve que compartir
lugar con él, fue la primera vez estar solo los dos, estuve nerviosa, frenética
y sin tener la remota idea de que hacer. Pero todo se esfumo por los aires,
cuando tomando las riendas del asunto, mientas que nuestras amigas discutían
otros asuntos, Sebastián me contaba bromas, mientras movía mi cabeza hacia los
lados de lo mala que eran. Después de ello, se supone que iríamos a comer fuera
del liceo, pero el muy cretino, se escapó diciendo que debíamos invitarlo
personalmente, bueno, debía de invitarlo yo personalmente. Recuerdo como Alexa
sonriendo pícaramente, me pegaba con su codo en una de mis costillas, dándome
fuertes insinuaciones. Por supuesto, me sonroje al máximo.
Así
que, ¿cuándo este armonioso conjunto se destruyó? Para el segundo ciclo
escolar, se incorporaron nuevos alumnos al liceo y otros se retiraron, no habló
de Daisy, ella ya estaba incluida desde el inicio, más bien me refiero a: Mari
Ann, Lilian, Ricardo, Luis "la lagartija", y otros más. Según tenia
entendió, una escuela había caído en bancarrota y tuvo que cerrar, sus alumnos
no teniendo más remedio, buscaron otro sitio para matricularse. Obvio, apenas empezábamos
octavo grado, y ya los cambios comenzaban a embargarme. Algo estaba claro, no
estaba preparada para algo así, menos si una de las chicas más cínicas de la
primaria venia de la nada a joderme mi poca felicidad, tomando en cuenta la
clase de persona que era, seguramente lo haría.
—
¿La has visto? — me preguntó Miriam, señalando detrás de la fila. — Es Lilian,
se ha anotado este año en la escuela.
Al
ser baja, me tocaba de segunda en la formación, por detrás de Miriam, ella
señalo hacia las personas de atrás y siguiendo la dirección de su mirada,
descubrí quien sería mi tormento mi siguiente dos años que me queda en este
liceo, se los aseguró, no sería nada bueno.
—
Si, ya veo que es ella. — susurre pensativa, es decir, ¿qué demonios hace aquí?
De todo los liceo de Mérida, precisamente este. ¿El universo esta encontrar de
mi acaso? — Oye, Miriam ¿Sabes por qué se cambió?
—
Ni idea, pregúntale tu misma. — contesto, mirándome encima de sus hombros.
Oh,
claro, volvemos de nuevo con su actitud de chiquilla mimada, pues vale, no me
importa. Sorpresivamente logre tragarme todo el asido hacia Lilian y converse
con ella, de hecho, cambio un poco su actitud excéntrica de cuando éramos
niñas, al menos, no permanecía con un rostro de piedra y miraba por encima a
las demás personas, creo que era peor, porque sonreía por todo, te crítica en
el mínimos de los detalles y consigue restregártelo en la cara. Es una bruja,
una jodidamente molesta y completa. En todo instante discutía con Sebastián, llevándole
la contraria en cada cosa de hacer, o cuando menos tenía la oportunidad, se le
pegaba como un chicle con su usual voz chillona. Todo el mundo comenzaba a
sospechar que le gustaban, o se gustaban, ¡uhg! Era repulsivo y asqueroso. Pero
eso no era todo, nuestro grupo numeroso de amigos, se disolvió en la mínima
oportunidad. Mari y Alexa se fueron por su lado, muy lejos de Sebastián, el
cual, comenzó a estar más solitario, bueno, solo en el comienzo, porque
consiguió un amigo llamado Jesús, quien era del mismo nivel de fastidioso a
Lilian, y quien, sin esperármelo dos veces, tenía encontronazos con él por su
estúpida actitud. Entonces, ya no fui más insinuada con Sebastián, con quien
discutía por tonterías, sino con su nuevo amigo Jesús. ¡Ah demonios! ¿La cosa
podía ir en peor? Si, si podía, porque ante los ojos oscuros del chico que me
gustaba pensaba el interesarme en otro, en alguien, que obviamente no era él.
En
cierta ocasión, hablaba con Alexa y Mari casualmente, no recuerdo bien del
tema, pero se incluyeron en el grupo Daisy y Mari Ann pues, igualmente le
interesaba. Entonces, como solía hacer Alexa, salía con su comentario insinuoso
con que Sebastián y yo siendo una muy buena pareja, obviamente disfrazaba mis
verdaderos sentimientos en una capa de indignación total, en no estar de
acuerdo, pero según mis amigas: Daisy, Mari Ann y Mari; los colores de mi
rostro me delataban enseguida. Sin embargo, por pura casualidad del momento,
Sebastián pasaba frente de nosotras totalmente solo y escuchaba lo último mencionado
por mis amigas, me congele por ese hecho, llevándome a tratar en toda costa
desmentir aquello y no ser descubierta por Sebastián. Sin embargo, él arrugando
su rostro hacia un lado, dijo que debían de parar esas bromas de mal gusto,
donde solo quizás, yo no quisiera que mi verdadero amor, es decir
"Jesús", escuchara tales cosas. No dije nada, por unos segundos
quizás, porque la expresión de Sebastián era de un total poema: frente fruncida,
ojos sin ningún brillo y un tono de voz fría, baja y con algo singular, parecido
al enojo. Seguidamente, Mari me dio un codazo para que reaccionara y mencionara
algo, dándome unas cuantas palmadas en las mejillas, dictamine que nada de lo
que decía era cierto, a mí no me gustaba Jesús, el discutir con él o bromear en
algunas ocasiones, no decía nada, solo éramos compañeros y eso jamás cambiaría.
Creí que diciendo la verdad, las cosas cambiarían, pero no, Sebastián
simplemente se alejó más de mí, y con ello, un paso más cerca de Lilian. Para
cuando me entere de su noviazgo, todo de cayó sobre mí, era como una lluvia
torrencial que empapa y congela todo a su paso, sorprendiendo al igual de
enfermarte, más si no tienes algo para contra arrestarlo.
Entonces,
conocí a Ricardo. En realidad, no solo lo conocí a él, igualmente a su mejor
amigo Fabián, y la que fue su ex novia: Ann. En el segundo lapso nos tocó hacer
una actividad en grupo, al estar lo suficiente dolida y en contra de la vida
misma, me pegue a Mari y Daisy, como si fueran mi salva vidas, en cuanto a
Alexa y Mari Ann no se encontraba, por lo tanto, en un escape fácil de dolor y
el sentimiento opresor en mi pecho, ignore cualquier punto de acercamiento a
Sebastián. Y en ese instante, que Ann entra en acción con su muy jovial
actitud, con tantas cosas metidas en la cabeza casi no había socializado con
los nuevos, lo cuales, realmente eran muy animados. Mientras realizábamos la
tarea, note como dos chicos morenos, uno alto de muchos lunares, y otro de estatura
media con una nariz muy grande, nos observaban desde el fondo del salón con
ojos curiosos. Intente ignorarlos, pero se me hacía imposible cuando seguían
insistiendo en observarnos, concluí que al haber estudiado en una escuela
antes, seguramente eran amigos y por eso, tenía esta actitud persistente.
— Solía
salir con Ricardo. — dijo sin más Ann, mirando de reojo al muchacho más alto
del dúo.
—
¿Cómo? — susurro alarmada, acercándose más hacia el circulo mi amiga Mari. —
¿Por eso es que sigue mirando hacia haca con mucha intensidad?
—
Si, bueno. — se encogió de hombros, restándole importancia. — fue solo una cosa
de niños, nada serio. Lo imaginan, terminamos al poco mes.
Gire
nuevamente mi mirada hacia el más alto, conversaban con alguno de mis compañeros
muy amenamente, seguidamente se sintió observando y giro a mi dirección mirándome,
solté un respingo y volví mi atención a mi grupo, tenía las mejillas teñidas de
rojo sin razón aparentemente. ¡¿Pero qué demonios?! No es como si he hecho nada
mal, solamente quería detallar quien fue novio de mi compañera, mas nada. Sin
embargo, medio gire una vez más mis ojos, solamente para visualizarlo de
soslayo y lo encontré que seguía al pendiente de mi dirección; sus ojos cafés
eran intentos, su mueca en sí, era intensa, mas con esa sonrisa de medio lado
como si encontró algo interesante. Por otro lado, su mejor amigo Fabián, tenía
una particular forma distinta de mirarme, una que no te abrumaba.
—
¿Y siguen en contacto? — pregunta curiosa, Daisy.
—
Si, pero no como ustedes creen. — la escucho, señalando con picardía a su
dirección. — somos amigos, muy buenos amigos.
—
Terminaron en buenos términos. — agrego Mari.
—
Exacto.
Una
vez más, volví a sentir curiosidad por un chico, aunque esta vez, por la manera
en que me miraba. En esta ocasión, no tuve por qué idear conspiraciones o
planes para cambiar mi manera de vestir o ser, simplemente ocurrió por si solo.
Por azares del destino, Fabián, su mejor amigo, se sentaba justamente a mi lado
y Ricardo, delante. No fue difícil volverme amiga de ese par, compartíamos
pesares en algunas materias, olvidos de actividades, y estudiar a último
momento para algún examen. En cada vez de haber una oportunidad, hacíamos
bromas sin sentido, o incluso, conversamos. Mari Ann y su incapacidad de
quedarse callada, insinuó que le gustaba a los amigos a la vez, llevándolo a
competir por mí, obviamente le decía dejarse de idioteces, eso no ocurriría ni
en miles de años luz, además, yo no pensaba en nada de eso por los momentos. La
razón, sencilla: Sebastián. De vez en cuando me permitía verlo, seguía muy
junto a Lilian y Jesús, olvidándose del mundo, perdiéndose en sus propios
asuntos y dejando cada vez más atrás nuestras memorias. Él se había vuelvo más
brutal que antes, ya no me daba más la pelota, solo abría la boca para
dictaminar cosas contra mí, ejecutar estar encontrar de mi look, manera de
vestirme, caminar, reírme... en fin, lo que fuera para humillarme. Rápidamente,
el sentimiento latente de cariño por Sebastián se fue derritiéndose, dando un
giro abismal, que hasta el sol de hoy, no logro comprender. Del mismo modo,
Ricardo entro en mi vida poco a poco, me ayudó mucho a superar mis heridas por
el amor, a confiar más en mí y sentir que valgo la pena, que realmente poseo
belleza. Ricardo, era mi confidente, mi mano amiga. Es cierto deberle muchas
cosas, que al avanzar el tiempo, se las he agradecido de diferentes formas,
pero el al igual que otros, seguía perteneciendo al género masculino, donde su
especialidad es mentir, destruir y llenar se ilusiones al corazón de la
jovencitas como yo.
Ricardo
logro despachar, directito al infierno a Sebastián y Lilian, junto a Fabián, su
leal mejor amigo. Ambos consideraban que sus bromas sin gusto, fueron muy
lejos, porque sin importar lo que llevas puesto, sigues siendo un ser humano,
por ende, su deber es respetar a los demás tal cual como son. Y allí,
nuevamente caí en el amor. En esta ocasión quería ocultarlo muy bien, no
gritarlo a los cuatro vientos, ni mucho menos salir herida por no ser correspondida.
¿Pero saben algo? Al observar la manera como Ricardo me miraba, creía firmemente
el corresponderme, el realmente quererme como deseaba. Entre nosotros no
existía algún tipo de barrera, menos tabús, nos contábamos todo e incluso, los
temas más adversos. Él se enteró que solía gustarme mucho Sebastián en el
pasado, ayudándome a superarlo de la manera más convencional posible: salidas.
Junto a mis amigas (Mari Ann y Daisy) íbamos a todos los lugares posibles, esto
también se incluía Fabián, quien admitiendo desagradarle Lilian en especial,
trataba de todas las capacidades posibles, mediante sus bromas, olvidar mis
pesares. Una vez más, sentí que mi vida volvía a retomar el camino correcto,
donde ser feliz era posible. Sin embargo, todo lo que sube debe de bajar, esto
incluye mi relación con mi amigo, donde desconocía sus verdaderas intenciones
con mi vecina, Orina, un chica de excelentes atractivos: cabello lacio extenso
hasta la cintura, tés blanca, ojos grande chocolate, rostro pequeño, curvas
definidas y con una personalidad tímida, muy tímida. Al parecer ese era el
gusto particular de Ricardo, aunque lo desconocía por completo, porque estaba
acertada a las palabras de mis amigas, lo que ante sus ojos miraban neutral; un
claro ejemplo de ello es Mari, quien en más de una ocasión dijo que a Ricardo
le gustaba, no muy intensamente, pero le llamaba la atención. Otra, Mari Ann,
ella parloteaba a los cuatro vientos la historia de "los dos amigos
enamorados de la misma chica", era tan trillada que empecé a agarrarle
gusto, no por creérmela, sino a medida de pasar el tiempo adquiría una mejor
tonalidad, al punto de ser humorística. Claro, hasta que algo extraño ocurrió.
Una
mañana como cualquiera, llegue al salón de clases leyendo por el camino lo que
sería una examen de biología, odiaba a toda potencia esa materia, pero no
significaba descuidarla, por lo que le puse especial atención la noche
anterior, todo lo que pude. Al entrar al aula, iba muy sumida en mis
pensamientos que no percate un detalle fuera de lo común al ocupar mi puesto,
aunque claro, despegando mi vista del libro no pude evitar verlo: Ricardo había
cambiado de lugar, no solamente eso, igualmente conversaba con un grupo de
chicos bastante problemáticos, los cuales, no eran en lo más mínimo aplicados.
Frunciendo el ceño, le di unas pequeñas palmadas al hombro de Fabián para
llamar su atención, el si seguía en su habitual puesto conjunto al mío; estaba
muy concentrado en igualmente estudiar, pero sentía que algo no estaba bien, lo
envolvía un ambiente tan pesado, que lo comencé a tener en la espalda y, lo
digo con toda responsabilidad, me costaba respirar. Fabián despegando sus ojos
del texto, los enfocó en mi para soltar un respingo, aparentemente no se
esperaba encontrarme tan temprano.
—
¿Qué ocurre con Ricardo? — pregunte sin rodeos, frunciendo el ceño. — ¿Por qué
esta con esos chicos? ¡Ellos existen solamente para hacerle la vida cuadritos a
los demás!
—
¿Y crees que no lo sé? — me recrimino, cerrando el libro de un solo golpe. —
¡Si se lo dije! ¡Se lo dije pero...! No parece importarle, cree que ellos no
son lo que aparentan ser, solamente les gustan hacer bromas.
Abrí
los ojos asombrada, porque en la vida se podría llamar lo que hacen esos chicos
"bromas", más de una vez estuve bajo su radar y les aseguro que
hicieron lo suficiente para detestarlos, con sus comentarios despectivos, no
tenían idea del daño que podrían ocasionar, menos si esto causaría
repercusiones en el futuro. Para ellos todo era diversión, nada más y nada
menos. Que Ricardo no considerara lo ocurrido en el pasado en manos de esos
chicos, no solo conmigo, sino con cualquiera que ellos consideran
"tranquilo" o "raro", me parecía una falta de respeto, una
muy grande. Apreté las manos con impotencia, mordiéndome la mejilla interna pensando
que debía de hacer algo rápido, antes que el chico que me gusta fuera consumido
por completo.
—
Voy a hablar con él. — dije, parándome rápidamente de mi asiento.
—
¡Aguarda! — me detuvo Fabián, jalando de mi brazo y haciéndome sentar de nuevo.
— ¿Acaso te has vuelto loca? No puedes ir como si nada a dónde están esos
sujetos, podrías convertirte en objeto de alguna broma pesada. ¿No lo crees?
—
¿Y no crees tú que Ricardo permitirá tal cosa? — imite su tono de voz, pero me
alarme en seguida como mi amigo baja la mirada apenado, diciéndome con su
silencio estar equivocada. — Fabián, ¿tú en verdad consideras tal cosa? ¿Crees
en Ricardo haciéndome daño? Es ridículo, es mi mejor amigo, jamás se atrevería
hacer tal cosa.
—
Si, quizás solo este volviéndome algo paranoico. — se encoge de hombros restándole
importancia, pero sus ojos seguían transmitiendo la misma angustia. — porque
pienso que a partir de este momento, Ricardo empezara a convertirse en alguien
y, ese alguien, no le importara nada, menos sus amigos.
Hice
lo que sugirió Fabián, quedarme simplemente observando el panorama de como
aquellos sujetos se robaban a mi mejor amigo, aun desconozco si él conocía de
mis sentimientos por Ricardo, aunque lo más probable, era que sí. Del mismo
modo, llegaron mis amigas Mari Ann y Daisy para seguir estudiando, por lo que
el tema de un nuevo integrante a la pandilla de degenerados fue dejado a un
lado, nos centramos en otros asuntos escolares de gran relevancia. Los días
siguieron avanzando, con ellos, la fiesta de quince de Mari Ann, la cual Daisy
no puedo de ir porque sus padres así lo quisieron y, en la misma, donde pude de
ser enteramente feliz. Durante ese lapso de tiempo nunca detecte un cambio en
el humor de Ricardo, aunque pasara más tiempo con la parranda de idiotas,
seguía siendo el mismo chico considerado y bondadoso conmigo; me buscaba, conversábamos,
e inclusivo, acompañaba hasta la parada de autobuses para ir a casa. Si, nada
fuera de lo normal, salvo algo, no volvió a pasar el tiempo con Fabián. Por mi
parte no indague con ninguno de los dos, supuse que la amistad entre hombres es
mucho más compleja a la de las mujeres, o sencillamente, fácil de alejarse sin
razón aparente. Pero claro, no dejaron de hablarse o algo parecido, simplemente
no eran tan unidos como antes. Mari me dijo el restarle importancia, con tal,
los hombres son criaturas que difícilmente se logran comprender en totalidad,
un gran ejemplo era Sebastián, quien de vez en cuando deseaba volver a tener
todo igual a antes, pero se mantenía cerca de Lilian, su "dulce"
tormento. Sin percatarme, las cosas habían cambiado, ya no era la misma niña de
hace un año atrás, corriendo detrás de la atención del simplón de la clase, el
cual, ya ni siquiera era el simplón de la clase, él mismo también había
cambiado. Todos lo habíamos hecho.
—
¿Preocupada por algo? — llego sentándose a mi lado, sorprendiéndome en el
proceso, Ricardo con una sonrisa brillante. — Estas en las nubes, preciosa.
—
No, bueno, si... ¡digo! — solté una carcajada en conjunto con mi amigo, porque
era puro manojo de nervios y sin razón aparente. — pensaba que, las cosas se
han transformado tan drásticamente que poco me reconozco.
—
¿Para bien o para mal? — dice Ricardo, buscando con su mirada la ubicación de
mi mano y sujetándola rápidamente, apretándola.
—
Para bien, supongo. — los latidos de mi corazón llegaron a mis oídos, viendo
como este simple agarre descontrolaba por completo mi ser, llevándome a
sentirme cohibida. — ¿Crees seguir siendo el mismo chico de hace dos años
atrás?
— Si,
lo soy. — responde, entonces lleva nuestras manos entre lazadas a sus labios,
dándole un sonoro beso a la mía. Me congelo, la sangre del cuerpo me ha
abandonado, un escalofríos embarga toda mi piel mirando los ojos café de
Ricardo, ellos tienen un brillo especial, uno que jamás lograre descifrar ni
aquí, o más tarde. — solamente se ha transformado en alguien mejor con la ayuda
una princesa muy especial, quien con cada mirada, sonrojo o suspiro de sus
labios, da vida a mi corazón y me impulsa hacer alguien mejor.
Ah...
cuantas palabras bonitas, ¿no es cierto? Llenas de promesas, sentimientos y una
imagen agraciada de un chico sensible, entregado por una mujer, una que
solamente consideraba su amiga, una que solamente tenía para llenarla de esto
mismo, palabras vacías sin sentido porque nada salida de esa boca fue cierto, jamás
lo fue. Así que, absorta a toda esa realidad, me obligue a mí misma a
recomponerme y soltar una risita tonta, liberándome de su agarre y haciendo que
todo fuera solamente una broma, como de costumbre.
—
Anda Ricardo, cada día te superas más. — frene de reír, él solo dibujo una
sonrisa juguetona en sus labios, como si realmente le pareciera interesara mi
opinión. — ¿Crees que seré una víctima más de tus encantos?
—
No, ya lo eres. ¿Por qué si no estás tan sonrojada? — señaló, arqueando sus
cejas con convicción. — Admítelo, estás loca por mí y, hace unos momentos, te
encontrabas en las nubes solo porque no puedes resistirte a mis, verdaderos
dotes de semental.
—
Por supuesto, por supuesto. — le seguí el juego, levantándome de mi asiento y mirándolo
más calmada. — está loca de amor por ti, va a comprar un té de durazno. ¿La
acompañas? ¿O te quedas?
—
Me quedó. — respondió, sacando su teléfono que se sacudía con insistencia en su
mano. — debo responder esta llamada.
—
¿Ya tan rápido me cambias por otra? — dramatice llevándome una de mis manos a
mi pecho, cuando en realidad me moría de risa por dentro. — tu hombre sin
vergüenza.
—
Claro, no puedo esperar toda la vida por ti, ¿sabes? — rio arqueando sus cejas
repetidas veces, venciéndome y llevándome a las carcajada una vez más. — soy un
hombre muy solicitado, pero si quieres, le daré tus saludos de tu parte a mi
mamá.
—
Oh, vaya. — moví mis manos con frenesí, como si me hubiera quemado con la cocina.
— es la suegra, dile que la aprecio mucho y no me odie por robarle el corazón a
su hijo.
—
Se lo hare saber.
Dándome
la vuelta, salí caminando tranquilamente del salón, sonriendo a gusto porque
estaba tan acostumbra a los juegos de esta índole con Ricardo, que me divertía
un montón. Por supuesto, en esa misma semana, que tuvo como antesala el
cumpleaños de Mari Ann, desconocí por completo que esa llamada recibida por
Ricardo no tenía nada que ver su mamá, lo contrario, se trataba de la chica
responsable de colocar mi mundo patas para arriba y arrojármelo encima, donde
poco a poco, me ahogaría sin poder evitarlo. Y el dolor, estaba esperándome a
la vuelta de la esquina.
Abro
los ojos de golpe percatándome de dos cosas, la primera he dormido mucho, tanto
que olvide por completo el tiempo y donde me encontraba; lo segundo, he tenido
nuevamente sueños de mi memorias del pasado, que hasta podría ser catalogadas
pesadillas de alto calibre, porque no hacen más que descontrolar por completo
mi estabilidad emocional. Me incorporo llevándome una mano a mi frente preguntándome
que algo raro ocurre conmigo, y no me refiero a quedar atrapada en un libro que
pedí como cumpleaños, de ello ya me acostumbre; más bien me refiero a estar
teniendo todos esos recuerdos tormentosos. ¿Sirve de algo verlos ahora?
¿Estando en un mundo distinto al mío? No, no lo hacen, por lo tanto, debería
simplemente colocarlos a un lado y centrarme en lo importante: Peeta no me ha
despertado.
—
Peeta, se supone que dormiría solo unos minutos, no toda la tarde. — le reclamo
un poco a la defensiva.
—
¿Para qué? Aquí no ha pasado nada. Además, me gusta verte dormir; no frunces el
ceño, lo que hace mejorar su aspecto.
El
solo mencionar eso me hace fruncirlo, dando como consecuencia una sonrisa de su
parte. Si, vamos, anda, hagamos enojar a Heather que ella le causa fascinación,
aunque eso me dura solo un poco porque noto como Peeta tiene los labios secos.
Le toco rápidamente la mejilla y su temperatura ha vuelto subir, está igual a
un horno o el clima de Maracaibo, caliente. Me asegura que ha estado bebiendo
agua, pero a mí me parece que las botellas están repletas. Le doy más pastillas
para la fiebre y me quedó a su lado mientras se bebe un litro y luego otro. Le
curo las heridas no tan graves, que ya tienen mejor aspecto y me preparo
mentalmente para lo que me depara al ver su pierna. Entonces, al quitarle la
venda el alma se me cae a los pies. La herida esta horrible, terriblemente
horrible; ya no hay pus, pero se ha vuelto a hinchar, y la piel, no es más que
un tirante y reluciente color rojo. Algo capta mi atención, algo que solamente
he visto en series de doctores o películas: líneas rojas que le suben por la
pierna. « Septicemia » anuncia Katniss, produciéndome un revoltijo en el estómago
« eso es, ¿sabes lo que significa? » por supuesto, significa que no importa lo
mucho que le aplique pomada para las quemadas o las mismas hierbas, no servirá
de nada contra la infección. Necesitamos medicinas de verdad, las potentes y
caras del Capitolio. ¿Haymitch podrá conseguirlas? ¿O en verdad los costos de
regalos a estas alturas son una locura? Si, seguramente lo es, más considerando
algo tan potente contra la infección, lo que en mi perspectiva, debe de ser
costosa desde el inicio.
—
Bueno, al menos, no tengo que lidiar más con la pus. — digo, con voz
temblorosa.
—
Se lo que es la Septicemia, Katniss, aunque mi madre no sea sanadora.
—
Pues vas a tener que soportarlo y vivir, Peeta. Te curaran en el Capitolio una
vez y ganemos.
—
Si, buen plan. — responde, pero me da la impresión que lo hace más por mí que
por él.
—
Tienes que comer Peeta, mantenerte fuerte. Iré hacerte una sopa.
—
No enciendas una hoguera, no vale la pena.
—
Ya veremos.
Cuando
meto la olla en el arroyo, me asombra el calor brutal que hace. Los Vigilantes
están subiendo la temperatura durante el día de a poco, y en la noche, bajándola
de golpe. El calor de las piedras bajo este sol abrazador me da una idea,
porque tal vez, no sea necesario prender fuego. Me coloco sobre una piedra
plana, a medio camino de la cueva y el arroyo. Después de purificar media olla
de agua, la coloco al sol y coloco bajo ella rocas del tamaño de un huevo. Debo
de admitir algo, no soy en lo absoluto una cocinera profesional, de hecho,
quien se encarga de la comida en casa es mi mamá dejándome encargo de solo
lavar los trastos; cuando es cosas de repostería es otro cantar, porque el
dulce es una de mi especialidades, aparte del dibujar o leer en tiempos libres.
Sin embargo, he visto en varias ocasiones a mi abuela hacer sopa, o creo
haberle prestado atención, porque bajo mi concepto solo reside en: agua
caliente, agregar verduras, carnes y esperar. ¡Oh! ¡Cómo me encanta esperar!
Por ello, pico el granso que dé a vuelto prácticamente una papilla y aplastó
alguna de las raíces de Rue. Afortunadamente, antes ya las había cocinado por
lo que solo me limitaría a calentarlas.
Debido
al sol impetuoso y las rocas, el agua ya está caliente. Echo dentro la carne y
las raíces, cambio las rocas frías por otras calientes y voy en busca de alguna
verdura que le de sabor. No tardo en descubrir un cebollino que crecen en la
base de una roca, es más de lo que podría pedir. Los pico y los meto en la
olla, vuelvo a cambiar las piedras, le pongo la tapa y dejó que todo se cocine.
Presas por aquí no hay muchas, pero dejar desprotegido a Peeta no es algo que
se me apetezca, por lo que coloco una docena de trampas de lazo esperando tener
suerte. Me preguntó cómo estarán los demás tributos en cuanto al alimento, al
menos tres de ellos: Cato, Clove y la Comadreja, excusemos a Thresh de ellos.
Estoy segura que tenía los mismos conocimientos de Rue para alimentarse, los
otros si las estarán viendo negras, seguramente se estén cazando entre ellos
o... buscándonos. El solo pensamiento me coloca de una vez de pie, llevándome a
la cueva. Peeta sigue tumbado en el saco de dormir, al verme parece un poco
animado, pero está claro encontrarse mal. Me arrodillado a su lado para
cambiarle la venda en un intento de refrescarlo, pero sé que es inútil, porque
de una vez seca la prenda húmeda.
—
¿Cómo te sientes? — le pregunto y sé que es estúpido, porque con solo verlo
puedes saber la respuesta.
—
Mucho mejor ahora que te encuentras aquí, doctora Everdeen. — responde con voz
cansada, como si hubiera corrido un kilómetro.
—
Bueno, paciente Mellark. — imito una voz graciosa, él sonríe ante mi ocurrencia
y creo que al menos lo estoy haciendo feliz, fuera de estar actuando. — es su
día de suerte. Estoy dispuesta a complacerlo en cualquiera de sus órdenes,
usted solo pida, yo escucho.
—
Bien, entonces... cuéntame un cuento.
—
¿Un cuento?
Parpadeo
varias veces sin comprender, aunque más o menos, intento recordar alguno que mi
mamá le haya contado a sus alumnos en su época de estar en aula, pero no se me
ocurre ninguno. Podría decirle algo al respecto de algunos de los libros que he
leído, aunque básicamente se trate de psicológicos, sé que alguno de fantasía
puede funcionar. Sin embargo, hacerme hablar de eso es bastante particular.
—
Si, cuéntame uno que sea alegre. Cuéntame el día más feliz que puedas recordar.
¿Ahora
quieres que hable sobre mí? Oh, no, no, no puede ser, porque contar cosas de mí
significa hablar de Heather Fausto, la cual, en este mundo no existe. Del mismo
modo, poseo muy pocos días felices que recordar, al menos, todos se remonta a
mi familia o yo y Andree correteando en el patio de su casa diciembres de
nuestra niñez, también esta esa otra parte, la cual, abarca las memorias de
cumplir los doce, asistir a un liceo diferente e ir a la casa de Sebastián para
pasar el tiempo. ¡No! ¡Qué va! Eso no tiene nada de feliz, es simple tortura
absoluta, porque las cenizas del final de esa historia fueron las que más
tuvieron repercusiones en mí.
Suelto
un suspiro sobándome las sienes, estúpido chico del pan y sus ganas de escuchar
cosas sobre mí. Bien, ya que no puedo hablar de mí, menos de mi familia, o
alguna otra cosa de mi mundo me queda un as bajo la manga. Una historia que
hasta cierto punto, realmente, alegra mi alma.
—
¿Te he contado alguna vez cuando descubrí un libro curioso en mi casa? — le
pregunto no sabiendo si las Everdeen tienen libros, pero igual me arriesgo,
nada pierdo. Peeta por su parte, mueve su cabeza hacia los lados emocionado,
expectante de escucharme, por lo que sonriendo con tranquilidad comienzo.
Esta
es la historia de cómo conseguí a mi mascota, Rita. Estaba a mediados de la
final de mi octavo grado, principios de comenzar noveno, cuando vi por primera
vez un animalito hermoso de ojos verdes grandes brillosos, pelaje blanco,
rostro redondo y cola corta de anillos con rayas, un gato. Desde pequeña he
amado a los animales, en la casa de mi abuela pasaron un sin fin de ellos y
siempre conseguían robar mi corazón, por lo que, este adorable gato no sería la
excepción. Mire a todos lados esperando ver si conseguía el dueño del pequeño,
pero nada, no existía nadie más salvo nosotros dos. El animalito me miraba con
ojos impresionados, como si jamás en la vida se haya topado con un humano,
menos con curiosidad extrema de su paradero. No sé si sepan, pero tratar de
ganarse la confianza de un gato es bastante atrapado, su naturaleza les enseña
a dudar, desconfiar de cualquiera que esté a su alrededor y tomarse con cuidado
su alrededor. Sin embargo, Rita conmigo no fue así, quizás sabia por las
penurias que estaba pasando mi vida, por lo que sus bellos ojos verdes
desnudaron todos mis pensamientos y, bajando de un salto del muro donde se
encontraba, maullando tiernamente se pasó por mis piernas. No sé si fue amor a
primera vista, pero puedo decir con firmeza, que ese hermosa gatita de gano un
espacio en mi corazón.
Al
vivir en un apartamento no podía tenerla allí, además que la conserje del
edificio se encargaba de darle un ojo a la pequeña, mamá jamás le han agradado
los gatos, en su vida solo ha existido perros por lo que convencerla a quedárnosla
fue una odisea completa, en verdad lo fue. Eso no me quitaba de todas maneras
de darle comida. Cuando salía todas las mañanas para ir a clase, le bajaba un
poco de las sobras del día anterior, ella con su singular manera silenciosa de
agradecer, me miraba con sus hermosos ojos verdes y dándome un pequeño
maullido, empezaba a devorar su alimento. Repetía el mismo procedimiento todos
los días, en la mañana y noche, e igualmente, la pequeñita se acercaba
dejándose acariciar. En ciertas ocasiones no podía alimentarla, por lo que
enseñe a mi mamá a tomar ese papel de protectora, en lo cual, en menos de lo
esperado, término por igualmente encariñarse con ella. Debido a las
circunstancias de la vida, me había encerrado al mundo, a reír o ser
simplemente feliz. Creía que entre más confianza le daba a las personas, estas
teniendo la mínima oportunidad, me clavarían un puñal en la espalda y se irían riéndose
a carcajadas. Pero no Rita, su usual silencio, compañía especial me dictaminaba
no estar sola, que si las personas querían hacer daño ella estaría para mí, permitiéndome
acariciarla y mojar su blanco pelaje con mis lágrimas. Pronto, me sentiría
bien.
Fue
en una mañana poco particular, cuando todo ocurrió. Me dirigía a clases, no sin
antes dejarle el respectivo desayuno a Rita, acariciarla un poco y despedirme
con la promesa de volverla a ver llegada a la tarde. Iba por el pequeño pasillo
de la jardinería cuando la conserje, freno mi caminar.
—
¡Qué bueno que te veo mi niña! — dice en tono jovial, mientras barría las hojas
que caían del frondoso árbol frente del edificio. — Necesito un favor tuyo, uno
que sé que jamás vas a negármelo.
—
¿Qué ocurre? — pregunte confundida.
—
Voy a mudarme, a mi esposo le ofrecieron un trabajo mejor. — explica la mujer, dejándome
literalmente sin habla. ¿Quién cuidaría ahora de Rita? — por eso quiero que te
quedes con la gata, sé lo mucho que la quieres y ella a ti. No puedo llevarla
conmigo, lamentándolo mucho en donde voy no se permiten animales. Por eso,
cuando vengas del colegio, agárrala, es toda tuya.
Todo
ocurrió de forma tan repentina, que me limite a asentir frenéticamente, no sin
antes medir las consecuencias de mis acciones. Llegue al liceo hecha un lio,
porque en primera, le di mi palabra a la mujer de quedarme con Rita ahora que
ella dejaba el puesto de conserje, pero no pensé en lo que podía pensar mamá.
Oh, bueno, sí que lo sabía pero temía en sacarlo a la luz. No teníamos el
tiempo, ni espacio necesario para tener un animal, menos de la naturaleza de
Rita, una gatita amante de la libertad. Sacudí mis cabellos con desgano,
ideando las posibilidades de cómo convencer a mi mama de tener una mascota. De
pronto, Rebeca llega de la nada y mirándome con perspicacia, toma asiento a un
lado de mí sin preguntarme nada. En realidad, no sé qué me inquietaba más, si
el mirarme sin digerirme la palabra, o que ninguna idea cruzaba mi mente para
tener el permiso de quedarme con Rita.
—
¿Qué? — le dije al fin, mirándola con el ceño fruncido.
—
Desde tu discusión con Ricardo, estas son las expresiones más humanas que te he
visto. — confeso, colocando una de sus manos sobre su mentó. Eso me hizo
enojarme, ¿a qué demonios viene eso? — Casi pensé que no se trataba de Heather,
más bien, un clon tuyo.
—
Deja la ridiculez. — suspire, girando mi mirada para otro sitio.
—
Vamos, sabes que es cierto. — me señalo de forma acusadora, provocándome un
respingo y retroceder mi cuello. En verdad, ¿qué le ocurre? — Acaso...
¿estudias la posibilidad de reconciliarte con Ricardo?
—
¿Tengo la cara de hacerlo?
—
No, no lo tienes. — confeso, temblando ante mi mirada retadora. Así, las cosas,
estaban mejor. — Pero si no se trata de Ricardo, ¿qué otra cosa puede de
preocuparte?
¿Y
todas mis preocupaciones acaban y terminaban en Ricardo? Oh, demonios. Que
pensamientos tan absurdos. Sé que gran parte de esto es mi culpa, le di mucho
peso a mi relación con ese idiota que ahora todo el mundo lo catalogaba como mi
comienzo y final, pero se equivocan, porque por primera vez, nada tiene que ver
con ese individuo. Ahora se trata de un encantador ser, uno que brilla con luz
propia y, al enfocarte en tu visión, no puedes evitar querer protegerla. Hablo
de Rita. Rebeca al enterarse de la verdad, suelta una carcajada sonora que
estoy segura, mi hermano escucho en la facultad en donde ahora estudia. Muchos
de mis compañeros la miraban extrañados, como si le hubiese crecido un cuerno
en medio de la frente. Muchos de mis compañeros la miraban extrañados, como si
le hubiese crecido un cuerno en medio de la frente. No era para menos, si la
muy escandalosa, reía como si no existiese ningún mañana. Luego, dándome unas
palmaditas en el hombro mientras la miraba ceñuda, dictaminó que simplemente le
hablara con la verdad a mi mamá. ¡Pero por supuesto! ¿Cómo no antes lo pensé?
Esto es sarcasmo, de hecho, rodee los ojos al decirlo porque si las cosas desde
el principio fueran tan sencillas, no estuviera desde el inicio tan hecha un
lio. Rebeca riéndose de mi argumento, señalo con su dedo la poca capacidad de
soportar las ideas de los demás, antes solía ser más risueña y abierta a mi
alrededor, desde que discutí con Ricardo me la paso frunciendo y gruñendo como
un perro como una total resentida de la vida.
Me
levante con signos de replicarle, reclamarle no tener ningún derecho de decir
tales cosas, ella jamás ha pasado algo igual, la suerte en el amor siempre ha
estado de su lado, por mi parte, siempre me dan golpes contundentes en la cara.
Sin embargo, dicho reclamo no llego. Alzando una de sus manos para detenerme,
Rebeca dijo que por la misma razón de haber sufrido tanto merecía a Rita, un
ser que me hace tan feliz acaso... ¿no podía simplemente quedármelo? Me quede
en silencio en tanto mi amiga se marchaba con una sonrisa victoriosa en los
labios, ella tenía mucha razón, por primera vez se la daba en algo. Rita me
hacía feliz, me llenaba de sensaciones puras y pacíficas, era la que cuando
estaba mal al punto de querer quebrarme al ras, llegaba y con un simple
cabezazo de su parte, sacaba una sonrisa sincera de mí. Quizás en este caso, si
valga ser directa de frente.
Estuve
durante todas las clases pensativa, meditando lo que iba a confesarle a mi mamá
y lo que no, es obvio saltarme la parte de romperme el corazón Ricardo porque
realmente, ni merecía la pena. Pero si el hablarle lo de mi malos días, el
sentirme mal y poca cosa, sobre Rita llenarme de ánimos y sonrisas que creí
haber desaparecido. Comprendía que tener una mascota en estas circunstancias es
complicado, pero sé que juntas podíamos lograrlo, más aun, estaba dispuesta a
asumir todas las responsabilidades con conlleve tener una; de todas maneras,
era a mi quien se la regalaron. Ya teniendo la cuartada perfecta, fui a casa
con un ánimo, que bajo mi perspectiva, era relativamente bueno. Aunque, por supuesto,
todo bajo cuando entrando al edificio vi a mi mamá frunciendo el ceño y,
estando acompañada de varias personas, rodeaban a la pobre de Rita que no tenía
más opción a ocultarse bajo las escaleras. Frunciendo el ceño, corrí a su
encuentro para protegerla de cualquier daño que pudieran hacerle, al parecer
ella sintió mi presencia porque de inmediato, fue hacia mis brazos. Dando la
vuelta completamente furiosa, exigí de inmediato una explicación: ¿Qué iban
hacerle a la gata? Entonces, como si los hechos hablaran por sí solos, un
sujeto totalmente desconocido apareció sosteniendo una bolsa negra, al percibir
el ambiente pesado, dio un respingo, más aun viendo mi mirada fulminante.
Estaba más claro que el agua, pensaban deshacerse de Rita botándola en un
basurero. Apretándola contra mi pecho, le di una mirada suplicante a mamá, ella
no podía permitir tal cosa, no cuando esta mañana la conserje me dio la
custodia de la gata, que por cierto ¿dónde está? ¡Oh, lo olvidaba! Iba a
mudarse, bueno, seguramente ya lo hizo porque nada de esto no estuviera
ocurriendo.
—
Mi hija y yo nos haremos cargo de la gata. — dijo mamá, dando un paso hacia mi
dirección y sosteniendo uno de mis hombros. — así que, no tienen ningún derecho
de querer botarla o hacerle algo. ¿Han entendido?
—
¡Pero señora Paola! — replicó una anciana, una de las tantas viejas doble cara
que solían cuidar a Rita y ahora, desea hacerle daño. — usted no sabe a lo que
se enfrenta, es a mí a quien le reclaman por cada mínima cosa que hace la gata,
el encargarse de ella no solucionara las cosas.
—
Disculpe, pero tengo entendido que la antigua dueña de la gata, que fue la
conserje. — intervine por primera vez, mirándola directamente a los ojos con
rabia contenida. — era la encargada de cada atención de ella. ¡Nunca la vi
quejársele! Además, ha sido la misma señora, quien me entrego su custodia. Por
lo tanto, le pido, corrijo, exijo que mantenga sus manos venenosas lejos de
Rita. Usted no es una buena persona, lo contrario, quien tiene las agallas de
meterse con un ser indefenso que ni puede defenderse, es un inhumano. Y con el
respeto que se merece por su edad avanzada, usted lo es.
Me
devolví hacia las escaleras escuchando detrás mis espaldas todo las reclamos de
la anciana, venían desde ser: irrespetuosa, mal educada, caprichosa y grosera;
hasta: respeta las canas, atrevida y volver para dejar las cosas claras. La
ignore, también mamá, ella me siguió desde atrás susurrándome el haber obrado
bien porque es cierto lo que he dicho, es inhumano meterte con un animalito que
ni puede defenderse. Aunque, en cierto modo, eso no me libraba de tener una
explicación completa del asunto; hoy apenas regresaba del trabajo y se enteró
de que la conserje renunció, se muda y dejó bajo mi tutela a Rita. ¿Qué
demonios pasaba con el mundo? Estando frente a la puerta de nuestro
departamento, me encogí de hombros sonriendo una forma calmada, mamá no ha
dicho nada fuera de contexto, todo es completamente cierto. La antigua conserje
renuncio porque su esposo le ofrecieron un mejor trabajo, esta mañana cuando
iba al liceo y dejándole la comida a Rita como de costumbre, ella misma explico
todo lo que ocurría y me regalo a la gata. Conocía más a nadie nuestra real
situación, pero si antes estaba en dudas de contarle el quedarnos con ella,
viendo la ola de buitres al asecho, no podía bajo ninguna circunstancia dejarla
sin cobijo. Sentía que si la descuidaba, por lo menos un segundo, serían
capaces de hacerle daño. Me quede en silencio, apretando a Rita más contra mi
pecho como si alguna de esas ancianas pudieran arrebatármela de las manos, pero
sobre todo, temiendo que mamá me regañara por no medir mis palabras que, al
pesar de lo ocurrido, cambiara de opinión. No pude estar más que equivocada.
Colocando una de sus cálidas manos en mi hombro, alce mi rostro topándome con
la cándida expresión de mamá, llevándome a desarmarme por completo. Quedó muda
y congelada de pies a cabeza.
—
¿Piensas que no me enterado de nada de tus asuntos? — pregunta, bajo la mirada
sintiéndome cohibida ante el escrutinio de mamá. Creo que la subestime, en
primer lugar, nunca debí de hacerlo. — Sé que la has pasado mal, que has
llorado y tu personalidad cambio un poco, oh bueno, demasiado debido a ello. Si
no deseas hablarlo conmigo está bien, lo comprendo, pero debes de tener bien
presente que soy tu mamá y nada de mis acciones van en dirección para dañarte,
solo quieren lo mejor para ti, por eso sé que Rita es lo mejor para ti. —
acaricie el suave pelaje de la garita que ronroneaba en mis manos, estaba a
gusto de mi contacto contra ella. — Puedes quedártela, no me opondré, por más
que lo hiciera jamás permitiría a esas viejas brujas salirse con la suya. Pero
eso sí, tú vas asumir las responsabilidades de ella: cuidarla, asearla, sacarla
cuando lo amerite...
—
¡De acuerdo! — dije feliz, saltando y riendo complacida. — Mamá, prometo que...
—
No prometas nada. — me detuvo mirándome con perspicacia. — solo hazlo. Te
conozco Heather, eres del tipo dormilón y perezoso, y debes saber que Rita es
un ser humano que necesita de cuidados, no solo una casa. ¿Entiendes?
—
Sí.
—
Bien. — suspiro meditando unos segundos, cerrando sus ojos y sobando sus
sienes. Seguidamente, me regalo una sonrisa cómplice, una que decía confiar en
mí y el no defraudarla. — Al parecer Rita esta de suerte, aún tengo alimento
concentrado para gatos, se lo compre hace unos días y esperaba en dárselo
cuando no estuvieras pero, dada la circunstancias, hoy se dará un banquete.
Mamá
abrió las puertas del departamento y entramos, baje a Rita de mis manos, ella
como si estuviera muy acostumbrada de este ambiente acogedor, fue directamente
a uno de los sofás a acurrucarse. Verla dentro de mi hogar hizo que soltara un
suspiro de alivio, estaba sana y a salvo dentro de estas paredes, aquí nadie
tendría la potestad de hacerle algo, no al menos que deseara quedar sin
tímpanos. Me arrodille frente de la gatita para acariciar su cabecita, ella
ronroneo y se dejó hacer el cariño tranquilamente. No deseo pensar que hubiese
ocurrido de mamá no llegar a tiempo, al final de todo, ha sido ella quien la ha
salvado al permitirle quedármela. Aquellas mujeres tienen mucha maldad
recorriéndole las venas, planear deshacerse de un animalito que ni mal hace, es
más, la presencia de un gato en un sitio es de buena suerte pero, sinceramente,
¿qué van a saber ellas? Tan solo de chisme, inventar y darle cizaña a cuanto
asunto jugoso exista. Debe ser bastante triste estar en sus zapatos, ni vida
propia han de tener. Soltando un suspiro, me levanto de mi lugar, volviéndome
en dirección a mamá que se encontraba en la cocina colocando fuego para hacer
un té, luego de tanta emoción vivida, hasta Rita necesitaba uno.
—
Mamá, gracias. — le dije, ella giro a mi lugar mirándome impresionada, como si
no esperara tal palabra de mi parte. — esta vez has sido tu quien salvo a Rita,
no yo. Eso, bajo cualquier circunstancia, ha sido heroico y grandioso. Por eso,
gracias, igualmente también, al aceptar que me la quedara.
—
No me lo agradezcas, Heather. — contesto moviendo su cabeza hacia los lados en
señal de negación. — se me hizo imposible quedarme de brazos cruzados viendo
tal atrocidad, decidiendo por la vida de alguien de alguien más. ¿Pero quién se
cree? Además, sé cuánto amas a Rita y ella a ti, separarlas sería considerado
un pecado capital. Le debo a ella mucha de tus alegrías, ambas se hacen bien.
Merecen quedarse una al lado de la otra.
Solté
una risita divertida ante el comentario de mamá, nadie de todas maneras, podría
ir contra él porque era cierto. Esa noche no las pasamos habilitando una zona
especial para Rita, aunque bueno, los gatos por si solos se crean uno donde
mayormente se sientan cómodos; ella escogió el sofá más grande porque estaba
rodeado de cojines, entre más calentito mejor. En la cocina, una esquina tenía
su alimento concentrado y agua, los recipientes eran improvisados, al día
siguiente mamá iría a una tienda de mascotas para comprarle unos, además de un
collar y otras cosas para su aseo. Pero por los momentos, todo estaba bien para
comenzar. Recuerdo que permanecí hasta bien entrada la madrugada haciendo unos
trabajos para el liceo, agregándole estudiar para biología, que era mi martirio
personal. Cuando pase a la cocina para hacerme otra infusión de flores de
Jamaica, vi a una Rita durmiendo muy a gusto con su pancita al aire, me dio
mucha gracia y ternura, porque cuando un gato deja al descubierto esta parte de
su cuerpo es porque se siente a salvo. Eso me daba mucha paz al igual que
consuelo, a partir de este momento se acababan sus pesares, llego el instante
de vivir el placer de la vida. Con tal, se lo merecía.
—
Me sorprende que guste este tipo de historias, dado el caso que eres una
cazadora. — dice Peeta.
Casi
se me olvidaba que estaba a mi lado.
—
Oh, no, para que te guste un libro solo basta parecerte interesante. —
respondo, sonriéndole de medio lado. — además que la determinación de la
protagonista, es legendaria.
—
Claro, yo me refería a su tenacidad al enfrentar los engaños de un chico. —
habla Peeta, con tono irónico. — y no sus ganas de proteger a un ser inocente.
—
De los golpes aprendes, pero me alegra que veas eso. — digo riéndome.
—
Que desconfiada, no es como si todos los chicos fuesen iguales. — rodea los
ojos, haciéndome congelar por completo. — seguramente debió de conocer a
alguien mejor. Oh, espera... ¿cómo termina la historia?
—
Nada fuera de lo normal, Peeta. — bajo la mirada, apretando mis manos en señal
de impotencia y desechando cualquier pensamiento inocentón del chico rubio. —
Heather tuvo finalmente a Rita, nadie pudo separarla de ella y hasta cierto
punto, cumplió con la palabra de su mamá de hacerse cargo de ella. Pero al
menos, la está siendo muy feliz dándole el calor de un hogar, cariño y
alimento. Y las ancianas se fueron al infierno.
—
¡Eso último te lo has inventado! — suelta una carcajada cansada, haciéndome
preocuparme un poco. — pero comprendo porque ha sido feliz, Rita obtuvo el
cobijo que tanto merecía.
—
Y Heather fue feliz por ello, sin necesidad de tener un final típico lleno de
romance. — añadí.
—
Oye, eso suena como que le das la razón hacer todos los chicos iguales. — me
reclama, yo alzo las cejas impresionada de su deducción. ¿Ha leído mis
pensamientos? — ¿Soy ese tipo de casos?
—
Es solo un libro, Peeta. — evito el tema, porque si lo sostengo podría romperse
nuestra buena actuación, y no es conveniente para sobrevivir.
—
¿En verdad lo crees? — insiste.
No,
no lo creo, estoy segura. Además, todo lo que ocurre entre nosotros solamente
es una jugarreta para mantenernos a salvo, poseo los mismos miedos de cuando
soy Heather Fausto respecto a los chicos, es decir, hace unas cuantas semanas
atrás creí a Peeta a uno más del montón. Aguarden, Peeta no es uno más del
montón, desde el inicio se imaginó esta estrategia para mantenernos con vida,
igualmente ayudo en muchos aspectos a la chica ruda; quizás él no desee nada a
cambio, solo simplemente, quizás, lo haga por iniciativa propia. Es cierto, de
alguna forma, también desde el inicio confié en él, la razones las veía
bastante claras reflejadas en sus cristalinos ojos.
—
No, no lo creo. — respondo al fin, el suspira y coloca una de sus manos en mi
rostro, es cuando me percató que su temperatura ha aumentado un poco. No, mucho
sería mejor decir. — así que no dudes de mis pensamientos. Ahora, parece que la
calidez de tus sentimientos me han tocado el rostro, en cuanto a tu
temperatura... mejorará.
El
sonido de las trompetas me sorprende; me pongo de pie en un salto y me asomo
corriendo a la entrada de la cueva; no pretendo perderme ningún dato jugoso. Es
mi gran amigo, Claudius Templesmith, y, como daban los datos de Katniss, nos
está invitando a un banquete. Estamos bien de provisiones, tampoco estoy
muriendo de hambre o algo parecido, así que lo descarto encogiéndome de hombros
hasta que:
—
Una cosa más: pueden que ya algunos estén rechazando mi invitación, pero no se
trata de un banquete normal. Cada uno de ustedes necesitan una cosa
desesperadamente. — ¿Eres el capitán de la obviedad? ¡Sí que necesito algo! Es
la medicina para poder curar la pierna de Peeta, sin ella, no podrá sobrevivir.
— En la Cornucopia, al alba, encontraran lo que necesitan en una mochila
marcada con el número de su distrito. Piénsenlo bien ante de descartarlo. Para
algunos, serán su última oportunidad.
Es
todo, sólo quedan sus palabras, florando en el aire. Peeta me sujeta de los
hombros por detrás con tanta fuerza, que me asusta.
—
No. — me dice. — No vas a arriesgar tu vida por mí.
—
¿Arriesgar la vida? — repito. — ¿Por ti? No, Peeta, es obvio que no iré.
—
¿Hablas enserio?
—
Por supuesto, no voy a meterme en un nido de sangre patrocinado por Thresh,
Clove y Cato. Sería como cometer un suicidio. — rodeo los ojos, intentando
volverlo a acomodar en el saco. — Mejor esperemos como acaba aquello, luego,
veremos a cualquiera de sus caras proyectadas en el cielo.
—
Que mal mientes, Katniss, no sé cómo has sobrevivido tanto tiempo. — empieza a
imitarme. — " la determinación de la protagonista, es legendaria. Tu
temperatura mejorara. Es obvio que no iré." — Sacude la cabeza. — Será
mejor que no te dediques a las cartas, porque perderías hasta la camisa.
—
De acuerdo, ¡Sí que voy! ¡Sí que voy hacerlo! ¿Y adivinas algo? ¡No vas a poder
detenerme! — suelto por fin la verdad, apretando los puños de la impotencia.
—
Puedo seguirte, al menos un trecho. Quizá no llegue a la Cornucopia, pero, si voy
detrás de ti gritando tú nombre, seguro que alguien me encuentra. Así moriré, y
punto.
—
Si claro, digamos que puedes correr cien kilómetros con esa pierna.
—
Entonces, me arrastraré. Si tú vas, yo voy.
¿Intentas
desafiarme acaso? ¡¿En verdad lo haces?! Demonios, este cabezón es capaz de
hacer lo que dice, si ha tenido toda la determinación de sobrevivir hasta ahora
el seguirme detrás de mí, gritando el nombre de la chica ruda, no sería nada.
Así terminara muerto, quizás en manos de otra cosa en lugar de un tributo, no
lo sé, pero no puedo dejarlo salir de aquí. Sin embargo, tengo que hacer algo,
una idea que lo retenga en la cueva para poder ir sola a la Cornucopia. Estoy
frustrada.
—
Entonces, dime. — le pedí, mordiéndome internamente la mejilla, tratando de
guardar la compostura. — ¿Qué pretendes que haga? No puedo sentarme aquí y
verte morir, ni se te ocurra pedirme algo igual.
—
No me moriré, te lo prometo, si tú me prometes que no irás.
Es
un idiota, un condenado idiota. ¿Ha sido capaz de pedirme esto? ¡¿Lo hizo?!
Bien, supongamos que lo aceptó, porque bajo ninguna circunstancia no intentaré
salvarlo. Menos, si tengo la posibilidad de hacerlo.
—
Pero será según mis circunstancias, Peeta. — digo. — beberás agua, me
despertaras cuando te lo diga y te tomaras toda la sopa, aunque no esté muy
buena. ¿Me escuchaste?
—
De acuerdo, ¿es todo?
—
Aguarda aquí.
El
aire se ha vuelto frío, aunque el sol no se ha puesto. Era como lo esperaba,
los Vigilantes están jugando con la temperatura. La sopa sigue caliente en su
olla de hierro y, de hecho, no sabe tan mal. Mamá estaría orgullosa de saber
que su hija, puede hacer algo más que desayunos o cenas. Pero creo que no es el
momento para pensar en algo como esto. De regreso a la cueva, Peeta se toma
toda la sopa sin rechistar, de hecho, dice lo muy deliciosa que esta y otras
pendejadas más. Lo sé, debería emocionarme que halague mi sentido culinario,
pero las personas con fiebre no las puedo tomar enserio. Por lo que, le doy
otra dosis de medicina para la fiebre antes que salga con otra disparate.
Cuando voy al arroyo para lavarme no dejo de pensar en la condición de mi
compañero, su última salvación es que vaya al banquete, de lo contrario, la
infección puede expandírsele por otro lugar del cuerpo y así, finalmente frenar
su corazón. Entonces morirá, me dejara sola en la insólita arena de sangre,
donde quedaré sumida para siempre en lo que pude hacer y los quizás.
Estoy
tan sumida en mis pensamientos que casi me pierdo el paracaídas, aunque flota
delante de mis narices. Me despierto de mi letargo lanzándome de inmediato a
cogerlo, deshago todo lo necesario para sacar un pequeño frasco. ¡Oh, por lo
dioses! ¡Haymitch lo consiguió! No sé cómo, o la manera, pero consiguió
ablandar el corazón de algún idiota del Capitolio para poder salvar a Peeta.
Aunque, miro con cautela el frasco, debe de ser muy potente para mandarlo de
esta manera. Al abrir el frasco un olor dulzón golpea mis fosas nasales, debo
retroceder ante tal intensidad, casi y me recuerda a los medicamentos que se le
dan a los niños en mi mundo, lo que sirven para el malestar general y... caigo
de inmediatamente en cuenta, esto no es algo contra la infección, es otra cosa.
« Es el jarabe somnífero que utilizamos en el 12 para dormir a un paciente » me
instruye Katniss, tratando de sacarme del shock en el que me encuentro «
algunas veces algunos se colocan difíciles de lidiar, bien sea el dolor u otra
cosa, por lo que el uso de esto es una solución formidable. Solo bastaría un
frasco de este tamaño para tumbar a Peeta. » ¿Pero qué demonios? ¡No necesito
algo para dormirlo! ¡Necesito es curarlo! De hecho, estoy alzando mi brazo para
arrojarlo al arroyo hasta que la luz de las ideas en mi cabeza se prende.
Sonrió socarronamente detallando el regalo con precisión, supongamos que le
diera este jarabe a Peeta, ¿cuánto tiempo conseguiré dormirlo? « Un día »
responde la chica ruda « uno completo » ¡Excelente! Es más de lo que necesito.
Recorro un poco más abajo topándome con unas bayas, las aplastó
convincentemente y las mezclo con él jarabe, seguidamente pienso que Peeta
puede conocer el medicamento por el olor, por lo que añado unas hojas de menta
como un gran disfraz. Sintiéndome realizada por mi logro, regreso a la cueva.
—
Sorpresa de última hora, conseguí otro arbusto de bayas un poco más abajo, te
traje algunas.
Peeta
abre la boca sin dudar para comerse el primer bocado, pero, acto seguido,
frunce el ceño.
—
Están muy dulces.
—
Si, es que son almezas. Suelen utilizarse para mermeladas, me extraña. — me
hago la desentendida, metiéndole otra cucharada en la boca. — Pensé que ya las
conocías.
—
No. — me responde, casi perplejo. — pero me suena, ¿Almezas es su nombre?
—
Si, aunque debo decir ser algo complicadas de buscarlas. — chasqueo la lengua,
a la par de introducirle otra cucharada, falta la última. — ya que son
silvestres.
—
Son tan dulces como el jarabe. — dice él, tomándose la última. Haciendo que no
se me note que estoy tensa. — jarabe.
Peeta
abre los ojos mucho al enterarse de la verdad, ejerciendo un buen control de mis
emociones y de las articulaciones del cuerpo de Katniss, le sujeto la boca y la
nariz al chico rubio antes que se le ocurra escupir o vomitar. Cuando intenta
hacer algo, ya es demasiado tarde, el jarabe empieza a ejercer efecto porque de
ito en ito pierde la conciencia. En tanto cierra sus ojos, puedo leer la
expresión de su rostro y lo descifro de inmediato: no va a perdonármelo nunca.
Caigo hacia atrás soltando un suspiro satisfecha y cansada, lo he conseguido a
raya. Se ha manchado la barbilla con las bayas, por lo que se la limpio
esbozando una media sonrisa.
—
Creo haber escuchado de tu parte no poder mentir, mi querido Peeta. — le digo,
aunque sé que no puede escucharme. — ¿Pues adivina quién lo hizo?
Da
igual, toda Panem lo hace en estos minutos.