17
Rue
ha confiado en mí sin pensárselo muchas veces, es obvio porque, en cuanto
terminamos de conversar, se acurruca a mi lado y se queda dormida. Tampoco desconfió
de ella, de haberme querido ver muerta, simplemente no me avisa lo del nido de
rastrevíspulas y problema solucionado. Sin embargo, una voz, que no es
precisamente Katniss, me dictamina que ambas no podemos ganar estos juegos.
Aunque, en cualquier caso, lo desecho a un lado, hasta es probable que ninguna
de las dos llegue más lejos a esto, por lo tanto, me tranquilizo. Existe otra
cosa que debe de atacar toda mi atención: dejar sin suministros a los
profesionales. Estoy completamente segura que a ellos les costaría bastante
conseguir comida, en no tener ayuda de "papito Capitolio", se les
nota por encima que desde tiempos inmemorables su estrategia es la misma:
reunir a los más fuertes, cazar a los débiles y partiendo de ello, recopilar
todo los importante de la Cornucopia para abastecerse. Ellos no han pasado
hambre como los demás tributos, como la misma Katniss o Rue, han sido el
perrito faldero del Capitolio, puedes considerarlo viéndolos solamente lo bien
alimentados que están. De todas maneras, estoy tan cansada para reunir la
estrategia necesaria, que término dando tumbos en mi mente. Mis heridas están
sanando, aun no lo suficiente, como el caso de las picadas, pero sumándole el reconfortarle
calor del cuerpo de Rue a mi lado, me hace sentir un poco segura. Es triste,
que de esta manera, me dé cuenta de lo muy sola que he estado desde mi llegada
al estadio, no se trata de las cámaras vigilando, menos el Capitolio en sí viéndome
en sus TV, sino la falta de contacto humano en este sitio. Me dejo vencer por
el sueño, pensando que mañana será día de planes y conspiraciones alternativas.
Mejor que se preparen los profesionales, porque les llego el momento de ellos
correr.
El
sonido del cañonazo me despierta; unos rayos de luz atraviesan el cielo y los
pájaros ya están cantando. Rue está encaramada a una rama frente a mí, con algo
en la mano. Esperamos que se produzcan más sonidos como ese, pero no, no ocurre
nada.
—
¿Quién ha podido ser?
Por
unos segundos, en lo más profundo de mí ser, espero el no tratarse de Peeta.
—
No lo sé, podría haber sido cualquiera de los otros. — responde Rue. — Supongo
que nos enteraremos esta noche.
—
¿Quiénes somos lo que quedamos?
—
El chico del Distrito 1, los dos del Distrito 2, el chico del Distrito 3,
Thresh y yo, y Peeta y tú. Eso nos convierte en ocho. Espera, y el chico del
Distrito 10, el de la pierna mala. Él es el noveno. — sé que nos olvidamos de
alguien, pero ninguna de las dos consigue recordarlo. — Me preguntó cómo habrá
muerto el último.
—
Ni idea, tampoco podemos saberlo. Pero servirá para entretener un poco a los
Vigilantes, así meditan si las cosas van lentas o no. ¿Qué tienes en las manos?
—
El desayuno. — me enseña Rue abriendo sus manos, son dos grandes huevos.
—
¿De qué son?
—
No estoy segura; hay una zona pantanosa por allí, una especie de ave acuática.
Sería
una excelente idea cocinarlos, pero Katniss deduce no hacerlo. La víctima de
hace unos minutos seguramente ha sido en manos de los profesionales, lo que
quiere decir, que vuelven a estar nuevamente recuperados y listos para el
combate. Por lo tanto, nos dedicamos a sorber el contenido de los huevos,
comernos un muslo de un conejo y algunas bayas. Es un desayuno decente, pero
aun no me acostumbro el sabor de un huevo crudo.
—
¿Lista para la aventura? — pregunto, colocándome la mochila en la espalda.
—
¿Qué aventura? — pregunta Rue, por el tono en que emplea al hacerlo, estoy
segura de estar dispuesta hacer cualquier cosa.
—
Hoy vamos a desaparecer la comida de los profesionales.
—
¿Sí? ¿Cómo?
Sus
ojos brillan con mucha intensidad, está claro que está emocionada por la idea,
es absurdo pero yo me emocionó con ella. « Es diferente de mi hermanita » dice
Katniss « las aventuras, no es algo que le apasione mucho hacerlas.» Tenían que
tener algo diferente, ¿no?
—
No lo sé, ya se me ocurrirá algo mientras cazamos.
No
cazamos mucho, estoy más concentrada en sacarle a Rue toda la información
posible sobre la base de los profesionales. Se ha acercado a espiar muy poco,
pero sus ojos son muy tenaces. Han montado un campamento junto al lago, y sus
suministros están a menos de veinticinco metros. Durante el día dejan montando
guardia al chico del 3, cosa que me deja medio confundida.
—
¿El del Distrito 3? — pregunto, parpadeando sin comprender. — ¿Trabaja para ellos?
—
Si, se queda todo el tiempo en el campamento. A él también le picaron las
rastrevíspulas cuando los siguieron hasta el lago. — responde Rue. — supongo
que lo dejaron vivir a cambio de que les hiciera guardia, pero no es un chico
muy grande.
—
¿Qué tipo de armas tiene?
—
No muchas, por lo que vi. Una lanza. Puede que consiga espantarnos a unos
cuantos con ella, pero Thersh podría matarlo con facilidad.
—
¿Han dejado la comida allí simplemente? — pregunto, ella asiente con su cabeza.
— Existe algo aquí, que no termina de convencerme.
—
Lo sé, pero no pude averiguar más. Katniss, aunque lográsemos llegar a la
comida, ¿cómo te liberarías de ella?
—
La quemaría, la tiraría al lago, la baño de combustible... — le doy un empujón
con el dedo en el estómago, sonriéndole abiertamente. — ¡Me la trago
completica! — ella suelta una risita. — Ya veremos, mi niña. Se me ocurrirá
algo más adelante.
Pasamos
un buen rato desenterrando raíces, recogiendo bayas y vegetales, hablando entre
susurros un posible plan. Por lo tanto, término conociendo a Rue, la mayor de
seis niños, tan protectora de sus hermanitos que le da sus raciones de comida,
tan valiente que busca entre la pradera de los distritos, en donde los agentes
de la paz no son tan complacientes como los del 12. Rue, la niña, que cuando le
preguntas la cosa es más amar responde:
—
¿La música? — parpadeo, confundida. Si mal no recuerdo, Katniss no le agrada
mucho la música, menos cuando su padre la hacía en todo momento. — ¿Hay tiempo
para eso?
—
Cantamos en casa y también en el trabajo. Por eso me encanta tu insignia. —
añade señalando al sinsajo, casi había olvidado por completo su existencia.
—
¿Ven muchos sinsajos?
—
Si, tenemos muchos. Algunos son muy buenos amigos míos. Nos dedicamos a cantar
juntos durante horas y llevan mensajes que les doy.
—
¿Cómo así?
—
Soy la que puede llegar a lo más alto, así que aviso a los demás cuando la
bandera aparece del final de la jornada. Canto una cancioncilla especial. —
dice; entonces abre la boca y canta una melodía de cuatro notas con un tono muy
dulce. — y los sinsajos la repiten por todo el huerto. Así la gente sabe cuándo
parar. Sin embargo, suele ser muy peligroso si te acercas demasiados a sus
nidos, aunque es lógico.
—
Ten, puedes quedártelo. — le digo, quitándome la insignia. — tiene más
significada para ti, que para mí.
—
Oh, no. — contesta ella, cerrándome los dedos sobre la insignia que tengo en la
mano. — Me gusta vértelo puesto, por eso decidí que eras de confianza. Además,
tengo esto. — debajo de su camisa se saca un collar tejido con una especie de
hierba, de él cuelga una estrella de madera tallada toscamente, o, simplemente
se trate de una flor. — Es un amuleto de la buena suerte.
—
Por los momentos, funciona. — respondo, prendiéndome una vez más el sinsajo en
la camisa. — Quizá te vaya mejor solo con él.
Cuando
estamos comiendo, ya tenemos un plan, lo llevaremos a cabo a media tarde. Ayudo
a Rue a recoger y colocar madera para la primera dos fogatas, pero la última
deberá hacerla ella sola. Convenimos que es mejor encontrarnos en el sitio
donde por primera vez comimos, el arroyo es un buen punto de referencia para
encontrarlo. Antes de partir, me aseguro que la niña esté bien con provisiones
de comida y cerillas, incluso le doy mi saco de dormir, de no encontrarnos esta
noche, lo necesitara más que yo.
—
¿Y tú qué? ¿No pasaras frío? — me pregunta.
— Estaré
bien, podre agarrar otro en el lago. — respondo, encogiéndome de hombros y
sonriendo de medio lado. — Ya sabes, aquí ser amigo de lo ajeno no es ilegal.
En
el último minuto, Rue me enseña su señal de sinsajo, la que canta para anunciar
el final de la jornada.
—
Quizá no funcione, pero si escuchas a los sinsajos cantar, significara que
estoy bien, aunque no pueda regresar de momento.
—
¿Por aquí hay sinsajos?
—
¿No los has visto? Tienen nidos por todas partes. — responde.
De
acuerdo, de acuerdo, no me he percatado de ello porque ni siquiera sé cómo son
realmente y dudo el ser dorados como mi insignia.
—
Bien, si todo sale como lo hemos planeado te veré para la cena. — le digo.
Sin
darme previo aviso, Rue me rodea con sus brazos, dándome un abrazo. Me quedo
parpadeando sin entender unos segundos, pero se lo devuelvo sin poder evitarlo.
—
Ten cuidado. — me pide.
—
Igual tú. — respondo; me devuelvo caminando hacia el arroyo teniendo un sin
sabor en la boca, no quiero que este termine mal, no quiero que por mi culpa
Rue acabe mal. Pero si las cosas van bajo este rumbo, terminaremos las dos de
últimas y lo mínimo en desear es matarla. Giro mi cabeza desechando esos malos
pensamientos, luego me ocuparé de eso, en estos momentos necesito la mayor
concentración posible.
Estando
en el arroyo, no haya nada más que seguir su curso colina abajo hasta el lugar
en que empecé a recorrerlo, después del ataque de las avispas. Tengo que
moverme con precaución por el agua, porque no puedo parar de tener preguntas,
preguntas sin respuestas y todas abarcan un par de ojos azules, si, se trata de
Peeta. Hoy ha sonado un cañonazo, me duele el pecho en considerar tratarse de
su muerte, una que capaz ha sido mi culpa por dejarme escapar cuando han venido
los profesionales a terminar su trabajo. Del mismo modo, es absurdo pensar en
ello, es decir, todo su cuerpo brillaba y puede ser una señal que no todo haya
sido cierto.
En
pocas horas llego a la zona poco profunda donde ayer me bañé, me impresionó,
eso quiere decir que debí de estar muy destrozada como para moverme a lentitud
y tardar en llegar, no como ahora. Me detengo para llenar la botella de agua y
añado otra capa de barro a la mochila, esta tan decidida en ser naranja, que no
importa cuando intente taparle el color, consigue apartárselo. La proximidad
con el campamento con los profesionales despiertan mis sentidos y, entre más
pasos doy, mas alerta estoy; me detengo en cada oportunidad para escuchar los
sonidos de mí alrededor, con una flecha preparada en el arco. No hay ningún
tributo, pero si algunos datos que antes menciono Rue: arbustos de bayas
dulces, otro con las hojas que me curaron las heridas, grupos de nidos de
rastrevíspulas cerca del árbol que me quede atrapada, y, de cuando en cuando,
según igualmente Katniss, el aleteo de plumas blanco con negro de lo que es un
sinsajo. Llego al árbol que tiene el nido abandonado en el suelo y me detengo,
tengo que reunir toda la valentía necesaria para hacer esto, cosa en no ser
nada fácil, en lo absoluto lo es.
« Recuerda
» me dice Katniss « ahora eres la cazadora, no la presa » aspiro y suspiro todo
el aire posible antes de seguir caminando. Sujeto el arco con fuerza percatándome
que llego al bosquecillo que dijo Rue y, una vez más, me quito el sombrero bajo
su ingenio. Está justo al borde del bosque, pero el frondoso follaje esta tan
espeso por abajo que puedo observar a los profesionales sin darles datos de mi
ubicación. Entre nosotros está el amplio claro donde empezamos los juegos. Están
cuatro chicos: el del 1, Cato con su compañera de distrito, y un chico escuálido
y pálido que debe de ser del 3. Es ridículo mirarlo allí sentado junto a los
otros que tienen mejor apariencia, y en un nivel totalmente diferente a
cualquiera, de hecho, su mera existencia se me hace un misterio: la entrevista,
su puntuación, su pasaje por los entrenamientos... todo lo desconozco por
completo. Pero algo interesante debe de tener, si no los profesionales ni la
molesta se hubieran tomado para aniquilarlo.
Aparentemente,
parecen estar recuperándose de las picadas de rastrevíspulas, puedo estar un
poco lejos, pero distingo perfectamente los bultos de las picaduras.
Seguramente son tan estúpidos que no se han quitado los aguijones, o si lo han
hecho, no poseen conocimientos de ramas curativas. Dándole paso, una vez más,
de depender de los medicamentos que tienen en la Cornucopia, los cuales no le
han servido para nada. Las provisiones están metidas en cajas, sacos de artillería
y contenedores de plástico, se encuentran apiladas en una pirámide en una
distancia bastante cuestionable del campamento. Una red cubre la pirámide
completamente, una utilidad que podría de ser solamente para alejar a los
pájaros. La configuración en su conjunto es desconcertante, más aun, la
distancia del chico del Distrito 3 con la red. Algo claramente si esta:
destruir esta pirámide, no va resultar tan fácil. Por lo tanto, debo quedarme
tan quieta como una momia para deducirlo. « Tengo una teoría » me dice Katniss,
soy toda oídos porque una mano amiga no se me daría tan mal en estos momentos «
la pirámide debe tener una especie de trampa; se me ocurre pozos escondidos,
redes que caen sobre los incautos o un cable que, al romperse, lanza un dardo
directo al corazón. Las posibilidades, por supuesto, son infinitas. » Entre
tanto le doy vueltas a las conjeturas de la voz, escucho a Cato gritar algo
señalando al bosque, lejos de mí. No veo la necesidad de voltearme, sé que Rue
ha puesto en marcha la primera hoguera, nos aseguramos de recoger bastante
madera para que se viera bastante el humo. Los profesionales se comienzan a
formar de inmediato, me causa tanta risa verlos pelear entre ellos, son una
bola de cerebros de pollo que discuten por todo, incluso si el chico del 3
viene o se va con ellos.
—
Se viene. Lo necesitamos en el bosque y aquí ya ha terminado su trabajo. Nadie
puede tocar los suministros. — dice Cato.
—
¿Y el chico amoroso? — pregunta el del 1.
—
Ya te he dicho que te olvides de él. Sé dónde le di el corte. Es un milagro que
aún no se haya desangrado. De todos modos, ya no está en condiciones de
robarnos.
Maldición,
es cierto, Peeta ha huido de los profesionales y se encuentra malherido en el
bosque. Me muerdo la mejilla interna intentando descifrar las razones que le
llevaron a traicionarlos, pero no las encuentro, sobre todo, no tengo tiempo
para eso.
—
Venga. — insiste Cato, y le arroja una lanza al del Distrito 3, alejándose en
dirección de la fogata diciendo entre ellos un audible: — Cuando la
encontremos, la mato a mi manera y que nadie se meta.
Sé
que está refiriéndose a mí, por supuesto ¿quién sin más? Porque mis memorias me
llevan a arrojarle un nido se avispas, y salir corriendo de allí como alma que
lleva el diablo. No importa, me digo a mí misma, mientras pasa más o menos
media hora intentando que hacer con las provisiones, no importa lo mucho que me
deteste Cato, va a tener que hacer algo más a eso para hallar conmigo. « Tienes
una ventaja con el arco y las flechas » me recuerda Katniss, hablando con calma
« podrías encender una flecha y lanzarla a la pirámide, aunque eso no garantiza
que se encienda por completo » Si, lo sé, porque podría fácilmente apagarse
debido a la trayectoria. Pero no descarto la idea, podría ser una muy buena, si
no estuviera tan lejos. Estoy a punto de salir al descubierto, cuando un
movimiento llama mi atención; a varios metros a mi derecha, veo a alguien salir
del bosque. Durante unos minutos no distingo quien es, hasta que veo el rostro
de comadreja de la chica del Distrito 5 (la que olvidamos Rue y yo esta
mañana), que se acerca con precaución al montículo. Luego de percatarse no
haber peligro, corre hacia la pirámide dando unos particulares pasitos. Me
quedo perpleja ante los movimientos que da, observa muy bien el suelo de donde
pisa como si temiese de dar con algo, de activar algo. En cierto momento se
lanza por el aire por encima de un barrilito y cae de puntillas. Sin embargo,
se ha dado demasiado impulso y cae hacia adelante, dando un chillido al tocar
el suelo con las manos. Al ver que no ocurre nada, se pone de pie
inmediatamente y sigue hacia adelante hasta llegar a las cosas. Por lo visto,
Katniss ha tenido razón con lo de haber colocado una clase de trampa, más aun,
he tenido razón con la deducción sobre la chica: es astuta, lo suficiente como
para deducir el camino para llegar hasta la comida y reproducirlo con semejante
precisión. Se llena la mochila con varios artículos de varios contenedores:
galletas saladas, un puñado de manzanas de un saco de artillería colgado en la
lateral de un cubo. Procura no agarrar tanto para que nadie se percate que hace
falta comida, para que nadie se dé cuenta. Después repite su extraña danza
hasta salir del círculo y sale corriendo de nuevo al bosque, sana y en una sola
pieza. Me doy cuenta que tengo los dientes apretados y los dedos casi morados
al apretar la cuerda del arco, la comadreja ha tenido unos cuantos pasos
delante de Katniss y de mí, ha confirmado todas nuestras sospechas. Sin
embargo, me cuesta dar con la razones de dar esos saltos apresurados, más el
gritillo que dio al tocar las manos con el suelo, cualquier hubiese pensado
que...
—
Demonios... — susurro, colocando una de mis manos en mi mentón. — esta minado.
«
Eso explica muchas cosas » dice Katniss « porque los profesionales no les
importa dejar las provisiones sin vigilancia, la reacción de la comadreja, la
participación del chico del Distrito 3, por si no lo sabes, allá fabrican
televisores y todo tipo de explosivos » de acuerdo, pero dudo mucho que los
vigilantes le hayan proporcionado alguno, menos algún patrocinador, debió de
sacarlos de otra manera. Salgo de los arbustos y me acerco a las placas
metálicas redondas que suben a los tributos al estadio. Se nota que han
escarbado el suelo de alrededor para después volver a aplanarlo. « Las minas se
desactivan luego de los sesenta segundos « me recuerda la voz « pero el chico
del 3, parece que las ha conseguido activar de alguna manera » ¡Santo dios! ¿Cómo
rayos hizo algo así? Bueno, sí, viene de un distrito donde la electrónica es su
aliada, pero seguramente nunca antes habían visto algo así en la historia de
los juegos, seguramente todo el mundo se haya desconcertado. Yo me incluyo
igualmente.
Bien,
un aplauso por el chico del Distrito 3 y su gran ingenio ante las adversidades,
pero ¿qué demonios voy hacer? No puedo meterme en aquel laberinto minado sin
terminar volando hacia los aires, y lo de la flecha ardiendo, es una tontería.
« Las minas se activan con la presión » informa Katniss « y no tiene que ser
una presión muy grande » de ser asi, podría arrojar una piedra y esperar una
reacción en cadena. Claro, eso si el chico del 3 coloco las minas de tal forma,
que si se activa una, las demás le seguirán en fila. De tal manera, aseguran
quien el ladronzuelo muera, y los suministros persistan. Aunque activar las
minas, asegurarían que los profesionales regresen para darme caza. ¡Demonios!
Eso no tiene lógica, la jodida red está precisamente para cuidar la pirámide, necesitaría
más de treinta rocas para poder activar un accidente de esa índole,
francamente, debo pensar más.
Todo
tiene solución, solo debo mirar más lejos de lo que mis ojos perciben. Respiro
profundo y me concentro en la pirámide; los cubos y las cajas son demasiado
pesadas para derribarlas de un flechazo, quizás tenga aceite, si, la idea de
Katniss con la flecha ardiente vuelve a surgir, pero puede que pierda las doce
flechas antes de hallar con él. Estoy a punto de recrear el camino de la
comadreja cuando me fijo en el saco de manzanas, podría darle un flechazo al
saco y rasgarlo, es decir, Katniss me dijo que no se necesitaba mucha presión
para activar las minas. Si lo hago ¿no crearía una explosión? Por supuesto, una
cadena de manzanas son pesadas, de hacerlo caerían y entonces...
Sonrió
de medio lado ante mi ocurrencia, ya sé que debo hacer. Me pongo a tiro y me
dictaminó un límite: tres flechas para conseguirlo. Coloco los pies con
cuidado, me olvido del mundo y me centro en mejorar mi puntería. Soy un
amateur, pero aun así, respiro profundo y recuerdo las palabras de Gale
"confiar en este cuerpo", por consiguiente, comienzo a disparar. La
primera flecha rasga el literal del saco, cerca de la parte de arriba, y deja
una raja en la artillería. La segunda se convierte en un agujero. Veo que una
de las manzanas empieza a tambalearse justo cuando disparo la tercera flecha,
acierto en el trozo rasgado de arpillera y lo arranco de la bolsa.
Todo
parece ir muy deprisa para darme cuenta, las manzanas se caen al suelo y yo
salgo volando por los aires.
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