lunes, 26 de marzo de 2018

Adaptación: Los Juegos del Hambre It's Like a Dream



22
Con las horas restantes para que anochezca, me dispongo a recoger rocas y todo tipo de cosas para camuflar la entrada a la cueva. Es una tarea realmente fastidiosa pero, la recompensa luego de mover y cambiar objetos de su sitio, es grandiosa. Ahora, la cueva ha dado un paso a verse como forma de una pila de rocas de mayor tamaño, como muchas de la que tenemos cerca. Aun puedo llegar hasta Peeta a través de un pequeño agujero, que no se ve desde el exterior. Es excelente, porque esta noche volveremos a estar en el mismo saco de dormir, además, de no regresar del banquete, el chico rubio estará bien escondido, pero no aislado del todo de los otros tributos. Del mismo modo, dudo mucho aguantar mucho sin medicamentos. Si muero en el banquete, el Distrito 12 se quedara sin vencedor este año. Sé que no debo de pensar de esa manera, menos sabiendo las promesas que llevo acuesta en mi espalda, pero igualmente tengo presente quienes son mis posibles contrincantes, y ellos, no me la colocaran muy fácil llegado el momento.
Me como una buena cena de peces que he cogido en el arroyo, lleno todos los contenedores de agua y la purifico, y limpio mis armas. Solo me quedan nueve flechas. No le dejo el cuchillo a Peeta, sé que su última defensa es el camuflaje, por lo tanto me es de más utilidad a mí que a él. Estoy segura de algunas cosas, por ejemplo: Cato, Clove y Thresh, estarán cerca cuando empiece el banquete. De la Comadreja, no tengo idea, ha dejado claro que no quiere atacar a nadie, para ella, su opción más oportuna ha sido el de huir. Su estrategia, en un 95% de las probabilidades, será de mantenerse lo más cerca de la Cornucopia y ver que puede rapiñar sin salir herida. Claro, de los otros tres si debo de estar atenta, la habilidad de este cuerpo que he adoptado como mío, es de cazar en largo alcance. Solo debo de emplearlo al máximo, derribar a cuanto contrincante se meta en mi camino y tratar de sujetar la mochila con el número 12, como dijo Claudius Templesmith.
Me arrastro hasta el interior de la cueva, me coloco los lentes de visión nocturna y me acurruco al lado de Peeta. Esta noche hace mucho frío, pero demasiado frío, tanto que me recuerda al clima invernal de las montañas de mi hermosa ciudad, está claro que el objetivo de los Vigilantes será congelarnos vivos. Me introduzco dentro del saco con Peeta e intento sacarle provecho a la temperatura alta producida por la fiebre. De cierto modo, resulta extraño que tengas a alguien al lado en forma presente, pero de la misma manera lejos. Es decir, este chico podría encontrarse en el Capitolio, el Saturno, Venus, Júpiter o, en la misma luna. Concluyendo en mi posición, mas sola que las madrugadas y con un sentimiento extraño carcomiendo mi pecho. Está claro, hoy no va hacer una buena noche.
Aunque sé que es malo hacerlo termino pensando en casa, mi verdadera casa, la fría ciudad de Mérida. Desconozco si el tiempo ha avanzado o se ha detenido, si mamá perdió los estribos por no conseguirme en cama, si ha llamado a todo la familia por mi desaparición o simplemente está muriéndose del dolor. En un caso hipotético, estoy segura que ella jamás permitiría ocurrir tal cosa, lo de enviar a sus hijos a los Juegos del Hambre solo porque el estado lo ha querido de esa manera; en su lugar hubiera luchado con uñas y dientes antes de dejar que me coloquen una mano encima. A pesar de todas las circunstancias vividas, los errores y las meteduras de pata, mamá lo logrado sacarme adelante junto a Will. Oh, casi se me olvidaba la existencia de mi fastidioso hermano mayor. Creo que observar todo lo que hago para mantenerme con vida, soltaría una risotada al aire y dictaminaría pedir un deseo, es predecible, ya que tengo de romántica, lo que una mariposa tiene de mamífero. Hasta cierto punto me enoja, porque puede que no tenga lo suficiente para asemejarme a una chica normal de mi edad, pero esto me ha servido para tener al chico del pan y a mi aun respirando. Por lo tanto, Will deberá comerse sus palabras. Ahora precisamente me cuestionó, cuál de los dos es menos pedante en ese sentido.
Luego esta Andree, mi prima. De ella si no puedo decir nada, obviamente no es lo mismo que el desespero de estar viviendo Prim y su madre, las cuales igualmente debería de acordarme, pero seguramente mi primita poseería unos ojos compasivos a toda esta ola de maldad, le afectaría.
Dándole un paso de página, miro a través de una grieta en las rocas la luna avanzar por el cielo. Al calcular Katniss tres horas para el alba, empiezo a prepararme. Le dejo a Peeta el agua y el botiquín de primeros auxilios, sabiendo a tientas que de no sobrevivir, estas cosas le serán innecesarias. Luego le quito la chaqueta y la pongo sobre la mia, de no hacerlo, probablemente se asara durante el día, además, con el saco de dormir sumándole la fiebre le es más que suficiente. Tengo las manos congeladas del frío, por lo que se me ocurre coger las medias de recambio de Rue, abrirle dos huecos y ponérmelas, lo que hace mejorar un poco. Acto seguido, en su pequeña mochila la lleno de comida, vendas y agua, me meto el cuchillo en el cinturón, y agarro el arco con las flechas. Antes de irme, me devuelvo hasta Peeta para darle un largo beso en los labios seguido de una caricia en el rostro, debo seguir manteniendo la rutina de los trágicos amantes, sería una estupidez no hacerlo. Aunque claro, el imaginarme a medio Capitolio chillar de la tristeza no me es raro, creo que rodearía los ojos del asco. Restándole importancia, me meto por la abertura de las rocas y salgo al bosque.
Me muevo todo lo rápido que me atrevo. Los lentes de visión nocturna son increíbles, aunque sigo sintiéndome rara sin poder escuchar sin el oido izquierdo. Seguramente me he reventado el tímpano, la fuerza de la explosión debió de hacerlo, me alivia un poco que ha sido eso el perjudicado y no mi vida. « Da igual » cataloga Katniss, restándole importancia « cuando volvamos al 12, seremos tan asquerosamente ricas que podremos pagar a alguien para que escuche por nosotras » muerdo mis labios para no dejar escapar ningún sonido de risa, que lo diga ella siendo la dueña del cuerpo es hilarante, pensé que diría otra cosa. No lo sé, como pagar una operación de reconstrucción de tímpano o algo parecido, al parecer, la he subestimado.
No intento nada peligroso durante mi recorrido, como escoger una nueva ruta, sino que vuelvo al arroyo y sigo el mismo recorrido de vuelta al escondite de Rue, cerca del lago. Por donde voy no existe ni rastro de los otros tributos, ni una nube de vaho, ni una rama moviéndose. O soy la primera o los otros se buscaron un sitio ayer por la noche. Cuando me meto en la maleza para esperar a la lluvia de sangre, todavía queda más de una hora, quizá dos, para que amanezca. Mientras espero, me meto un puñado de hojas de menta en el estómago, esté no parece quejarse, creo que está cerrado hasta que la tensión disminuya. El cielo adquiere un tono de mañana gris brumosa y sigue sin haber rastro de los demás. No debe de sorprenderme esto, todos aquí han destacado por ser superior a los demás; su fuerza, astucia o capacidad rápida para matar. ¿Creerán que llevo a Peeta conmigo? Al menos la Comadreja y Thersh si, lo que me viene bien, porque seguramente pensaran que me cubre mientras voy por la mochila.
Pero, a todo esto, ¿dónde lo han puesto? El estadio está lo suficiente iluminado para quitarme los lentes. Los pájaros han comenzado a cantar, ¿ya no es la hora? Sí, sí que lo es pero todo sigue estando en completa calma. Me inquieta, porque sé muy bien por experiencia vividas en este mundo, que luego de una paz artificial como la experimentada en estos minutos, le sigue un acontecimiento catastrófico.
Al dar el primer rayo de sol contra la Cornucopia de oro, noto movimiento en el llano. El suelo delante de la boca del cuerno se divide en dos y surge una meza redonda con un mantel blanco como la nieve. En la mesa hay cuatro mochilas, dos negras grandes con los números 2 y 11, una mediaba verde con el número 5, y una diminuta naranja que debe de tener un 12. A los pocos minutos de acomodarse la mesa, una figura sale corriendo de la Cornucopia, agarra la mochila verde y sale corriendo a toda prisa. ¡La Comadreja! ¡Se trata de ella! ¿Quién si no? Solo alguien tan aventado como es, se le ocurrirían una idea tan arriesgada y genial como esa. Maldición, me enoja mucho que no se me ocurrió antes tal idea, por supuesto, nadie se le ocurrirá ir tras ella, menos estando las demás mochilas sobre el mesón. Lo ha hecho a posta, demonios que sí, porque ya teniendo su mochila a la mano, los demás no tendrán motivos para ir contra ella. Menos yo junto a mi arco y flechas, viéndola alejarse del todo del panorama mientras experimento toda clase de sentimientos contradictorios, desde el enojó, rabia hasta la impotencia y envidia. Estoy temiendo de los demás, pero he dejado de la lado lo importante: la Comadreja, puede ser mi verdadera contrincante.
Bueno, no puedo perder más el tiempo, es a juro que debo de ser la siguiente. De llegar alguien a la mesa antes que yo, no le costaría agarrar mi paquete y largarse sin dejar estela. Sin pensármelo dos veces, salgo disparada hacia la mesa y noto el peligro a antes de verlo. Por suerte, el primer cuchillo se dirige a mi lado derecho, así que soy capaz de esquivarlo con el arco. Me vuelvo, tenso la cuerda y lanzo una flecha directo al corazón de Clove. Ella se vuelve lo justo para evitar el blanco mortal, pero la punta le agujera el antebrazo izquierdo. Me es una pena que no sea zurda, pero me basta para frenarla unos cuantos segundos, porque tiene que sacarse la flecha del brazo y examinar si es grave la herida. Por ni parte, no me freno, desconozco si es la habilidad del cuerpo de Katniss, pero sin titubear coloco otra flecha en el arco tensándola.
Ya he llegado a mesa, sujeto la mini mochila naranja, meto la mal entre las correas y me la pongo en el brazo, es demasiado pequeña y desconozco otra parte donde pueda colocarla. Voy a disparar nuevamente cuando el segundo cuchillo me da en la frente. Me hace un corte encima de la cena derecha, me ciega un ojo y me llena la boca de sangre. Me tambaleo y retroceso, pero aun así, consigo lanzar la flecha que tengo preparada hacia mí atacante, más o menos. Al lanzaros, no me lleno de expectativas buenas, no acertare y Clove aprovecha para arrojarse encima de mí, sujetarme los hombros contra el suelo con las rodillas.

Se terminó, me digo, y por el bien de todo aquel que aprecie a la chica ruda, espero que sea rápido.
Sin embargo, ella quiere saborear el momento, incluso cree tener tiempo. Cato debe de estar cerca, cuidándole las espaldas, esperando por Thresh, y un posible Peeta.
— ¿Dónde está tu novio, Distrito 12? ¿Sigue vivo? — me pregunta.
— ¿Y tú qué crees? — le digo con burla, ella frunce el ceño visiblemente enojada. — Si quieres, puedo llamarlo: Pe...
Antes de terminar el nombre, Clove me da un puñetazo a la altura de la tráquea, lo que sirve a la perfección para callarme. Sin embargo, mueve la cabeza de un lado a otro, por lo que entiendo que, ha pensado por un instante el decirle la verdad. Como no aparece Peeta para salvarme, se vuelve de nuevo hacia mí.
— Mentirosa — dice, sonriendo — está casi muerto, Cato sabe bien dónde lo cortó. Seguramente lo tienes atado a la rama de un árbol mientras intentas que no se le pare el corazón. ¿Qué hay en es mini mochila tan linda? ¿La medicina para tu chico amoroso? Qué pena que no la vaya a ver. — Clove se abre la chaqueta y veo su arsenal, esta armada de un impresionante colección de cuchillos. Se toma el momento apropiado para escoger uno, parece delicado y tiene una hoja curva. — Le prometí a Carlos que, so me dejaba acabar contigo, le daría a la audiencia un buen espectáculo. — ¿Ha si? Pues mira como me importa, no te daré el gusto de verme acorralada. Ni en las últimas se las daré. — Oh, pero mira cuanta determinación en una sola mirada. Da igual todo lo que hagas, Distrito 12, terminaras igual que tu lamentable aliada..., ¿cómo es que era su nombre? ¿La que iba saltando por los árboles? ¿Rue? Bueno, primero Rue, después tú y le dejaremos a la naturaleza encargarse del chico amoroso. ¿Qué te parece? Bien, ¿por dónde empiezo?
Me limpia con la manga de la chaqueta la sangre de la herida sin delicadeza absoluta, observando mi cara durante un momento, moviéndola de un lado a otro como si fuese un lienzo que debe de pintar, o quizás, un pedazo de madera que tallará. Intento morderle la mano, pero ella me sujeta del pelo por la parte de arriba de la cabeza y me pica a apoyarla en el suelo.
— Creo... — Parece tan contenta, que solo le faltaría ronronear igual a un gato. — Creo que empezaré con tu boca.
Aprieto loa dientes mientras ella traza, burlona, el perfil de mis labios con la punta del cuchillo.
De ninguna manera cerraré los ojos, el comentario sobre Rue me ha puesto de malas, lo bastante como para morir con la máxima dignidad posible. Mi último desafío es mirarla todo el tiempo posible, no gritare, ni nada, no sé si regrese a mi cuerpo o muera junto a Katniss, lo que se hace más probable, pero lo hare invicta y a mi discreta manera.
— Sí, creo que ya no te hacen mucha frase los labios. ¿Quieres enviarle un último beso al chico amoroso? — me pregunta, reuniendo la sangre y saliva en la boca relate escupo en toda su cara. Ella se pone roja de la rabia, mientras sonrió socarronamente. — De acuerdo, vamos a empezar.
Estoy lista, me digo, empecemos con el show más doloroso de la historia de mi vida, aunque cuando siento el primer corte en el labio, una fueran terrible arranca a Clove de mi cuerpo haciéndola gritar. Al comienzo, estoy muy confundida como para prestar atención. ¿Peeta ha venido a salvarme de algún modo? ¿Los Vigilantes lanzaron una especie de muto para aumentar la diversión? ¿O modificaron el clima a ventarrones dinámicos? Entonces, apoyando mis adormilados brazos para levantarme, es cuando caigo en cuenta no ser nada de eso: Clove cuelga de los brazos de Thresh, a treinta centímetros del suelo. Suelto una exclamación de asombro al verlo, erguido sobre mí, sosteniendo a Clove como si fuese un insignificante saco de papas. Sé que era grande, pero ahora es enorme, mucho más poderoso de lo que creía. Incluso, tiene más peso estando en el estadio a comparación de antes. Le da vuelta a Clove y la tira al suelo.
Cuando grita, doy un respingo asustada, nunca lo oí alzar la voz, siempre hablaba entre susurros.
— ¡¿Qué le has hecho a la niñita?! ¿La hasta matado?
Clove retrocede a cuatro patas, como si fuese un animalejo desesperado, demasiado atónita para llamar a Cato o acordarse de su presencia.
— ¡No! ¡No, no fui yo!
— Has dicho su nombre, te he oído. ¿La has matado? — otra idea hace que le refuerza la cara de la rabia. — ¿La cortaste en trocitos como ibas a cortar a esta chica?
— ¡No! No, yo no... — Clove ve la piedra que tiene Thresh en la mano, tiene el tamaño de una pequeña barra de pan, y pierde el control. — ¡Cato! — grita. — ¡Cato!
— ¡Clove! — oigo la respuesta de Cato, pero debe de estar muy lejos para poder auxiliarla.
¿Pero qué demonios puede estar haciendo? ¿Cazando a Peeta? ¿La Comadreja? ¿O a mí? No, seguramente su objetivo es Thresh, pero se ha equivocado de lugar para darle una emboscada.
Thresh estampa con fuerza la roca en la sien de Clove, no sangraba, pero veo la marca en el cráneo y sé que está perdida; sin embargo, le queda algo de vida, porque veo como se le mueve el pecho rápidamente y suelta un gemido.
Cuando Thresh se gira hacia mí con la piedra levantada, sé que no sirve de nada correr; además, no tengo ninguna flecha preparada en el arco, puesto que la última salió volando hacia alguna parte en dirección a Clove. Estoy atrapada, muerta en manos de un chico que no solo me supera en fuerza, igualmente tamaño.
— ¿Qué quería decir? ¿Qué era eso de que Rue era tu aliada?
— Yo... yo... nosotras hicimos un equipo. Volamos en pedazos las provisiones, intente salvarla, realmente lo hice, pero el del 1... el chico del Distrito 1, llego primero. — respondí.
Si soy sincera con él contándole sobre mi travesía con Rue, puede no utilizar un método doloroso y algo más rápido, al igual de menos doloroso.
— ¿Y lo mataste?
— Si, si lo hice, y a ella la cubrí de flores. Y canté una canción como su última voluntad, hasta que cerró los ojos.
Volver a retomar esas memorias hacen llenar de lágrimas mis ojos; me duele pensar en Rue, me duele la herida de mi cabeza, sin dejar la inquietud de mi destino y los agonizantes sonidos de Clove a pequeños metros de mí.
— ¿Hasta qué cerro los ojos? — pregunta Thresh, con voz áspera.
— Hasta que murió, cante para ella hasta que murió. El Distrito 11 me ha... me envío pan. — levantó la mano, pero no para sujetar una flecha, sino para limpiarme la nariz. — Ya está Thresh, hazlo de una manera que ni sienta. ¿De acuerdo?
Hay emociones contradictorias en el rostro de Thresh, llevándolo a bajar la piedra y apuntarme con el dedo, como si me acusara.
— Te dejo ir solo esta vez, por la niñita. Tú y yo estamos en paz. No nos debemos nada, ¿entiendes?
Asiento, debido a las explicaciones de Katniss y a la misma vida propia, entiendo lo de odiar deberle algo a alguien. En resumidas cuentas, de ganar Thresh, se enfrentara a un Distrito 11 que violo las reglas para agradecerme enviándome pan, y él en estos instantes, vuelve hacerlo en dármelas a mi también. Por los momentos, ha decidió formar una tregua y no aplastarme el cráneo.
— ¡Clove!
La voz de Caro se escucha mucho más cerca, sé por el tono adolorido que tiene, haber visto a la chica tirada en el suelo.
— Será mejor que corras, chica de fuego. — dice Thresh.
Tampoco me quedaré para que me lo digan nuevamente, por lo que le doy la espalda y corro todo lo lejos posible, de Thresh, de Cato y una Clove al borde de precipicio de la vida. No me doy la vuelta, no quiero realmente hacerlo, temo que la paz temporal de Thresh y yo acabe de la misma manera en que se hizo, pero si logro divisar a lo lejos el sujetar ambas mochilas y desaparecer en aquella área terrorífica de todo el estadio. Cato seguramente volverá hacer una de sus rabietas, como gritar blasfemias al cielo, pegarle puñetazos al suelo o simplemente mirar como la vida de su compañera se le va de las manos; da igual, no creo que sea del tipo sentimental, menos cuando se trata de una chica. Me método entre los árboles, limpiándome sin pagar la sangre que me tapa el ojo, huyendo como la criatura salvaje que me he convertido y herida que soy. Al cabo de unos minutos, oigo el cañonazo y sé que Clove ha muerto, por lo tanto, Cato ira detrás de la estela de Thresh. Sé que no debo de estar asustada, que va es a cazar a Thresh y no a mí, pero mi cabeza atolondrada no puede medir las consecuencias de los actos de los demás y solo a punta a sobrevivir.
De todas maneras, no freno hasta llegar al agua, me método dentro con las botad puestas y avanzo arroyo abajo. Me quito las medias de Rue que usaba como guantes y me los pongo en la frente para intentar parar el fluido de la sangre, pero a los pocos minutos, lo tengo empapados. No tengo ni la mínima idea, pero consigo llegar a la cueva. Me meto entre las rocas y, a la escasa luz, me quito la mini mochila naranja del brazo, corto el cierre y tiro el contenido al suelo: una caja delgada con una alguna hipodérmica. Sin darle muchas vueltas, meto la aguja en el brazo de Peeta y la presiono poco a poco.
Me lleva las manos a la cabeza y las dejo caer sobre el regazo, resbaladizas por la sangre.
Todo empieza a darme vueltas dándome señales de estar mareada, tampoco tengo más fuerzas para resistir, la acumulación de todo lo ocurrido de explota en la cara sin contemplación. Por lo que deslizándome lentamente al suelo, pierdo el conocimiento no sin antes darle un último vistazo al chico del pan, pensando que nada de esto ha sido en vano y vamos a salir de está juntos.

Adaptación: Los Juegos del Hambre It's Like a Dream


21
He pasado una hora tratando de que Peeta se coma el caldo, suplicándole, amenazándole y, claro, besándolo, hasta que a la final, culmina por tragárselo completo. Finalmente, le dejo que descanse y me ocupo de mí; como granso y raíces mientras veo el cielo con la esperanza de ver muertes, pero nada, hoy no cambio nada. Me tranquilizo, hoy Peeta le hemos dado muchas emociones, por lo que los Vigilantes nos dejaran en paz. En estos momentos seguramente estaría buscando un árbol, un lugar donde dormir cómodamente, pero todo eso se ha acabado, al menos, por los momentos. Sé que dejar, o pensar, dejar a Peeta solo en este sitio está mal, no es correcto, menos considerando los peligros que pueda depararle, igualmente, si quiero aparentar lo de "los trágicos amantes", es una gran idea permanecer todo el tiempo necesario junto a él, de esa manera, transmito que no puedo siquiera imaginar estar lejos de su lado. Por lo tanto, saco los lentes de visión nocturna, acomodo las armas y me dispongo a montar guardia. La temperatura la baja en cuestión de segundos, me aferro, por lo menos en unos segundos, que soy tolerante al frío y esto no es nada para mí. Pero conforme avanza el tiempo, me rindo y me cuesto junto a Peeta, lo cual es refrescante, esta calientito y me hace bien. Pero noto algo raro, el chico rubio está más que "calentito", es un horno completo. Lo que es predecible, porque el saco está reflejando el calor corporal, su real temperatura. Le pongo la mano en la frente y compruebo que está ardiendo, no sé qué hacer, usualmente en mi mundo, teniendo los medicamentos necesarios, te bajan la temperatura gradualmente, pero esto es distinto. Mirando a todos lados medio aterrada, acabo humedeciendo una venda y se le colocó en la frente. Sé que no parece la gran cosa, pero es lo único en ocurrírseme para absorber el calor, en ocasiones, cuando estaba pequeña mamá solía colocármelo, eso y bañarme con pañitos de agua fría. Tampoco es que me apetezca desnudar a Peeta, menos estando de noche, y, mucho menos, verlo desnudo realmente.
Me paso la noche medio tumbada, medio sentada, cambiándole la venda a Peeta cuando se le volvía seca, Katniss de vez en cuando me recalca que nos hemos vuelto débiles, vulnerables ahora que tenemos un enfermo a cargo. No le hago caso, porque cuando vine a buscarlo sabia a lo que me enfrentaría, igualmente ella, teníamos en cuenta las consecuencias de esta decisión. Así que, debemos aferrarnos a la intuición que me hizo buscarlo, sobre todo, el hacer lo correcto. Al ver los matices claros del cielo, percibo una capa de sudor en los labios de Peeta, creo que se le ha bajado la fiebre un poco, no a temperatura normal, pero si unos grados. La noche cuando recogía vides, note uno de los arbustos que me enseño Rue, salgo a recoger la fruta y la aplasta en la olla del caldo con agua, es la receta de especialidad de la Chef Everdeen, cuando hablo de ella, me refiero a la verdadera dueña de este cuerpo: Katniss.
— Me desperté y no estabas. — me dice Peeta, intentando levantarse, cuando llegó a la cueva. — Estaba preocupado por ti.
— A ver si entiendo un poco. — me rio, mientras lo tumbo otra vez. — Tu... ¿Estas preocupado por mí? Peeta, mira un segundo como te encuentras y, luego, organiza tus ideas.
— Creía que Cato y Clove te habían encontrado. Les gusta cazar de noche. — sigue diciendo él, todavía muy serio.
— ¿Clove? ¿Quién es?
— La chica del Distrito 2. Sigue viva, ¿no?
— Si, están los del 2, nosotros, Thersh, la Comadreja, que el chica del 5. Ahora, ¿Estas mejor?
— Lo estoy, esto, es mucho mejor que el lodo. Ropa limpia, medicinas, un saco de dormir... y tú.
Ah, rayos, yo que pensé que tendría un pequeño descanso sobre el romance. Por lo que, le toco la mejilla y él, se la lleva a los labios. Es cuando, este mundo tal cual y como esta, se detiene. Un extraño calor se extiende por todo mi cuerpo, me quedo observando con ojos muy abiertos este mínimo movimiento de Peeta, de cómo hace que reaccione de una forma rara, es decir, sus ojos azules me observan como dulzura, dedicación, cariño, amor... y nadie en la vida me ha visto así. No lo sé, pero de alguna manera, me siento cohibida y con las mejillas calientes, porque aunque estemos fingiendo todo esto, está logrando afectarme un poco, solo un mínimo grado. « ¿De dónde ha sacado esto Peeta? » pregunta Katniss, rompiendo la burbuja del frenado de tiempo « porque, seguramente, de sus padres no. ¿Recuerdas a su madre? Es una bruja, dudo ver una expresión de dulzura en ella » vale, vale, puede que lo ha observado en la escuela o los visitantes de la panadería. Como quien dice: ¡El amor puede estar en cualquier parte!
— Bien, no habrá más besos para ti si no comes. — le digo, mientras mentalmente me cuestionó un millón de cosas, con ello, mi comportamiento.
Le ayudo a apoyar su espalda contra la pared y él se traga obediente las cucharadas de papilla de bayas que le doy, pero sigue sin querer ingerir algo más, salvo frutas.
— No has dormido. — me dice.
— Estoy bien. — miento, porque mis músculos desprenden protestas para querer protestar.
— Duerme un poco, yo vigilare. Te despierto si paso algo, Katniss. — sigue diciendo, pero me aterra el dejarlo solo, el cargarlo con el peso de la responsabilidad de cuidarnos cuando él está enfermo. — No puedes estar despierta para siempre.
Es verdad, en algún momento tengo que descansar, mejor hacerlo ahora, cuando la luz del sol la tenemos a nuestro favor. Y principalmente, realmente necesito una siesta, mínima, de unos cinco minutos.
— De acuerdo, pero solo unos minutos. Despiértame enseguida si ocurre algo.
Está haciendo mucha temperatura como para meterme en el saco, por lo que me acuesto encima de él, con el arco en una de mis manos, si se presenta la oportunidad de ataque pueda disparar en cuestión de segundos. Peeta se sienta a mi lado, apoyando su espalda en la pared, con la pierna mala estirada frente de él y con los ojos clavados en el exterior.
— Duérmete. — me dice en voz baja, apartando unos mechones de mi pelo que me caen sobre la frente.
A diferencia de los besos que nos hemos dado hasta ahora, de mentira, este movimiento se me hace tan sincero y tranquilizante que por nada en el mundo deseo que se detenga, es más, no lo hace; por lo que manteniendo mis ojos clavados en su singular perfil agraciado de chico guapo de la ciudad del Distrito 12, cierro los ojos dibujando una sonrisa tranquila en mis labios y suspirando satisfecha. Con esas pequeñas, pero significantes caricias, me quedo dormida.
Cuando tenía doce años, fue el momento que fui transferida al Liceo Miguel Carrero Burgués, por una parte estaba nerviosa, y la otra, ansiosa por conocer las nuevas aventuras que estarían por venir. Ese día, aunque me pare relativamente temprano, termine por llegar tarde y presentada cuando ya todo el grupo estaba reunido en el salón. La directora, en ese entonces, muy amable, le restó importancia a mi percance y le pidió el favor al Coordinador del Departamento de Evaluación, el acompañarme en donde sería mi nuevo salón de clases. En tanto yo me marchaba, mamá se quedó conversando con la mujer otros asuntos, muy casualmente, ya que ambas eran conocidas de antes y se tomaba en cuenta la aparición de mi hermano Will en sus instalaciones. Quizás ya lo he mencionado anteriormente, pero Will y yo nos llevamos relativamente unos cuatro años de diferencia, por lo que estaría cursando su cuarto año de liceo; en fin, por alguna extraña razón que no recuerdo, él no asistió ese día, dejándome completamente sola. Genial, ahora mis nervios ahora si estaban por los cielos, pero si quería causar una buena impresión, tenía controlarlos bien. Si, y lo hice a la perfección. Al entrar al aula y ver a chicas de donde antes había estudiado sentí mucho alivio, al menos, no estaría sola. De todas maneras, en el arte de socializar, era experta, aunque claro, lo que yo desconocía era que el liceo es otro mundo, uno donde pueden pisotearte sin poder frenarlo.
De todas maneras, ese primer día la pase muy bien con mis conocidas: Yess, Miriam y Carol. Aprovechamos para colocarnos al pendiente de las vacaciones, de cómo terminamos aquí, del antiguo colegio... y las razones del porqué no siguieron la línea del Colegio Coromoto. Yess, dijo tener a su hermano en el liceo, y su mamá no se daría muchos rodeos buscando algo más, menos siguiendo el de señoritas; por lo tanto, la inscribió en el Miguel Carrero. Carol, fue sencillo, no deseaba estudiar más con señoritas, además, no cualquiera estudia en el Coromoto y no poseía el promedio necesario para ingresar, optando por el este liceo y caso cerrado. Miriam fue distinto, su madre era la directora, al igual que Yess, tenía a su hermana estudiando, y desaprovechar una oportunidad así, era absurdo, llevándola a estudiar allí. Lo que desconocía yo por completo, era que la amable, seria y, en ciertos puntos, desinteresada Miriam, se convertiría en una de mis peores enemigas en todo el Liceo Miguel Carrero, y las razones, hasta ahora las desconozco; es como si, de la noche a la mañana, el cargo de su madre se le subiera a la cabeza, creyéndose la que más mandara en todo el recinto. Dejando eso de lado, en la hora de inglés, que debo de mencionar, fue realmente fuera de lugar, el maestro un hombre de aspecto de guacamayo desplumado por su creciente calvicie, nos enseñó a presentarnos en ingles pero formando grupos; como no conocíamos a nadie, fue el momento idóneo para socializar. Era de tres, dos chicas y un chico. Lo conforme con un chico moreno de ojos oscuros muy saltones, su baja estatura daba mucha gracia, y su seriedad curiosa, poseía un nombre bastante complicado, que hasta el sol de hoy, nunca podré pronunciar y menos recordar. Seguidamente de Angie, una muchacha de mejillas rellenas, labios regordetes, y los dientes algo desviados; eran del tipo de chicas bastante engreídas, mirando por encima del hombro, y jamás de los jamases, tener a alguien que pudiera sobrepasarle, en conclusión: una esnob. Bueno, fui separada de mis amigas, y tuve que permitirlo. Mientras todo el mundo hacia la actividad, localice a un trio bastante ruidoso, uno que gritaba, reía y escandalizaban todo de una particular forma; eran dos chicas y un chico, los cuales, se ganaron toda mi atención. Ignore a mi grupo, de hecho, me centre a descifrarlos. Una de las chicas, de un cabello negro brillante muy extenso, reía a carcajadas señalando a la otra, que era muy blanca, de cabello ondulado rebelde color rubio, sonrisa amigable y ojos que transmitían jovialidad; a su vez, señalo al chico, de tez morena, alto, delgado, muy delgado y de peinado de los años sesenta. ¿Pueden imaginar de quien se trata? Si, Sebastián, Mari y Alexa.
Obviamente, desde el inicio, no presente ninguna clase de atracción por Sebastián, solo era el chico curioso que tenía un peinado extraño, con una mochila extraña, de personalidad simplona y otras veces reservada, de mi clases. Debido a mi creciente interés en él, tomaba asiento lo relativamente conjunto para observarlo, porque en mis ojos inocentemente, era interesante verlo hacer cualquier cosa; obviamente, en mi mente no existía el gustarme, menos sentir una especie de cariño, solamente era curiosidad, solo curiosidad. Estudiar sus expresiones, movimientos, risas, miradas de: impresión, traviesas, soñadoras o serias; cuando ocurrían esas era para preocuparse porque, ojo, Sebastián muy raras ocasiones estaba así. Vi en él una fuente inagotable de historia por descubrir, el individuo más interesante de toda la clase, el que más sembraba la duda y me arrastraba a observarlo cada vez más. Para ese entonces, creí que me gustaba uno de los amigos de mi hermano Will, cosa predecible; era bien parecido: moreno, alto, hombros anchos, ojos oscuros que usaba lentes de montura cristalina, alta y fornido, capaz de con una sola patada abrir la puerta del salón de ciencias. Efectivamente, estaba babeando por él, en mi mente, no cabía la posibilidad de interesarme por Sebastián, salvo en su manera de ser. Claro, eso cambiaría fácilmente.
Como saben, a los doce, casi trece años no es la edad que sea principalmente idónea para conocer el significado de amor o gustar, en ello solo piensan que es básicamente lo mismo, cosa que está mal. Al enterarme de que él amigo de Will, ya tenía novia, y esa novia, era la hermana mayor de Miriam no llore, no me sentí mal, ni nada, bueno, salvo algo: hice pataleo. Sí, eso mismo, una expresión de pataleo, porque cruce mis brazos en la altura del pecho y fruncí mis cejas con enojo, mas nada. Donde mi primer amor fugaz, termino en menos de lo que canto un gallo. Aunque, verdaderamente, no puedes catalogar sentir gusto por uno de los amigotes de Will como amor, menos sabiendo la clase de mujeriego que es, por lo tanto, quienes lo acompañaban eran igual. Y si, si lo eran. Desechando cualquier comportamiento infantil, mande todo por un tubo y me centre en observar más a mi compañero, quizás en una vaga posibilidad de entender a los hombres, cosa en no lograr porque, de golpe, comprendí que mis sentimientos por el amigo de Will no eran amor, mucho menos atracción, solo era gusto porque era temerario y un poco estúpido, ¿lo recuerdan? Abrió de una patada el salón de ciencias, y no recibió ningún castigo al respecto. Luego, la curiosidad por Sebastián, no solo era curiosidad, tal vez al principio lo fue pero, sin darme cuenta, mis sentimientos cambiaron a gusto, eso mismo, estaba al pendiente de él porque me gustaba y quería saber todo lo que le concernía, llevándome hacia la próxima revelación: necesitaba acercarme.
Mari y Alexa eran el tipo de chica escandalosa, de las que tu mamá se pensaría dos veces antes de aceptar que pueden ser tus amigas, mas Alexa que cualquiera, poseía el tipo de mirada baja aterradora haciéndote pensar si es o no una niña. ¿Qué más daba? Eran las más cercanas a Sebastián y necesitaba de ellas. Al comienzo fue aparatoso, no con Mari, ella es un sol en el horizonte que no deseas perdértelo por completo, porque su amistad es valiosa como única, nunca esta indispuesta para ayudar, es más, ella con sus ojos perspicaces descubrió mis sentimientos por Sebastián, y aunque se los negara, me ayudo en muchas ocasiones. Era Alexa, con su hostil humor, quien me rechazo, solamente, debo recalcar, en un principio. Luego de ello, las tres éramos inseparables, haciendo todos los trabajos, actividades, e inclusive, salidas fuera del liceo. Esto me llevo a lo más esperado: estar junto a Sebastián. Le mencione antes, pero Sebastián, no fue un chico bien portado, menos conmigo, porque teniendo la menor oportunidad me llamo "enana". Bien, no estaba mal, nada mal, porque al pesar de todo eso, le reste importancia y seguí queriendolo, prendada de él como una masoquista. Tampoco fueron malos momentos, ocurrieron unos pocos donde realmente fui feliz, donde me sentí especial delante de sus ojos, y que excluyendo a cualquier otra chica, no existía cabida alguna. Salimos muchas veces en grupo, a comer, a los centros comerciales, al parque, y puede resultar extraño, pero a su casa. Compartimos risas, juegos y bromas sin sentido. Era el tipo de chico fastidioso, quisquilloso y simplón que no podía quedarse tranquilo, por lo tanto, se la pasaba fastidiándome teniendo la mínima oportunidad. En una ocasión, pude percibir el quedarse sin aliento al verme vestida de forma particular, fue gracioso, porque era la fiesta de navidad y fue el único en irse con el uniforme, dejándolo desubicado. Tuve que compartir lugar con él, fue la primera vez estar solo los dos, estuve nerviosa, frenética y sin tener la remota idea de que hacer. Pero todo se esfumo por los aires, cuando tomando las riendas del asunto, mientas que nuestras amigas discutían otros asuntos, Sebastián me contaba bromas, mientras movía mi cabeza hacia los lados de lo mala que eran. Después de ello, se supone que iríamos a comer fuera del liceo, pero el muy cretino, se escapó diciendo que debíamos invitarlo personalmente, bueno, debía de invitarlo yo personalmente. Recuerdo como Alexa sonriendo pícaramente, me pegaba con su codo en una de mis costillas, dándome fuertes insinuaciones. Por supuesto, me sonroje al máximo.
Así que, ¿cuándo este armonioso conjunto se destruyó? Para el segundo ciclo escolar, se incorporaron nuevos alumnos al liceo y otros se retiraron, no habló de Daisy, ella ya estaba incluida desde el inicio, más bien me refiero a: Mari Ann, Lilian, Ricardo, Luis "la lagartija", y otros más. Según tenia entendió, una escuela había caído en bancarrota y tuvo que cerrar, sus alumnos no teniendo más remedio, buscaron otro sitio para matricularse. Obvio, apenas empezábamos octavo grado, y ya los cambios comenzaban a embargarme. Algo estaba claro, no estaba preparada para algo así, menos si una de las chicas más cínicas de la primaria venia de la nada a joderme mi poca felicidad, tomando en cuenta la clase de persona que era, seguramente lo haría.
— ¿La has visto? — me preguntó Miriam, señalando detrás de la fila. — Es Lilian, se ha anotado este año en la escuela.
Al ser baja, me tocaba de segunda en la formación, por detrás de Miriam, ella señalo hacia las personas de atrás y siguiendo la dirección de su mirada, descubrí quien sería mi tormento mi siguiente dos años que me queda en este liceo, se los aseguró, no sería nada bueno.
— Si, ya veo que es ella. — susurre pensativa, es decir, ¿qué demonios hace aquí? De todo los liceo de Mérida, precisamente este. ¿El universo esta encontrar de mi acaso? — Oye, Miriam ¿Sabes por qué se cambió?
— Ni idea, pregúntale tu misma. — contesto, mirándome encima de sus hombros.
Oh, claro, volvemos de nuevo con su actitud de chiquilla mimada, pues vale, no me importa. Sorpresivamente logre tragarme todo el asido hacia Lilian y converse con ella, de hecho, cambio un poco su actitud excéntrica de cuando éramos niñas, al menos, no permanecía con un rostro de piedra y miraba por encima a las demás personas, creo que era peor, porque sonreía por todo, te crítica en el mínimos de los detalles y consigue restregártelo en la cara. Es una bruja, una jodidamente molesta y completa. En todo instante discutía con Sebastián, llevándole la contraria en cada cosa de hacer, o cuando menos tenía la oportunidad, se le pegaba como un chicle con su usual voz chillona. Todo el mundo comenzaba a sospechar que le gustaban, o se gustaban, ¡uhg! Era repulsivo y asqueroso. Pero eso no era todo, nuestro grupo numeroso de amigos, se disolvió en la mínima oportunidad. Mari y Alexa se fueron por su lado, muy lejos de Sebastián, el cual, comenzó a estar más solitario, bueno, solo en el comienzo, porque consiguió un amigo llamado Jesús, quien era del mismo nivel de fastidioso a Lilian, y quien, sin esperármelo dos veces, tenía encontronazos con él por su estúpida actitud. Entonces, ya no fui más insinuada con Sebastián, con quien discutía por tonterías, sino con su nuevo amigo Jesús. ¡Ah demonios! ¿La cosa podía ir en peor? Si, si podía, porque ante los ojos oscuros del chico que me gustaba pensaba el interesarme en otro, en alguien, que obviamente no era él.
En cierta ocasión, hablaba con Alexa y Mari casualmente, no recuerdo bien del tema, pero se incluyeron en el grupo Daisy y Mari Ann pues, igualmente le interesaba. Entonces, como solía hacer Alexa, salía con su comentario insinuoso con que Sebastián y yo siendo una muy buena pareja, obviamente disfrazaba mis verdaderos sentimientos en una capa de indignación total, en no estar de acuerdo, pero según mis amigas: Daisy, Mari Ann y Mari; los colores de mi rostro me delataban enseguida. Sin embargo, por pura casualidad del momento, Sebastián pasaba frente de nosotras totalmente solo y escuchaba lo último mencionado por mis amigas, me congele por ese hecho, llevándome a tratar en toda costa desmentir aquello y no ser descubierta por Sebastián. Sin embargo, él arrugando su rostro hacia un lado, dijo que debían de parar esas bromas de mal gusto, donde solo quizás, yo no quisiera que mi verdadero amor, es decir "Jesús", escuchara tales cosas. No dije nada, por unos segundos quizás, porque la expresión de Sebastián era de un total poema: frente fruncida, ojos sin ningún brillo y un tono de voz fría, baja y con algo singular, parecido al enojo. Seguidamente, Mari me dio un codazo para que reaccionara y mencionara algo, dándome unas cuantas palmadas en las mejillas, dictamine que nada de lo que decía era cierto, a mí no me gustaba Jesús, el discutir con él o bromear en algunas ocasiones, no decía nada, solo éramos compañeros y eso jamás cambiaría. Creí que diciendo la verdad, las cosas cambiarían, pero no, Sebastián simplemente se alejó más de mí, y con ello, un paso más cerca de Lilian. Para cuando me entere de su noviazgo, todo de cayó sobre mí, era como una lluvia torrencial que empapa y congela todo a su paso, sorprendiendo al igual de enfermarte, más si no tienes algo para contra arrestarlo.
Entonces, conocí a Ricardo. En realidad, no solo lo conocí a él, igualmente a su mejor amigo Fabián, y la que fue su ex novia: Ann. En el segundo lapso nos tocó hacer una actividad en grupo, al estar lo suficiente dolida y en contra de la vida misma, me pegue a Mari y Daisy, como si fueran mi salva vidas, en cuanto a Alexa y Mari Ann no se encontraba, por lo tanto, en un escape fácil de dolor y el sentimiento opresor en mi pecho, ignore cualquier punto de acercamiento a Sebastián. Y en ese instante, que Ann entra en acción con su muy jovial actitud, con tantas cosas metidas en la cabeza casi no había socializado con los nuevos, lo cuales, realmente eran muy animados. Mientras realizábamos la tarea, note como dos chicos morenos, uno alto de muchos lunares, y otro de estatura media con una nariz muy grande, nos observaban desde el fondo del salón con ojos curiosos. Intente ignorarlos, pero se me hacía imposible cuando seguían insistiendo en observarnos, concluí que al haber estudiado en una escuela antes, seguramente eran amigos y por eso, tenía esta actitud persistente.
— Solía salir con Ricardo. — dijo sin más Ann, mirando de reojo al muchacho más alto del dúo.
— ¿Cómo? — susurro alarmada, acercándose más hacia el circulo mi amiga Mari. — ¿Por eso es que sigue mirando hacia haca con mucha intensidad?
— Si, bueno. — se encogió de hombros, restándole importancia. — fue solo una cosa de niños, nada serio. Lo imaginan, terminamos al poco mes.
Gire nuevamente mi mirada hacia el más alto, conversaban con alguno de mis compañeros muy amenamente, seguidamente se sintió observando y giro a mi dirección mirándome, solté un respingo y volví mi atención a mi grupo, tenía las mejillas teñidas de rojo sin razón aparentemente. ¡¿Pero qué demonios?! No es como si he hecho nada mal, solamente quería detallar quien fue novio de mi compañera, mas nada. Sin embargo, medio gire una vez más mis ojos, solamente para visualizarlo de soslayo y lo encontré que seguía al pendiente de mi dirección; sus ojos cafés eran intentos, su mueca en sí, era intensa, mas con esa sonrisa de medio lado como si encontró algo interesante. Por otro lado, su mejor amigo Fabián, tenía una particular forma distinta de mirarme, una que no te abrumaba.
— ¿Y siguen en contacto? — pregunta curiosa, Daisy.
— Si, pero no como ustedes creen. — la escucho, señalando con picardía a su dirección. — somos amigos, muy buenos amigos.
— Terminaron en buenos términos. — agrego Mari.
— Exacto.
Una vez más, volví a sentir curiosidad por un chico, aunque esta vez, por la manera en que me miraba. En esta ocasión, no tuve por qué idear conspiraciones o planes para cambiar mi manera de vestir o ser, simplemente ocurrió por si solo. Por azares del destino, Fabián, su mejor amigo, se sentaba justamente a mi lado y Ricardo, delante. No fue difícil volverme amiga de ese par, compartíamos pesares en algunas materias, olvidos de actividades, y estudiar a último momento para algún examen. En cada vez de haber una oportunidad, hacíamos bromas sin sentido, o incluso, conversamos. Mari Ann y su incapacidad de quedarse callada, insinuó que le gustaba a los amigos a la vez, llevándolo a competir por mí, obviamente le decía dejarse de idioteces, eso no ocurriría ni en miles de años luz, además, yo no pensaba en nada de eso por los momentos. La razón, sencilla: Sebastián. De vez en cuando me permitía verlo, seguía muy junto a Lilian y Jesús, olvidándose del mundo, perdiéndose en sus propios asuntos y dejando cada vez más atrás nuestras memorias. Él se había vuelvo más brutal que antes, ya no me daba más la pelota, solo abría la boca para dictaminar cosas contra mí, ejecutar estar encontrar de mi look, manera de vestirme, caminar, reírme... en fin, lo que fuera para humillarme. Rápidamente, el sentimiento latente de cariño por Sebastián se fue derritiéndose, dando un giro abismal, que hasta el sol de hoy, no logro comprender. Del mismo modo, Ricardo entro en mi vida poco a poco, me ayudó mucho a superar mis heridas por el amor, a confiar más en mí y sentir que valgo la pena, que realmente poseo belleza. Ricardo, era mi confidente, mi mano amiga. Es cierto deberle muchas cosas, que al avanzar el tiempo, se las he agradecido de diferentes formas, pero el al igual que otros, seguía perteneciendo al género masculino, donde su especialidad es mentir, destruir y llenar se ilusiones al corazón de la jovencitas como yo.
Ricardo logro despachar, directito al infierno a Sebastián y Lilian, junto a Fabián, su leal mejor amigo. Ambos consideraban que sus bromas sin gusto, fueron muy lejos, porque sin importar lo que llevas puesto, sigues siendo un ser humano, por ende, su deber es respetar a los demás tal cual como son. Y allí, nuevamente caí en el amor. En esta ocasión quería ocultarlo muy bien, no gritarlo a los cuatro vientos, ni mucho menos salir herida por no ser correspondida. ¿Pero saben algo? Al observar la manera como Ricardo me miraba, creía firmemente el corresponderme, el realmente quererme como deseaba. Entre nosotros no existía algún tipo de barrera, menos tabús, nos contábamos todo e incluso, los temas más adversos. Él se enteró que solía gustarme mucho Sebastián en el pasado, ayudándome a superarlo de la manera más convencional posible: salidas. Junto a mis amigas (Mari Ann y Daisy) íbamos a todos los lugares posibles, esto también se incluía Fabián, quien admitiendo desagradarle Lilian en especial, trataba de todas las capacidades posibles, mediante sus bromas, olvidar mis pesares. Una vez más, sentí que mi vida volvía a retomar el camino correcto, donde ser feliz era posible. Sin embargo, todo lo que sube debe de bajar, esto incluye mi relación con mi amigo, donde desconocía sus verdaderas intenciones con mi vecina, Orina, un chica de excelentes atractivos: cabello lacio extenso hasta la cintura, tés blanca, ojos grande chocolate, rostro pequeño, curvas definidas y con una personalidad tímida, muy tímida. Al parecer ese era el gusto particular de Ricardo, aunque lo desconocía por completo, porque estaba acertada a las palabras de mis amigas, lo que ante sus ojos miraban neutral; un claro ejemplo de ello es Mari, quien en más de una ocasión dijo que a Ricardo le gustaba, no muy intensamente, pero le llamaba la atención. Otra, Mari Ann, ella parloteaba a los cuatro vientos la historia de "los dos amigos enamorados de la misma chica", era tan trillada que empecé a agarrarle gusto, no por creérmela, sino a medida de pasar el tiempo adquiría una mejor tonalidad, al punto de ser humorística. Claro, hasta que algo extraño ocurrió.
Una mañana como cualquiera, llegue al salón de clases leyendo por el camino lo que sería una examen de biología, odiaba a toda potencia esa materia, pero no significaba descuidarla, por lo que le puse especial atención la noche anterior, todo lo que pude. Al entrar al aula, iba muy sumida en mis pensamientos que no percate un detalle fuera de lo común al ocupar mi puesto, aunque claro, despegando mi vista del libro no pude evitar verlo: Ricardo había cambiado de lugar, no solamente eso, igualmente conversaba con un grupo de chicos bastante problemáticos, los cuales, no eran en lo más mínimo aplicados. Frunciendo el ceño, le di unas pequeñas palmadas al hombro de Fabián para llamar su atención, el si seguía en su habitual puesto conjunto al mío; estaba muy concentrado en igualmente estudiar, pero sentía que algo no estaba bien, lo envolvía un ambiente tan pesado, que lo comencé a tener en la espalda y, lo digo con toda responsabilidad, me costaba respirar. Fabián despegando sus ojos del texto, los enfocó en mi para soltar un respingo, aparentemente no se esperaba encontrarme tan temprano.
— ¿Qué ocurre con Ricardo? — pregunte sin rodeos, frunciendo el ceño. — ¿Por qué esta con esos chicos? ¡Ellos existen solamente para hacerle la vida cuadritos a los demás!
— ¿Y crees que no lo sé? — me recrimino, cerrando el libro de un solo golpe. — ¡Si se lo dije! ¡Se lo dije pero...! No parece importarle, cree que ellos no son lo que aparentan ser, solamente les gustan hacer bromas.
Abrí los ojos asombrada, porque en la vida se podría llamar lo que hacen esos chicos "bromas", más de una vez estuve bajo su radar y les aseguro que hicieron lo suficiente para detestarlos, con sus comentarios despectivos, no tenían idea del daño que podrían ocasionar, menos si esto causaría repercusiones en el futuro. Para ellos todo era diversión, nada más y nada menos. Que Ricardo no considerara lo ocurrido en el pasado en manos de esos chicos, no solo conmigo, sino con cualquiera que ellos consideran "tranquilo" o "raro", me parecía una falta de respeto, una muy grande. Apreté las manos con impotencia, mordiéndome la mejilla interna pensando que debía de hacer algo rápido, antes que el chico que me gusta fuera consumido por completo.
— Voy a hablar con él. — dije, parándome rápidamente de mi asiento.
— ¡Aguarda! — me detuvo Fabián, jalando de mi brazo y haciéndome sentar de nuevo. — ¿Acaso te has vuelto loca? No puedes ir como si nada a dónde están esos sujetos, podrías convertirte en objeto de alguna broma pesada. ¿No lo crees?
— ¿Y no crees tú que Ricardo permitirá tal cosa? — imite su tono de voz, pero me alarme en seguida como mi amigo baja la mirada apenado, diciéndome con su silencio estar equivocada. — Fabián, ¿tú en verdad consideras tal cosa? ¿Crees en Ricardo haciéndome daño? Es ridículo, es mi mejor amigo, jamás se atrevería hacer tal cosa.
— Si, quizás solo este volviéndome algo paranoico. — se encoge de hombros restándole importancia, pero sus ojos seguían transmitiendo la misma angustia. — porque pienso que a partir de este momento, Ricardo empezara a convertirse en alguien y, ese alguien, no le importara nada, menos sus amigos.
Hice lo que sugirió Fabián, quedarme simplemente observando el panorama de como aquellos sujetos se robaban a mi mejor amigo, aun desconozco si él conocía de mis sentimientos por Ricardo, aunque lo más probable, era que sí. Del mismo modo, llegaron mis amigas Mari Ann y Daisy para seguir estudiando, por lo que el tema de un nuevo integrante a la pandilla de degenerados fue dejado a un lado, nos centramos en otros asuntos escolares de gran relevancia. Los días siguieron avanzando, con ellos, la fiesta de quince de Mari Ann, la cual Daisy no puedo de ir porque sus padres así lo quisieron y, en la misma, donde pude de ser enteramente feliz. Durante ese lapso de tiempo nunca detecte un cambio en el humor de Ricardo, aunque pasara más tiempo con la parranda de idiotas, seguía siendo el mismo chico considerado y bondadoso conmigo; me buscaba, conversábamos, e inclusivo, acompañaba hasta la parada de autobuses para ir a casa. Si, nada fuera de lo normal, salvo algo, no volvió a pasar el tiempo con Fabián. Por mi parte no indague con ninguno de los dos, supuse que la amistad entre hombres es mucho más compleja a la de las mujeres, o sencillamente, fácil de alejarse sin razón aparente. Pero claro, no dejaron de hablarse o algo parecido, simplemente no eran tan unidos como antes. Mari me dijo el restarle importancia, con tal, los hombres son criaturas que difícilmente se logran comprender en totalidad, un gran ejemplo era Sebastián, quien de vez en cuando deseaba volver a tener todo igual a antes, pero se mantenía cerca de Lilian, su "dulce" tormento. Sin percatarme, las cosas habían cambiado, ya no era la misma niña de hace un año atrás, corriendo detrás de la atención del simplón de la clase, el cual, ya ni siquiera era el simplón de la clase, él mismo también había cambiado. Todos lo habíamos hecho.
— ¿Preocupada por algo? — llego sentándose a mi lado, sorprendiéndome en el proceso, Ricardo con una sonrisa brillante. — Estas en las nubes, preciosa.
— No, bueno, si... ¡digo! — solté una carcajada en conjunto con mi amigo, porque era puro manojo de nervios y sin razón aparente. — pensaba que, las cosas se han transformado tan drásticamente que poco me reconozco.
— ¿Para bien o para mal? — dice Ricardo, buscando con su mirada la ubicación de mi mano y sujetándola rápidamente, apretándola.
— Para bien, supongo. — los latidos de mi corazón llegaron a mis oídos, viendo como este simple agarre descontrolaba por completo mi ser, llevándome a sentirme cohibida. — ¿Crees seguir siendo el mismo chico de hace dos años atrás?
— Si, lo soy. — responde, entonces lleva nuestras manos entre lazadas a sus labios, dándole un sonoro beso a la mía. Me congelo, la sangre del cuerpo me ha abandonado, un escalofríos embarga toda mi piel mirando los ojos café de Ricardo, ellos tienen un brillo especial, uno que jamás lograre descifrar ni aquí, o más tarde. — solamente se ha transformado en alguien mejor con la ayuda una princesa muy especial, quien con cada mirada, sonrojo o suspiro de sus labios, da vida a mi corazón y me impulsa hacer alguien mejor.
Ah... cuantas palabras bonitas, ¿no es cierto? Llenas de promesas, sentimientos y una imagen agraciada de un chico sensible, entregado por una mujer, una que solamente consideraba su amiga, una que solamente tenía para llenarla de esto mismo, palabras vacías sin sentido porque nada salida de esa boca fue cierto, jamás lo fue. Así que, absorta a toda esa realidad, me obligue a mí misma a recomponerme y soltar una risita tonta, liberándome de su agarre y haciendo que todo fuera solamente una broma, como de costumbre.
— Anda Ricardo, cada día te superas más. — frene de reír, él solo dibujo una sonrisa juguetona en sus labios, como si realmente le pareciera interesara mi opinión. — ¿Crees que seré una víctima más de tus encantos?
— No, ya lo eres. ¿Por qué si no estás tan sonrojada? — señaló, arqueando sus cejas con convicción. — Admítelo, estás loca por mí y, hace unos momentos, te encontrabas en las nubes solo porque no puedes resistirte a mis, verdaderos dotes de semental.
— Por supuesto, por supuesto. — le seguí el juego, levantándome de mi asiento y mirándolo más calmada. — está loca de amor por ti, va a comprar un té de durazno. ¿La acompañas? ¿O te quedas?
— Me quedó. — respondió, sacando su teléfono que se sacudía con insistencia en su mano. — debo responder esta llamada.
— ¿Ya tan rápido me cambias por otra? — dramatice llevándome una de mis manos a mi pecho, cuando en realidad me moría de risa por dentro. — tu hombre sin vergüenza.
— Claro, no puedo esperar toda la vida por ti, ¿sabes? — rio arqueando sus cejas repetidas veces, venciéndome y llevándome a las carcajada una vez más. — soy un hombre muy solicitado, pero si quieres, le daré tus saludos de tu parte a mi mamá.
— Oh, vaya. — moví mis manos con frenesí, como si me hubiera quemado con la cocina. — es la suegra, dile que la aprecio mucho y no me odie por robarle el corazón a su hijo.
— Se lo hare saber.
Dándome la vuelta, salí caminando tranquilamente del salón, sonriendo a gusto porque estaba tan acostumbra a los juegos de esta índole con Ricardo, que me divertía un montón. Por supuesto, en esa misma semana, que tuvo como antesala el cumpleaños de Mari Ann, desconocí por completo que esa llamada recibida por Ricardo no tenía nada que ver su mamá, lo contrario, se trataba de la chica responsable de colocar mi mundo patas para arriba y arrojármelo encima, donde poco a poco, me ahogaría sin poder evitarlo. Y el dolor, estaba esperándome a la vuelta de la esquina.
Abro los ojos de golpe percatándome de dos cosas, la primera he dormido mucho, tanto que olvide por completo el tiempo y donde me encontraba; lo segundo, he tenido nuevamente sueños de mi memorias del pasado, que hasta podría ser catalogadas pesadillas de alto calibre, porque no hacen más que descontrolar por completo mi estabilidad emocional. Me incorporo llevándome una mano a mi frente preguntándome que algo raro ocurre conmigo, y no me refiero a quedar atrapada en un libro que pedí como cumpleaños, de ello ya me acostumbre; más bien me refiero a estar teniendo todos esos recuerdos tormentosos. ¿Sirve de algo verlos ahora? ¿Estando en un mundo distinto al mío? No, no lo hacen, por lo tanto, debería simplemente colocarlos a un lado y centrarme en lo importante: Peeta no me ha despertado.
— Peeta, se supone que dormiría solo unos minutos, no toda la tarde. — le reclamo un poco a la defensiva.
— ¿Para qué? Aquí no ha pasado nada. Además, me gusta verte dormir; no frunces el ceño, lo que hace mejorar su aspecto.
El solo mencionar eso me hace fruncirlo, dando como consecuencia una sonrisa de su parte. Si, vamos, anda, hagamos enojar a Heather que ella le causa fascinación, aunque eso me dura solo un poco porque noto como Peeta tiene los labios secos. Le toco rápidamente la mejilla y su temperatura ha vuelto subir, está igual a un horno o el clima de Maracaibo, caliente. Me asegura que ha estado bebiendo agua, pero a mí me parece que las botellas están repletas. Le doy más pastillas para la fiebre y me quedó a su lado mientras se bebe un litro y luego otro. Le curo las heridas no tan graves, que ya tienen mejor aspecto y me preparo mentalmente para lo que me depara al ver su pierna. Entonces, al quitarle la venda el alma se me cae a los pies. La herida esta horrible, terriblemente horrible; ya no hay pus, pero se ha vuelto a hinchar, y la piel, no es más que un tirante y reluciente color rojo. Algo capta mi atención, algo que solamente he visto en series de doctores o películas: líneas rojas que le suben por la pierna. « Septicemia » anuncia Katniss, produciéndome un revoltijo en el estómago « eso es, ¿sabes lo que significa? » por supuesto, significa que no importa lo mucho que le aplique pomada para las quemadas o las mismas hierbas, no servirá de nada contra la infección. Necesitamos medicinas de verdad, las potentes y caras del Capitolio. ¿Haymitch podrá conseguirlas? ¿O en verdad los costos de regalos a estas alturas son una locura? Si, seguramente lo es, más considerando algo tan potente contra la infección, lo que en mi perspectiva, debe de ser costosa desde el inicio.
— Bueno, al menos, no tengo que lidiar más con la pus. — digo, con voz temblorosa.
— Se lo que es la Septicemia, Katniss, aunque mi madre no sea sanadora.
— Pues vas a tener que soportarlo y vivir, Peeta. Te curaran en el Capitolio una vez y ganemos.
— Si, buen plan. — responde, pero me da la impresión que lo hace más por mí que por él.
— Tienes que comer Peeta, mantenerte fuerte. Iré hacerte una sopa.
— No enciendas una hoguera, no vale la pena.
— Ya veremos.
Cuando meto la olla en el arroyo, me asombra el calor brutal que hace. Los Vigilantes están subiendo la temperatura durante el día de a poco, y en la noche, bajándola de golpe. El calor de las piedras bajo este sol abrazador me da una idea, porque tal vez, no sea necesario prender fuego. Me coloco sobre una piedra plana, a medio camino de la cueva y el arroyo. Después de purificar media olla de agua, la coloco al sol y coloco bajo ella rocas del tamaño de un huevo. Debo de admitir algo, no soy en lo absoluto una cocinera profesional, de hecho, quien se encarga de la comida en casa es mi mamá dejándome encargo de solo lavar los trastos; cuando es cosas de repostería es otro cantar, porque el dulce es una de mi especialidades, aparte del dibujar o leer en tiempos libres. Sin embargo, he visto en varias ocasiones a mi abuela hacer sopa, o creo haberle prestado atención, porque bajo mi concepto solo reside en: agua caliente, agregar verduras, carnes y esperar. ¡Oh! ¡Cómo me encanta esperar! Por ello, pico el granso que dé a vuelto prácticamente una papilla y aplastó alguna de las raíces de Rue. Afortunadamente, antes ya las había cocinado por lo que solo me limitaría a calentarlas.
Debido al sol impetuoso y las rocas, el agua ya está caliente. Echo dentro la carne y las raíces, cambio las rocas frías por otras calientes y voy en busca de alguna verdura que le de sabor. No tardo en descubrir un cebollino que crecen en la base de una roca, es más de lo que podría pedir. Los pico y los meto en la olla, vuelvo a cambiar las piedras, le pongo la tapa y dejó que todo se cocine. Presas por aquí no hay muchas, pero dejar desprotegido a Peeta no es algo que se me apetezca, por lo que coloco una docena de trampas de lazo esperando tener suerte. Me preguntó cómo estarán los demás tributos en cuanto al alimento, al menos tres de ellos: Cato, Clove y la Comadreja, excusemos a Thresh de ellos. Estoy segura que tenía los mismos conocimientos de Rue para alimentarse, los otros si las estarán viendo negras, seguramente se estén cazando entre ellos o... buscándonos. El solo pensamiento me coloca de una vez de pie, llevándome a la cueva. Peeta sigue tumbado en el saco de dormir, al verme parece un poco animado, pero está claro encontrarse mal. Me arrodillado a su lado para cambiarle la venda en un intento de refrescarlo, pero sé que es inútil, porque de una vez seca la prenda húmeda.
— ¿Cómo te sientes? — le pregunto y sé que es estúpido, porque con solo verlo puedes saber la respuesta.
— Mucho mejor ahora que te encuentras aquí, doctora Everdeen. — responde con voz cansada, como si hubiera corrido un kilómetro.
— Bueno, paciente Mellark. — imito una voz graciosa, él sonríe ante mi ocurrencia y creo que al menos lo estoy haciendo feliz, fuera de estar actuando. — es su día de suerte. Estoy dispuesta a complacerlo en cualquiera de sus órdenes, usted solo pida, yo escucho.
— Bien, entonces... cuéntame un cuento.
— ¿Un cuento?
Parpadeo varias veces sin comprender, aunque más o menos, intento recordar alguno que mi mamá le haya contado a sus alumnos en su época de estar en aula, pero no se me ocurre ninguno. Podría decirle algo al respecto de algunos de los libros que he leído, aunque básicamente se trate de psicológicos, sé que alguno de fantasía puede funcionar. Sin embargo, hacerme hablar de eso es bastante particular.
— Si, cuéntame uno que sea alegre. Cuéntame el día más feliz que puedas recordar.
¿Ahora quieres que hable sobre mí? Oh, no, no, no puede ser, porque contar cosas de mí significa hablar de Heather Fausto, la cual, en este mundo no existe. Del mismo modo, poseo muy pocos días felices que recordar, al menos, todos se remonta a mi familia o yo y Andree correteando en el patio de su casa diciembres de nuestra niñez, también esta esa otra parte, la cual, abarca las memorias de cumplir los doce, asistir a un liceo diferente e ir a la casa de Sebastián para pasar el tiempo. ¡No! ¡Qué va! Eso no tiene nada de feliz, es simple tortura absoluta, porque las cenizas del final de esa historia fueron las que más tuvieron repercusiones en mí.
Suelto un suspiro sobándome las sienes, estúpido chico del pan y sus ganas de escuchar cosas sobre mí. Bien, ya que no puedo hablar de mí, menos de mi familia, o alguna otra cosa de mi mundo me queda un as bajo la manga. Una historia que hasta cierto punto, realmente, alegra mi alma.
— ¿Te he contado alguna vez cuando descubrí un libro curioso en mi casa? — le pregunto no sabiendo si las Everdeen tienen libros, pero igual me arriesgo, nada pierdo. Peeta por su parte, mueve su cabeza hacia los lados emocionado, expectante de escucharme, por lo que sonriendo con tranquilidad comienzo.
Esta es la historia de cómo conseguí a mi mascota, Rita. Estaba a mediados de la final de mi octavo grado, principios de comenzar noveno, cuando vi por primera vez un animalito hermoso de ojos verdes grandes brillosos, pelaje blanco, rostro redondo y cola corta de anillos con rayas, un gato. Desde pequeña he amado a los animales, en la casa de mi abuela pasaron un sin fin de ellos y siempre conseguían robar mi corazón, por lo que, este adorable gato no sería la excepción. Mire a todos lados esperando ver si conseguía el dueño del pequeño, pero nada, no existía nadie más salvo nosotros dos. El animalito me miraba con ojos impresionados, como si jamás en la vida se haya topado con un humano, menos con curiosidad extrema de su paradero. No sé si sepan, pero tratar de ganarse la confianza de un gato es bastante atrapado, su naturaleza les enseña a dudar, desconfiar de cualquiera que esté a su alrededor y tomarse con cuidado su alrededor. Sin embargo, Rita conmigo no fue así, quizás sabia por las penurias que estaba pasando mi vida, por lo que sus bellos ojos verdes desnudaron todos mis pensamientos y, bajando de un salto del muro donde se encontraba, maullando tiernamente se pasó por mis piernas. No sé si fue amor a primera vista, pero puedo decir con firmeza, que ese hermosa gatita de gano un espacio en mi corazón.
Al vivir en un apartamento no podía tenerla allí, además que la conserje del edificio se encargaba de darle un ojo a la pequeña, mamá jamás le han agradado los gatos, en su vida solo ha existido perros por lo que convencerla a quedárnosla fue una odisea completa, en verdad lo fue. Eso no me quitaba de todas maneras de darle comida. Cuando salía todas las mañanas para ir a clase, le bajaba un poco de las sobras del día anterior, ella con su singular manera silenciosa de agradecer, me miraba con sus hermosos ojos verdes y dándome un pequeño maullido, empezaba a devorar su alimento. Repetía el mismo procedimiento todos los días, en la mañana y noche, e igualmente, la pequeñita se acercaba dejándose acariciar. En ciertas ocasiones no podía alimentarla, por lo que enseñe a mi mamá a tomar ese papel de protectora, en lo cual, en menos de lo esperado, término por igualmente encariñarse con ella. Debido a las circunstancias de la vida, me había encerrado al mundo, a reír o ser simplemente feliz. Creía que entre más confianza le daba a las personas, estas teniendo la mínima oportunidad, me clavarían un puñal en la espalda y se irían riéndose a carcajadas. Pero no Rita, su usual silencio, compañía especial me dictaminaba no estar sola, que si las personas querían hacer daño ella estaría para mí, permitiéndome acariciarla y mojar su blanco pelaje con mis lágrimas. Pronto, me sentiría bien.
Fue en una mañana poco particular, cuando todo ocurrió. Me dirigía a clases, no sin antes dejarle el respectivo desayuno a Rita, acariciarla un poco y despedirme con la promesa de volverla a ver llegada a la tarde. Iba por el pequeño pasillo de la jardinería cuando la conserje, freno mi caminar.
— ¡Qué bueno que te veo mi niña! — dice en tono jovial, mientras barría las hojas que caían del frondoso árbol frente del edificio. — Necesito un favor tuyo, uno que sé que jamás vas a negármelo.
— ¿Qué ocurre? — pregunte confundida.
— Voy a mudarme, a mi esposo le ofrecieron un trabajo mejor. — explica la mujer, dejándome literalmente sin habla. ¿Quién cuidaría ahora de Rita? — por eso quiero que te quedes con la gata, sé lo mucho que la quieres y ella a ti. No puedo llevarla conmigo, lamentándolo mucho en donde voy no se permiten animales. Por eso, cuando vengas del colegio, agárrala, es toda tuya.
Todo ocurrió de forma tan repentina, que me limite a asentir frenéticamente, no sin antes medir las consecuencias de mis acciones. Llegue al liceo hecha un lio, porque en primera, le di mi palabra a la mujer de quedarme con Rita ahora que ella dejaba el puesto de conserje, pero no pensé en lo que podía pensar mamá. Oh, bueno, sí que lo sabía pero temía en sacarlo a la luz. No teníamos el tiempo, ni espacio necesario para tener un animal, menos de la naturaleza de Rita, una gatita amante de la libertad. Sacudí mis cabellos con desgano, ideando las posibilidades de cómo convencer a mi mama de tener una mascota. De pronto, Rebeca llega de la nada y mirándome con perspicacia, toma asiento a un lado de mí sin preguntarme nada. En realidad, no sé qué me inquietaba más, si el mirarme sin digerirme la palabra, o que ninguna idea cruzaba mi mente para tener el permiso de quedarme con Rita.
— ¿Qué? — le dije al fin, mirándola con el ceño fruncido.
— Desde tu discusión con Ricardo, estas son las expresiones más humanas que te he visto. — confeso, colocando una de sus manos sobre su mentó. Eso me hizo enojarme, ¿a qué demonios viene eso? — Casi pensé que no se trataba de Heather, más bien, un clon tuyo.
— Deja la ridiculez. — suspire, girando mi mirada para otro sitio.
— Vamos, sabes que es cierto. — me señalo de forma acusadora, provocándome un respingo y retroceder mi cuello. En verdad, ¿qué le ocurre? — Acaso... ¿estudias la posibilidad de reconciliarte con Ricardo?
— ¿Tengo la cara de hacerlo?

— No, no lo tienes. — confeso, temblando ante mi mirada retadora. Así, las cosas, estaban mejor. — Pero si no se trata de Ricardo, ¿qué otra cosa puede de preocuparte?
¿Y todas mis preocupaciones acaban y terminaban en Ricardo? Oh, demonios. Que pensamientos tan absurdos. Sé que gran parte de esto es mi culpa, le di mucho peso a mi relación con ese idiota que ahora todo el mundo lo catalogaba como mi comienzo y final, pero se equivocan, porque por primera vez, nada tiene que ver con ese individuo. Ahora se trata de un encantador ser, uno que brilla con luz propia y, al enfocarte en tu visión, no puedes evitar querer protegerla. Hablo de Rita. Rebeca al enterarse de la verdad, suelta una carcajada sonora que estoy segura, mi hermano escucho en la facultad en donde ahora estudia. Muchos de mis compañeros la miraban extrañados, como si le hubiese crecido un cuerno en medio de la frente. Muchos de mis compañeros la miraban extrañados, como si le hubiese crecido un cuerno en medio de la frente. No era para menos, si la muy escandalosa, reía como si no existiese ningún mañana. Luego, dándome unas palmaditas en el hombro mientras la miraba ceñuda, dictaminó que simplemente le hablara con la verdad a mi mamá. ¡Pero por supuesto! ¿Cómo no antes lo pensé? Esto es sarcasmo, de hecho, rodee los ojos al decirlo porque si las cosas desde el principio fueran tan sencillas, no estuviera desde el inicio tan hecha un lio. Rebeca riéndose de mi argumento, señalo con su dedo la poca capacidad de soportar las ideas de los demás, antes solía ser más risueña y abierta a mi alrededor, desde que discutí con Ricardo me la paso frunciendo y gruñendo como un perro como una total resentida de la vida.
Me levante con signos de replicarle, reclamarle no tener ningún derecho de decir tales cosas, ella jamás ha pasado algo igual, la suerte en el amor siempre ha estado de su lado, por mi parte, siempre me dan golpes contundentes en la cara. Sin embargo, dicho reclamo no llego. Alzando una de sus manos para detenerme, Rebeca dijo que por la misma razón de haber sufrido tanto merecía a Rita, un ser que me hace tan feliz acaso... ¿no podía simplemente quedármelo? Me quede en silencio en tanto mi amiga se marchaba con una sonrisa victoriosa en los labios, ella tenía mucha razón, por primera vez se la daba en algo. Rita me hacía feliz, me llenaba de sensaciones puras y pacíficas, era la que cuando estaba mal al punto de querer quebrarme al ras, llegaba y con un simple cabezazo de su parte, sacaba una sonrisa sincera de mí. Quizás en este caso, si valga ser directa de frente.

Estuve durante todas las clases pensativa, meditando lo que iba a confesarle a mi mamá y lo que no, es obvio saltarme la parte de romperme el corazón Ricardo porque realmente, ni merecía la pena. Pero si el hablarle lo de mi malos días, el sentirme mal y poca cosa, sobre Rita llenarme de ánimos y sonrisas que creí haber desaparecido. Comprendía que tener una mascota en estas circunstancias es complicado, pero sé que juntas podíamos lograrlo, más aun, estaba dispuesta a asumir todas las responsabilidades con conlleve tener una; de todas maneras, era a mi quien se la regalaron. Ya teniendo la cuartada perfecta, fui a casa con un ánimo, que bajo mi perspectiva, era relativamente bueno. Aunque, por supuesto, todo bajo cuando entrando al edificio vi a mi mamá frunciendo el ceño y, estando acompañada de varias personas, rodeaban a la pobre de Rita que no tenía más opción a ocultarse bajo las escaleras. Frunciendo el ceño, corrí a su encuentro para protegerla de cualquier daño que pudieran hacerle, al parecer ella sintió mi presencia porque de inmediato, fue hacia mis brazos. Dando la vuelta completamente furiosa, exigí de inmediato una explicación: ¿Qué iban hacerle a la gata? Entonces, como si los hechos hablaran por sí solos, un sujeto totalmente desconocido apareció sosteniendo una bolsa negra, al percibir el ambiente pesado, dio un respingo, más aun viendo mi mirada fulminante. Estaba más claro que el agua, pensaban deshacerse de Rita botándola en un basurero. Apretándola contra mi pecho, le di una mirada suplicante a mamá, ella no podía permitir tal cosa, no cuando esta mañana la conserje me dio la custodia de la gata, que por cierto ¿dónde está? ¡Oh, lo olvidaba! Iba a mudarse, bueno, seguramente ya lo hizo porque nada de esto no estuviera ocurriendo.
— Mi hija y yo nos haremos cargo de la gata. — dijo mamá, dando un paso hacia mi dirección y sosteniendo uno de mis hombros. — así que, no tienen ningún derecho de querer botarla o hacerle algo. ¿Han entendido?
— ¡Pero señora Paola! — replicó una anciana, una de las tantas viejas doble cara que solían cuidar a Rita y ahora, desea hacerle daño. — usted no sabe a lo que se enfrenta, es a mí a quien le reclaman por cada mínima cosa que hace la gata, el encargarse de ella no solucionara las cosas.
— Disculpe, pero tengo entendido que la antigua dueña de la gata, que fue la conserje. — intervine por primera vez, mirándola directamente a los ojos con rabia contenida. — era la encargada de cada atención de ella. ¡Nunca la vi quejársele! Además, ha sido la misma señora, quien me entrego su custodia. Por lo tanto, le pido, corrijo, exijo que mantenga sus manos venenosas lejos de Rita. Usted no es una buena persona, lo contrario, quien tiene las agallas de meterse con un ser indefenso que ni puede defenderse, es un inhumano. Y con el respeto que se merece por su edad avanzada, usted lo es.
Me devolví hacia las escaleras escuchando detrás mis espaldas todo las reclamos de la anciana, venían desde ser: irrespetuosa, mal educada, caprichosa y grosera; hasta: respeta las canas, atrevida y volver para dejar las cosas claras. La ignore, también mamá, ella me siguió desde atrás susurrándome el haber obrado bien porque es cierto lo que he dicho, es inhumano meterte con un animalito que ni puede defenderse. Aunque, en cierto modo, eso no me libraba de tener una explicación completa del asunto; hoy apenas regresaba del trabajo y se enteró de que la conserje renunció, se muda y dejó bajo mi tutela a Rita. ¿Qué demonios pasaba con el mundo? Estando frente a la puerta de nuestro departamento, me encogí de hombros sonriendo una forma calmada, mamá no ha dicho nada fuera de contexto, todo es completamente cierto. La antigua conserje renuncio porque su esposo le ofrecieron un mejor trabajo, esta mañana cuando iba al liceo y dejándole la comida a Rita como de costumbre, ella misma explico todo lo que ocurría y me regalo a la gata. Conocía más a nadie nuestra real situación, pero si antes estaba en dudas de contarle el quedarnos con ella, viendo la ola de buitres al asecho, no podía bajo ninguna circunstancia dejarla sin cobijo. Sentía que si la descuidaba, por lo menos un segundo, serían capaces de hacerle daño. Me quede en silencio, apretando a Rita más contra mi pecho como si alguna de esas ancianas pudieran arrebatármela de las manos, pero sobre todo, temiendo que mamá me regañara por no medir mis palabras que, al pesar de lo ocurrido, cambiara de opinión. No pude estar más que equivocada. Colocando una de sus cálidas manos en mi hombro, alce mi rostro topándome con la cándida expresión de mamá, llevándome a desarmarme por completo. Quedó muda y congelada de pies a cabeza.
— ¿Piensas que no me enterado de nada de tus asuntos? — pregunta, bajo la mirada sintiéndome cohibida ante el escrutinio de mamá. Creo que la subestime, en primer lugar, nunca debí de hacerlo. — Sé que la has pasado mal, que has llorado y tu personalidad cambio un poco, oh bueno, demasiado debido a ello. Si no deseas hablarlo conmigo está bien, lo comprendo, pero debes de tener bien presente que soy tu mamá y nada de mis acciones van en dirección para dañarte, solo quieren lo mejor para ti, por eso sé que Rita es lo mejor para ti. — acaricie el suave pelaje de la garita que ronroneaba en mis manos, estaba a gusto de mi contacto contra ella. — Puedes quedártela, no me opondré, por más que lo hiciera jamás permitiría a esas viejas brujas salirse con la suya. Pero eso sí, tú vas asumir las responsabilidades de ella: cuidarla, asearla, sacarla cuando lo amerite...
— ¡De acuerdo! — dije feliz, saltando y riendo complacida. — Mamá, prometo que...
— No prometas nada. — me detuvo mirándome con perspicacia. — solo hazlo. Te conozco Heather, eres del tipo dormilón y perezoso, y debes saber que Rita es un ser humano que necesita de cuidados, no solo una casa. ¿Entiendes?
— Sí.
— Bien. — suspiro meditando unos segundos, cerrando sus ojos y sobando sus sienes. Seguidamente, me regalo una sonrisa cómplice, una que decía confiar en mí y el no defraudarla. — Al parecer Rita esta de suerte, aún tengo alimento concentrado para gatos, se lo compre hace unos días y esperaba en dárselo cuando no estuvieras pero, dada la circunstancias, hoy se dará un banquete.
Mamá abrió las puertas del departamento y entramos, baje a Rita de mis manos, ella como si estuviera muy acostumbrada de este ambiente acogedor, fue directamente a uno de los sofás a acurrucarse. Verla dentro de mi hogar hizo que soltara un suspiro de alivio, estaba sana y a salvo dentro de estas paredes, aquí nadie tendría la potestad de hacerle algo, no al menos que deseara quedar sin tímpanos. Me arrodille frente de la gatita para acariciar su cabecita, ella ronroneo y se dejó hacer el cariño tranquilamente. No deseo pensar que hubiese ocurrido de mamá no llegar a tiempo, al final de todo, ha sido ella quien la ha salvado al permitirle quedármela. Aquellas mujeres tienen mucha maldad recorriéndole las venas, planear deshacerse de un animalito que ni mal hace, es más, la presencia de un gato en un sitio es de buena suerte pero, sinceramente, ¿qué van a saber ellas? Tan solo de chisme, inventar y darle cizaña a cuanto asunto jugoso exista. Debe ser bastante triste estar en sus zapatos, ni vida propia han de tener. Soltando un suspiro, me levanto de mi lugar, volviéndome en dirección a mamá que se encontraba en la cocina colocando fuego para hacer un té, luego de tanta emoción vivida, hasta Rita necesitaba uno.
— Mamá, gracias. — le dije, ella giro a mi lugar mirándome impresionada, como si no esperara tal palabra de mi parte. — esta vez has sido tu quien salvo a Rita, no yo. Eso, bajo cualquier circunstancia, ha sido heroico y grandioso. Por eso, gracias, igualmente también, al aceptar que me la quedara.
— No me lo agradezcas, Heather. — contesto moviendo su cabeza hacia los lados en señal de negación. — se me hizo imposible quedarme de brazos cruzados viendo tal atrocidad, decidiendo por la vida de alguien de alguien más. ¿Pero quién se cree? Además, sé cuánto amas a Rita y ella a ti, separarlas sería considerado un pecado capital. Le debo a ella mucha de tus alegrías, ambas se hacen bien. Merecen quedarse una al lado de la otra.
Solté una risita divertida ante el comentario de mamá, nadie de todas maneras, podría ir contra él porque era cierto. Esa noche no las pasamos habilitando una zona especial para Rita, aunque bueno, los gatos por si solos se crean uno donde mayormente se sientan cómodos; ella escogió el sofá más grande porque estaba rodeado de cojines, entre más calentito mejor. En la cocina, una esquina tenía su alimento concentrado y agua, los recipientes eran improvisados, al día siguiente mamá iría a una tienda de mascotas para comprarle unos, además de un collar y otras cosas para su aseo. Pero por los momentos, todo estaba bien para comenzar. Recuerdo que permanecí hasta bien entrada la madrugada haciendo unos trabajos para el liceo, agregándole estudiar para biología, que era mi martirio personal. Cuando pase a la cocina para hacerme otra infusión de flores de Jamaica, vi a una Rita durmiendo muy a gusto con su pancita al aire, me dio mucha gracia y ternura, porque cuando un gato deja al descubierto esta parte de su cuerpo es porque se siente a salvo. Eso me daba mucha paz al igual que consuelo, a partir de este momento se acababan sus pesares, llego el instante de vivir el placer de la vida. Con tal, se lo merecía.
— Me sorprende que guste este tipo de historias, dado el caso que eres una cazadora. — dice Peeta.
Casi se me olvidaba que estaba a mi lado.
— Oh, no, para que te guste un libro solo basta parecerte interesante. — respondo, sonriéndole de medio lado. — además que la determinación de la protagonista, es legendaria.
— Claro, yo me refería a su tenacidad al enfrentar los engaños de un chico. — habla Peeta, con tono irónico. — y no sus ganas de proteger a un ser inocente.
— De los golpes aprendes, pero me alegra que veas eso. — digo riéndome.
— Que desconfiada, no es como si todos los chicos fuesen iguales. — rodea los ojos, haciéndome congelar por completo. — seguramente debió de conocer a alguien mejor. Oh, espera... ¿cómo termina la historia?
— Nada fuera de lo normal, Peeta. — bajo la mirada, apretando mis manos en señal de impotencia y desechando cualquier pensamiento inocentón del chico rubio. — Heather tuvo finalmente a Rita, nadie pudo separarla de ella y hasta cierto punto, cumplió con la palabra de su mamá de hacerse cargo de ella. Pero al menos, la está siendo muy feliz dándole el calor de un hogar, cariño y alimento. Y las ancianas se fueron al infierno.
— ¡Eso último te lo has inventado! — suelta una carcajada cansada, haciéndome preocuparme un poco. — pero comprendo porque ha sido feliz, Rita obtuvo el cobijo que tanto merecía.
— Y Heather fue feliz por ello, sin necesidad de tener un final típico lleno de romance. — añadí.
— Oye, eso suena como que le das la razón hacer todos los chicos iguales. — me reclama, yo alzo las cejas impresionada de su deducción. ¿Ha leído mis pensamientos? — ¿Soy ese tipo de casos?
— Es solo un libro, Peeta. — evito el tema, porque si lo sostengo podría romperse nuestra buena actuación, y no es conveniente para sobrevivir.
— ¿En verdad lo crees? — insiste.
No, no lo creo, estoy segura. Además, todo lo que ocurre entre nosotros solamente es una jugarreta para mantenernos a salvo, poseo los mismos miedos de cuando soy Heather Fausto respecto a los chicos, es decir, hace unas cuantas semanas atrás creí a Peeta a uno más del montón. Aguarden, Peeta no es uno más del montón, desde el inicio se imaginó esta estrategia para mantenernos con vida, igualmente ayudo en muchos aspectos a la chica ruda; quizás él no desee nada a cambio, solo simplemente, quizás, lo haga por iniciativa propia. Es cierto, de alguna forma, también desde el inicio confié en él, la razones las veía bastante claras reflejadas en sus cristalinos ojos.
— No, no lo creo. — respondo al fin, el suspira y coloca una de sus manos en mi rostro, es cuando me percató que su temperatura ha aumentado un poco. No, mucho sería mejor decir. — así que no dudes de mis pensamientos. Ahora, parece que la calidez de tus sentimientos me han tocado el rostro, en cuanto a tu temperatura... mejorará.
El sonido de las trompetas me sorprende; me pongo de pie en un salto y me asomo corriendo a la entrada de la cueva; no pretendo perderme ningún dato jugoso. Es mi gran amigo, Claudius Templesmith, y, como daban los datos de Katniss, nos está invitando a un banquete. Estamos bien de provisiones, tampoco estoy muriendo de hambre o algo parecido, así que lo descarto encogiéndome de hombros hasta que:
— Una cosa más: pueden que ya algunos estén rechazando mi invitación, pero no se trata de un banquete normal. Cada uno de ustedes necesitan una cosa desesperadamente. — ¿Eres el capitán de la obviedad? ¡Sí que necesito algo! Es la medicina para poder curar la pierna de Peeta, sin ella, no podrá sobrevivir. — En la Cornucopia, al alba, encontraran lo que necesitan en una mochila marcada con el número de su distrito. Piénsenlo bien ante de descartarlo. Para algunos, serán su última oportunidad.
Es todo, sólo quedan sus palabras, florando en el aire. Peeta me sujeta de los hombros por detrás con tanta fuerza, que me asusta.
— No. — me dice. — No vas a arriesgar tu vida por mí.
— ¿Arriesgar la vida? — repito. — ¿Por ti? No, Peeta, es obvio que no iré.
— ¿Hablas enserio?
— Por supuesto, no voy a meterme en un nido de sangre patrocinado por Thresh, Clove y Cato. Sería como cometer un suicidio. — rodeo los ojos, intentando volverlo a acomodar en el saco. — Mejor esperemos como acaba aquello, luego, veremos a cualquiera de sus caras proyectadas en el cielo.
— Que mal mientes, Katniss, no sé cómo has sobrevivido tanto tiempo. — empieza a imitarme. — " la determinación de la protagonista, es legendaria. Tu temperatura mejorara. Es obvio que no iré." — Sacude la cabeza. — Será mejor que no te dediques a las cartas, porque perderías hasta la camisa.
— De acuerdo, ¡Sí que voy! ¡Sí que voy hacerlo! ¿Y adivinas algo? ¡No vas a poder detenerme! — suelto por fin la verdad, apretando los puños de la impotencia.
— Puedo seguirte, al menos un trecho. Quizá no llegue a la Cornucopia, pero, si voy detrás de ti gritando tú nombre, seguro que alguien me encuentra. Así moriré, y punto.
— Si claro, digamos que puedes correr cien kilómetros con esa pierna.
— Entonces, me arrastraré. Si tú vas, yo voy.
¿Intentas desafiarme acaso? ¡¿En verdad lo haces?! Demonios, este cabezón es capaz de hacer lo que dice, si ha tenido toda la determinación de sobrevivir hasta ahora el seguirme detrás de mí, gritando el nombre de la chica ruda, no sería nada. Así terminara muerto, quizás en manos de otra cosa en lugar de un tributo, no lo sé, pero no puedo dejarlo salir de aquí. Sin embargo, tengo que hacer algo, una idea que lo retenga en la cueva para poder ir sola a la Cornucopia. Estoy frustrada.
— Entonces, dime. — le pedí, mordiéndome internamente la mejilla, tratando de guardar la compostura. — ¿Qué pretendes que haga? No puedo sentarme aquí y verte morir, ni se te ocurra pedirme algo igual.
— No me moriré, te lo prometo, si tú me prometes que no irás.
Es un idiota, un condenado idiota. ¿Ha sido capaz de pedirme esto? ¡¿Lo hizo?! Bien, supongamos que lo aceptó, porque bajo ninguna circunstancia no intentaré salvarlo. Menos, si tengo la posibilidad de hacerlo.
— Pero será según mis circunstancias, Peeta. — digo. — beberás agua, me despertaras cuando te lo diga y te tomaras toda la sopa, aunque no esté muy buena. ¿Me escuchaste?
— De acuerdo, ¿es todo?
— Aguarda aquí.
El aire se ha vuelto frío, aunque el sol no se ha puesto. Era como lo esperaba, los Vigilantes están jugando con la temperatura. La sopa sigue caliente en su olla de hierro y, de hecho, no sabe tan mal. Mamá estaría orgullosa de saber que su hija, puede hacer algo más que desayunos o cenas. Pero creo que no es el momento para pensar en algo como esto. De regreso a la cueva, Peeta se toma toda la sopa sin rechistar, de hecho, dice lo muy deliciosa que esta y otras pendejadas más. Lo sé, debería emocionarme que halague mi sentido culinario, pero las personas con fiebre no las puedo tomar enserio. Por lo que, le doy otra dosis de medicina para la fiebre antes que salga con otra disparate. Cuando voy al arroyo para lavarme no dejo de pensar en la condición de mi compañero, su última salvación es que vaya al banquete, de lo contrario, la infección puede expandírsele por otro lugar del cuerpo y así, finalmente frenar su corazón. Entonces morirá, me dejara sola en la insólita arena de sangre, donde quedaré sumida para siempre en lo que pude hacer y los quizás.
Estoy tan sumida en mis pensamientos que casi me pierdo el paracaídas, aunque flota delante de mis narices. Me despierto de mi letargo lanzándome de inmediato a cogerlo, deshago todo lo necesario para sacar un pequeño frasco. ¡Oh, por lo dioses! ¡Haymitch lo consiguió! No sé cómo, o la manera, pero consiguió ablandar el corazón de algún idiota del Capitolio para poder salvar a Peeta. Aunque, miro con cautela el frasco, debe de ser muy potente para mandarlo de esta manera. Al abrir el frasco un olor dulzón golpea mis fosas nasales, debo retroceder ante tal intensidad, casi y me recuerda a los medicamentos que se le dan a los niños en mi mundo, lo que sirven para el malestar general y... caigo de inmediatamente en cuenta, esto no es algo contra la infección, es otra cosa. « Es el jarabe somnífero que utilizamos en el 12 para dormir a un paciente » me instruye Katniss, tratando de sacarme del shock en el que me encuentro « algunas veces algunos se colocan difíciles de lidiar, bien sea el dolor u otra cosa, por lo que el uso de esto es una solución formidable. Solo bastaría un frasco de este tamaño para tumbar a Peeta. » ¿Pero qué demonios? ¡No necesito algo para dormirlo! ¡Necesito es curarlo! De hecho, estoy alzando mi brazo para arrojarlo al arroyo hasta que la luz de las ideas en mi cabeza se prende. Sonrió socarronamente detallando el regalo con precisión, supongamos que le diera este jarabe a Peeta, ¿cuánto tiempo conseguiré dormirlo? « Un día » responde la chica ruda « uno completo » ¡Excelente! Es más de lo que necesito. Recorro un poco más abajo topándome con unas bayas, las aplastó convincentemente y las mezclo con él jarabe, seguidamente pienso que Peeta puede conocer el medicamento por el olor, por lo que añado unas hojas de menta como un gran disfraz. Sintiéndome realizada por mi logro, regreso a la cueva.
— Sorpresa de última hora, conseguí otro arbusto de bayas un poco más abajo, te traje algunas.
Peeta abre la boca sin dudar para comerse el primer bocado, pero, acto seguido, frunce el ceño.
— Están muy dulces.
— Si, es que son almezas. Suelen utilizarse para mermeladas, me extraña. — me hago la desentendida, metiéndole otra cucharada en la boca. — Pensé que ya las conocías.
— No. — me responde, casi perplejo. — pero me suena, ¿Almezas es su nombre?
— Si, aunque debo decir ser algo complicadas de buscarlas. — chasqueo la lengua, a la par de introducirle otra cucharada, falta la última. — ya que son silvestres.
— Son tan dulces como el jarabe. — dice él, tomándose la última. Haciendo que no se me note que estoy tensa. — jarabe.
Peeta abre los ojos mucho al enterarse de la verdad, ejerciendo un buen control de mis emociones y de las articulaciones del cuerpo de Katniss, le sujeto la boca y la nariz al chico rubio antes que se le ocurra escupir o vomitar. Cuando intenta hacer algo, ya es demasiado tarde, el jarabe empieza a ejercer efecto porque de ito en ito pierde la conciencia. En tanto cierra sus ojos, puedo leer la expresión de su rostro y lo descifro de inmediato: no va a perdonármelo nunca. Caigo hacia atrás soltando un suspiro satisfecha y cansada, lo he conseguido a raya. Se ha manchado la barbilla con las bayas, por lo que se la limpio esbozando una media sonrisa.
— Creo haber escuchado de tu parte no poder mentir, mi querido Peeta. — le digo, aunque sé que no puede escucharme. — ¿Pues adivina quién lo hizo?
Da igual, toda Panem lo hace en estos minutos.