sábado, 24 de febrero de 2018

Adaptación: Los Juegos del Hambre It's Like a Dream.


5
Trato de asimilar en unos segundos junto al chico rubio, la escena de nuestro mentor intentando levantarse de un charco de su propio vómito, es algo más que patético pero empiezo a cansarme de su torpeza. Agregándole un cosa más, el hedor de su porquería combinado al alcohol, pinchan mi nariz haciéndome hacer una mueca del asco. Miro a Peeta, está claro que Haymitch no es la gran cosa, pero en algo tiene razón Effie Trinket, de ser nuestro mentor está en su peso ayudarnos en conseguir la manera de ganar estos juegos. Por lo tanto, llegando a una clase de pacto silencioso, el chico rubio y yo lo cogemos del brazo para ayudar a levantarlo.
— ¿He tropezado? — Pregunta Haymitch — huele mal.
Estoy tentada en mandarlo al sipote, llamarlo alcohólico patético, pero me reprimo. Él, en cambio, se limpia la nariz con la mano y se mancha la cara de vómito.
— Vamos a llevarte a tu cuarto para limpiarte un poco. — dice Peeta.
Como podemos lo llevamos a su compartimiento, comprendemos que dejarlo sobre la colcha bordada sería una idiotez, por lo tanto lo metemos en la bañera y encendemos la ducha, él ni por asomo se entera.
— No pasa nada — me dice Peeta — Ya me encargo yo.
Tengo unas ganas tremendas de agradecerle por este gesto, porque, con toda la sinceridad del mundo, lo último en querer hacer es desvestir a un moribundo borracho, verlo desnudo y limpiarle la porquería del cuerpo. Sin embargo, rápidamente Katniss dictamina el ahorrarme los agradecimientos, esté puede estar ejerciendo una estrategia para ganarse a nuestro mentor y convertirse en su favorito. Del mismo modo, le contradigo marcándole la lógica: mañana no va ni acordarse de lo que dijo o hizo.
— Esta bien, si quieres puedo enviarte alguien del Capitolio para que te de una mano. — le digo señalando detrás de mí, porque se supone que existe gente en la cocina que se pueda encargar de estas cosas. Es su deber de atendernos.
— No, no las quiero.
Asiento dudosa al principio, pero término abandonando la habitación para volver a la mía.
Es comprensible la actitud que tomo Peeta, a nadie le gustaría estar alrededor de la gente del Capitolio, mas tomando en cuenta la clase de personas que son. No obstante, Katniss tiene algo de razón de dudar de su creciente amabilidad al ofrecerse encargarse de Haymitch, bueno, si lo ponemos de un modo comprensivo el hacer eso una chica es un poco... « ¡Deja de pensar en estupideces! » dictamina Katniss en tono agresivo, como si aún no me diera cuenta de donde estoy metida « ¿A dónde crees que nos están mandando? ¡Son los Juegos del Hambre! Allí cualquier cosa puede ser un plan, más si te sirven de buena vista actitudes amables. Y... ¿Qué ocurre cuando se comportan bien contigo? » Se ganan un lugar en tu corazón, obtienen un respeto y la simpatía entera. Aguarden. Tiene sentido lo que dice Katniss, un Peeta Mellark amable es tres mil veces peor a uno desagradable, porque en el sitio donde vamos somos enemigos, no amigos, van a lanzar a una arena donde tendremos que matarnos para poder sobrevivir. Es decir, el más astuto e ingenioso de todos los hará. Allí se vale todo. Llego el momento de reaccionar.
Cuando llego a mi habitación, el tren se detiene para descansar, apretando las manos en forma de puños, abro la ventana y arrojo las galletas que medio el papá del chico rubio y cierro de inmediato. Esta mal, sé que está mal botar comida considerando todas las personas en poder comerla, pero no deseo más amabilidad de nadie, mucho menos de los Mellark de hacerlo me arrepentiré de por vida. Para colmo, el paquete de galletas cae al suelo y se abren justo en medio un un grupo de dientes de león que se encuentra junto a las vías. Solo lo visualizo un instante, porque el tren sale de nuevo, pero basta lo suficiente para que las memorias de este cuerpo se disparen, con ello me refiero al recuerdo del diente de león recogido por Katniss luego del día que casi muere de hambre bajo la lluvia. Me recuesto sobre la pared y me deslizo poco a poco hasta terminar en el suelo, miro al estrambótico techo para ser el de un tren y suelto un suspiro ahogado. Todo lo que ha sucedido en este día me parece sacado de un libro de ciencia ficción, o de las películas de esa misma temática, estar metida en este especie de lio literario no me apetece mucho, menos asumir los sentimientos de la dueña de este cuerpo porque... ¿Saben lo que significa un diente de león? Buena suerte, eso es, encontrarte uno significa eso.
Una vez más, las imágenes de las memorias de Katniss me envuelven empujándome en un remolino curioso, primero que nada, se ve a ella luego de desviar la mirada del rostro amoreteado de Peeta Mellark topándose con el diente de león sujeto la mano de su hermana Prim que con curiosidad le pedía saber otras cosas para alimentarse, ella le respondió que de todo tipo pero debía de acordarse. Seguidamente, se muestran a ellas dos cerca de la alambrada recogiendo con cubetas dientes de león, esa misma noche hicieron una ensalada y se comieron el resto del pan de la panadería. Seguidamente, Katniss y Prim estudiaban un libro curioso que poseía un sin fin de nombres y dibujos de plantas medicinales, aunque no solo se remota a estas, igualmente poseía una sección de plantas comestibles de las que les beneficiaria a futuro. Al día siguiente aprovechando de no tener clase, fue una vez a alambrada quedándose petrificada allí sin hacer nada, o bueno, meditando la posibilidad de adentrarse bajo esta sí o no. Finalmente la niña temerosa venció sus miedos entrando en el bosque, era evidente ser su primera vez estando sola sin la compañía de su padre, aunque con suficiente astucia recupero un arco escondido en un roble con el entusiasmo de poder cazar algo. Decidió caminar más adentro, medio subida en las ramas, medio escondida entre matorrales y árboles hasta que finalmente logro cazar un conejo.
En la llegada a su casa la imagen sorpresiva de carne, llamo la atención de todas, pero más aún, la madre de Katniss quien despertó de su letargo para despellejar al animal y hacer un estofado con vegetales. Seguidamente quedó desconcertada, para echarse una vez más, a morirse, pero las pequeñas Everdeen la obligaron a comer junto a ellas. Los bosques se convirtieron en la salvación de esta familia, donde cada día la mayor de las hijas se adentraba a sus alas. Con un comienzo lento, como es de costumbre en hacer algo nuevo, le propicio toda clase de actividades para poder sobrevivir ella y su familia. Robaba huevos de los nidos, pescaba peces con una red, a veces cazaba una ardilla o conejo para estofado, recogía plantas que surgían bajo sus pies, eso sí, con sumo cuidado porque de escoger la equivocada podría ocasionarte la muerte. En general, en el bosque tenia sumamente cautela de cualquier ruido extraño, pues podría significar la aparición de un depredador peor a ella.
Finalmente el 18 de mayo recibió su primera tesela que fue a recoger en el Edificio de Justicia, fue a inscribirse y la llevo a casa en el carrito de juguete de Prim. Cada mes recibía normalmente su ración de cereales y aceites, con todas las consecuencias que estas contienen, pero de igual forma, necesitaba de cazar en el bosque como de otros artículos de necesidad. Rápidamente, aparece la opción del Quemador. Pueden imaginar a una pequeña de doce adentrándose en ese lugar lleno de adultos, es más, les doy permiso de hacerlo porque en estos momentos lo visualizo con ojos abiertos. Pero que no se equivoquen. La chiquilla de ojos grises puede aparentar ser ingenua, pero no lo es, en cambio es astuta y rápidamente logra abrirse en aquel mundo del intercambio comercial. Las personas de tratar parecen conocerla, seguramente por parte de su padre, que le ha dado algo de ayuda extra y más seguramente conociendo su destino cruel. Poco a poco fue descubriendo las mañas del comercio, en la carnicería le compraba la carne de conejo, pero no las ardillas; las ardillas se las compraba el panadero siempre y cuando la bruja de su esposa no estuviese a la vista; al jefe de los agentes de la paz le encantaba el pavo silvestre y el alzaré las fresas.
A finales del verano, Katniss se estaba lavando en un estanque cuando se fijó en unas plantas que la rodeaban: altas con hojas como fechas, y flores con tres pétalos blancos. Se arrodillo en el agua, metió los dedos en el suave lodo y saco un puñado de raíces. Eran tubérculos pequeños azulados que no parecían la gran cosa, pero que aparentemente eran comestible por su expresión de admiración al observarlos, sin olvidar el brillo en su mirada.
— Katniss, la saeta del agua. — pronunció ella con voz clara.
Así que de esa curiosa planta sacaron su nombre, eso explica su emoción a encontrarla, era comestible y aseguraba una ración segura en la mesa de su casa. Se la pasó un buen rato agitando el lecho del estanque con los dedos de los pies y un palo, recogiendo los tubérculos que flotaban a la superficie. Esa noche se dieron un banquete decente comiendo pescado y raíces de saeta, donde por primera vez sus rostros demostraban estar satisfechas. Poco a poco, la mamá de Katniss empezó a demostrar cambios considerables a su comportamiento de momia; limpiaba, cocinaba y conservaba algunos alimentos para invierno. La gente le pagaba con dinero u otra cosa las medicinas que creaba y, un día, cantó. Prim estaba sumamente encantada, su rostro mostraba la felicidad entera de tener nuevamente a su mamá con ella, solo basta decir la reacción de Katniss al respecto: no se lo creía. De hecho, su rostro ceñudo esperaba con antelación verla irse de nuevo, abandonarlas y adentrarse nuevamente en el mundo de la tristeza. Aunque no puedo culparla de pensar así, ella las abandono en el instante que más la necesitaba, esa expresión en su rostro es de total reprocho, uno por su comportamiento negligente y débil, sin esforzarse a siquiera a resistir por sus pequeñas. Del mismo modo, viene la contraparte.
Recuerdo como le grite en el Edificio de Justicia, reprochándole algo que claramente no fue para mí, pero que igualmente sentí apatía por las víctimas. Entonces ella admitió haber estado enferma, que deber tenido las medicinas de ahora, pudo haberse curado antes. Me sentí mal, pero todo, algo ridícula porque tal vez debí de emplear ese momento para darle un memorable recuerdo de su hija, no uno regañándola. Tal vez, tampoco pueda enmendarlo porque me dirijo a un futuro incierto. « Le has dicho que las querías » susurra Katniss débilmente, intentando de recompensar un poco mi culpa « eso puede bastar ». Abro los ojos dándome cuenta de mi regreso, estoy a punto de levantarme y abrir nuevamente la ventana pero me contengo, quizás eso no sea una excelente idea tomando en cuenta en la velocidad en la que vamos. Me permito pensar por un momento en casa, pero no la de Katniss en el Distrito 12, sino mi verdadera casa, mi Mérida. Seguramente debe de estar amaneciendo, haciendo un frío tan terrible que la punta de tus dedos se coloca rojos sin poder evitarlo, mamá se levantara tan dormida para ir al baño a darse una ducha de agua caliente, seguidamente ira hacer el desayuno. Entonces, cuando vaya a despertarme encontrara la cama vacía, sin nadie recostada en ella.
Sujeto mis rodillas doblándome al punto de parecer una bolita, pienso que si deseo llorar es el momento idóneo, no hay nadie cerca, ni cámaras o algo parecido, solamente estoy yo en esta lujosa recámara con una voz en la cabeza. Pero no, no consigo ni soltar una lágrima simplemente me quedo allí tullida abrazándome a mí misma, sintiendo los espasmos de tristeza invadiendo todo mi ser y empujándome con fuerza. Entonces, decido que si me voy a echar a morir, mejor hacerlo sobre la cama. Me arrojo con todo y ropa sobre ella, las sábanas son de tela suave y sedosa, con un edredón grueso y esponjoso que me calienta de inmediato. Seguramente en las cómodas deben de haber muchos camisones o ropa para dormir, pero no me levanto, las energías las he agotado todas fingiendo ser una persona que no soy y aguardando sentimientos contradictorios, por primera vez hoy en todo el día quiero dejar de ser Katniss Everdeen y adoptar la piel de Heather Fausto. Cierro los ojos con fuerza deseando soñar con casa, mi eterna y hermosa Mérida con sus montañas boscosas, al igual de glaciales. Y eventualmente, término quedándome dormida.
Está entrando luz gris a través de las cortinas cuando me despiertan unos golpecitos. Oigo una voz que no debería de oír si se supone de estar a punto de ir a clases, pero luego de golpe recuerdo todo haciéndome sentir patética. Nada de lo vivido el día anterior fue un sueño, ocurrió de verdad.
— ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Va a ser un día muy, muy, muy importante!
Effie Trinket, en su pleno esplendor mañanero. Intentar pensar en el interior de su cabeza es igual a entrar en un laberinto sin un mapa, directo a perderse entre sus pasillos sin salida, por lo tanto, no tengo idea. Tomo asiento sobre la cama parpadeando sin descanso a ver si me adaptó una vez a mi nueva realidad, he de admitir hacérseme fácil hacerlo al conforme se encuentre mi medio ambiente, pero aún más, obligarme a mí misma el ponerme una coraza de acero. No soy Heather Fausto, no soy Heather Fausto, no lo soy, en realidad estoy en Panem, proveniente del Distrito 12 y me llamó Katniss Everdeen. Perfecto. Teniendo esos pensamientos, me levanto para enfrentar lo que se avecina. Reviso las cómodas tratando de buscar algo decente por ponerme, cojo una camisa amarilla y unos pantalones oscuros, desprendo la insignia de sinsajo de la que anteriormente utilice y la coloco en la nueva quedándome mirándole con curiosidad. Mi mente viaja al Distrito 12, donde está la gente que quiere Katniss, su madre, su hermana Prim y Gale. ¿Qué pueden estar haciendo en estos momentos? Seguramente pensando en las maneras de seguir viviendo, de mantenerse fuertes para enfrentar lo que se viene. Me doy cuenta que me he dormido con el peinado hecho por las manos de la mamá de Katniss, decido en dejármelo, de todas maneras está bien hecho y no se ha dañado. « Da igual » se anuncia por primera vez en el día la voz de Katniss « no debemos de estar lejos del Capitolio y, cuando lleguemos a la ciudad, tu estilista decidirá el aspecto que vas a tener en la inauguración de esta noche. » ¡Ah! Fíjate nada más, ahora los tributos tienen estilistas a tu disposición y todo. Estos juegos no son solo pela, ¿eh? « Solo preocúpate porque no piense que la desnudez es el último grito de la moda » ¿Y hasta hora lo dices? ¡Claro que voy a preocuparme! De ninguna manera estaré dispuesta a exponerme delante de otras personas así, ni ahora, o nunca.
Cuando entro al vagón del comedor, Effie Trinket se acerca a mí con una taza de café solo; está murmurando obscenidades entre dientes. Haymitch está riéndose disimuladamente, con la cara roja de los abusos del día anterior. El chico rubio tiene un panecillo en la mano y parece medio avergonzado.
— ¡Siéntate! ¡Siéntate! — exclama Haymitch, haciendo señas con la mano.
En cuanto lo hago, me sirven una enorme bandeja de comida: huevos, jamón y montañas de papas fritas. Hay un frutero metido en el hielo, para que la fruta se mantenga fresca, y tengo delante una cesta de panecillos. También hay un elegante vaso de jugo de naranja, adoro el jugo de naranja y que lo encuentre en este mundo me da un poco de alegría, más si lo visualizo en el desayuno. También amo el café, más si es luego de una noche en vela leyendo libros o haciendo trabajos de la escuela, aunque si lo tomo lo prefiero muy dulce, con leche o... ah... allí estás, una taza con algo marrón intenso esperando por ser tomada.
— Lo llaman chocolate caliente. — me dice Peeta, como si en realidad no lo supiera. — Está bueno.
Y no lo dudo. Quiero rodear los ojos ante la obviedad de su comentario, pero no lo hago, pienso en que Katniss viniendo de donde viene, seguramente en la vida ha tenido la oportunidad de probar uno. Así que, dándole un largo trago a mi café, me dispongo a detenerlo para caerle de una vez al chocolate. Vuelvo a la vida. En mi mundo suelo combinar esta dos bebidas en una sola, tiene su curiosa historia, pero desde que la vi no hay momento en jamás evitarlo hacer. Es exquisito, más la sensación de lo amargo combinándose con lo cremoso y esponjoso del chocolate, mezclándose para crear un sabor inigualable en la boca. Aunque deseo simplemente combinarlos entre sí en una sola taza, me limito a beberme el chocolate de una, seguido de atiborrarme de todo lo que pueda, eso sí, he tomado mis precauciones antes de querer terminar como ayer. Este cuerpo aún no puede aguantar tantas emociones gastronómicas juntas.
« No conozco a Haymitch » dice Katniss « aunque lo he visto a menudo en el Quemador, tintado puñados de dinero sobre el mostrador de la mujer que vende licor blanco. » Genial, esté borracho crónico estará perdido entre su mundo de horror psicodélico cuando lleguemos al Capitolio, seguramente podría ser otro de esas escenitas cómicas. Sin darme cuenta, lo he empezado a detestar, « es predecible, tomando en cuenta la clase de persona que es realmente » menciona con un tono bastante despectivo, y la comprendo porque seguramente en él recae la responsabilidad de no tener más ganadores en su distrito. Es decir, es cierto su falta de nutrición, pero tener que lidiar con una persona borracha debe de ser un problema, más para los patrocinadores. « Entre más vistosos se vean los tributos, más personas tendrás apostando por ellos » explica Katniss, ante el comentario que he hecho « si posees dichos atributos será pan comido tener patrocinadores, pero si ves a un mentor como esté. ¿Cuál sería tu reacción? » Que el tributo es igual de mediocre y sin ningún punto fiable para ganar, trayendo como consiguiente un gasto innecesario de dinero. « Eso es correcto, y aunque en el Capitolio gastar dinero es irrelevante, nadie quiere ser el hazmerreír de sus amigos. » porque al final de todo para ellos todo es una distracción, un juego más en su monótona y asquerosa vida sin preocupaciones.
— Bien, ¿no se supone que debes decirnos algún truco o consejo? — le preguntó.
— ¿Quieres un consejo? Sigue viva. — responde Haymitch, y se echa a reír.
Girando la cabeza incrédula, busco la mirada de Peeta antes de recordar lo de no confiar en él, y me consigo con una expresión totalmente distinta a la que usualmente tiene: la afable.
— Muy gracioso. — dice. De repente, le pega un bofetón al vaso que Haymitch tiene en la mano, y el cristal se hace añicos en el suelo y se derrama el líquido rojo sangre hacia el fondo del vagón. — Pero no para nosotros.
Haymitch parece meditarlo un momento y le da un puñetazo a Peeta en la mandíbula, tirándolo de la silla. Contengo la respiración un segundo al ver tal escena, pero al momento de ver como intenta coger una vez más el alcohol pasa por mi mente un "piensa rápido", cogiendo el cuchillo de la mesa y se lo clavo entre la botella, y su mano. Creo que llegara un bofetón en el rostro, pero solo queda en mi mente eso, porque nada pasa; salvo que el hombre de correr hacia atrás y nos mira de reojo.
— Bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿De verdad me han tocado un par de luchadores este año? — el chico rubio se levanta del suelo y sujeta un puñado de hielo debajo del frutero. Se lo coloca en la parte roja de la mandíbula. — No. — Lo detiene Haymitch — Deja que salga el moretón. La gente pensara que te has peleado con otro tributo antes incluso de haber llegado al estadio.
— Pero va contra las reglas.
— Solo si te atrapan. Ese moretón dice que has luchado y que no te han cogido, mucho mejor. — Después de devuelve hacia mí — ¿Puedes hacer algo con ese cuchillo aparte de clavarlo en la mesa?
Parpadeo constantemente ante la pregunta, las armas de Katniss son el arco y las flechas, en cuanto a mí... el dormir hasta grandes horas. Entonces, de pronto, comprendo que si deseo la ayuda de este hombre debo demostrarle las habilidades de este cuerpo, las cuales, Gale me mando a confiarlas. Por eso, sonriendo socarronamente, saco el cuchillo de la mesa y la apunto hacia la pared arrojándolo, se supone que debía de clavarse en ella pero queda metido entre los dos paneles, dando a entender ser mucho mejor a la esperado. Mi nuevo amigo tenía razón, este cuerpo posee claras habilidades, solo debo de confiar.
— Vengan aquí los dos. — nos pide Haymitch, señalando con la cabeza al centro de la habitación. Obedecemos, y él da vueltas a nuestro alrededor, tocándonos como si fuéramos animales, comprobando nuestros músculos y mirándonos la cara — Bueno, no está del todo perdido. Parecen estar en buena forma y, cuando los agarren los estilistas, serán bastante atractivos. — me quedo callada mirando ese argumento con duda, porque se supone que los Juegos del Hambre es un concurso de lucha a muerte, no uno de belleza. « Aunque no lo parezca, Haymitch tiene razón » argumenta Katniss, refutando contra mi pensamiento « estos juegos siempre se les da importancia a los chicos con mejor aspecto, ellos siempre consiguen patrocinadores. » — Vale, haré un trato con ustedes: si no intervienen con mi bebida, les prometo estar lo suficientemente sobrio para ayudarlos, siempre y cuando hagan todo los que les diga.
No parece un gran trato, pero sí un paso gigantesco con respecto a lo acontecido hace diez minutos, cuando no teníamos quien nos ayudara.
— Vale — responde Peeta.
— Entonces, ilumínanos. Por ejemplo, estando en el estadio ¿cuál es la mejor opción cuando...?
— Cada cosa a su tiempo. Dentro de unos minutos llegaremos a la estación y estarán en manos de los estilistas. No les va a gustar lo que les hagan, pero, se lo que sea, no se resistan.
— Pero... — empiezo a protestar.
— No hay peros que valgan, no se resistan. — dice Haymitch.
Luego sujeta la botella de la mesa y sale del vagón. Cuando cierra la puerta, todo queda a oscuras, aunque persisten las luces de dentro parece de noche. Me doy cuenta que entramos en una especies de túneles, me recuerdan un poco a los que atraviesan las montañas para llegar a mi ciudad, a Mérida. Desde tiempos inmemorables he odiado la oscuridad, es más, me aterra por lo que mamá opto por comprarme una lámpara para alumbrar mi cuarto. Tengo muy pocas memorias compartidas con mi papá, pero de las que poseo estoy en la parte de los asientos traseros con el móvil de mamá jugando a la "culebrita", de pronto, la oscuridad se cierne sobre nosotros engulléndonos totalmente quedando unas pocas lucesilla iluminando el camino. Con toda la ingenuidad de la niñez, me deslizo hasta el suelo en un débil intento de escapar de ese sentimiento opresor en mi pecho llamado miedo. Ahora, en el presente, me dan ganas de correr por debajo de la mesa y cubrir mi cabeza, como si pudiese protegerme de alguna clase de agresión por parte de alguien. Pero no lo hago, en cambio, me quedo en silencio mirando el túnel dura, dura y dura, separándonos de la luz natural del cielo. Se me encoje el corazón, me sudan las manos y tiemblo, sé que ahora soy Katniss Eveerdent pero no puedo evitar sostener las costumbres de mi verdadero yo, de Heather Fausto.
El tren por fin empieza a frenar y una luz brillante inunda el compartimiento, el alivio comienza a emerger de mi cuerpo. Peeta Mellark sale corriendo sin poder evitarlo hacia la ventanilla, le sigo desde atrás caminando mientras las comprensiones motores de mi cuerpo vuelven a la normalidad. Entonces, por fin, veo el Capitolio, la ciudad que dirige todo Panem. Edificios relucientes que proyectan un arco iris multicolor en el aire, coches brillantes que recorren las anchas calles pavimentadas, una gente vestida y pintada de formas raras o extravagantes, sus rostros poseen la clara visión de jamás saber lo que significa aguantar hambre. Todos los colores son un claro asesinato a tus ojos: los rosas demasiados intensos, los verdes demasiado brillantes, y los amarillos, encienden tus retinas, me recuerdan a las paletas de muchos colores que compraba en mi época de niña. Algo de lujo seguramente en el Distrito 12.
La gente empieza a señalarnos con entusiasmo al reconocer el tren de tributos que entra a la ciudad. Me aparto rápidamente de la ventana sintiéndome asqueada de su estúpida emoción, son un grupo de gente enferma que disfruta ver la desgracia de los demás, de ver como los niños de los distritos luchan a muerte para poder sobrevivir, sobre todo, que han sido obligados a pasar por todo esto. No, lo siento, pero me niego a verles la cara sabiendo que todo esto está mal, que la masacre de inocentes está mal, mientras ellos ni deben de preocuparse por si sus hijos pasan hambre o van a ser seleccionado en los juegos. Aún tengo en mi memoria las caras de los chicos del 12, el hundimiento, el desespero y las ganas de salir librado de tu papeleta jamás ser seleccionada para venir al Capitolio. ¿Cómo pueden hacer de todo esto un espectáculo? Sin embargo, a mi lado, existe un chico que parece estar disfrutando de todo este chiste sin gracia. Seguramente lo han descubierto, me refiero a Peeta Mellark.
Él se mantiene en su sitio, e incluso, comienza a saludar y sonreírle a la multitud, que lo mira con la boca abierta. Yo igual señores, yo igual. Sólo deja de hacerlo cuando el tren se mete a la estación y nos tapa la vista. Se da cuenta de mi expresión y se encoje de hombros.
— ¿Quién sabe? Puede que uno de ellos sea rico.
Me equivoque, fui lo suficiente idiota como para darle el beneficio de la duda a este muchacho, a lo que me ha venido diciendo durante todo este tiempo Katniss es cierto. Desde el comienzo puede haber sido una estrategia: el apretón de manos amistoso, las visita de su padre con las galletas, prometerme cuidar de Prim... ¿Tengo la cara de poder mentirle fácilmente? Porque hasta creí un poco en las lágrimas derramadas en la estación, presentarse voluntario para lavar a Haymitch y después provocarlo esta mañana para que, obviamente, hacerse el bueno en estas circunstancias no vale nada. Y allí lo tienen, con un rostro bañado de inocencia fingida saludando a la gente por la ventanilla, intentando ganarse al público. 
Aun no todo está muy claro, pero todo estará tomando forma mientras seguimos avanzando, pero de algo estaré clara, este chico aun no acepta su muerte. Ya está luchando para seguir permaneciendo vivo, lo que significa, que el bueno de Peeta Mellark, el chico que le regalo pan a Katniss, ahora mismo estar contando con su muerte.                  

No hay comentarios:

Publicar un comentario