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Trato de asimilar en unos segundos junto al chico rubio, la
escena de nuestro mentor intentando levantarse de un charco de su propio vómito,
es algo más que patético pero empiezo a cansarme de su torpeza. Agregándole un
cosa más, el hedor de su porquería combinado al alcohol, pinchan mi nariz haciéndome
hacer una mueca del asco. Miro a Peeta, está claro que Haymitch no es la gran
cosa, pero en algo tiene razón Effie Trinket, de ser nuestro mentor está en su
peso ayudarnos en conseguir la manera de ganar estos juegos. Por lo tanto,
llegando a una clase de pacto silencioso, el chico rubio y yo lo cogemos del
brazo para ayudar a levantarlo.
— ¿He tropezado? — Pregunta Haymitch — huele mal.
Estoy tentada en mandarlo al sipote, llamarlo alcohólico
patético, pero me reprimo. Él, en cambio, se limpia la nariz con la mano y se
mancha la cara de vómito.
— Vamos a llevarte a tu cuarto para limpiarte un poco. — dice
Peeta.
Como podemos lo llevamos a su compartimiento, comprendemos
que dejarlo sobre la colcha bordada sería una idiotez, por lo tanto lo metemos
en la bañera y encendemos la ducha, él ni por asomo se entera.
— No pasa nada — me dice Peeta — Ya me encargo yo.
Tengo unas ganas tremendas de agradecerle por este gesto,
porque, con toda la sinceridad del mundo, lo último en querer hacer es
desvestir a un moribundo borracho, verlo desnudo y limpiarle la porquería del
cuerpo. Sin embargo, rápidamente Katniss dictamina el ahorrarme los
agradecimientos, esté puede estar ejerciendo una estrategia para ganarse a
nuestro mentor y convertirse en su favorito. Del mismo modo, le contradigo marcándole
la lógica: mañana no va ni acordarse de lo que dijo o hizo.
— Esta bien, si quieres puedo enviarte alguien del Capitolio
para que te de una mano. — le digo señalando detrás de mí, porque se supone que
existe gente en la cocina que se pueda encargar de estas cosas. Es su deber de
atendernos.
— No, no las quiero.
Asiento dudosa al principio, pero término abandonando la
habitación para volver a la mía.
Es comprensible la actitud que tomo Peeta, a nadie le
gustaría estar alrededor de la gente del Capitolio, mas tomando en cuenta la
clase de personas que son. No obstante, Katniss tiene algo de razón de dudar de
su creciente amabilidad al ofrecerse encargarse de Haymitch, bueno, si lo
ponemos de un modo comprensivo el hacer eso una chica es un poco... « ¡Deja de
pensar en estupideces! » dictamina Katniss en tono agresivo, como si aún no me
diera cuenta de donde estoy metida « ¿A dónde crees que nos están mandando?
¡Son los Juegos del Hambre! Allí cualquier cosa puede ser un plan, más si te
sirven de buena vista actitudes amables. Y... ¿Qué ocurre cuando se comportan
bien contigo? » Se ganan un lugar en tu corazón, obtienen un respeto y la
simpatía entera. Aguarden. Tiene sentido lo que dice Katniss, un Peeta Mellark
amable es tres mil veces peor a uno desagradable, porque en el sitio donde
vamos somos enemigos, no amigos, van a lanzar a una arena donde tendremos que
matarnos para poder sobrevivir. Es decir, el más astuto e ingenioso de todos los
hará. Allí se vale todo. Llego el momento de reaccionar.
Cuando llego a mi habitación, el tren se detiene para
descansar, apretando las manos en forma de puños, abro la ventana y arrojo las
galletas que medio el papá del chico rubio y cierro de inmediato. Esta mal, sé
que está mal botar comida considerando todas las personas en poder comerla,
pero no deseo más amabilidad de nadie, mucho menos de los Mellark de hacerlo me
arrepentiré de por vida. Para colmo, el paquete de galletas cae al suelo y se
abren justo en medio un un grupo de dientes de león que se encuentra junto a
las vías. Solo lo visualizo un instante, porque el tren sale de nuevo, pero
basta lo suficiente para que las memorias de este cuerpo se disparen, con ello
me refiero al recuerdo del diente de león recogido por Katniss luego del día
que casi muere de hambre bajo la lluvia. Me recuesto sobre la pared y me deslizo
poco a poco hasta terminar en el suelo, miro al estrambótico techo para ser el
de un tren y suelto un suspiro ahogado. Todo lo que ha sucedido en este día me
parece sacado de un libro de ciencia ficción, o de las películas de esa misma
temática, estar metida en este especie de lio literario no me apetece mucho,
menos asumir los sentimientos de la dueña de este cuerpo porque... ¿Saben lo
que significa un diente de león? Buena suerte, eso es, encontrarte uno
significa eso.
Una vez más, las imágenes de las memorias de Katniss me
envuelven empujándome en un remolino curioso, primero que nada, se ve a ella
luego de desviar la mirada del rostro amoreteado de Peeta Mellark topándose con
el diente de león sujeto la mano de su hermana Prim que con curiosidad le pedía
saber otras cosas para alimentarse, ella le respondió que de todo tipo pero
debía de acordarse. Seguidamente, se muestran a ellas dos cerca de la alambrada
recogiendo con cubetas dientes de león, esa misma noche hicieron una ensalada y
se comieron el resto del pan de la panadería. Seguidamente, Katniss y Prim
estudiaban un libro curioso que poseía un sin fin de nombres y dibujos de
plantas medicinales, aunque no solo se remota a estas, igualmente poseía una
sección de plantas comestibles de las que les beneficiaria a futuro. Al día
siguiente aprovechando de no tener clase, fue una vez a alambrada quedándose
petrificada allí sin hacer nada, o bueno, meditando la posibilidad de
adentrarse bajo esta sí o no. Finalmente la niña temerosa venció sus miedos entrando
en el bosque, era evidente ser su primera vez estando sola sin la compañía de
su padre, aunque con suficiente astucia recupero un arco escondido en un roble
con el entusiasmo de poder cazar algo. Decidió caminar más adentro, medio
subida en las ramas, medio escondida entre matorrales y árboles hasta que
finalmente logro cazar un conejo.
En la llegada a su casa la imagen sorpresiva de carne, llamo
la atención de todas, pero más aún, la madre de Katniss quien despertó de su
letargo para despellejar al animal y hacer un estofado con vegetales.
Seguidamente quedó desconcertada, para echarse una vez más, a morirse, pero las
pequeñas Everdeen la obligaron a comer junto a ellas. Los bosques se
convirtieron en la salvación de esta familia, donde cada día la mayor de las
hijas se adentraba a sus alas. Con un comienzo lento, como es de costumbre en
hacer algo nuevo, le propicio toda clase de actividades para poder sobrevivir
ella y su familia. Robaba huevos de los nidos, pescaba peces con una red, a
veces cazaba una ardilla o conejo para estofado, recogía plantas que surgían
bajo sus pies, eso sí, con sumo cuidado porque de escoger la equivocada podría
ocasionarte la muerte. En general, en el bosque tenia sumamente cautela de
cualquier ruido extraño, pues podría significar la aparición de un depredador
peor a ella.
Finalmente el 18 de mayo recibió su primera tesela que fue a
recoger en el Edificio de Justicia, fue a inscribirse y la llevo a casa en el
carrito de juguete de Prim. Cada mes recibía normalmente su ración de cereales
y aceites, con todas las consecuencias que estas contienen, pero de igual
forma, necesitaba de cazar en el bosque como de otros artículos de necesidad.
Rápidamente, aparece la opción del Quemador. Pueden imaginar a una pequeña de
doce adentrándose en ese lugar lleno de adultos, es más, les doy permiso de
hacerlo porque en estos momentos lo visualizo con ojos abiertos. Pero que no se
equivoquen. La chiquilla de ojos grises puede aparentar ser ingenua, pero no lo
es, en cambio es astuta y rápidamente logra abrirse en aquel mundo del
intercambio comercial. Las personas de tratar parecen conocerla, seguramente
por parte de su padre, que le ha dado algo de ayuda extra y más seguramente
conociendo su destino cruel. Poco a poco fue descubriendo las mañas del
comercio, en la carnicería le compraba la carne de conejo, pero no las
ardillas; las ardillas se las compraba el panadero siempre y cuando la bruja de
su esposa no estuviese a la vista; al jefe de los agentes de la paz le
encantaba el pavo silvestre y el alzaré las fresas.
A finales del verano, Katniss se estaba lavando en un
estanque cuando se fijó en unas plantas que la rodeaban: altas con hojas como fechas,
y flores con tres pétalos blancos. Se arrodillo en el agua, metió los dedos en
el suave lodo y saco un puñado de raíces. Eran tubérculos pequeños azulados que
no parecían la gran cosa, pero que aparentemente eran comestible por su
expresión de admiración al observarlos, sin olvidar el brillo en su mirada.
— Katniss, la saeta del agua. — pronunció ella con voz clara.
Así que de esa curiosa planta sacaron su nombre, eso explica
su emoción a encontrarla, era comestible y aseguraba una ración segura en la
mesa de su casa. Se la pasó un buen rato agitando el lecho del estanque con los
dedos de los pies y un palo, recogiendo los tubérculos que flotaban a la
superficie. Esa noche se dieron un banquete decente comiendo pescado y raíces
de saeta, donde por primera vez sus rostros demostraban estar satisfechas. Poco
a poco, la mamá de Katniss empezó a demostrar cambios considerables a su
comportamiento de momia; limpiaba, cocinaba y conservaba algunos alimentos para
invierno. La gente le pagaba con dinero u otra cosa las medicinas que creaba y,
un día, cantó. Prim estaba sumamente encantada, su rostro mostraba la felicidad
entera de tener nuevamente a su mamá con ella, solo basta decir la reacción de
Katniss al respecto: no se lo creía. De hecho, su rostro ceñudo esperaba con
antelación verla irse de nuevo, abandonarlas y adentrarse nuevamente en el
mundo de la tristeza. Aunque no puedo culparla de pensar así, ella las abandono
en el instante que más la necesitaba, esa expresión en su rostro es de total
reprocho, uno por su comportamiento negligente y débil, sin esforzarse a
siquiera a resistir por sus pequeñas. Del mismo modo, viene la contraparte.
Recuerdo como le grite en el Edificio de Justicia, reprochándole
algo que claramente no fue para mí, pero que igualmente sentí apatía por las
víctimas. Entonces ella admitió haber estado enferma, que deber tenido las
medicinas de ahora, pudo haberse curado antes. Me sentí mal, pero todo, algo
ridícula porque tal vez debí de emplear ese momento para darle un memorable
recuerdo de su hija, no uno regañándola. Tal vez, tampoco pueda enmendarlo
porque me dirijo a un futuro incierto. « Le has dicho que las querías » susurra
Katniss débilmente, intentando de recompensar un poco mi culpa « eso puede
bastar ». Abro los ojos dándome cuenta de mi regreso, estoy a punto de
levantarme y abrir nuevamente la ventana pero me contengo, quizás eso no sea
una excelente idea tomando en cuenta en la velocidad en la que vamos. Me
permito pensar por un momento en casa, pero no la de Katniss en el Distrito 12,
sino mi verdadera casa, mi Mérida. Seguramente debe de estar amaneciendo,
haciendo un frío tan terrible que la punta de tus dedos se coloca rojos sin
poder evitarlo, mamá se levantara tan dormida para ir al baño a darse una ducha
de agua caliente, seguidamente ira hacer el desayuno. Entonces, cuando vaya a
despertarme encontrara la cama vacía, sin nadie recostada en ella.
Sujeto mis rodillas doblándome al punto de parecer una
bolita, pienso que si deseo llorar es el momento idóneo, no hay nadie cerca, ni
cámaras o algo parecido, solamente estoy yo en esta lujosa recámara con una voz
en la cabeza. Pero no, no consigo ni soltar una lágrima simplemente me quedo
allí tullida abrazándome a mí misma, sintiendo los espasmos de tristeza
invadiendo todo mi ser y empujándome con fuerza. Entonces, decido que si me voy
a echar a morir, mejor hacerlo sobre la cama. Me arrojo con todo y ropa sobre
ella, las sábanas son de tela suave y sedosa, con un edredón grueso y esponjoso
que me calienta de inmediato. Seguramente en las cómodas deben de haber muchos
camisones o ropa para dormir, pero no me levanto, las energías las he agotado
todas fingiendo ser una persona que no soy y aguardando sentimientos
contradictorios, por primera vez hoy en todo el día quiero dejar de ser Katniss
Everdeen y adoptar la piel de Heather Fausto. Cierro los ojos con fuerza
deseando soñar con casa, mi eterna y hermosa Mérida con sus montañas boscosas,
al igual de glaciales. Y eventualmente, término quedándome dormida.
Está entrando luz gris a través de las cortinas cuando me
despiertan unos golpecitos. Oigo una voz que no debería de oír si se supone de
estar a punto de ir a clases, pero luego de golpe recuerdo todo haciéndome
sentir patética. Nada de lo vivido el día anterior fue un sueño, ocurrió de
verdad.
— ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Va a ser un día muy, muy, muy importante!
Effie Trinket, en su pleno esplendor mañanero. Intentar
pensar en el interior de su cabeza es igual a entrar en un laberinto sin un
mapa, directo a perderse entre sus pasillos sin salida, por lo tanto, no tengo
idea. Tomo asiento sobre la cama parpadeando sin descanso a ver si me adaptó
una vez a mi nueva realidad, he de admitir hacérseme fácil hacerlo al conforme
se encuentre mi medio ambiente, pero aún más, obligarme a mí misma el ponerme
una coraza de acero. No soy Heather Fausto, no soy Heather Fausto, no lo soy,
en realidad estoy en Panem, proveniente del Distrito 12 y me llamó Katniss
Everdeen. Perfecto. Teniendo esos pensamientos, me levanto para enfrentar lo
que se avecina. Reviso las cómodas tratando de buscar algo decente por ponerme,
cojo una camisa amarilla y unos pantalones oscuros, desprendo la insignia de
sinsajo de la que anteriormente utilice y la coloco en la nueva quedándome mirándole
con curiosidad. Mi mente viaja al Distrito 12, donde está la gente que quiere
Katniss, su madre, su hermana Prim y Gale. ¿Qué pueden estar haciendo en estos
momentos? Seguramente pensando en las maneras de seguir viviendo, de mantenerse
fuertes para enfrentar lo que se viene. Me doy cuenta que me he dormido con el
peinado hecho por las manos de la mamá de Katniss, decido en dejármelo, de
todas maneras está bien hecho y no se ha dañado. « Da igual » se anuncia por
primera vez en el día la voz de Katniss « no debemos de estar lejos del
Capitolio y, cuando lleguemos a la ciudad, tu estilista decidirá el aspecto que
vas a tener en la inauguración de esta noche. » ¡Ah! Fíjate nada más, ahora los
tributos tienen estilistas a tu disposición y todo. Estos juegos no son solo
pela, ¿eh? « Solo preocúpate porque no piense que la desnudez es el último
grito de la moda » ¿Y hasta hora lo dices? ¡Claro que voy a preocuparme! De
ninguna manera estaré dispuesta a exponerme delante de otras personas así, ni
ahora, o nunca.
Cuando entro al vagón del comedor, Effie Trinket se acerca a
mí con una taza de café solo; está murmurando obscenidades entre dientes.
Haymitch está riéndose disimuladamente, con la cara roja de los abusos del día
anterior. El chico rubio tiene un panecillo en la mano y parece medio
avergonzado.
— ¡Siéntate! ¡Siéntate! — exclama Haymitch, haciendo señas
con la mano.
En cuanto lo hago, me sirven una enorme bandeja de comida:
huevos, jamón y montañas de papas fritas. Hay un frutero metido en el hielo,
para que la fruta se mantenga fresca, y tengo delante una cesta de panecillos. También
hay un elegante vaso de jugo de naranja, adoro el jugo de naranja y que lo
encuentre en este mundo me da un poco de alegría, más si lo visualizo en el
desayuno. También amo el café, más si es luego de una noche en vela leyendo
libros o haciendo trabajos de la escuela, aunque si lo tomo lo prefiero muy
dulce, con leche o... ah... allí estás, una taza con algo marrón intenso
esperando por ser tomada.
— Lo llaman chocolate caliente. — me dice Peeta, como si en
realidad no lo supiera. — Está bueno.
Y no lo dudo. Quiero rodear los ojos ante la obviedad de su
comentario, pero no lo hago, pienso en que Katniss viniendo de donde viene,
seguramente en la vida ha tenido la oportunidad de probar uno. Así que, dándole
un largo trago a mi café, me dispongo a detenerlo para caerle de una vez al
chocolate. Vuelvo a la vida. En mi mundo suelo combinar esta dos bebidas en una
sola, tiene su curiosa historia, pero desde que la vi no hay momento en jamás
evitarlo hacer. Es exquisito, más la sensación de lo amargo combinándose con lo
cremoso y esponjoso del chocolate, mezclándose para crear un sabor inigualable
en la boca. Aunque deseo simplemente combinarlos entre sí en una sola taza, me
limito a beberme el chocolate de una, seguido de atiborrarme de todo lo que
pueda, eso sí, he tomado mis precauciones antes de querer terminar como ayer.
Este cuerpo aún no puede aguantar tantas emociones gastronómicas juntas.
« No conozco a Haymitch » dice Katniss « aunque lo he visto a
menudo en el Quemador, tintado puñados de dinero sobre el mostrador de la mujer
que vende licor blanco. » Genial, esté borracho crónico estará perdido entre su
mundo de horror psicodélico cuando lleguemos al Capitolio, seguramente podría
ser otro de esas escenitas cómicas. Sin darme cuenta, lo he empezado a
detestar, « es predecible, tomando en cuenta la clase de persona que es
realmente » menciona con un tono bastante despectivo, y la comprendo porque
seguramente en él recae la responsabilidad de no tener más ganadores en su
distrito. Es decir, es cierto su falta de nutrición, pero tener que lidiar con
una persona borracha debe de ser un problema, más para los patrocinadores. «
Entre más vistosos se vean los tributos, más personas tendrás apostando por
ellos » explica Katniss, ante el comentario que he hecho « si posees dichos
atributos será pan comido tener patrocinadores, pero si ves a un mentor como
esté. ¿Cuál sería tu reacción? » Que el tributo es igual de mediocre y sin
ningún punto fiable para ganar, trayendo como consiguiente un gasto innecesario
de dinero. « Eso es correcto, y aunque en el Capitolio gastar dinero es irrelevante,
nadie quiere ser el hazmerreír de sus amigos. » porque al final de todo para
ellos todo es una distracción, un juego más en su monótona y asquerosa vida sin
preocupaciones.
— Bien, ¿no se supone que debes decirnos algún truco o
consejo? — le preguntó.
— ¿Quieres un consejo? Sigue viva. — responde Haymitch, y se
echa a reír.
Girando la cabeza incrédula, busco la mirada de Peeta antes
de recordar lo de no confiar en él, y me consigo con una expresión totalmente
distinta a la que usualmente tiene: la afable.
— Muy gracioso. — dice. De repente, le pega un bofetón al
vaso que Haymitch tiene en la mano, y el cristal se hace añicos en el suelo y
se derrama el líquido rojo sangre hacia el fondo del vagón. — Pero no para
nosotros.
Haymitch parece meditarlo un momento y le da un puñetazo a
Peeta en la mandíbula, tirándolo de la silla. Contengo la respiración un
segundo al ver tal escena, pero al momento de ver como intenta coger una vez más
el alcohol pasa por mi mente un "piensa rápido", cogiendo el cuchillo
de la mesa y se lo clavo entre la botella, y su mano. Creo que llegara un
bofetón en el rostro, pero solo queda en mi mente eso, porque nada pasa; salvo
que el hombre de correr hacia atrás y nos mira de reojo.
— Bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿De verdad me han tocado un par
de luchadores este año? — el chico rubio se levanta del suelo y sujeta un
puñado de hielo debajo del frutero. Se lo coloca en la parte roja de la
mandíbula. — No. — Lo detiene Haymitch — Deja que salga el moretón. La gente
pensara que te has peleado con otro tributo antes incluso de haber llegado al
estadio.
— Pero va contra las reglas.
— Solo si te atrapan. Ese moretón dice que has luchado y que
no te han cogido, mucho mejor. — Después de devuelve hacia mí — ¿Puedes hacer
algo con ese cuchillo aparte de clavarlo en la mesa?
Parpadeo constantemente ante la pregunta, las armas de
Katniss son el arco y las flechas, en cuanto a mí... el dormir hasta grandes
horas. Entonces, de pronto, comprendo que si deseo la ayuda de este hombre debo
demostrarle las habilidades de este cuerpo, las cuales, Gale me mando a
confiarlas. Por eso, sonriendo socarronamente, saco el cuchillo de la mesa y la
apunto hacia la pared arrojándolo, se supone que debía de clavarse en ella pero
queda metido entre los dos paneles, dando a entender ser mucho mejor a la
esperado. Mi nuevo amigo tenía razón, este cuerpo posee claras habilidades,
solo debo de confiar.
— Vengan aquí los dos. — nos pide Haymitch, señalando con la
cabeza al centro de la habitación. Obedecemos, y él da vueltas a nuestro
alrededor, tocándonos como si fuéramos animales, comprobando nuestros músculos
y mirándonos la cara — Bueno, no está del todo perdido. Parecen estar en buena
forma y, cuando los agarren los estilistas, serán bastante atractivos. — me
quedo callada mirando ese argumento con duda, porque se supone que los Juegos
del Hambre es un concurso de lucha a muerte, no uno de belleza. « Aunque no lo
parezca, Haymitch tiene razón » argumenta Katniss, refutando contra mi
pensamiento « estos juegos siempre se les da importancia a los chicos con mejor
aspecto, ellos siempre consiguen patrocinadores. » — Vale, haré un trato con
ustedes: si no intervienen con mi bebida, les prometo estar lo suficientemente sobrio
para ayudarlos, siempre y cuando hagan todo los que les diga.
No parece un gran trato, pero sí un paso gigantesco con
respecto a lo acontecido hace diez minutos, cuando no teníamos quien nos
ayudara.
— Vale — responde Peeta.
— Entonces, ilumínanos. Por ejemplo, estando en el estadio
¿cuál es la mejor opción cuando...?
— Cada cosa a su tiempo. Dentro de unos minutos llegaremos a
la estación y estarán en manos de los estilistas. No les va a gustar lo que les
hagan, pero, se lo que sea, no se resistan.
— Pero... — empiezo a protestar.
— No hay peros que valgan, no se resistan. — dice Haymitch.
Luego sujeta la botella de la mesa y sale del vagón. Cuando
cierra la puerta, todo queda a oscuras, aunque persisten las luces de dentro
parece de noche. Me doy cuenta que entramos en una especies de túneles, me
recuerdan un poco a los que atraviesan las montañas para llegar a mi ciudad, a
Mérida. Desde tiempos inmemorables he odiado la oscuridad, es más, me aterra
por lo que mamá opto por comprarme una lámpara para alumbrar mi cuarto. Tengo
muy pocas memorias compartidas con mi papá, pero de las que poseo estoy en la
parte de los asientos traseros con el móvil de mamá jugando a la
"culebrita", de pronto, la oscuridad se cierne sobre nosotros engulléndonos
totalmente quedando unas pocas lucesilla iluminando el camino. Con toda la
ingenuidad de la niñez, me deslizo hasta el suelo en un débil intento de
escapar de ese sentimiento opresor en mi pecho llamado miedo. Ahora, en el
presente, me dan ganas de correr por debajo de la mesa y cubrir mi cabeza, como
si pudiese protegerme de alguna clase de agresión por parte de alguien. Pero no
lo hago, en cambio, me quedo en silencio mirando el túnel dura, dura y dura, separándonos
de la luz natural del cielo. Se me encoje el corazón, me sudan las manos y
tiemblo, sé que ahora soy Katniss Eveerdent pero no puedo evitar sostener las
costumbres de mi verdadero yo, de Heather Fausto.
El tren por fin empieza a frenar y una luz brillante inunda
el compartimiento, el alivio comienza a emerger de mi cuerpo. Peeta Mellark
sale corriendo sin poder evitarlo hacia la ventanilla, le sigo desde atrás
caminando mientras las comprensiones motores de mi cuerpo vuelven a la
normalidad. Entonces, por fin, veo el Capitolio, la ciudad que dirige todo
Panem. Edificios relucientes que proyectan un arco iris multicolor en el aire,
coches brillantes que recorren las anchas calles pavimentadas, una gente
vestida y pintada de formas raras o extravagantes, sus rostros poseen la clara
visión de jamás saber lo que significa aguantar hambre. Todos los colores son
un claro asesinato a tus ojos: los rosas demasiados intensos, los verdes demasiado
brillantes, y los amarillos, encienden tus retinas, me recuerdan a las paletas
de muchos colores que compraba en mi época de niña. Algo de lujo seguramente en
el Distrito 12.
La gente empieza a señalarnos con entusiasmo al reconocer el
tren de tributos que entra a la ciudad. Me aparto rápidamente de la ventana sintiéndome
asqueada de su estúpida emoción, son un grupo de gente enferma que disfruta ver
la desgracia de los demás, de ver como los niños de los distritos luchan a
muerte para poder sobrevivir, sobre todo, que han sido obligados a pasar por
todo esto. No, lo siento, pero me niego a verles la cara sabiendo que todo esto
está mal, que la masacre de inocentes está mal, mientras ellos ni deben de
preocuparse por si sus hijos pasan hambre o van a ser seleccionado en los
juegos. Aún tengo en mi memoria las caras de los chicos del 12, el hundimiento,
el desespero y las ganas de salir librado de tu papeleta jamás ser seleccionada
para venir al Capitolio. ¿Cómo pueden hacer de todo esto un espectáculo? Sin
embargo, a mi lado, existe un chico que parece estar disfrutando de todo este
chiste sin gracia. Seguramente lo han descubierto, me refiero a Peeta Mellark.
Él se mantiene en su sitio, e incluso, comienza a saludar y sonreírle
a la multitud, que lo mira con la boca abierta. Yo igual señores, yo igual.
Sólo deja de hacerlo cuando el tren se mete a la estación y nos tapa la vista.
Se da cuenta de mi expresión y se encoje de hombros.
— ¿Quién sabe? Puede que uno de ellos sea rico.
Me equivoque, fui lo suficiente idiota como para darle el
beneficio de la duda a este muchacho, a lo que me ha venido diciendo durante
todo este tiempo Katniss es cierto. Desde el comienzo puede haber sido una
estrategia: el apretón de manos amistoso, las visita de su padre con las
galletas, prometerme cuidar de Prim... ¿Tengo la cara de poder mentirle
fácilmente? Porque hasta creí un poco en las lágrimas derramadas en la
estación, presentarse voluntario para lavar a Haymitch y después provocarlo
esta mañana para que, obviamente, hacerse el bueno en estas circunstancias no
vale nada. Y allí lo tienen, con un rostro bañado de inocencia fingida
saludando a la gente por la ventanilla, intentando ganarse al público.
Aun no todo está muy claro, pero todo estará tomando forma
mientras seguimos avanzando, pero de algo estaré clara, este chico aun no
acepta su muerte. Ya está luchando para seguir permaneciendo vivo, lo que
significa, que el bueno de Peeta Mellark, el chico que le regalo pan a Katniss,
ahora mismo estar contando con su muerte.
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