lunes, 7 de abril de 2014

A wonderful feeling

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Dicen que antes de nacer nuestro destino ya ha sido escrito. Todas aquellas personas alrededor, familiares y amigos.
Sin embargo, el ser predestinado para pasar la vida entera a nuestro lado, esa, aunque muchas lenguas comenten que esta incluida en el paquete de lo "escrito", es la mas incierta e insegura de conocer sus acciones.
Ahora la pregunta seria ¿Comó saber quien es esa persona? ¿Comó saber que no te equivocaras de elección? Fácil. Nuestra persona predestinada no la elegimos, ni se acerca, ella es la encargada de hacerlo. Se asimila al conocer sobre el amor, no somos capaces de escoger enamorarnos es el corazón encargado de hacer aquello, de hecho,  ojala pudiéramos hacerlo para hacer nuestra vida mas fácil.
Esto tuvo que conocerlo a la fuerza Annabeth Granchester, una joven chica llena de dulzura, amabilidad y sobre todo... timidez. Muy al pesar de poseer características angelicales; rostro perfilado como si fuera tallado por dioses, ojos azul como cristal reflejado al cielo, piel blanca como la leche. Su estatura no es tan agraciada pues es bastante baja, no obstante, aquel ondulado cabello rubio contrasta todo aquello dándole un toque adorable a su personalidad.
De hecho, toda persona que se le acercara diria que es muy popular a tratar a sus semejantes, ya quisiera ella, pero no Annabeth es sumamente introvertida o lo mas común para llamarla seria taciturna.
Proviene de Holanda, es decir, nacio allá su familia proviene de la realeza. Los Granchester son poseedores de grandes estareas de viñedos, donde su uva es la mejor de toda la región; aunque sobre decir lo demás: granjas de alta producción, castillos impresionantes, pero sobre todo, su fortuna puede alimentar a una docena de familias enteras en el Africa.
A la joven nunca la falto nada al ser la primogénita, siempre obtuvo lo que quisiera. Al pesar de todo esto, el último hijo de los Granchester para mas exactitud, el papá de Annabeth nunca le gusto demostrar o hacerse mas que los demás, el era quien era con fortuna y sin fortuna.
Esto llevo a la pequeña familia a querer mudarse al otro continente, para disfrute de Lucia de Granchester, directo a Asia. Japón.
A la joven mujer le ha enamorado esa maravillosa isla desde siempre; su cultura, forma de vivir, aquellos lugares espectaculares para visitar y para de contar. Sin duda como le comentaba su esposo, de ser por ella se casaría con el pais si pudiera. Su translado fue exitoso, ella temia el no acomodarse pero no, aunque debía de ser sincera, sus miedos recidian a aquel abultado vientre que poseia. Si. Estaba embarazada.
Ya tenia ocho meses de embarazo por eso fue un tanto egoísta de su parte pedir aquello, bueno no solo se transladaron a Japón por eso, pero Lucia lo encontró propicio el momento para emigrar. No faltaría preocupación eso debía de saberlo, además, Annabeth ya tenia cinco años estaría bien sobre todo con la llegada del nuevo bebé.
Se instalaron en Tokio en una casa al estilo propio occidental, Lucia no podía estar mas maravillada era tal y como lo había deseado, ahora la parte difícil sería de lo que vivirían. Si bien eran adinerados al tener aquella disputa idiota con la familia los dejaron sin nada, suerte que Lucia estudio como diseñadora de interiores, pero debido a su estado no podría ejercer. La situacion era mala no podrían vivir de los pocos ahorros que tenían, con el costo del viaje, comprar aquella casa y amueblarla se les fue casi todo.
Bernardo estudio marketid pero jamas lo ejercio, era un Granchester por ser el hijo último en nacer se encargaría de administrar los negocios de la familia, en fin, eso era lo que hizo por todo este tiempo. Ahora, solo se sentía perdido en un lugar desconocido, con una pequeña hija y su mujer a punto de dar a luz al próximo.
Tal vez debió de hacerle caso a su madre y dejarles a Annabeth, ante ese pensamiento inmediatamente se levantó. No. El ya no podía depender mas de aquella familia, mucho menos su madre, ella también decidió darle la espalda por ello seguiría su vida adelante.

¿Problemas? ¡De eso les sobraria!  Pero no por eso lo derrotaría.

Se lleno de valor y no paro de buscar trabajo, no mentiría, las ocasiones al cerrarle la puerta en la cara le hizo debilitarse de alguna manera pero, las tomo como enseñanzas para su vida. Lo cierto fue que antes de que naciera su pequeño ya tenia un trabajo estable, era un ejecutivo en una empresa importante de Tokio, ahora todo marcharía con tranquilidad.
Por otra parte, para Annabeth hospedarse en otro lugar que no fuese su pais le costo un poco, era tan solo una niña de cinco años taciturna temerosa al relacionarse con otros niños de su edad. Al entrar al jardin de infantes le resulto todo un reto, en Holanda no compartía con nadie es mas, se sentía mas cómoda al estar con una de las cuidadoras del lugar. Ella era de la misma manera en su casa, sus padres les preocupaba aquello pero lo debieron a su timidez a personas desconocidas, al menos su rendimiento no le afectaba.
Sin embargo, al estar en otro lugar y obligarla a aprender idioma de ese pais era mucho para Annabeth que, miraba a todos lados con lágrimas en sus ojos cristalinos empuñando sus pequeñas manos a su pecho. ¿Qué era este lugar tan extraño? ¿Por qué los niños eran tan diferentes de ella? ¿Por eso querían sus padres que aprendiese otro idioma? Ella solo quería volver a casa allá en Holanda, junto a la señorita Lizz su niñera favorita de su colegio. Si. SU VERDADERO COLEGIO.  Porque no podía conciderar este como eso.
Annabeth nunca ha sido caprichosa solamente reaccionaba de esa manera por miedo, miedo a la nuevo que le podría esperar en este nuevo comienzo.

- ¿Eh? ¿Qué haces aqui tan sola en el rincón Annabeth - chan? - pregunto, con un eje de dulzura en la voz la nueva profesora de la niña.

¿Chan? ¿Por que aquella mujer le había dicho de esa manera? ¡No lo entendía! No, no ella no quería estar mas en este sitio tenía mucho miedo de aquella adulta. ¿Existia una forma de volver? Holanda era su hogar allá estaba su familia, abuelas, tio y primos ya mas grandes que ella pero los amaba. ¿Por que sus padres quisieron vivir aqui? Si era bonito y mas emocionante aun el conocer sitios diferentes, pero no la escuela y no personas diferentes.
Entonces la pequeña rubia comenzó a temblar e hipar al mismo tiempo, la maestra que respingo por el acto de la niña sabia que debía de controlarla antes de lo inevitable. Que ilusa. La niña soltó sus lágrimas sin contenerse por sus mejillas, ella no era la de gritar o hacer espectáculos en el suelo, solo frotava su pequeño puño en uno de sus ojos sin cesar.
La maestra que era una novata no tenia idea de como afrontar esta situación, es decir, si tenia ya un año en el puesto pero nunca se le presento un caso como el de actualmente. Los padres de la infante le relataron su situación, Annabeth no era una niña de relacionarse mucho, era tímida y recervada muy pocas veces llorona o sentirse mal hacia los demás. Bien, por lo visto este era una esepcion.
Trato de arodillarse a su altura para poder hablarle y hacerle entrar en confianza, para nadie era fácil adaptarse a un lugar desconocido y mucho menos a mitad de año escolar. Entonces cuando iba a hablarle se callo, no pensó ni dijo nada solo observo.

- Annabeth, ¿asi es como te llamas verdad? - dijo una pequeña de dos coletas altas, ella la miro con curiosidad absoluta mirando a la rubia - no llores, aqui no tenemos problemas con personas de otros paises. Además, la sensei Kyoko es muy buena con todos nosotros.

- Sen...sei - repitió la niña rubia, ya parando de llorar pero aun hipando y tallando su ojo.

- Si, es a lo que llaman "maestra" en tu casa - explico la infante, de ojos café grandes.

La rubia miro con un poco de curiosidad a la niña de coletas, ella la había llamado por su nombre como se debía y parecía muy amable su comportamiento. Oh. Era la primera que no le temía, era como su mamá le decía, todos los niños eran diferentes de otros no por eso tenía que tener miedo; era fascinante descubrir lo desconocido.

- Ven - le tomó de una mano halando hacia ella - soy Tomoyo Morinu, espero que nos llevemos bien.

- C...Claro - fue lo unico que dijo.

Apartir de ese momento Tomoyo y Annabeth se hicieron amigas, no había lugar donde no fuesen juntas era como hermanas, de hecho, la rubia no confianza mas que en la niña. Pero no costo mucho en reintegrar a la holandesa al grupo, era claro que ella permanecia atrás de la espalda de la niña de coletas; cosa que los demás sabían que era timidez aquello. Sin embargo, a la hora de jugar se integraba como otra niña mas del jardin de infantes.
Una vez fue Lucia a buscarla a la escuela con un bebé en brazos, era Tomás el hermanito menor de Annabeth al verlo Tomoyo salto prácticamente, la madre de la criatura soltó una risita divertida.

- ¿Como estas Tomoyo? - preguntó, era obvio que ya la conocía de hecho a sus padres, pero no podía evitar emocionarse al ver a su bebé.

- Muy bien, gracias. ¿Y Tomás? Tengo tiempo sin verlo, aunque... parece mas grande - noto la niña con curiosidad.

- Hola mami - corrió con una sonrisa en los labios, Annabeth que abrazo a su progenitora - ¡oh! Has traído a Tomi.

- Tu hermanito es tan lindo, suave y siempre huele a rico. - Lucia sonrió al escuchar esas palabras, esa niña era una dulzura con sus pequeños - en casa solo tengo hermanos grandes muy grandes, son amables pero no hay como un bebé en casa.

- ¿Tu crees? Tomi puede ser lindo, oler rico pero llora mucho y depende mucho de mi mami. Lo quiero pero, ser menor es mejor. - dijo la rubia, con voz quedada y timida.

- Si, supongo que tienes razón - respondió pensativa, pero al mirar al pequeño volvió a sonreír ensoñada - ¡Aun asi sigue siendo lindo! Lo tengo, cuando estemos grandes los dos me casaré con el.

Lucia se sorprendió de ese hecho, no podía creer que eso salió de una niña de cinco años, amiga de su pequeña niña. Por otro lado, Annabeth no dijo nada solo se quedo pensativa, es decir, de pasar eso ¿Qué terminarian siendo? Porque ya amigas no era mucho mas complejo de lo que parece.

- Mami, si Tomoyo se casa con Tomi ¿Qué seriamos? - pregunto, la inocente criatura.

- Mmm... veamos, si ella se casa con tu hermano se convertiran en cuñadas - explico la mujer, sonriendo del comportamiento de las niñas.

- ¡Suena genial! - brinco la de coletas - es como una super familia. Por eso... - se acerco a la mujer que cargaba el bebé, aprovechando su inclinación hacia bajo tomo la manito de Tomás - No debes casarte con otra que no sea yo. ¿Si Tomi?

Y como si el de brazos entendiera soltó un gorgojeo, como respondiendo aquello de manera afirmativa. Lucia dijo que al parecer al bebé le gusto aquella idea, Tomoyo abrazo a su amiga dando ella saltitos de felicidad. Felicidad que solo duraría cuatro años.
Al entrar al la escuela basica nada cambio, o bueno, el miedo de Annabeth al hacer nuevos compañeros volvió hacer aparición. Fue un golpe de suerte que se encontraran en la misma clase, los padres de ambas estuvieron de acuerdo con que ambas estudiaran en la misma escuela; todo esto lo hacían por la tímida rubia de cabello ondulado.
Para Tomoyo fue pan comido hacer amigos de todo tipo era ella extrovertida, le encantaba relacionarce con los demás y los niños la consideraban divertida; ella era el tipo "chica amigable" a la hora de los recreos querían estar con ella.
Por otro lado Annabeth fue lento el proceso, le temia a los niños que rodeaban a la de coletas parecían ruidosos y con mucha energía, para sus gustos prefería sentarse y mirar a Tomoyo brincar con los demás.
A los ocho años Annabeth se dio cuenta lo muy buena que era su amiga en el deporte, pero aun mas en el voleibol cosa que a ella no le quedaba. La rubia era de las que amaban tomar té y comer galletas en tanto miraba a los demás, era mucho mas divertido observar aun mas cuando Tomoyo prácticaba voleibol. Se sorprendió como seguían siendo amigas, es decir, Annabeth era como la luna y Tomoyo el sol; lo decía de esa manera por como su amiga era rodeada por gente, en tanto ella solo miraba de lejos.
Con todo y aquello no dejaron de ser amigas, por eso, al escuchar la noticia de la boca de su madre que volverían a Holanda se espanto. Es que no,no, no podía volver allá su vida ya estaba hecha aqui en Japón junto a su amiga.

- Cariño, que volvamos a Holanda no quiere decir que jamas volveremos - decía con dulzura Lucia, su hija lloraba en su regazo - tu abuelo quiere ver a Tomas, además de ti claro. ¿Sabes que Papá y abuelo estaban molestos? Ahora quieren hablar.

- Pero mamá, ¿Qué pasara con mi amistad con Tomoyo? ¿Y la escuela? - hipaba la niña, no quería marcharse asi.

- La escuela, estudiaras allá en Holanda y Tomoyo sera tu amiga valla donde vallas - sonrió con ternura, en tanto acariciaba el cabello de la pequeña - existen los teléfonos, correo e internet. No te preocupes.

Por mucho trato de converserla se le hizo difícil, por fin se había resuelto aquella disputa idiota entre familias; tanto Bernardo como Lucia podrían volver a casa su verdadera casa. Pero se presentaba esto, sabia que forzar a la pequeña era muy mala idea ella despues de todo se aconstumbro a todo, el pais, idioma nuevo, casa nueva y entorno nuevo.
Ojo esto no lo hizo sola, Tomoyo estuvo allí para impulsar a su hija hacia adelante. No, no lo permitiría. Ya vería la forma de llevar a acabo esos planes dichos, en esta ocasión protegería la estabilidad de su pequeña.
Para cuando fueron separadas ambas chicas no hacían mas que llorar, Lucia llego a un acuerdo con los padres de Tomoyo para que se escribieran cartas, llamaran por teléfono y conexiones via internet. Sin embargo, Annabeth comentaba que no era la mismo que estar cara a cara, ella quería quedarse junto a su amiga y no volver a Holanda. Lastimosamente el destino no era asi.
Con sentimientos desbordados, tristeza, soledad acompañados de varias lágrimas fue empañado aquel dia en el aeropuerto. Tomoyo abrazaba con mucho dolor al pequeño Tomás de cuatro años, le relataba que se verían pronto y debía de casarse con ella como lo acordaron; obviamente el pequeño no entendía mucho pero sonrió respondiendo afirmativo a eso. Ahora cuando se despidió de la rubia, no se contuvo sus sollozos y casi gritos. Lucia pensó que vio por primera vez a su hija comportándose como una niña de su edad, escandalosa, llorona y berrinchuda; no era malo a veces ser egoísta y sacar nuestros sentimientos a flote.

- ¡Te lo prohíbo! ¡No debes hacer otra mejor amiga! ¡Esa ya soy yo! - gritaba la niña holandesa, con mucho fervor.

- Lo prometo - respondió, separándose aun llorando pero se separo de la otra, colocando sus manos en los pequeños hombros de la rubia. - pero Annabeth, no te preocupes nosotras seremos amigas por siempre estes donde estés.

Eso fue lo que dejo mas tranquila a la rubia, llorando mas en proceso pero una parte de ella quedo mas tranquila. Debía de existir algo mas fuerte para separarlas, no vivir en otro pais, eso era inrelevante. La amistad cuando es verdadera no se rompe falcilmente, de hecho, se fortalece con el tiempo.

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