sábado, 14 de diciembre de 2019

My first love

VI
En aquel momento cuando estaba pequeña, hubo una temporada en no aparecer Sebastián, en el cual, sus razones las desconocí y tampoco me atrevía a preguntarle a mamá sobre ello. Fue muy solitario, de hecho, Adriana intento muchas veces animarme de diferentes formas y haciéndome saber que la vida seguía, no podía pararme a pensar solo en un niño, existen igualmente las amigas y ella estaba a mi lado. Sin duda fue una asombrosa compañera, la mejor de todas, despistaba la soledad de un zarpazo y quien atreviese a mencionar los rumores míos con Sebastián. Lastimosamente, la vida misma nos separó como con mi amigo, pero permanece en mis memorias como alguien muy especial. Uno de esos días, Paola y Fernando, dos niños que estudiaban conmigo lo suficiente torpes a la par de tontos decidieron jugar a casarse, claro está no poseer muchas ideas de entretenimiento, pero se nos hizo gracioso a todos.
Bella, la asistente de mamá, presencio con ojos curiosos la actividad, las niñas recolectando flores, los niños habilitando detrás de “ese” lugar como capilla, otras ofreciendo ser padrinos o las madrinas de honor. Cabe de destacar que para Paola todo esto era muy enserio, aunque Bella le recalcara ser solo “juego”, ella le recriminaba casarse de verdad con Fernando, de lo contrario, lo reformaría en el futuro. Lo usual, palabras vacías de chiquillos pretendiendo ser grandes. De mi parte solo fui una espectadora, tome asiento en uno de los muros pequeños de “ese” lugar pensando en lo ridículo de aquel acto, solo son niños ¿Cómo podrían vivir por si mismos? Además, Paola debería de usar un velo de verdad en lugar de un abrigo color azul marino, los valores se habían perdido. Seguidamente solté un suspiro mirando al cielo, esos días han sido tan aburridos sin Sebastián no tenía con quien columpiarme, menos correr o jugar a las llevadas, pueden estar otros niños a mi alrededor pero seguía siendo aburrido. En un momento, imagine un futuro de esa forma, sin su presencia, sentir la frialdad de la primavera, los verdes de las plantas no siendo tan verdes, las flores apocadas ante la tristeza de una lágrima, la mariposa sin alas… ¿Por qué Sebastián tardaba tanto en volver? ¿Volví a cometer un error? ¿Era muy fastidiosa? ¿Es eso? No, el mismo aseguro jamás verme de así, yo soy su mejor amiga y ese vínculo permanecería hasta la eternidad. Seguramente debe de estar enfermo de viruela, sarampión, lechina o cualquiera de esas extrañas enfermedades que adquieres cuando eres pequeño, afortunadamente soy lo suficientemente inteligente para no cogerla. Viva la sangre especial.
Bajo mis aires de grandeza al ver al niño robusto, de huesos anchos (por no decir gordo) sentarse a mi lado riéndose del espectáculo, sigo la secuencia de su mirada notando como Paola está luchando por lanzar una flor al aire y otra niña deba de cogerla, sería la tradición confirmar ser la siguiente en casarse o eso dicen. Muevo mi cabeza hacia los lados, dudo mucho que mamá permita otro tipo de juego parecidos a estos, aunque admitiré su gracia, el revuelo o el escándalo los detesta ella y esto, les aseguro, dio mucho por hablar a los demás salones, sin olvidar profesores.
— Ustedes serán los siguientes. — rompió el silencio el niño robusto, sin dejar de sonreír. — Sebastián y tú, igualmente los casaremos como Paola y Fernando.
— ¿Por qué no te casas tú? — me levante de mi asiento con incomodidad, sintiendo un raro revoloteo en mi estómago sin explicación al escuchar el nombre de él. — Sebastián y yo solo somos mejores amigos, no jugaría en lo más mínimo con él eso.
Antes de recibir cualquier respuesta del chiquillo me fui del lugar, apreté los puños a la par de tener el rostro hirviendo entre la rabia y vergüenza, en cierto modo me permitió pensar un poco en el futuro, donde estaríamos en esa posición: casándonos. Sin embargo, no pretendía hacerlo a los cinco años, teniendo a imitación marca patito de un velo, alrededor de mocosos regodeándose de siempre tener la razón de nuestra relación y menos los ojos de mamá furiosa, o si, mi progenitora colocaría el grito en el cielo. Sobre todo, sería más obligado a recíproco, Sebastián no me quería de esa manera. Por lo tanto, me limitaría a contarle a mamá de este pequeño evento y deslizando sutilmente lo mío, de esa manera, evitaría una desgracia. Esa misma tarde, en casa de mis abuelos, le relate a mi madre lo ocurrido y asombrada como era lo usual al escuchar tal historia, prometió tomar cartas en el asunto. ¿Al final? Sebastián regreso a la escuela con marcas extrañas en sus brazos, rostro y piernas contando tener una lucha cara a cara contra la varicela, en tanto yo sonreía ante la manera de relatar su padecer y una “boda” antes de tiempo cancelada. Ya saben, sin novios, no puede haber alguna.
Ahora en el presente, viendo en el sofá de mi departamento uno de esos tontos programas de casamientos en tanto cómo frituras, río sola ante el recuerdo tonto de mi niñez, mas ante la reacción al insinuar ese niño que no recuerdo su nombre, un posible juego de esos con Sebastián. ¡Ya lo hubiese imaginado! Seguramente su pequeño rostro lleno de conmoción, sus ojos esmeralda emitiendo un brillo de susto girándolo a todas partes en busca de una vía de escape, por otro lado yo, gritando “mamá” a todo pulmón pidiendo parar tal locura. Quizás no hubiese sido tan malo, era simplemente una tontería de niños, una que solo se hace una vez en la vida. Actualmente no podemos tener una relación abierta hacia los demás, no cuando se encuentra casado y buscando proteger a su hija del dolor que una vez nosotros experimentamos, al menos eso trato de metérmelo en la cabeza cada vez en vernos a escondidas, tal cual a dos fugitivos de la justicia. Es agotador, más cuando tienes ganas de gritarle al mundo entero la verdad de tener a tu lado el amor de tu vida, presentárselo a tu familia y recalcarle a quien fue tu amiga, no tener el mínimo interés romántico en su ex novio. Hablando de él, desde saber mi relación clandestina con Sebastián (porque no hubo de otra) se ha mantenido alejado de mí, mejor y lo hace, de lo contrario no respondo por mi chico. Esté admitió, que aunque no conociera a Anthony, le desagradaba el haberme besado a la fuerza sin medir mi consentimiento, que si miramos desde otra perspectiva es exactamente igual a lo hecho por él ese mismo día de hacernos novios. Bueno, en el término que sea lo que seamos porque ni yo misma se claramente nuestros estatus, menos deseo cambiar mi estado de Facebook a “es complicado” o “en una relación” considero el tenerlo a mi lado, compartir los mismos sentimientos y el tener paciencia, mucha de esa.
Hablando de términos concretos, hubo cierta ocasión donde imagine casarme con Sebastián, en mi febril mente de una niña de ocho años y luego de lamentar ser separada de él, idee que en nuestro reencuentro predestinado en el futuro seriamos amigos, seguidamente de novios y con una aprobación de nuestros padres nos casaríamos. Eso sí, tendría el esperado vestido blanco estilo princesa, el velo más estrambótico de todos deslizándose por el suelo unos cuantos metros, sobre todo el ramo de rosas rosáceas, el color más inocente junto al blanco. Acto seguido, la iglesia más emblemática de la ciudad estaría adornada de acuerdo a mi apariencia, toda mi familia y su familia nos vería unir nuestras vidas, el abuelo estaría allí aplaudiendo emocionado el casamiento de su nieta preferida, papá me entregaría y mamá lloraría de la emoción. Claro, todo esto se rompió en miles de pedazos al enterarme de la verdad de la historia en tanto estábamos separados, mi mayor anhelo cambio a verme graduada de la universidad, colocarle el birrete a mamá y la medalla de honor a la abuela, luego conseguiría trabajo en una empresa estable o estaría dispuesta a abandonar el país en busca de mi felicidad. Lo que fuese más factible. Suelto un suspiro pesado a la momento de meter un puñado de patatas fritas a la boca, estos pensamientos son tan de mi niñez lejos de Sebastián, donde creía en los cuentos de hadas haciéndose realidad, considerando que está última está hecha de algo mucho más rudo y crudo, si, las ilusiones no tienen cabida alguna. Queda claro que el ocio no conviene conmigo, me hace pensar cosas idiotas, preferiría estar sumergida en libros o en trabajos, pero la época de exámenes termino y espero a los nuevos contenidos para después… sumergirme en vacaciones.
Navidad es mi festividad favorita, cuando era pequeña significaba estar de constantes visitas y paseos a la casas de mis parientes, los cuales, son demasiados. Así es, una familia muy extensa y bastante unida. Era en esos días predilectos en usar vestidos o mandarlos hacer, modelarlos a papá o el abuelo era un pasatiempo increíble, ellos me daban el visto bueno y seguidamente deseaba estar en noche buena de inmediato. Los regalos, por supuesto, son interesantes, ser llenada de juguetes era lo más genial de esa noche pero usar ropa nueva estaba en otro nivel. Ni mencionar de los fuegos artificiales, eran como lluvias de todos los colores explotando en el cielo, alumbrando todo a su paso y cumpliendo su objetivo, alegrar a las personas. Mi sonrisa en toda esa época no se borraba de mis labios, como ya mencione, era mi favorita y no cansaba de recalcarlo. Ahora ya de grande, es otro asunto. Muchas personas dicen que al crecer pierdes ese niño interior, te amargas, comienzas a detestar hasta la hormiga caminando junto a ti y la navidad salta a las festividades más molestas del mundo. Falso. Aunque no la veo de la misma manera y las hormigas jamás me han agradado, pienso en esa festividad como la mejor disfrutable de mi infancia, quizás deje los vestidos de armazón de lado, pero puedo utilizar ropa bonita y ser al menos en una noche, una desesperada por devorar cualquier manjar hecho por las habilidosas manos de mamá. ¡Oh por los dioses! Esa mujer fue bendecida por el don de “alimentar a su hija”, porque es en navidad donde agradezco más el haberme dado luz ella y no otra persona. Puede hasta sonar algo interesada, pero si tuvieran la oportunidad de estar en mis zapatos en navidad, entenderían perfectamente. Desde pavos rellenos hasta pasteles de chocolate, son los platillos hechos por mi madre, es la diosa de las cenas navideñas y la familia entera lo sabe. De hecho, son mis tíos que piden considerablemente el ella encargarse de ese trabajo, por supuestos, sus hermanos la conocen mejor a nadie en esa área. Por ejemplo el mío, sabe el dárseme a morir los panques de vainilla, como se de la misma manera su poder de cocinar cualquier tipo de carne roja. Es decir, son nuestros mejores amigos en el hogar. Las persona con quien contaremos toda la vida para siempre.
Tocando el tema de navidad, miro a mi alrededor con algo de curiosidad, usualmente me encargo de montar los adornos de navidad y el árbol pero estoy ideando quizás hacer otra cosa este año. ¿Recuerdan el contar con tus hermanos siempre? Bórrenlo, en este asunto no puedo, debo ideármela sola. Me levantó del asiento estirando todas mis extremidades, estas crujen en tanto suelto un gemido perezoso, será mejor y me ponga manos a la obra. Pronto tendré las festividades encima y nada de adornos en el departamento, no es muy grande, pero si lo suficiente para albergarnos a mamá, Edward y a mí. ¿Y dónde se encuentran? Fácil, mamá trabajando en su cuarto en unos informes que debe presentar el lunes sin falta a su superiores, Edward, de su lado, encerrado en su habitación haciendo cualquier cosa. Es fin de semana, sábado siendo más exactos, y uno de los pocos días donde es libre de las obligaciones universitarias a la par de salir del campus para ir a casa. Principal pensó en pasar en la casa de la abuela, pero ella se encuentra en unas pequeñas vacaciones en la casa del campo de nuestro tío mayor, dejándolo en la única opción de estar aquí. No es malo, cuando está en el departamento rara vez lo siento, es del tipo fastidioso sobreprotector, pero respeta el espacio de cada quien. En realidad, no deseo imaginar su reacción al saber mi nueva relación, menos las contrapartes de esta, seguramente perderá la cabeza.
Guío mis pasos hacia mi habitación donde se encuentra dentro de mi closet, algunas cosas de adorno de navidad, lo demás fueron ubicados en otro sitio, el cual debe de saber mamá. En cuanto al árbol, yo misma lo guarde en el cuarto de cosas olvidadas del edificio, todo el mundo tiene derecho de usarlo siempre y cuando le coloques etiquetas de pertenecerte, esa será mi siguiente parada después de sacar las molestas cajas del armario. Al abrirlo una pequeña mota de polvo cae sobre mi nariz haciendome retroceder y estornudar, claro, ya casi lo he olvidado, este sitio necesito un poco de mimo de mi parte. No lo he limpiado por… un buen lapso de tiempo, es más, de verlo mamá me daría una charla de la buena. Refunfuñando por lo bajo, halo con todas mis fuerzas la estúpida caja de etiqueta roja, provocando dar unos traspiés hacia atrás y caer de trasero haciendo un fuerte ruido. ¡Maldición! ¡Eso ha dolido! Como si no tuviera poco el ser torpe, ahora he avisado a mis acompañantes de departamento que estoy haciendo algo sospechoso.
Y, como si lo llamara con la mente, el rechinido de la puerta de mi habitación avisa una visita: Edward.
— ¿Qué demonios haces en el suelo sujetando una caja? — pregunta arqueando las cejas, mirándome como si fuera idiota.
Vale, vale, pienso al levantarme del suelo sacudiendo los posibles bichos pegados en mi ropa, Edward puede imaginar lo que prefiera. Con tal, la metedura de pata está hecha.
— Navidad — le respondo con voz monótona, demostrándole lo obvio. — se acerca y no hemos adornado nada, así que pensé en hacerlo. Estoy libre y no sería difícil.
— Apresurada. — susurra entre dientes moviendo su cabeza a los lados, se acerca mostrándome su imponente altura y bajando de la parte superior la otra caja ofreciéndola en mi dirección. — no sé cuál es tu afán, si todavía falta varios días de este mes para acabar. Podrías hacerlo unos días antes de las festividades, te evitarías estos tipos de incidentes.
— Gracias, pero no pido opiniones. — le arrebate la caja con fuerza frunciendo el ceño. — Esta claro que si fuese por ti lo dejarías a último momento, como de costumbre haces tus cosas.
— Mi negoción, mis decisiones. — puntualizo señalándose a sí mismo, de no ser por su cara de recién levantado lo tomaría enserio, pero parece un zombi. — Bueno, es tu problema, mamá tampoco te ayudara aunque grites en su auxilio. ¿Lo sabes?
— Si, si lo sé. — replique porque no era una cría, sabía lo muy ocupada que se encuentra. — Además, siempre me ocupo de esto y nadie dice nada, ni mamá.
— Lo digo porque… — sonrió de medio lado con malicia. — deberás bajar sola a “ese” sitio oscuro, inhóspito y… cerrado.
Trago saliva sonoramente girando la cabeza a otro lado, detesto la manera de cómo se dirige este búfalo hacia mí al conocer mis debilidades, un ejemplo, temerle a los lugares oscuros y aun mas cerrados. Mamá suele acompañarme cuando voy a ese sótano/calabozo a buscar las cosas, pero al encontrarse ocupada en obvio su desaparición en mi idea, ni mencionar al idiota de Edward con su posible ayuda. Es nula, muy, muy, muy, nula. Resolución: estoy sola.
— Como… como si necesitara ayuda con eso. — murmuro sin mirarlo pero puedo imaginar su éxtasis en mi postura miedosa. — pue… puedo ir sola, no soy una cría. Me defenderé.
— ¿Oh? ¿En verdad? — puntualiza irónicamente, colocando su maliciosa cara a un costado de la mía. — ¡Y yo que pensaba acompañarte! Lástima, lastima, una condenada lastima. ¡Bueno! Como ya has superado tus temores, cosa que me alegro, me ahorraré mis sinceras cooperaciones. — seguidamente camina a la puerta de la habitación aun sonriendo, alza su mano en mi dirección antes de cruzarla despidiéndose. — ¡Suerte en tu travesía mi pequeña hermana menor!
Y sale. Caigo al suelo con todo y caja de adornos temblando de impotencia, es obvio que aquel tonto no tenía ganas de ayudarme en nada, todo lo mencionado fue a posta, con la finalidad de provocarme. ¡Pero no lo ha logrado! Mi orgullo permanece intacto en su sitio, aunque mi estómago parece no querer seguir su ejemplo, este al contrario, pretende salir y desplomarse en el suelo. ¡Mierda! ¡Ya soy una adulta! Tengo veinte años, o al menos, lo suficientes para soportar en holocausto de la oscuridad de un sótano/calabozo por mí misma sin contratiempos. Es decir, entro, busco la caja del dichoso árbol de navidad y salgo echando leches, nada más y nada menos. Sencillo ¿no creen? Claro, claro, pero antes, avisen a mi pecho eso, parece no comprender. Bueno, debo controlarme, a ver, a ver, respirar profundamente una, otra, otra y otra vez, luego, levantarme del suelo al estilo: “aquí no ha sucedido nada” y acompañada de la caja de los adornos de navidad, salir hacia la sala. Habiendo hecho esto, miro a mi alrededor todo solitario, al ser un apartamento no tan grande llego rápidamente a la cocina dando a la sala donde solo el sonido de la TV es la que se escucha, eso me tranquiliza un poco, la voz proveniente de la aparato me da risa al ser de una mujer nerviosa por su casamiento, ya saben, los típicos miedos: si los adornos no están acorde, si engordo haciendo que el vestido no me queda, llegando retardada a la iglesia, no agradarle a mi esposo y arrepentirse… Vaya basura, mejor lo apago. De hecho, busco el control en el sofá, una vez antes dejado la caja de lado de la mesa ratona en el suelo, presionando el botón de “off” y liberando a aquella mujer de su suplicio.
Primero antes de bajar a ese sitio pienso en cambiar mi ropa, no creo que ir vestida como una niña mimada propensa a ser vista por mis vecinos sea buena idea, la pijama rosa de peluche, junto a esos pantaloncillos cortos dejando a la vista mis piernas blancas como la cal, traumarían a cualquiera. Si, lo ideal es cambiarme. Sin embargo, otra parte de mi menciona el olvidarlo, es fin de semana, nadie va a estar pendiente de una joven con mente de chiquilla de primaria al momento de vestirse, que yo misma la admita es un poco inquietante, pero no viene al caso, será mejor colocarme en marcha. Llevando mi teléfono celular y las llaves del departamento, salgo tranquilamente tomando el elevador, recuerdo estando más joven saltando en este lugar cerrado hasta que Edward lo hizo y resulto lo mismo, pensé que podría morir allí mismo ante el movimiento brusco hacia bajo. Desde entonces, lo volví jamás a hacer algo igual, le agarre miedo. El típico sonido de la llegada a algún piso me despertó del recuerdo, un olor a encerrado combinado con aceite para carros y humedad golpeo mis fosas nasales, el subterráneo mantenía su lúgubre apariencia: paredes grises, nada de ventanas, carros organizados en columnas y esa puerta blanca en el fondo a la derecha, esa es mi blanco a la vista. Camino con soltura (o al menos intento hacerlo) buscando hacer memoria si una vez vine aquí sola, pero no existe, porque hasta cuando esta pequeña el encargado de subir las cosas navideñas era papá, al separarse de mamá herede esa responsabilidad. Una no muy agradable si desean mi opinión.
Ahora que lo menciono, desde la separación de mis padres mamá no volvió a salir con ningún otro hombre, ni siquiera a una cita, he visto a muchos sujetos intentar conquistarla pero ella no ha dado su brazo a torcer. Admito comportarme anteriormente como una egoísta, acapararla para mi sola al igual a una chiquilla malcriada, pero no le veo justificativo para llevarme la corriente. Mamá no esta vieja, y si ese fuese el caso, no existe edad alguna que prohíba el amar libremente, creo firmemente en aun tener la oportunidad de rehacer su vida. ¡Qué sé yo! Papá lo volvió hacer, incluso, tuvo más hijos con una mujer aún más joven que él, la cual, podría ser mi hermana mayor quizás, pero no viene al caso porque ella realmente me detesta junto a sus mal educados hijos y lo que hago es ignorarla, sobre todo, a él pues aparentemente cuando hay nuevos juguetes los viejos sobran. Por consiguiente, enfocó en hablar de mamá, en lugar de papá y su complejo de hombre joven porque sí que le lleva años a mamá, no precisamente unos dos o tres. En fin, Edward evita igualmente ese tipo de conversaciones, aunque vota flébilmente porque mamá consiga un novio y haga su vida una vez más, pero quizás ella no esté interesada en hacerlo. Haciéndome preguntar si ella piensa en lo mismo que yo: una persona se enamora una vez en la vida.
Eso es, no recuerdo si lo he mencionado antes, pero las personas entregan su corazón con intensidad una sola vez, las otras, simplemente lo hace con cautela pero no teniendo la misma confianza. Puedo decir con certeza que mamá amo mucho a papá, cuando se separaron sufrió mucho, el impulso de seguir hacia adelante fuimos Edward y yo, sus hijos pero de no existir quizás la historia seria otra. Me cuesta pensar en una mujer tan activa como ella en depresión, llorando, lamentándose y echándose a sufrir por un hombre que ni vale la pena. Es cierto, papá no merece ninguno de los sufrimientos, lamentos o lágrimas derramadas de mi madre, no cuando lo hizo todo por él recibiendo el peor de los regalos, su desprecio. Las circunstancia de dicha separación no las tengo claras, tampoco deseo averiguarlas, pero recuerdo bien que cada vez cuando mamá iba a realizar un nivel más en superarse para su carrera, él le preguntaba: “¿Y para qué más? ¿Qué más quieres demostrar? ¿Qué más quieres estudiar?” En lugar de darle ánimos, desearle el mayor de los éxitos, sobre todo, sostener su mano mencionándole en apoyarla en su nueva travesía. Mamá me dice a menudo lo de no involúcrame en sus asuntos, porque el problema claramente es de ellos, no mío o de Edward, pero dudo poder alzar mi rostro sin tener esta incomodidad en el pecho y mirar a papá como si nada ha ocurrido, como si en realidad nos dejó a un lado por un par de piernas, como si no en el tiempo trascurrido ha evitado llamarnos, sobre todo, como si no ha demostrado importarle. Así que, lo lamento mucho por mamá pero no puedo hacerlo, realmente no puedo.
Volviendo al presente, sacudo mi cabeza hacia los lados despistando malos pensamientos en tanto busco las llaves del cuarto, pienso que nunca le pregunte a Sebastián los motivos de la separación de sus padres, considero un asunto muy personal y delicado como para hablarlo de buenas a primeras pero de igual forma, hemos sido muy buenos amigos en una generosa temporada en la infancia. Por lo tanto, debería de ser sencillo conversar de ese tema ambos. Inmediatamente giro la perilla encontrándome de lleno con lo que más temo, la oscuridad, allí la mente se me nubla toda haciendo hasta olvidar la existencia de mi novio, bastante absurdo, porque los temores de niñez debes de dejarlo atrás no rememorarlos ya en la adultez. Sin embargo, sintiendo la atmósfera lúgubre, el olor a polvo combinado con viejo, agregándole, la oscuridad fantasmal y las piernas se convierten en gelatina. Genial, súper genial, soy una cobarde completa, la mayor de todas así que… ¿Dónde está mi premio por ello?
Haciendo caso omiso de ese comentario me muevo con cuidado de no tropezar y caer, este sitio es el vertedero de las personas que viven en el edificio, si consideró una definición oficial sería: acumulador de recuerdos. Es cierto, al girar a mi izquierda noto un pequeño triciclo desgastado, unos patines rosa chillón, cajas de juguetes, escritorios, sillas… en tanto el otro lado se aglomeran un fila más de cosas inservible, las cuales, aparentemente posee dueño de acuerdo a las etiquetas. Esto no tiene un orden como tal, todo está desordenado y eso solo significa una cosa: costará hallar la caja del árbol de navidad. Demonios, si al menos tuviera una mano amiga, alguien que pudiera darme luz mientras busco… entonces de manera repentina la puerta se cierra dejándome a oscuras.
Oh… oh...  Escucho pasos, repito… ¡Escucho pasos! Alguien ha entrado a este condenado sitio, donde el demonio repartió su maldición malvada dejando a dios fuera de esto. Con cada paso en dar esa persona desconocida mi cuerpo tiembla, los latidos considerados de mi corazón son lo suficiente altos como para escucharlos en mi oídos, recordándome que la sangre fluye con más velocidad de lo normal. Lo gracioso de todo sería el no reaccionar, es decir, al pesar de estar temblando igual a una lámina se papel mi cuerpo se niega a dar un paso, a esconderme o algo, simplemente me quedo allí en la espera de ocurrir un acto inesperado. Vaya que soy una cobarde, de ser lo contrario hubiese cogido cualquier cosa, incluido el palo de golf valioso del esposo de mi vecina Gertrudis y salido a la ataque por mi defensa. Aunque claro, no soy ese tipo de persona y el factor oscuridad no ayuda mucha, de hecho, desde entrar siento una presión terrible en el pecho como si alguien me asechara. Un cosa totalmente cercana a la realidad. ¿Y si es un asesino en serie? ¿Acosador serial? ¿O un “Señor R” como el del Psicoanalista? No, no puedo desesperarme, menos entrar en pánico o seré encontrada en seguida. ¡Eso! Quedarme tranquila ha sido lo mejor, por supuesto, por supuesto, por…
El sonido de los pasos frenan, es genial en una parte, pero por la otra es terrible porque si, han dejado de sonar pero en un sitio escalofriante: detrás de mí. Antes de poder decir algo, una mano grande se sitúa sobre mi hombro haciéndome soltar un respingo del susto, el corazón se me ha detenido varias veces, la respiración entre cortada y el cuerpo gira lentamente en dirección de la fantasmal mano, pienso en una sola cosa: estoy muerta, Freddy de “Viernes 13”ha venido por mí y por ende le agradezco a la vida al tenerme, a quien más a mamá. Acto seguido, aprieto los puños con fuerza soltando un audible chillido de susto. Contoneo mi cuerpo hacia los lados asustada, intentando alejar los alargados brazos del sujeto en cuestión sin darle claramente un vistazo a su rostro, estoy tan presa del pánico que lo único en lograr a tiempo es salir de aquí sana y salva, Freddy jamás podrá conmigo.
No obstante, antes de seguir repartiendo malas palabras y agresiones gratis, percibo claramente la voz de un hombre, uno muy joven que trata de dialogar conmigo de algún asunto. No es sorprendente el no ser Freddy, más bien, es un medio alivio pero manteniendo el factor “desconocido”. Al menos, hasta notar en la oscuridad un par de ojos jade particulares, posee el brillo y astucia de un gato, pero la ternura al querer ser simplemente consentidos llevándome a identificarlo. Es Anthony, mi mejor amigo.
No digo nada, no hago nada, en realidad freno toda coordinación de mi cerebro con mi cuerpo quedándome tan estática al igual que un maniquí. Mis ojos se quedan permanente sobre los suyos en un intento fallido de entender la situación, porque oye ¡No se supone que estuvieras aquí! Tu lugar es en aquel departamento junto a tus tíos, haciendo cualquier cosa diferente a presentarte frente a mis narices. No me siento incomoda, menos cohibida, la sensación que me incomoda ahora es la de la impresión, solo eso ya lo ocurrido en el pasado quedo donde debe de estar, atrás. Inclusive Sebastián avanzo hacia adelante olvidando ese acontecimiento, donde mi mejor amigo confeso sus sentimientos hacia mí. Sin embargo, es imposible dejar a un lado su lejanía de todo estos días, actuando como si en la vida nos hallamos cruzado y por consiguiente ignorándome. En lo personal su actitud es de huir, resumiendo palabras, de un cobarde completo que le es difícil admitir su error e intentar de enmendarlo. Tampoco es que ayude mucho a ello, simplemente seguí su juego alejándonos aún más.
Debo de ser sincera, lo extraño, Anthony es la persona con quien más tengo confianza en todos los ámbitos de mi vida, es mi amigo, hermano del alma y el tipo de chico capaz de levantarte en ese instante que todo parece ir mal. Aun así, mantengo mi orgullo latente en el pecho en un recordatorio de no ser buscada, ser desechada y olvidada completamente. Odio esto, realmente lo hago, más cuando la apariencia de Mariana delante de esta calamidad es de éxtasis, prácticamente dándole la razón a haber tenido algo pero al ser descubiertos, discutimos. Aunque, de la misma manera, comprendo que quien debe de dar el primer paso no soy yo, sino Anthony. Él no ha cometido un error en fijarse en mí, los sentimientos de amor hacia alguien son inevitables, libres, sería la mejor palabra y serán así hasta el infinito. Por lo tanto, respeto sus pensamientos pero no los comparto, en su lugar, los agradezco pues cualquier chica se sentiría alagada al ser objeto de amor de alguien como Anthony, en todos los sentidos es un chico entregado y devoto a su pareja, dándole puntos extra. No obstante, sigo sin poder corresponderlos.
Como respeto sus sentimientos, espero de la misma manera de su parte hacerlo.
Cuando veo que los minutos pasan y no dice nada Anthony, tomo la decisión de hacer la pregunta del millón de dólares, de la cual, me come el cerebro desde verlo:
— ¿Qué haces aquí? — digo manteniendo el tono más neutral posible, aún seguimos distanciados y voy a recalcarlo mediante mis acciones.
— Fui a buscarte en el departamento pero no estabas, Edward me atendió explicándome donde te encontrabas. — abrió la boca en un simple suspiro, casi podía decir estar asustado de mi presencia. Menudo rollo. — Dijo que buscabas unos adornos para Navidad y podrías necesitar una mano.
— Dios… — suspire llevando una de mis manos al rostro y restregarlo, al pesar de no estar haciendo calor yo sudaba, supongo que se debe a la tensión del momento. — no me refiero a eso Anthony, te hablo del motivo de tu visita cuando llevamos días sin hablar, cuando… tu, llevaste esta relación a otro nivel diciendo que te gustaba.
Los ojos verde gato de mi amigo se agrandaron como platos en un evidente y palpable impresión, seguramente no se esperaba que sacara ese tema a la luz, pero lo hacía, necesitábamos dejar eso atrás si deseaba continuar nuestra amistad. Tengo a Sebastián, al único a quien amo es él, se perfectamente en la situación donde nos encontramos, pero con todo y eso lo seguiré escogiendo por encima de cualquier chico. Eso incluye igualmente a mi amigo. Este parece incomodo, mira a todos los lúgubres lugares del área menos mi rostro, conociéndolo debe de estar buscando las palabras para hablar. Anthony no es de acciones fuertes, el que haya actuado de esa precipitada manera anteriormente fue un shock, pero de la misma forma considero en pensarlo estar desesperado, cansado y exhausto. Un poco de lo que está reflejando ahora.
— Yo… — deja en el aire colocando una de sus manos en su nuca en tanto baja la cabeza, signos de infinita vergüenza. — te debo unas disculpas enormes, no debí acorralarte así, menos imponerte mis sentimientos cuando conocía los tuyos hacia Sebastián. Quise tener por unos momentos lo que él tendría tarde o temprano, pero el resultado de codiciar algo ajeno fue caro. — sus brazos se encuentran en el vacío, sus hombros encorvados y su rostro ocultado al mío. No puedo saber que piensa o tener una idea, no con esa postura. Me inquieta. — No me gusta estar lejos de ti, es… es una tortura completa, más cuando coincidimos en las mismas clases y debo mantenerme al margen. Se… sé que estas con Sebastián, tampoco voy a juzgar tus decisiones, después de todo son tuyas y deben de respetarse. Pero con esto no digo de estar de acuerdo.
— Tampoco necesito una opinión tuya al respecto. — lo interrumpí cruzando los brazos y alzando mi mentón. — es algo que decidí hacer porque me nació del corazón, puede aparentemente ser un futuro frágil, pero lo que vale es el ahora, el presente. Basta con saber el compartir sentimientos para estar satisfecha, con ello, soy feliz.
— Lo sé. — sorpresivamente está de acuerdo conmigo, logrando agrandar en esta ocasión, mis ojos asombrada. — Tu mirada lo dice, estas feliz y satisfecha con tu nuevo estatus con él. De involucrarme sería macabro de mi parte. — hace una pausa breve, después alza el rostro mostrándolo finalmente. Su expresión es serena, no forzada ni fingida, una muestra solemne de querer cambiar y enmendar las cosas. — así que lo siento, siento tanto haber arruinado las cosas contigo, evidentemente jamás corresponderás mis sentimientos y estoy bien con eso, en verdad lo estoy. Yo… yo solo no quiero estar lejos de ti, menos disgustados, porque somos amigos ¿No? O al menos solíamos hacerlo y… me gusta, me gusta serlo, hablar de tonterías, reír y salir a comer algo luego de las clases. Ese tipo de momentos son sagrados para mí tanto que quiero volver a ellos. — de pronto gira y restregar su cuello avergonzado, sonriendo con mejillas llenas de color. Me toco, he evitado hacer alguna expresión pero con esto dibujo una mueca de burla en mis labios, menos mal y aun no se percata de ello. — Esto es vergonzoso y extremadamente difícil de hacer, más que cuando te bese o confesé mis sentimientos sabiendo el resultado final, pero con todo y eso necesito hacerlo. Isabell, quiero tu amistad, no deseo nada más. Mis sentimientos son problema mío, en ningún momento pretendo imponerlo contra los tuyos, creo poder manejarlos porque ser tu amigo es más importante a cualquier cosa, con esto no estoy mendingando algo de tu atención sino en realidad recuperar lo perdido. Puedo estar pidiendo imposibles pero, tocar la puerta no significa entrar.
Ah… mi amigo sigue siendo tan rígido en situaciones de esta índole, resulta increíble que este mismo muchacho estuvo con una de las gemelas llevándose por delante su relación con Mariana, quizás el alcohol si logra sacar lo peor de cada persona, de todas maneras no pretendo averiguarlo. Centrándome en lo importante, también extraño a Anthony mucho, eso no es un misterio, aun así, él se me confeso y persiste en mi cerebro el prácticamente forzarme a aceptar esas palabras, cerrándolos con un beso. Esto último es lo de menos, lo delicado es sus sentimientos, no puedes tomarlos a la ligera aunque no sean correspondidos, pienso en ser tratados con cautela y respondidos correctamente. Al menos, ante nuestra amistad, se lo debo. Así que, si, ya lo he perdonado por su insolencia, siempre tiendo hacerlo al tener la incapacidad de permanecer mucho tiempo enojada, hasta con las personas en no merecerlo, sino captan la referencia les digo tratarse de Mariana.
— Anthony, veras… — trago saliva buscando las palabras necesarias para hacerle llegar mis pensamientos, él me mira expectante con los ojos muy abiertos y atento. — seria mentira decir que lo ocurrido en el pasado no me afecto, porque lo hizo, en la vida se me hubiese cruzado el gustarte de manera romántica. ¿No lo recuerdas? Solíamos ser tú, Mariana y yo en todo, ella era por quien vivías y morías de ser necesario. El objeto de tu querer hasta… buenos hasta ya sabemos dónde. — los dos soltamos un risita incomoda ante la situación, no podemos decir que el humor se ha perdido pues sigue intacto. — Además existe un factor, que aunque odies, lo conoces perfectamente y es Sebastián. Lo sé, está casado, tiene una familia y es irresponsable de mi parte estar con él aun sabiendo esto pero… lo amo, lo amo tanto que duele y permitirme una mínima oportunidad a su lado así sea de esta forma, me es una bendición. No sé qué pueda pasar mañana o el día después de ese, pero quiero intentarlo, vivir el presente y olvidar el futuro, al menos, por ahora. Es esos motivos que me hacen imposible corresponderte, te quiero, no existe duda, ni se te ocurra hacerlo alguna vez en tu vida. — señalo a su dirección con amenaza y él se ríe, lo ha comprendido. — pero no de la manera que deseas. De mí solo puedes tener nuestra amistad, cosa que aparentemente estas tratando de recuperar al pesar de toda la historia.
— No miento, realmente quiero hacerlo. — reprocha él sintiéndose ofendido, será mejor que deje de fastidiarlo o se cansara.
— De acuerdo, de acuerdo. Te creo. — digo finalmente alegrando a mi amigo que muestra su rostro lleno de alegría, da unos pasos hacia mí y sin previo aviso, sujeta mis hombros empujándome contra él en un abrazo fuerte. No hago nada, ni siquiera devolver el abrazo, me quedo de piedra al sentir como Anthony tiembla contra mí en una evidente señal de miedo, él tenía miedo de un resultado desfavorable. Pues es su día de suerte, no ocurrió. — Vamos, vamos, grandulón. ¿Te has visto en un espejo? Eres apuesto, caballeroso, con un rostro bonito y esos ojos… ufff… y recontra ufff… encontraras rápidamente la chica capaz de corresponderte, lo prometo. En tanto eso pase, seré tu mejor amiga, pañuelo de lágrimas y hombro desahogado para tus pesares. No pretendo moverme de mi lugar ¿De acuerdo?
— Si… — no sé si he escuchado mal, pero la voz de mi amigo aparentemente se quebró un poco, llevándome a corresponderle el abrazo. Una pequeña parte de mi hace odiarme al no poder corresponderlo, pero no puedes forzar los sentimientos, jamás podrás, es mejor desde el principio ser sincero y con ello le contribuyes tener un dolor menos. Aunque, aparentemente, este no es el caso. — es solo… solo que estoy muy aliviado de ser nuevamente tu amigo, te lo dije, este lazo es un tesoro para mí. Por los momentos, me jubiló de sentir otro sentimiento molesto por alguna chica, estoy bien solo.
Si… digamos que te creo porque no te declaraste, solo, digamos ¿vale?
— Como quieras. — concluyo el abrazo separándome, su rostro está un poco rojo pero sin signos de lágrimas. Raro, muy raro, pues sus ojos se ven cristalinos y puros. — eso ya es asunto tuyo, señor “problemático”.
— ¡Oye! — alza un poco su voz fingiendo estar ofendido, suelto una pequeña carcajada. — sabes que recordare eso y podrá volverse en tu contra. Niña llorona.
— No juegues con fuego, Tony.
Al final conseguí un par de manos extra para encontrar las cosas, además de no estar sola en este catastrófico lugar, haciéndome superar al menos un poco mi trauma a los lugares oscuros y grises. Al hallar las cajas de adornos junto al árbol de navidad, cerramos bien ese sitio dejando allí nuestros pesares, miedos y contradicciones, al ser predilecto para guardar cosas viejas o recuerdos inutilizables, decidimos del mismo modo hacerlo con nuestras malas experiencias pasadas. El discutir, el forzar las cosas y la separación producto de ello, todo, absolutamente todo fue dejado quedándonos con los bueno, ser una vez más amigos.
Llegamos al departamento encontrándolo como esperaba, la TV a todo volumen con un programa de comentaristas de deportes, un hombre tirado cómodamente en el sofá grande comiendo frituras, mientras coloca sus apestosos pies sobre la mesa ratona de en medio. ¿Conocen el personaje? Sí, es Edward. Vaya, es una sorpresa (que se note mi sarcasmo) volver de mi odisea y verlo de esta perezosa manera, como si estuviera en la espera de su esposa para que le preparare la cena. Eso no es lo alarmante, pues de verlo mamá en esta facha le dará una de la buena, una vez coloque los pies en esa mesa y casi quedo sin tímpanos. Bueno, un poco de regaño tampoco es malo, más si es dirigido a tu hermano mayor.
Lo ignoro pasando de largo y obligando a Anthony hacer lo mismo, este sí parece un poco renuente de hacerlo al tenerle algo de miedo a Edward, aunque se niegue de admitirlo, eso es porque a su lado baja la mirada y encorva los hombros. Ridículo, si desean conocer mi opinión, Anthony le doblega en tamaño a mi hermano mayor, con solo un soplido podría derribarlo. Ya saben, como el cuento de los tres cerditos y el lobo feroz. Sacudo mi cabeza dispersando mis pensamientos, no quiero imaginarlo a Edward en forma de casa o a Tony de lobo feroz, cosa en ser demasiado gracioso, pero extraño si decidiera reírme no existiendo nada gracioso en el ambiente.
— Veo que lo han arreglado. — comenta de la nada Edward frenando mis movimientos y los de mi amigo. ¡¿Y eso que ha sido?! — No pretendan hacer como si estuviera enfermo de la cabeza, ustedes discutieron ¿Cierto? Por eso desapareciste ese día y todos te buscaban como locos. ¡Hombre! Sí que son patéticos, después de tanto drama volvieron hacer los mismos. ¿Están seguros de no ser novios? A mamá podría darle una embolia pero tampoco podría prohibirlo.
Santo. Infierno. Ardiente.
¡¿Desde cuándo Edward dice algo como esto?! Seguramente las frituras que ingiere se le subieron al cerebro, si, si, es eso… ¡Seguramente es eso!
— Sigue comiendo mejor — le digo frunciendo el ceño, Tony parpadea desconcertado en un evidente momento de procesar lo que ocurre, ni él mismo lo cree. Clonaron a mi hermano. — antes que salgan más disparates de esa boca tuya.
— ¿Ah? — exclama intrigado, sin enojarse ni un poco. Bien, eso asusta aún más. — ¿Estoy equivocado entonces?
— ¡Absolutamente! — elevo el tono de mi voz, parándome del suelo. — Anthony y yo somos amigos, muy buenos amigos, demostrándote que una mujer y hombre si pueden serlo.
— Eso es ridículo. — ríe incrédulo, de hecho, su mueca burlona empieza a molestarme un poco. — eso que un hombre puede permanecer como si nada junto a una mujer, peor aún, sin tener algún sentimiento de atracción hacia ella es imposible. ¿O miento “Tony”? Hasta ahora… ¿nunca te ha gustado Isabell? ¿ni un poco
— Edward… no te pases. — le advertí, empezar la mañana con una pelea con mi hermano no es lo ideal, menos si tengo un amigo en casa. Pero aparentemente, en mi hogar, eso es difícil. — Anthony no tiene por qué seguir tus ridículos jueguecitos de niño chiquito.
— ¡Oh! ¡Por favor! — bufo con malicia, girando a nuestra dirección y mirándolo con ojos malintencionados. Lo sabía, está planeando una de las suyas. — si es un pregunta inocente, una… bastante fácil de responder. Solo es: ¿te gusta mi hermana o no?
— Yo… — abrió la boca indeciso, mirando al suelo bastante incómodo.
— ¡Para con esto Edward! — me coloque al frente de mi amigo protegiéndolo, no permitiría que el deleite de ese tonto fuera colocarlo contra la espada y la pared. ¡Eso sí que no! — Si tu pasatiempo es arruinar los momentos libres de las personas, es tu problema, pero no vengas a meterte con mis amigos y hacerlos objetos de tu diversión. ¿Quedo claro?
— ¿Como una pregunta inocente puede arruinar algo? — pregunta con fingida indignación.
— Lo es dependiendo a quien es dirigido y con qué tono la hagas. — Respondí seriamente — Sobre todo, si quien la hace, eres tú.
Nos quedamos en silencio unos minutos, ejerciendo una lucha de miradas que no tenía ganas de perder, porque con Edward quien aparta la mirada pierde. Él cree poder pasar encima de cualquier cosa o persona, solo por tener una personalidad fuerte, burlona y retorcida. Esta no es la primera vez en incomodar a uno de mis amigos, lo hizo anteriormente con una amiga que tuve en la preparatoria, solo que esta al final casi accede a las artimañas de él. Si no hubiese estado presente, capaz y pasa algo más. En cuanto a Anthony, es obvio su cometido de incomodarlo para hacerlo abandonar el departamento, no es el motivo, ni por qué lo detesta tanto, como si se rehusara a compartir el mismo oxigeno de un espacio. En su mirada oscura igual a infinito se nota el creciente desprecio de tenerle a mi amigo, donde luchara con las armas necesarias para sacarlo de la contienda. Una lástima, pero no permitiré eso.
Entonces una inesperada sacudida en mi pantaloncillo me toma desprevenida, abriendo los ojos como platos aun rehusándome a abandonar la contienda, me debo a la penosa acción de atender la llamada entrante de mí móvil. Al ver de quien se trata mi corazón da un vuelco provocándome sonreír, es Sebastián, desde los “buenos días” de más temprano y “buen provecho” al momento de desayunar no supe más de él. Hoy le toca horas extras en la cafetería, al menos eso me informo ayer al dejarme frente al conjunto de departamentos, bajo su poder tiene un motocicleta dándole un aspecto de niño malo, pero bajo mi perspectiva muy atractiva y sexy. Aunque, claro, no puedo decirle tal cosa.
— ¡Oh! Lo comprendo, lo comprendo. — dice mi hermano acomodándose en el sofá en dirección a la TV, su sonrisa se hizo más ancha. ¿Y a este que bicho le pico? — así que ya tiene a otro. Debe de ser duro para ti hombre, mis disculpas entonces.
— ¿Puedes permanecer aunque sea por un minuto con la boca cerrada? — le pedí apretando los dientes, claramente enojada. — Me exasperas cuando te comportas como un total patán, más si es con uno de mis amigos.
— No diré nada, lo juro. — al alzar sus brazos en señal se rendición lo hace menos creíble, dándome miedo en dejar solo a Tony en la sala para atender la llamada. — cerraré mi boca como el buen niño que soy.
— Si claro… — lo miro incrédula, luego giro en dirección a mi amigo algo contrariada, no quiero dejarlo solo. — Debo… contestar… la llamada…
— Ve, estaré bien. — sonrió comprensivo.
— ¿Seguro? — asintió repetida veces con su cabeza rodeando los ojos, con esa actitud parecía un niño regañado. — Vale, en tanto lo hago ¿puedes ir sacando las cosas de las cajas? Sé que es trabajoso pero…
— Lo hare, tranquila. — coloca una de sus largas manos de pianista sobre mi cabeza, al alzar la mirada me siento tan pequeña y cohibida, esto no tiene nada que ver con la altura, sola para constarlo. Va mucho más allá. — No lo hagas esperar tanto, seguramente estará preguntándose porque no le contestas.
— Bien.
Bajo la indiscreta mirada de Edward salgo de la sala rumbo a mi habitación, no es como si antes Anthony no haya estado en esta casa con anterioridad, solo que esta ocasión permanecerá en compañía de mi hermano y eso me inquieta. Ya lo saben, es malintencionado y aunque pueda defenderse de sus agresiones verbales, temo en ser dado en las heridas más resientes e incomodarlo. Juro si le hace daño le daré una patada en la pierna, lo juro realmente.
Entro en la habitación cerrándola con pestillo, no quiero ser interrumpida por nadie, ni siquiera mamá esta llamada es importante y deseo atenderla sin interrupción. Río al ver como el teléfono se apaga y vuelve a encenderse con otra llamada, esta es la tercera demostrando estar desesperado por hablar conmigo, Tony tiene razón, no debo hacerlo esperar más.
— ¿Alo? — contesto con una voz melosa, prácticamente melodiosa y llena de mucho miel.
— Tardaste en responder, hermosa. — es su voz, esa voz tan llena de sentimientos como electricidad, llenándome por completo. Ahora estoy sonriendo como boba, no miento. — ¿Acaso algo te mantenía ocupada? Por un momento pensé que no querías hablar conmigo.
— Oh, no, no, no. — dije desesperada, moviendo mi cabeza hacia los lados como si estuviera viéndome. — estoy organizando el departamento para adornar de navidad. Sé que si no lo hago yo, nadie más lo hará. Además, deteniendo las idioteces de mí hermano mayor.
— Oh… navidad… aguarda. — su tono es de sorpresa, pero de pronto cambia. — ¿Qué sucedió con Edward?
Suelto un suspiro rodeando los ojos en tanto me siento a orilla de la cama, el suave contacto de los cobertores distrae un poco mi cabeza caliente de las provocaciones de Edward, aunque Sebastián sabe no llevarme tan bien con mi hermano temo una reacción extraña al hacerle conocer arreglarme con Tony. Lo sé, la base de toda relación es la comunicación pero es eso mismo el llevarlo a ocultarlo, al menos por ahora, la presencia de mi amigo en casa pues prefiero contarlo en persona. Así que, sonriendo de soslayo, disperso mi mal humor centrándome en lo importante: su llamada.
— Debes conocerlo, lo usual entre nosotros dos: discutir por nimiedades. — cambio mi tono de voz y escucho un “Mmm…” de su parte, prácticamente como afirmando mi argumento. — Olvidemos y dime ¿Cómo ha estado tu día? ¿Muy ajetreado?
— Bueno… algo complicado — duda al principio en decirlo, pero concluye desahogarlo — es los fines de semana cuando la cafetería está llena de gente al punto de no poder respirar, la señora Contance se coloca más efusiva y tiene los nervios de punto a todos en general, incluido Rafael. Debes imaginarlo, de tener la mínima oportunidad saldría saltando por una ventana.
Río imaginando al moreno todo dramático dejándose llevar por la presión del día, saltando finalmente por uno de los ventanales de exhibición de la cafetería, claramente no le pega por su contextura robusta, pero bien dice que los grandulones son lo más miedosos. Tocando el día de cortejarme descaradamente, no volví a topármelo mas, es extraño al ser un trabajador permanente pero pensé estar ocupado con otros quehaceres o… evitándome. Mirándolo de una perspectiva mejor, Sebastián no dio una postura de hermano mayor sobreprotector sino de alguien celoso. ¿Cómo puedo ser tan lenta? ¡Las respuestas desde el principio estuvieron allí! Pero mi ceguera las impidió verlas, quizás deba atender con suma cautela el problema de baja autoestima porque impide ver muchas  realidades en mí, cosa que le he sumado igualmente mis inseguridades. Pero ese es otro tema.
— ¿Y tú? — Pregunto — ¿Cómo estás tú?
— Te extraño — confiesa explotándome el corazón de un balazo, al no estar acostumbrada a este tipo de demostraciones de afecto me congela por completo. — sé que ayer estuvimos hasta tarde conversando aun cuando te deje en tu departamento, pero… sigo manteniéndote presente, incluso, cuando preparó el pedidos de algunos clientes. Esa sonrisa tuya, la manera de tus ojos brillar cuando se encuentra con los míos y tu voz, agraciada, suave y tan aterciopelada como las flores, me deja con las ganas de escucharla cada segundo, cada momento. — sino respiro en unos minutos pueden considerarme muerta, en su lugar, sugiero llamar a urgencias. Nadie, miren bien, nadie ha producido tanta electricidad en mi cuerpo como lo hace este chico y temo de hacerme adicta a su manera de tratarme, de hablarme porque así no lo soltare en el futuro, me rehusare hacerlo. — Isabell, tú en verdad desconoces lo que tu placentera existencia produce en mi, desde que éramos jóvenes, el verte llegar al salón resaltaba un día lleno de tu armoniosa personalidad, tu cautivante risa acompañada y… demonios, solo quería estar a tu lado nada más. así fuese de lejos.
Esto tiene que ser un sueño, uno muy agradable donde el amor de mi infancia susurra a mi oído todas esas cosas que tanto anhele en el pasado, ser correspondida con la misma intensidad de yo amarlo. Pero no, para mi mayor dicha, esto se trataba de la realidad, Sebastián me quería igual a cuando éramos niños o más. La vida estaba regresándome con intereses separarme de él, trayendo por consiguiente las mejores memorias de mi vida, al memos, las correspondientes al experimentar el primer amor. Estaba tan llena de esperanzas, optimismo y entusiasmo que dudaba el pintarse, más temprano a tarde, unas nubes grises en el firmamento. Era el principio de nuestra historia, al menos quería disfrutarla hasta el final. Pero por supuesto, no sabía nada de ello.
— Con los años te volviste un gran adulador. — comente burlona, sonriendo de oreja a oreja como si los músculos de la cara fuera a resultar lesionados. — en el pasado ni te hubieses atrevido a decir tal cosa.
— Era un niño y tenía miedo. — opuso como contraparte para defenderse. — pero en el presente no existe nada que me impida decirte lo que siento, Isa.
Ah… madre del amor hermoso, Santa María Edén, Cristo del Sagrado Corazón… ¡En verdad no puedo con esto! Siento que en mi pecho algo palpitante va a salir volando muy lejos, buscando quizás las aventuras que su dueña no ha tenido jamás. Empiezo a creer firmemente las razones por las cuales no he tenido pareja, esto no se deben a los chicos fijándose en otras mujeres, en realidad todo residía en mi porque en todo el lapso acontecido espere esto. Espero por Sebastián. Temblando de pies a cabeza igual a una lavadora descompuesta, llevo una de mis manos a mi boca ocultando una sonrisa, soy una idiota, realmente soy una, pero una que es feliz.
— Quiero verte… — sigue hablando mediante un suspiro — no, necesito verte. ¿Puedo ir a tu casa y olvidar las obligaciones y simplemente amarte?
Me sonrojo hasta las orejas escuchando el propio transcurrir de mi sangre en todo mi cuerpo, fíjense que esa frase puede interpretarse de muchas maneras. Sin embargo, estamos hablando del adulador de mi primer amor, lo único en tener por objetivo es llevarme a la locura total o desligarse de la realidad. Si las cosas entre nosotros no estuvieran tan turbias, juro que le pediría en estas navidades escaparnos algún lugar solos, solo nosotros dos. Pero no se puede, es imposible, por lo tanto, me conformo al menos con saber de sus sentimientos hacia mí en el pasado y presente.
— No pidas imposibles. — Le digo soltando una risita avergonzada — ¿Cómo pretendes comer si no trabajas? Aun tienes deberes por cumplir.
— Pero mi corazón anhela verte. — repuso con un tono aniñado, tirando a lo mimado.
— ¿No será su dueño? — comente en tono de burla, en respuesta musito un gruñido insatisfecho. — Bien, hagamos esto. Termino de hacer las cosas aquí, al menos montar el arbolito de navidad, e iré a darte una visita en la cafetería. ¿Te parece bien?
— Suenas a que terminaras tarde, los adornos navideños tienen su tiempo para realizarse. — siguió insistiendo con el mismo tono.
— Sebastián… — lo regañe, o intente hacerlo, termine suspirando y sujetando el puente de mi nariz como si sufriese de una especie de jaqueca. — escucha, al igual que tu quiero verte también pero prometí hacer esto y no puedo dejarlo, debes aprender que la paciencia es una virtud y practicarla no te matara. Lo prometo, ire en cuanto pueda a la cafetería y comeremos algo juntos. ¿Sí? ¡Ni se te ocurra decir venir por mí! Cuida tu trabajo por favor, es importante.
No escuche una respuesta inmediata, en su lugar, un suspiro largo como el Océano Atlántico. En la vida imagine a un Sebastián desesperado por verme, en general, jamás imagine que algún hombre lo hiciera. Estoy consciente de mis atributos, en general, de lo nada bueno que tengo, trayendo como consecuencia ser objeto de burlas y de muchas personas. Estuve conforme por mucho tiempo con esto, al menos hasta hora. La llegada de Sebastián una vez más a mi vida fue la apertura de muchas puertas, me hizo recordar mi yo del pasado, aquella niña optimista, sonriente y perseverante de la que todos querían ser sus amigos. De la misma manera, me hizo consiente que no existe nada malo conmigo, soy hermosa, atractiva y carismática, desde siempre lo fui y eso jamás ha cambiado. Bueno, quizás si exista un factor que si cambio, eso se trata de mi entorno y fácilmente me encuentro adaptándome a él.
— De acuerdo. — termino aceptando al fin. — Solo para que conste poder ser muy comprensivo con la persona más importante en este mundo para mí.
— Por favor no sigas más sino tendré un colapso nervioso. — le pedí.
— Nos vemos luego, hermosa.
— Sí.
Ambos cortamos la llamada al mismo tiempo, es algo que acordamos desde el inicio de esta clandestina relación, de lo contrario, pareceremos iguales a esos idiotez de la telenovelas o películas diciendo: “corta tu” o “mejor corta tu”. Lo siento pero, estaré enamorada, pero me rehusó a participar a ese porcentaje de personas acaramelados. ¿Eso quiere decir ser escéptica al romanticismo? Nada que ver, ese caso y el ser detallista son totalmente diferentes, porque de recibir algo así del chico que amo lo aceptaría sin miramientos.
Salgo de mi habitación disimulando la sonrisa queriendo exponerse sola de mis labios, colocando una “convincente” mueca de seriedad en mi rostro. Coloco esa palabra entre paréntesis debido que de convincente, no poseo nada, pero la mirada. En realidad, la mueca me dura muy poco. Al entrar a la sala denoto dos cosas: las primera, alguien posee una expresión tan cruda en su cara que da miedo, y la segunda, otra persona ha salido de su invernadero para ver lo que ocurre lejos de él. ¿Y de quien se trata? Mamá.
Freno en seco en la entrada de la sala sin dar un paso menos o más, Edward está muy entretenido con el panorama, de hecho, deduzco una media sonrisa en sus labios al llevarse una fritura en la boca. Claro, existen las personas en mirar simplemente una vida tranquila, y las otras como mi hermano, que les guste ver el mundo arder. Aquí todo el mundo conoce la incompatibilidad de mamá y Anthony en un mismo sitio, desconozco la razones, simplemente ella no lo soporta y ya. Por otro lado, mi amigo al encontrarse frente de ella tiende a imitar a una tortuga, que de tener caparazón, escondería su cabeza allí dejándole simplemente encogerse de hombros. Sin olvidar lo esencial, su cara de niño en problemas. De mirarlo en otra perspectiva resulta gracioso, pero deja de serlo al momento de mamá reclamarme las razones de amiga de Anthony y por qué no lo mando a freír monos. Creo que de saber lo ocurrido entre los dos entraría en modo histeria, pues repetiría lo de Edward en otro sentido, es debido a mi amigo cruzar la línea de lo llamado “amistad”. No obstante aun lo quiero a mi lado, pueden llamarme egoísta si así lo prefieren, pero su presencia es importante para mí al igual de nuestro lazo. Lo lamento por mamá, pero es mi decisión.
— Isabell, así que vas a adornar de navidad. — menciona mi nombre con un tono acusador, como si estuviera haciendo algo muy malo. — incluso, tendrás ayuda de Anthony. Tenía tiempo sin verte, niño.
— Disculpe la intromisión, señora. — dice muy educado mi amigo.
— Siempre lo haces que termino acostumbrándome. — comenta simplemente mamá dejándome con la mandíbula desencajada, un Edward ocultando una risa en medio de un aclaramiento de garganta y Tony con los ojos abiertos igual a unos platos. Todos, en conclusión, estamos en shock. — por lo tanto ese comentario esta de mas, Anthony.
— Yo lo… — busco disculparse rápidamente.
— Ahórratelas. — alzo su mano leyendo las intenciones del chucho, acto seguido giro a mi dirección aun están en estado de conmoción obviándolo, su mirada se volvió un poco oscura. — Isabell, desearía que cuando recibas visitas de índole… amistoso me lo comentaras, conoces perfectamente mi postura al respecto.
— Si lo sé, igualmente olvide mencionarlo. — mentí mirando de reojo a Tony cabizbajo, afectado y al puro estilo pasivo. De fotografía, en resumidas palabras. — He tenido en la cabeza muchas cosas, discúlpame.
— De acuerdo. — respondió dudosa, mirándome con ojos agudos. Seguramente ha visto detrás de mis palabras, mamá no se le escapa nada, absolutamente nada. — pero de todas maneras toma en cuenta para una próxima vez.
— Bien.
— Entonces, Anthony quedas… en tu casa. — se nota por encima costarle decir tales palabras, incluso las venas del cuello se le brotaron al pronunciarlas. — En tanto Edward, ven conmigo, necesito tu ayuda en algo.
— Enseguida. — respondió perezoso, seguramente quejándose en su cabeza de eso.
Mi amigo y yo nos quedamos en la sala mirando cómo se marchan los otros dos, estando seguros de quedar a solas, noto como Anthony se desliza al suelo soltando un suspiro cansado. En cierto modo, me da mucha gracia el comportamiento de Tony ante la presencia de mi mamá, al pesar de tener entendido no agradarle en lo más mínimo a ella, le posee mucho respeto y considera sus palabras como ley. El que este así es el resultado de toda la presión acumulada, igualmente ha sido culpa mía, por mi cabeza jamás cruzo mamá saliendo de su habitación o encontrándose con Tony, siempre que tiene trabajo acumulado no sale hasta culminarlo. Aparentemente, hoy no seguido el mismo patrón. Dándole unas palmadas amistosas en el hombro, le invito a colocarse de pie y olvidar lo ocurrido, mamá no muerde como pudo ver solamente adopta esa postura para proteger a sus seres queridos, es todo. Sonriendo de medio lado, Anthony se coloca de pie admitiendo creer mojar sus pantalones cuando vio a mi mamá entrar a la sala, sabe no simpatizar con él por alguna extraña razón y del mismo modo, se lo demuestra cada vez en verlo. No quiere incomodarla, menos abusar de su hospitalidad al llegar a su casa sin avisar, da realmente miedo cuando sus ojos caoba demuestran disgusto y en ninguna de las posibilidades descriptas en el universo le gustaría verla diciéndole algo al fin. Menos mal y no se ha enterado de lo ocurrido entre nosotros luego de esa discusión, de lo contrario, las circunstancias del ahora serian otras. Claramente, esto no se lo dije. Colocando eso de lado, nos centramos finalmente a adornar el árbol de navidad, comenzamos por la parte de abajo, ese fue exclusivamente mi labor entre tanto Tony, tomo asiento en una de las sillas del comedor desenredando las luces y adornos. Es una de las tareas más fastidiosas de todas, durante años la he soportado y en lo mínimo lo disfruto. Tengo ganas de reírme de las cejas fruncidas de mi amigo al toparse con unos nudos difíciles de deshacer, luego de lograr liberar a dos juegos de luces manifestando conquistar la luna o algo igual, sin dudas tiene conductas de las de un niño. Se nota que le agrada la navidad.
Ya formando el árbol de navidad noto como ha pasado las horas volando, casi es mediodía y tengo dos mensajes de Sebastián en mi buzón de salida, le prometí comer con él en la cafetería pero creo que ha tenido razón en tardarme más de lo esperado. Mordiéndome en labio inferior, tecleo rápidamente una respuesta a sus mensajes explicándole el dilema que me embarga, esto puede extenderse un poco más y nuestro encuentro postergarse hasta la tarde. Claramente la respuesta de él llega rápido, donde sin importar mi postura va a venir a verme un rato cuando se desocupe del trabajo, de hecho, estaba considerado pedir salir temprano y así acabar con su ansiedad de mí. Suelto un respingo dando un paso hacia atrás, mi pulso se acelera considerablemente y mi estómago ha saltado del susto, no quiero que venga, repito, de ninguna jodida manera quiero que venga. ¿Se imaginan lo que ocurrirá si se encuentra con Anthony? Desde el inicio se notó a cien metros si disgusto por él, empezando de decir ser mi mejor amigo y posteriormente gustarle, le ha visto como una amenaza latente que debe de vigilarla constantemente. Si sabe de reanudar mis lazos de amistad con él de esta manera, mas sin contarle cuando me ha llamada más temprano esta mañana, no solo va a enojarse, igualmente inundara la incomodidad entre los dos. ¡Ah! Francamente, como dice mi mejor amigo, demasiado problemático.
— ¡Listo Isa! — me avisa desde atrás Anthony, dándome un susto que no oculto de ninguna manera. — ¿Está pasando algo? Estas un poco pálida.
No, que va, solamente la amenaza del amor de mi vida con descontrolar nuestra paz, nada más. Quiero decirlo, sin embargo, emito un suspiro guardando mi teléfono en el bolsillo de mis pantaloncillos cortos tratando de calmarme.
— Nada, nada importante. — miento, caminando hacia donde se encuentran las luces ya desenredadas y dirigiéndome al árbol.
— ¿Se trata de él? — pregunta con cautela, mirando hacia atrás como si temiera de ser escuchado.
Mi amigo no es tonto, sabe que nombrarlo a la ligera sería una locura completa, mas tomando en cuenta que nuestra relación es clandestina. Ni siquiera he podido decirle a mamá, en la vida se lo contaría, seria parecido a bañarme en salsa de soja y meterme directamente en una jaula de leones. Si, un suicidio. Por otro lado, la perspicacia de Anthony me abruma un poco al haber dado tan en el blanco, delante de sus ojos de gato no soy ningún misterio, sino un libro abierto.
— Sé que no le agrado. — hablo ante mi silencio, medio frunciendo el ceño y apretando los puños. — esta de buena racha, la cosa en mutua.
— Anthony… — le reprendí.
— Lo sé, lo sé. — movió su cabeza hacia los lados, en un visible acto de frustración consigo mismo. Me alarme, creía en sus palabras de pasar la página con respecto a sus sentimientos por mí, pero todo el mundo sabe no ser tan sencillo como el respirar. — Se perfectamente lo que dije al no involucrarme en tus asuntos, menos en los que lo incluye específicamente. Aun así, me cuesta creer que… no, mejor déjalo así, es idiota siquiera plantearlo.
— No es necesario mencionarlo para conocer donde van tus intenciones. — sonríe de medio lado tristona, dándole la espalda y adornando alrededor del árbol las dichosas luces. — también me lo pregunte miles de veces luego de acceder a esto, aunque es una locura total y acto de completa desfachatez, pensar una sola vez en estar lejos de su presencia me parece inconcebible. A lo largo de los años jamás lo olvide, tuve a otros chicos de quienes me interese, pero ninguno daba la talla como él. Al reencontrarnos me sentí tan consternada, desubicada en el mapa, pero del mismo modo, estaba dispuesta con todo y temores de estar con él así sea de forma amistosa. — gire en dirección de Tony, esté permanecía expectante a mis palabras, como si nada más importara. — No somos tan diferentes de lo pensado, Anthony. Porque del mismo modo que tú, estoy dispuesta a lo que sea por mi amor, aunque eso conlleve a hacer cosas irracionales a los ojos de la sociedad.
Una vez lo planteó David, en un plan hipotético de desear lo prohibido y ser juzgada por los ojos de los demás, antes me rehusé completamente a responderle al estar tan nublada e indiferente de la realidad. Sin embargo, en el presente, ya con una visión amplia de no tener un amor unilateral sino recíproco, soy consciente de que sería capaz de ir contra lo considerado correcto con tal de tenerlo a él. Me da igual ser juzgada, incluso, humillada ¿Acaso no lo he sido durante todo este lapso de tiempo separados? No creo que vivir este sentimiento vaya a matarme, más cuando realmente lo merezco, realmente lo merecemos. Nunca fuimos capaces de consumir este primer amor, ahora que nos tenemos uno frente del otro, no daremos la vuelta para ignorarlo.
— Hacerme el tonto contigo es inútil. — pronuncio en medio de una risa apenada, moví la cabeza hacia los lados dándole la razón, porque lo conocía de sobra. — soy como un mapa para ti.
— Es un empate. — me encogí de hombros, pasando por un lado suyo para recoger unas bambalinas en una de las cajas. — ahora cierra ese pico y ayúdame a colocar estas cosas.
— De acuerdo.
Nos centramos en arreglar el dichoso arbolito de navidad, antes cuando estaba pequeña, el hacer esta actividad te llenaba de dicha y todo el espíritu navideño posible. Sin embargo, en mi mente solo rondaba el recibir la llamada de Sebastián avisándome estar esperándome en la entrada de las residencias, igualmente considere que ese espíritu propicio de estas festividades no llegaba por no tener la ambientación precisa, ya saben, música. Tampoco es que me naciera hacerlo, mi computador estaba apagado y mamá trabajaba en sus informes de final de lapso, necesita toda la concentración posible y no pretendo robársela. Al instante de tener la mitad de los adornos puestos en él árbol, comencé a conversar con Anthony de que planes tenia exactamente para este diciembre, el año pasado las paso en la ciudad al tener una súper cita romántica con Mariana en el departamento de esté a solas, sus tíos salieron a encontrarse con otras personas dejando a los jóvenes en un ambiente romántico. Este año es diferente, está soltero y la visión de visitar a sus padres se le viene a la mente bastante seguida, tiene tiempo sin verlos y aunque habla por teléfono a menudo, jamás se comparara con el sentimiento de tenerlos cerca. Le animo a hacerlo, ellos también estarán expectantes de verlo y estrecharlo contra sus brazos, además, le servirá un poco para distraerse de todo aquí. Y antes de armar conclusiones, no se trata de mí, sino Mariana. Luego de lo acontecido en aquella ocasión en el salón vacío, mi ex amiga le ha perseguido por todas partes recalcándole mis más profundos y asquerosos defectos, como si no lo supiera por mí misma, el recordárselos no le sumara o restara puntos extra. Solo se pintara patética. Adoptar una postura indiferente de este dato de Mariana es ridículo, mas al recordar haber hecho lo mismo en el asunto de la gemela, despotricando a los cuatro vientos solo ser un cuerpo bonito sin nada de cerebro, más el haber estado con un sinfín de chicos olvidando su reputación fémina. ¡Ah! Al demonio, al demonio con todo eso. ¿Quiere hablar de mí? Perfecto, que lo haga, a estas alturas de la vida donde es claro nunca ser vista como su amiga, terminara dándome igual. Seguidamente, Anthony me pregunta si poseo algún plan para estar con Sebastián en navidades, el solo escucharlo me da mucha risa, porque optar por algo tan codicioso como eso es un real locura. ¿No es obvio lo que hará? Pasar todo el tiempo posible con su familia, mas tomando en cuenta que el resto del año se la pasa trabajando en la cafetería, en su lugar estaría ansioso de ver a las personas que amo. No me siento dolida, menos incomoda, solo un tanto nostálgica del pasado donde en nuestra niñez las fiestas de navidad en el preescolar eran lo mejor, llenos de regalos, dulces y sorpresas pintadas de rojo festivo. Adornar el salón a nuestros gustos y elaborar la carta al niño dios, una de las actividades más emocionante de todos, claro, la visita de Santa era emocionante pero compartir con tus amigos aún 
más.
Suspire a la par de colocar un Ángel en una de las ramas de árbol, nada de lo vivido durante mi niñez volvería, ni siquiera la dulce sensación de la navidad tocando mi piel solo los recuerdos más prósperos de una festividad amada.
— Me reuniré con mi familia. — dije simplemente sacudiendo mis manos y colocándolas en mi cintura, adoptando una postura alegre de los planes en diciembre. — será emocionante, mamá seguramente hará cordero y la tía Anita llevara pie de limón. Lo imagino en mi mente y se hace agua la boca.
— Solo piensas en comida. — murmuro incrédulo entrecerrando sus ojos.
— ¿Qué? ¡No me juzgues! — replique soltando una carcajada a medias. — si lo más hermoso, cándido, esplendoroso y encantador de toda la navidad es, será por los siglos de los siglos… la comida.
— Creí que era el nacimiento de niño dios.
— Sí, sí, eso también. — me movía de sitio buscando entre las cosas la estrella al final del árbol. — pero sin comida, mi estimado amigo, no hay fiesta.
— No tienes reparo. — concluyo al fin, riéndose divertido de mis ocurrencias. He de admitirlo, Tony sonriendo es mil veces más apuesto a su semblante serio. — lo peor de todo, es que lo estás diciendo completamente segura. No me estas tomando del pelo.
— ¿Y por qué lo haría? — dije llevándome una de mis manos a mi pecho, fingiendo estar indignada. — de no querer mi mamá devorarte cada vez de verte, te invitaría a una de las cenas familiares de mi familia. Vas querer quedarte para siempre allí.
— Aunque la oferta suena tentadora. — menciona con un brillo divertido en los ojos, mi estómago dio un vuelco de la emoción, este era el verdadero semblante de mi mejor amigo. — debo de seguir escogiendo la opción de vivir, muchas gracias.
— Si, eso pensé.
Trate con mi baja estatura colocar la bendita estrella al final del árbol, teniendo resultados realmente patéticos al saltar igual a un perro buscando comida en la lacena de su dueño, o un gatito arañando la puerta de una habitación solo para limar sus uñas, francamente, bastante patético. Tomando las riendas del asunto, Anthony sujeto la estrella y la coloco en la coronilla del árbol mirándome como un ser superior, claro, los gigantes burlándose de los enanos, lo típico entre lo típico. De los mismo modo, regalándome una expresión dulce, me da un piquete entre ceja y ceja a la par de llamarme “duendecillo del bosque” para dejarme allí parada, mirándolo como se desenvolvía entre las cajas con total normalidad. Me lleve las manos a la zona de dolor reprochándole su postura infantil, aunque en el fondo me agradaba ser una de las pocas personas en observar esta parte suya, en la facultad es del tipo reservado y de muy pocas emociones reflejadas en el rostro. Es amado, corrijo, adorado por el cuerpo estudiantil femenino por su apariencia madura y sumamente apuesta, por supuesto, todo gracias a esa aura enigmática y misteriosa de su alrededor. En realidad, Anthony es muy amigable y considerado con quienes se lo merecen, le cuesta en muchas ocasiones demostrar sus sentimientos frente de las demás personas, se lo retribuyo a su timidez o la poca confianza de tenerle algunos. Lo he dicho en el pasado y lo volveré a decir en el futuro, la mujer que sea objeto de su amor, eso sí mutuo, será la más afortunada en la faz de la tierra. Se lleva un excelente partido. Notando como mira curioso un ratón parecido ha de los dientes, doy un paso adelante tocándole el hombro en señal amistoso, creo que llego el momento de tomar un descanso.
Preparo unos sándwich para los dos realmente tengo hambre, mi estómago se ha manifestado varias veces hace un rato y privarlo de los alimentos es un sacrilegio, Edward sale de la habitación de mamá con una expresión agotada en el rostro, seguramente le ha pedido ayudarle en sus informes y esos son tan extensos como el mismo mar muerto. Tengo ganas de reírme pero no lo hago, manifiesta rápidamente ordenar una pizza para todos, mamá va a pagarla y además no tiene tiempo de cocinar algo rápido. Tony está apunto de ofrecer encargarse de la pizza hasta que lo detengo, puedo hacerle también unos sándwich a mamá y mi hermano, gastar dinero innecesario sería una completa estupidez, mejor invertirlo en comprar más ingredientes y de lo demás me ocuparé yo. Es cierto, el pan casi se acaba, no miento. Encogiéndose de hombros, Edward saca su billetera extendiendo unos billetes hacia mi dirección, ya que me estoy ofreciendo a hacer la comida podría salir un momento a comprar un refresco, seguido de más pan y tomates, nuestra reserva va en picada. Asintiendo en el proceso, sujeto el dinero dejando a cargo en la cocina a Tony, no debe de alarmarse son solo sándwich y nadie ha muerto intoxicado por elaborarlos, mi amigo me sujeta de las manos en un acto desesperado por acompañarme en la compra. Me rehusó, el mini market queda no más al cruzar la calle de donde conjunto de edificios, nadie va a robarme o secuestrarme, además, realmente necesito una mano para retirar los panes de la tostadora, de lo contrario, se quemaran. Estará bien, mamá o Edward están ocupados en informes de lapso, no saldrán a fastidiarlos en un ningún momento, sobre todo, no tardaré. No teniendo más alternativa que seguir mi plan, Anthony me deja ir, claro, no salgo con las fachas de la pijama de una niña de primaria primero me cambio de ropa y segundo, le doy una mirada de advertencia a mi hermano mayor. Afortunadamente él me ignora volviendo a la habitación de mamá, alega tener muchas cosas por hacer y mejor llamarlo cuando este todo listo, sin más, desaparece. Dejando las cosas claras, al igual de las últimas instrucciones a mi amigo, salgo de compras.
Hoy el clima está particularmente notable, un sol esplendoroso en el firmamento y nada de nubes en el cielo, el viento esta algo fresco dando casi a entender no ser entrada de la época más fría de todas. En mis memorias de niñez, me reflejaba con una chaqueta verde montañera seguido de mi uniforme de preescolar, tenía una sonrisa de oreja a oreja, mientras sostenía la mano de mi mamá con ímpetu. En mi mente juvenil, me centraba en jugar la mayor cantidad de tiempo posible en el parque, claro que de venir las imponentes lluvias, estaría confinada en el aula de clases hasta nuevo aviso. Sin embargo, las aventuras apenas comenzaban en el instante de la primera gota caer al suelo, sujetaba mi impermeable, el paraguas rosa chillón y salía en hurtadillas del salón hacia lo desconocido. Era divertido, saltaba charcos de lodo, corría entre el césped húmedo, giraba en círculos en un mismo eje alzando mis manos a los costados mientras abría mi boca para atrapar las gotas de lluvia, aquel clima húmedo me llenaba de alegría y sentía ser todo posible. Luego de quedar medio mojada como un pollito, sacudía mi cabello corto hacia los lados imitando a un perro, aunque la verdad reía divertida de todo lo jugado hasta esos momentos, pensaba que de descubrirme mamá estaría enojada al borde de la histeria. Entonces al quitarme el impermeable para liberarlo del agua, unos par de ojos esmeralda me esperaban con un tono alarmado mi llegada a zona segura, se acercaba a mí para verificar que no tuviera ningún rasguño pero si llenarme de un sinfín de reproches al desaparecer de esa manera, mas al mojarme sin considerar enfermarme. En un minuto que lograba procesar la información, sonreía abiertamente al niño más encantador de todo el aula “F” dictaminándole estar bien, no pasaría nada si jugaba un poco, sobre todo, el resfriado es para los tontos. Frunciendo el ceño, molesto por mis deducciones, se sacaba su chaqueta negra favorita de los hombros y me la colocaba directamente en la cabeza, quedando con un martilleo extraño en todas mis venas, mi mundo giraba estrepitosamente mientras Sebastián me pedía cuidarme y considerar más mi salud a cualquier otra cosa. No quería que su sol sufriera de nada.
Ahora en el presente, teniendo esa misma expresión atónica en el rostro, miraba como aquel niño ahora convertido en hombre se encontraba apoyado en la pared de la entrada de las residencias, mientras tenía una expresión risueña en el rostro saludándome con la mano. ¡Ahg! Demonios, demonios, demonios, demonios… esto estaba mal, muy, muy, muy mal porque aunque debería de sentir peligro de unir a mi mejor amigo con el de mi infancia en un mismo sitio, todo mi ser gritaba con fuerza estar a gusto de admirar ese agraciado rostro de cerca. Aun mas, la revoloteaste sensación de estar flotando en una nube suave cada vez de unir nuestras miradas, estaba nerviosa, estaba frenética, estaba… feliz, si, eso mismo, feliz porque en esos instantes no existía nadie mas en el campo de visión de Sebastián, solo yo. Así que, arrojando todo de lado, incluso la presencia de mi mejor amigo en mi departamento, salí corriendo al encuentro del hombre que mas amo en este mundo, solo para arrojarme en sus brazos y rápidamente besar sus labios. Sebastián algo sorprendido por mi efusividad, sostiene todo mi peso con su cuerpo pero me devuelve el beso con el mismo ímpetu con que se le dado. A su lado ciento que me derrito, me convierto en vapor que va al cielo, carga a las nubes pero en lugar de producir lluvia torrencial de tristeza, recrea el arcoíris más grande de todos. Las manos de Sebastián recorren mi rostro con astucia, como si estuviera memorizándolo con cautela para recordarlo cada vez que pueda, por mi parte, solo me pierdo en el rose de sus labios con los míos, su respiración errantica y los suspiros complacidos al apretarme más contra él. Ya lo sé, soy una desvergonzada al hacer este tipo de acto sin considerar donde estoy, frente de la puerta de mi casa y con los ojos curiosos de mis vecinos seguramente tratando de averiguar, a quien beso. Pero no me importa, tal cual como antes ha dicho Sebastián, yo también lo he extrañado mucho y estar conversando hasta tarde no ha sido suficiente. Supongo que mi hambre de estar a su lado ha superado cualquier cosa, mas tomando en cuenta todo el tiempo que espere por su regreso. Dándonos un corto beso, nos separamos soltando risitas nerviosas de adolescentes frente de su primer amor, no tan ajeno a realidad, salvo que no somos ya unos chiquillos puertos sino adultos. Sebastián, acaricia uno de mis pómulos sonrojados con un dedo mirándome con la misma dulzura de hacerlo siempre, ha tocado una vena de mí en el pasado cuando simplemente columpiábamos uno junto al otro, mirándonos, sonriendo abiertamente y dejando que los revolotean tés sentimientos en nuestros corazones hiciera lo suyo. Es uno de mis recuerdos más preciados en la vida, jamás van a cambiar.
— Hola, Isa. — me dice con cariño, haciendo brincar de la dicha mi páncreas para darle un codazo al hígado y estar más pendiente. — te he llamado con el pensamiento aparentemente, si no tu hermoso rostro no lo tuviera aquí presente. Además, se nota que te ha dado gusto verme.
— Ahora aprenderé a cerrar la boca y darte la razón. — sujeto la solapas de su chaqueta, suspirando gustosamente y dándole un pequeño beso en los labios. — te he extrañado como una loca.
— Mmm… ¿sí? — ríe divertido, pasando una de sus mano detrás de mí mentón y la otra en mi cintura, dándome besos cortos cada segundo. — porque creía que estarías satisfecha el esperarte a terminar de hacer tus actividades.
— Lo siento, te mentí. — suspire cerrando los ojos, dejándome llevar por sus caricias con sabor a eneldo. — en verdad quiero esto.
— Eso pensé.
Entonces, nos volvimos a besar, esta vez con más ímpetu al punto de convertir mi cabeza en un globo de aire caliente sin tener en lo más mínima idea de lo que ocurría, simplemente se dejaba llevar por lo que su ingrato compañero el corazón, dictaminaba. Me aferre tan fuerte a mi primer amor como pude, no pecho parecía una fiesta multicolor al igual al carnaval, en esos segundos o minutos cruzando aliento con Sebastián, creía tener el poder más grande del mundo. Sentía grandeza, sentía altura, sobre todo, sentía amor. Por primera vez en mucho tiempo considere que había valido la pena cada dolor experimentado desde nuestra separación, incluso el encontrarme con su mamá cerca de la iglesia, valio la pena igualmente, de lo contrario, no hubiésemos llegado a este desenlace. Separándonos por falta de aire, permanecimos cerca el uno del otro con nuestras frentes pegadas, respirando cortante debido a la intensidad del beso. En mi caso, no comprendía las vueltas raras de mi estómago, ni siquiera el repiqueteo constante de mi pecho al escuchar los suspiros de mi amado o el suave choque de sus labios con los míos, si, eran pequeños besos con sabor a miel, con la dulzura del primer amor y la frescura de la primavera. Si debía de definir con una estación del año mi relación con Sebastián seria esa, la primavera, porque con su colorida atmósfera de las flores y el arbolare verde, llenaba tu espíritu de la esperanza de un nuevo comienzo. Sonriendo como un par de tontos, sujetamos nuestras manos y terminamos finalmente por separarnos, aunque quisiéramos tener una sesión de beso prolongada no es buena idea hacerla en la entrada de las residencias, menos con todas esas miradas sobre nosotros. Llego el momento de plantear prioridades. Descubriendo mis pensamientos, Sebastián me empuja contra su pecho dando un suave beso en la coronilla, y de una forma bastante rara sostener una se mis manos, susurrando dar un paseo por la manzana. Da igual, tenía que hacerlo de todas maneras.
Caminando tranquilamente por la zona escucho el travieso corazón de Sebastián, esta agitado, algo nervioso casi igual como se encuentra el mío cada vez que lo veo, es decir, compartimos los mismos sentimientos ansiosos al reunirnos en cada oportunidad. En el pasado, cuando ambos éramos niños, implementaba esconderme detrás de la espalda de mi mamá al entrar al salón de clases, colocaba mis pequeñas manos en su cintura y con el pecho rebosando en anticipación, sonreía traviesa de imaginar a Sebastián ya adentro, esperando iniciar otro maravilloso día en el preescolar. Era emocionante, notar como sus esmeralda de ojos se abrían en sorpresa en toparse con mi figura, en ese mismo instante salía de mi escondite y me reunía junto a mi amigo sonriendo, este me imitaba y todo comenzaba a tener sentido en mi panorama. Luego de aquella separación tortuosa todo se volvió gris, tal cual al clima de mi última esperanza de tener una despedida decente, era como si el cielo se colocase en huelga de la mala suerte de dos almas unidas, su color gris de tristeza y el ambiente lúgubre de melancolía, sumaron en mi pecho la eminente separación con mi primer amor. Ahora lo tengo a mi lado, caminando juntos en los lugares cerca de mi hogar en tanto me sostiene tan pegado a él que resulta curioso cómo andamos, aún no he dicho nada relacionado con los sucesos en pleno desarrollo en mi departamento, tampoco quiero romper la atmósfera calidad en nuestro alrededor. Simplemente, quiero disfrutar del momento. En el segundo de acercarnos cerca de la panadería de la cuadra, suelto un respingo recordando que debo de comprar pan sándwich para seguir preparando la comida de todos, Sebastián me mira algo confundido por mi pronto arrebato. Es predecible, he roto nuestra calidad como pareja con un comportamiento extraño, así que liberando de su confusión le explico estar preparado un bocadillo en casa, pero me quede sin pan y… bueno, sali de compras. Moviendo su cabeza a los lados seguido de una sonrisa complacida, vuelve a sujetar mano obligándome a caminar dentro del establecimiento, lo mejor es no hacer esperar a mi mamá o hermano, las personas tienden a ser irracionales cuando tienen hambre. Rio divertida al escucharlo decir eso, es decir, estamos hablando de su profesora favorita en el mundo y solamente porque sale con su hija, no dice el tener semejante confianza, debes seguir con el respeto. Me quedo mirándolo como lerda al pedir el pan y pagarlo, ni siquiera le reclamo por su evidente bondad, simplemente me limito a dejarme llevar al notar nuestras manos entrelazadas. Había soñado tantas veces con algo asi, caminar como pareja en un sitio, dar a entender, aunque sea desconocidos, que el chico quien se encuentra a mi lado me quiere. Lo sé, lo sé, es estúpido y no tiene sentido alguno, pero bajo mi perspectiva de joven enamorada enteramente del su amigo de la niñez, este es el mejor momento de su vida. No miento, todas esas memorias de comportándome con Sebastián como si fuéramos novios, como si él no tuviese una vida ajena a la mía, como la existencia de Katherin o Karla no nos rondaran igual a una sobra, serán mi mayor tesoro junto con las de la niñez. Porque muy bien dice un dicho: todo lo que sube tiene que bajar. No obstante, para momentos tristes vendrán más adelante, por ahora, solo viene la parte bonita de la historia.
— Así que… básicamente, se apareció en el vertedero de recuerdos de tu edificio, sin más. — mencionaba con cautela, como si temiera de encender una bomba oculta y yo asentía suavemente, teniendo miedo de un posible enojó de su parte. Si, le relate la verdad a Sebastián, debía de hacerlo de todas maneras. — Eso… eso ha sido un poco astuto de su parte, mas considerando el preferir tu amistad aunque no le correspondas.
— Sebastián… — le reprendí, casi preparando un monólogo mental si decía otra cosa de mi amigo. — solo ha venido a hacer la pases, creo en él, no veo malas intenciones en sus palabras.
— Es porque eres muy inocente. — replicó, desviando la mirada hacia la otra parte de la calle. — aun sigues poseyendo esa incapacidad de permanecer enojada bastante tiempo con alguien, aun cuando se lo merece. ¿Lo recuerdas? Nuestro primer malentendido, te dije un montón de cosas horribles y aun así tú… me abrazaste, sonreíste como si nada pasara. ¿No crees que merecía tu indiferencia?
— Es distinto. — suspire, frotando mis manos contra mi pantalón y mirando al extenso cielo azul. — la verdad pensé que descubriste mis sentimientos, te habías hartado de mí y por eso me pedías terminar con nuestra amistad. En cambio Anthony, solo ha actuado desesperado producto de sus sentimientos, en cierto modo lo comprendo, preferiría miles de veces quedarme a tu lado como tu amiga a no tenerte.
— Lo hiciste. — sujeto mi mentón girándolo a su dirección, su expresión se suavizo provocando un fuerte choque en mi pecho, dolía pero no al punto de ser sofocante, sino cálido, sumamente cálido. — en nuestra niñez demostraste ser capaz, incluso en el presente, te tragaste todos tus sentimientos solamente para permanecer a mi lado. En realidad, quien es egoísta aquí, soy yo. No pudo siquiera concebir entregarte a otro chico, incluso aun cuando estoy casa…
— Shsss… no hablemos de eso. — silencie sus labios al colocar uno de mis dedos sobre ellos, seguido de empujar mi cuerpo más junto al suyo y sonreírle de forma traviesa. — mientras estemos solos, nada de tu vida importara. ¿De acuerdo?
— Sí. — sosteniente mi mano con dulzura, produciéndome unas cosquillas en la piel a punto de hacerme reír. — Sera tal como tú quieras, princesa.
— Perfecto, porque debo de regresar. — le digo separándome de él y colocándome de pie, desde su sitio me mira descolocado. — ¿Qué? Terminamos las compras, la charla responsable de mi parte y ahora llego el momento de volver. Mamá volverá loca sino hago su comida.
— Bien, — suelta un quejido al imitarme colocándose de pie, sacudiendo sus pantalones y mirándome con perspicacia. Ojo, peligro, repito, peligro, este chico está planeando algo: ¡Lo intuyo! — vayamos a tu departamento y terminemos con la comida.
Ah… eso es a lo que me refería, auto-invitarse a mi hogar. De hecho camina al interior de la residencias con toda la soltura del mundo dejándome atrás con la mandíbula desencajada, los ojos bien abiertos y un sinfín de sentimientos en conflicto en mi interior. Olviden por un segundo a Tony, es decir, si va hacer sumamente incomodo al saber quién es cada uno al pesar de no interactuar directamente, igualmente existe el comodín de mi hermano mayor y mi mamá, estos dos pueden resultar más peligrosos a mi amigo. ¡Demonios! ¿Qué pasa por la cabeza de este chico? Apresurando mis pasos, trato de llegar hasta donde se encuentra y frenar sus intenciones, él realmente no está preparado para enfrentar tantas personas en partida triple, mas a mi hermano, quien hace unas horas atrás incomodo a Anthony al insinuarle gustarle a su hermana menor. Sin embargo, Sebastián se encoje de hombros restándole importancia, en el pasado tuvo la oportunidad de conocerlo, no precisamente de cerca o interactuar pero sabía la apariencia del primogénito de su profesora Annabeth. ¡Ah por lo sagrado! Pensé que Sebastián seguía poseyendo el temor a lo desconocido, pero me temo que eso ha quedado en el pasado, él está dispuesto a lo que sea para estar a mi lado. En cierto modo es dulce, en ningún momento está jugando con mis sentimientos y les está dando la relevancia necesaria, mientras tanto, estoy ahogándome en la dicha. Botando todo el aire de mis pulmones, me resigno a la idea más descabellada de todas, esperando que nadie pierda la cabeza ante la extraña cercanía mía con Sebastián. ¡Al demonio! Que pase lo que tenga que pasar.
Subimos en el elevador manteniendo un silencio algo incómodo, al menos de mi parte, porque balanceo mi cuerpo de adelante hacia atrás mirando de reojo el apuesto perfil del chico que compartió parte de mi dulce infancia, estos años han dado la marca en él desapareciendo casi por completo sus rasgos de la niñez, salvo sus encantadores ojos color esmeralda. ¡Pero eso no es lo resaltante! Este loco jovenzuelo pretende meterse en mi departamento sabiendo los personajes a quienes se deberá enfrentar, desconozco si en estos trece años sin vernos adquirió el gusto por la aventura o lo desconocido, pero en esos instantes este en modo: no me importa nada.
Al sonar el típico timbre de la llegada al piso, Sebastián se hace a un lado para darme paso y así salir. Mis pisadas son algo temblorosas sin contar las manos al sacar las llaves, la respiración la tengo algo frenética porque ni en mis mejores fantasías de niñez imagine que mi primer amor visitara donde vivo, siempre fue al revés, de hecho, existieron muchas oportunidades en invitarme a ir pero al ser niños nunca ocurrieron. Armándome de valor, abro la puerta del departamento anunciando mi llegada, seguidamente Sebastián me sigue desde atrás susurrando un “permiso” y mirando todos con ojos curiosos. Rápidamente, Anthony hace acto de presencia diciendo un monólogo sobre la salsa de tomate combinada con la de queso el saber mal, pero al alzar la mirada y verificar el nuevo invitado, frena sus palabras quedándose tan helado como un bloque de cemento no pudiendo digerir lo que ocurre frente sus ojos. Mi corazón se acelera más, la verdad, ni sé que postura adoptar más al ver la sonrisa tranquila del amor de mi infancia que va de Tony a mí, es difícil de leerla, por lo tanto, me es incapaz de interpretarla. ¿Está enojado o no?
— Anthony, quiero presentarte a Sebastián. — aclaro mi garganta, colocándome a un lado de mi amigo de la infancia. — Sebastián, es él Anthony, mi mejor amigo.
— ¿Oh? Así que supongo que debe de con quien me engañaste. — dice en tono de broma, suelto una risita pero al parecer a Tony no le resulta muy gracioso. — Es un gusto, soy Sebastián.
— Si… Isabell ya me ha contado sobre ti. — mencionó con tono osco frunciendo el ceño, sorpresivamente Sebastián no abandonado su postura fresca. ¡Este par me están poniendo de los nervios! — hasta creo conocerte de hace tiempo atrás.
— ¿Si? Bueno, me parece perfecto. — me sujeta del brazo en un movimiento totalmente osado, donde caigo de improvisto en su pecho quedando con la impresión tatuada en mi cara. — Isa también me ha contado sobre ti, sobre también una tal Mariana, pero discutieron rompiendo su amistad. Una lástima de verdad.
No sé, pero lo último me sonó a sarcasmo.
— Lo mismo ocurrió con ustedes, ¿no es así? — continúa Sebastián, desde mi sitio percibo un brillo inusual en los ojos, ahora sí puedo decir con todas las palabras: está a la expectativa. — discutieron por… que importa, parecen haberlo resuelto, me alegro mucho por ustedes. Más por ti, Anthony, eres un GRAN AMIGO para Isa.
— Las diferencias TONTAS, se resuelven dialogando como personas civilizadas. — le restó importancia Tony, aunque haciendo mucha hincapié en sus palabras, desde mi lado Sebastián lo mira con suma atención. No quiere perder. En cuanto yo, creo que he comenzado a sudar. — ¿No lo crees? Además, cuando el lazo entre dos personas en fuerte, tal cual a Isa y yo, los conflictos son resueltos en menos de un suspiro.
¡Ah Santo Dios! Quiero huir, quiero pisar al tonto de Sebastián en el pie y correr de inmediato a mi habitación, presenciar la pelea de testosterona de este par de idiotas es lo más incómodo en jamás ver. ¿Por qué no pueden sujetar sus manos y dejarlo por la paz? ¡Por supuesto! Porque no quieren, o mejor aún, sus psicologías masculinas no lo prefieren. Estoy por pellizcar uno de los costados de Sebastián hasta que una de las puertas de las habitaciones suena, mi amigo de la infancia me suelta rápidamente ante la imponente figura de mi mamá, en sus manos sostiene un sinfín de papeles y está usando sus lentes de montura oscura. Al comienzo no capta las nuevas visitas, menos lo perturbada que estoy ante su improvista presencia, solo menciona el darle una mano con uno de sus cuadros programáticos porque Edward no sabe cómo configurarlo, luego al alzar su mirada y dar directamente con Sebastián relaja su postura dibujando una enorme sonrisa en el rostro. Ah… ah… solo obsérvenlo nada más, ya tiene comprada a mi mamá. En un dos por tres, el ojos esmeralda rompe filas para acercarse a mi progenitora para darle un abrazo, esta admite ser tomada por sorpresa con su visita, al pesar de saber estar en constante contacto conmigo, más aun al resolver mis diferencias con Katherin, nunca se lo imagino dándonos una visita un fin de semana. A lo que, con palabras elocuentes, responde estar hablando un poco conmigo esta mañana sobre reunirnos a almorzar para conversar de planes navideños de buenos amigos de infancia, igualmente de recordad anécdotas pasadas, pero ocupe mi tiempo de ocio en arreglar el departamento y como llevo más de lo calculado, se dijo a si mismo venir y brindarme su mano afectuosa. Con tal, su hora laboral en la cafetería ya término. Girando mi cabeza hacia su dirección como poseída, le recrimine con la mirada esa información a medias fidedigna, ¿Desde cuando planteamos lo de planes amistosos navideños? Las cosas están claras desde el inicio, él va a estar con su familia para estas festividades y yo con la mía, asunto resuelto. Tony, aparentemente leyendo mis pensamientos, suelta un suspiro ocultando su rostro con una de sus manos, está indignado, lo sé, pero manifestarlo con la reina de la casa sería un completo suicidio. Ella adora a Sebastián, él se la gano desde la infancia. Luchar contra eso es nulo.
— No me queda otra más a darte la bienvenida, quedas en tu casa. — con un tono cordial, mamá señala el departamento a un ojos esmeralda bastante complacido. Debe de estar tocando el cielo ¿eh? — me da mucha pena contigo no poder atenderte como se debe, como sabes, estoy algo ocupada con el trabajo del preescolar. Los deberes de coordinadora.
— No se preocupe profesora Annabeth. — responde muy humilde, casi adoptando al niño dulce del que me enamore. Tramposo. — hoy he venido a ayudar, ya vendrá otra ocasiones para sentarnos a conversar con tranquilidad.
— Por supuesto, Isabell se encargara de invitarte en una próxima ocasión, es más, podrías traer a tu familia. — suelto un respingo, imaginar a todo el clan de Sebastián aquí en mi hogar seria mucho para mis nervios, más teniendo en cuenta mi nuevo estatus con él. — he adorado a tu bebé, es muy avispada para su edad.
— Ella desea nuevamente verla a usted y a Isabell. — dice Sebastián suavizando su postura, dándome de reojo una mirada llena de dulzura. Me descompone. — realmente les agrado muchísimo.
— Seguramente, bueno, quedas en tu casa. — se gira mamá para retirarse, aunque antes me da un vistazo de reojo sonriéndome como si leyera mi nerviosismo latente. — ¿Por qué no le pides ayuda a Sebastián con esos sándwich? así terminaras más rápido. Dos pares de manos son más hábiles a una.
— Mamá, Tony también esta ayudándome con eso. — le replicó, que lo ignore mientras se ha ocupado del trabajo estando yo fuera es ridículo. ¡Él es mi amigo y una grandiosa persona! ¿Acaso no lo percibe? — lo deje a cargo estando fuera.
— Mmm… — lo detalla con ojos agudos, el pobre está asustado, creo que está a punto de mojar sus pantalones. — pero Sebastián trabaja en una cafetería, te servirá más de ayuda.
Estoy a punto de decir una de las mías pero soy detenida, Tony me sujeta del brazo moviendo su cabeza hacia los lados, hasta para alguien tan cerrado como lo es él entiende perfectamente cuando no le agrada a una persona. Por lo tanto, deja marcharse a mamá en completo silencio, quedándonos parados allí en medio de la sala de estar con un lio comiéndonos la cabeza. Al menos en mi caso, porque odio cuando mamá desprecia a Anthony sin razón aparente, o puede que sí, simplemente por gustarle. ¿Y qué? ¿Cuál es el problema en ello? Si alberga sentimientos hacia mi ¿eso es peligroso? ¿Atenta contra mi vida? ¡En lo absoluto! Solo es algo natural porque hablamos de una persona, alguien con los componentes necesarios para poder hacerlo. Además, el que me quiera de esa manera no dice corresponderle, a estas alturas de la vida debe de tener muy claro eso, sobre todo, determinar quién es real dueño de mis delirios. Aunque este esté casado, comprometido a la vida de otra, no puedo parar de quererlo como lo hago. Allí si existe el delito, allí si se prestan los caracteres necesarios para ser juzgada como desvergonzada, Sebastián no le agrada en lo más mínimo ese término pero no he encontrado otro, las cosas serán siempre como son. Soltando un suspiro pesado, giro sobre mis talones deshaciendo el agarre de mi amigo en el brazo y me desparramo en el sofá, ambos chicos me preguntan si pasa algo malo o me he sentido mal. Es estúpido de su parte hacer esa interrogativa. ¿No han estado hace minutos aquí? ¡Mamá fue muy grosera!
— Ya estoy acostumbrado, Isabell. — me sonríe con resignación el ojos de gato, hasta se encoge de hombros. — así que no te preocupes por ello.
— Pero…
— No te azotes. — me picotea con el dedo la frente sonriendo de oreja a oreja, el verlo en esa postura ha descolocado algo en mi interior, haciéndome sentir cohibida. ¿Qué rayos? — si te enojas mucho terminaras por arrugarte, no creo que a tu novio le gustó mucho eso. ¿No es así Sebastián?
El mencionado que permanecía prácticamente en las sombras admirando el panorama, mueve su cabeza hacia los lados en una sonrisa entre divertida e incrédula, seguramente jamás calculo una postura de Tony incluiste. Ya saben, por estar hace unos minutos atrás como dos perros marcando territorio, con esto puede ya enterarse que mi mejor amigo no es ninguna amenaza. Él en verdad solo desea mi amistad.
— Las pasas también son adorables. — agrega riéndose.
— Por favor no le ayudes. — lo regañe frunciendo el ceño.
— Mejor terminemos con esos panes. — propuso Tony, dirigiéndose hacia la cocina. — muero de hambre.
— De saber eso, hubiese traído cosas preparadas de la cafetería. — menciono como quien no quisiera la cosa Sebastián, colocando una pose pensativa. — Alex hizo unos emparedados de tocino para morirse, pero creo que de darme uno, la Señora Aurora le corta la mano.
— ¿Qué hay de la señora Constance? — lo mire divertida imaginando su posible cara de terror. — ella no solo te corta la mano, sino el brazo completo.
— La jefa entre jefas es aterradora.
— No lo niego.
¿Cómo puedo narrar la elaboración de los sándwich y la interacción de esos dos chicos? Puede existir una palabra, complicada. No fueron groseros el uno con el otro o particularmente amistosos, simplemente se trataban estrictamente lo necesario, eran como esos compañeros de equipo en un reality show de cocineros en la TV, que cuando era necesario, unían sus fuerzas y compartían en justa paz. En varias ocasiones pensé en tener una riña infantil en medio de la cocina, pero no, nada de eso ocurrió porque tanto Sebastián y Tony se ocuparon de realizar sus labores en silencio. Hasta los deje unos minutos solos para ayudar a mamá en su inquietud, donde sería el momento exacto para discutir como fieras por carne, pero una vez más al volver los vi separados del otro, eso sí, con un ambiente tenso envolviéndolos. ¿Discutieron? ¿Conversaron? No lo sé, pero sea lo que sea, no me enteraría en ese día. Terminados los emparedados, lleve dos platos a la habitación principal donde estaban mi mamá y la morsa de mi hermano mayor, quien de su ayuda solo se limitó a ver televisión solamente y dejando a nuestra progenitora lidiando con problemas tecnológicos. Si, ese estábamos hablando de un próximo profesor de la república, una proeza en potencia. Olvidando, hice mucha énfasis en que la elaboración de los panes no solamente fue de Sebastián, igualmente participamos Tony y yo, al menos en agregarle los ingredientes y tostarlos. Edward no espero ni un segundo en hincarle el diente, ni se molestó en preguntas de quien hablaba, simplemente se ocupó de llenar su estómago, al contrario de mamá que agradeciendo desde el fondo de su alma, comento ocurrir un milagro antes de navidad conmigo ocupándome de una actividad hogareña. ¡Qué grocera! Tambien pudo hacer ese tipo de cosas, solamente deben de darme algo de espacio y tiempo, las cosas se darán con tranquilidad. Rodeando los ojos, salgo de la habitación caminando hacia la sala, mi familia es tan única cuando me ocupo de los alimentos, lo admito, no lo hago a menudo pero la razón es sencilla: me aburro fácilmente. Agregándole una cosa más, los alimentos de mamá y la abuela son cien mil veces mejor a los míos, ni siquiera tiene punto de comparación. Más adelante en navidad lo comprenderán.

Mis pensamientos se dispersan al encontrar la sala de estar casi desierta, con un Sebastián observando cautelosamente unas fotos particulares en los estantes largos cerca de la biblioteca, son de mamá graduándose de su especialidad con toga y birrete, uno junto a la abuela, Edward de bebé con mejillas rojas de tanto llorar, una con una mueca particular de malicia junto a su profesora de preescolar, otra graduando de la preparatoria y después, vienen las mías. Oh, demonios, esto es vergonzoso porque allí está narrada mi niñez de manera rápida: una foto de bebé regordeta sostenida por la abuela con ambos brazos porque peso mucho, otra de aproximadamente tres años con mi peculiar cabello corto hasta el mentón sonriendo de oreja a oreja teniendo el fondo de blanca nieves y los siete enanos atrás, seguida de mi graduación de preescolar con toga y birrete, mi paso por la primaria junto al coro que pertenecí, la secundaria y finalmente la preparatoria en el colegio de señoritas ya teniendo una aura distinta más realzada y notificada, incluso salía con tacones usando el uniforme de Pasantías junto a mi adorable familia. Estaba que ardía en vergüenza, más en esa foto que me tomaron en el auditorio de mi antigua escuela apoyando mi mentón en la mano, sonriendo de una manera muy dulce. ¡Agh! ¿Se dan cuenta de la situación? Mi primer amor está mirando todo eso con atención, peor aún, fascinando en todo el sentido de la palabra más aun con esa imagen como si fuese la cosa más hermosa del mundo. A todas estas, ¿dónde rayos esta Anthony? ¡Debería protegerme de esto!
— Si hubiese sabido que vendrías… esas fotos no estarían allí. — le dije con voz ahogada, medio escondiendo mi rostro entre mis manos. — ¿dónde se ha metido Tony?
— Esta contestando una llamada, parecía importante. — señalo a la puerta, donde efectivamente estaba entre abierta. — Menos mal que he venido de sorpresa, estas fotos son increíbles. Son una evolución de ti. Me encantan.
— Debes estar bromeando.
— No, no lo hago. Sobre todo mira esta. — dice sujetando la de blanca nieves y los siete enanos. — Esta es la niña que perteneció a una gran parte de mi niñez, quien sujeto mi mano en el primer día del preescolar y me enseño que la cobardía solo es un impedimento para ser valiente, ella fue mi modelo a seguir con su sonrisa, su optimismo y la forma de plantear las cosas… me cautivo por completo. Yo solo, — sonríe dejando la fotografía en su lugar, cogiendo la que salía en el coro y seguido de la que más me avergonzaba de todas: la de la pose dulce. — me hubiese gustado estar en cada una de sus etapas y sostener su mano como en el principio. Aunque eso no quiere decir que este inconforme con el ahora, de hecho, prefiero haberte encontrado a no haberlo hecho.
— ¿Cómo es que aprendiste a decir todas esas cosas bonitas? — dije soltando una risita nerviosa, mirando al suelo como si fuese lo más importante del mundo. Lo sé, ahora la cobarde soy yo. — de pequeño jamás pronunciaste algo igual. Bueno, tal vez si pero…
— La despistada Isa lo desecho. — termino por mí la frase, dejando la foto en la cómoda y sujetando ambas de mis manos, obligándolo a mirarlo directamente a sus hermosos ojos esmeraldas. — no la culpa, porque al pesar de ser la niña más valiente de todas, popular entre las masas y no doblegarse ante nadie. Poseía un lado que deseaba ocultar a toda costa.
— ¿Qué exactamente? — pedí saber, alzando una de mis cejas.
— Su amor por su mejor amigo. — dijo sin prefijos, apoyando su frente junto a la mía y explotando mi poca capacidad de controlarme. ¿Acaso estaba provocándome? — aunque este, tampoco era bueno dándose cuenta de la verdad. Aquí entre los dos, era muy despistado. Pero eso no dice el no sentir lo mismo, al igual que ella, era buen actor.
— Eso quiere decir…
— Que la ama. — listo, pensé, ha terminado de descomponerme de la manera más imprevista posible. Ya no tengo corazón, ya no tengo estómago, páncreas, riñones u otro órgano. He quedado vacía. Oh, quizás no, me embarga un sentimiento tan cálido como la primera luz de la mañana, como el alba. — ahora más o peor que antes, la ama y solamente no quiere perderla por nada en el mundo. Con su yo del presente, busca hacer las memorias más hermosas de todas, quizás no estuvo en su evolución pero espera merecer sus sentimientos con intereses. Ella se lo merece.
Tenía miedo, mucho miedo, no lo decía porque era una tonta, pero la auténtica verdad era a temer despertar de este increíble sueño donde Sebastián volvía con su actual apariencia y decía amarme, no olvidarme en todos estos años separados. Porque de pasar algo así, no sabía exactamente como sobrellevarlo. Nunca me percate que este tiempo transcurrido había estado vacía, sobrellevando la pérdida de una de mis piezas que me componían, quien fue el responsable de llevarla consigo era un hermoso niño de ojos esmeralda. En aquella mañana de cielo gris, algo se quebró, se rasgó por la mitad tratándose de mi capacidad de querer, dando por consiguiente una nueva manera de ser. Aunque me fije en otros chicos, aunque miraba con precisión la presencia de otros, sobre todo, aunque admitían gustarme cada uno de ellos ningún me envolvía de la forma que lo hace Sebastián. Era mi primer amor, mi primera ilusión y quien me abrió la puerta en el arte del amar. Sé que dice enseñarle muchas cosas en el pasado, pero de la misma manera lo hizo también, incluso ahora con una yo viéndose al espejo y no estando conforme con su imagen, porque soy hermosa y no existe nada malo en mí. Salvo mi negatividad. Así que tomando todos los riesgos desde el inicio, sabiendo que mamá, Edward o el mismo Anthony podrían descubrimos en cualquier movida, sujeto con cautela el rostro de Sebastián y llevo mis labios a los suyos en un beso. Este no se sorprende o algo, solo se deja llevar por el momento regresándome el gesto con suavidad, dejándome a mí el rumbo de la situación pero entre más marco el ritmo perezoso en ambos más me entra la necesidad de aumentarlo. Por lo tanto, dando unos pasos hacia él, le obligo a caminar a ciegas hacia la mesa del comedor donde producimos un ruido sordo y colocando las manos en mis brazos, profundizamos el beso de una forma que jamás los hemos hecho, al menos juntos. Mis sentimientos han explotado, todo pensamiento que tengo luego de estar esperando el momento de poder vivir lo que vivo ahora, es besarlo hasta cansarme, hasta desgastar nuestros labios y agotar cada gramo de oxígeno en él. No me importa nada, ni la realidad aplastante sobre nuestras cabezas, alguien de mi familia descubriéndonos, o ser llamada desvergonzada solo quiero permanecer todo lo que pueda así, tan pegada a él, con mis labios probando los suyos y bebiendo el néctar del pecado el cual es dulce. De hecho, cada vez que lo beso, me recuerda un poco al sabor de mis recuerdos de experimentar el primer amor, el olor de la miel en el aire, el sabor de la canela en las galletas de navidad y la esencia del jengibre, todo aglomerado en un solo sitio para hacerme suspirar. Recordándome que efectivamente, el muchacho entre mis brazos es aquel niño encantador llorón de mis memorias, no otra persona.
Siento sus manos ascender hasta mi cuello, donde sus pulgares sacarían con delicadeza el contorno de mi mentón dándome escalofríos, provocándome entre un beso y otro, soltar un pequeño quejido que muere en mi garganta. ¡Demonios! Esto es vergonzoso, muy, muy, muy vergonzoso, estoy en mi casa, en el mismo techo donde está mi madre y de lanzada, me beso con el chico de mis sueños en la sala como si no existiera mañana. Tampoco es que tengo tiempo de morir de pena, porque la tortilla se voltea agarrando las riendas de la situación Sebastián al pegarme más a su cuerpo y profundizar una vez más el beso, todo el aire acumulado en mis pulmones se escapa por mi nariz dejándome casi vacía. Debido a la intensidad de la acción, me lleva la obligación de sujetarme con puño cerrado de la solapas de su chaqueta, como si fuese mi único salvavidas. Una rara sensación de cosquilleo se aloja en mi vientre, no sabría decir si es placentera o inquietante, solo sé que da pie a tener una incomodidad en toda mi piel que ha empezado arder. La cabeza me da vueltas, todo se vuelve confuso para mí, quedando únicamente el sonido húmedo de los besos con Sebastián y nuestras respiraciones erranticas, luchando por no cansarse antes de tiempo. De un momento a otro, creo que mis piernas pierden la fuerza de sostenerme, llevándome a doblarlas para casi caer al suelo, Sebastián percatándose de la realidad, pasa sus manos por mi cintura y agarrándome como si fuese una muñeca, gira mi cuerpo para apoyarlo de una manera bizarra en la mesa entre los adornos de navidad. Quiero reírme, al pesar de estar nerviosa y asustada de tener idea de lo que estamos haciendo, me entra la necesidad de hacerlo porque en la vida podría pasarme esto a mí, es decir, tengo pésima suerte en los asuntos amorosos. Pero no, Sebastián es mi trébol de la buena suerte, quien desde su entrada a mi vida hace trece años atrás, solo me ha llevado esperanza. Separándonos por falta de aire, suelto la risita que tenia atorada en la garganta provocando en él una expresión confundida en el rostro, seguramente, no se ha esperado nada de esto.
— ¿Qué es divertido? — pregunta, mirándome con un brillo inusual en los ojos.
— Todo, todo lo es. — engancho mis brazos detrás de su cuello, permitiéndome ser osada y posesiva con él. Quien aparentemente no le sorprende, solo se limita a seguirme con ojos de halcón. — que me descompongas al grado de doblarme las rodillas, créeme, eso es un logro en toda sus anchas.
— ¿Realmente no ha existido ningún otro chico? — pregunto curioso.
— Si, si han existido, pero no como piensas. — respondo, emulando una expresión pensativa. — Me he fijado en varios, más cuando estudie en la secundaria, pero ninguno de ellos les guste, al menos, no como deseaba. Y bueno, ya te hable de David, somos muy buenos amigos.
— ¿Qué hay de Anthony? — arrugo un poco su perfecto rostro, girándolo hacia otro lado provocándome a mirarlo descolocada. — ¿No te ha gustado ni un poquito?
— A ver si entiendo un poco. — dije separándome de él, volviendo a una postura cómoda. — ¿Quieres hablar de mis sentimientos por Tony, quien es mi mejor amigo, mientras estábamos besándonos?
— Isabell, sé que… que es estúpido, más cuando me explicaste todo antes pero… — trago saliva sonoramente, rascando su nuca con signos de incomodidad. — he visto su interacción y ustedes, realmente se llevan bien.
— Por supuesto, somos amigos. — recalque las palabras cruzando mis brazos. — ¿O no te lo ha parecido?
— Tú le gustas. — se defendió, suspire fuerte rodeando los ojos y ocupándome del trabajo del árbol que había dejado atrás. — se le nota por encima, como respira, como te habla, como… ¡Como juega contigo! ¿Nunca te diste cuenta?

— No, porque es el mismo trato que hemos tenido siempre. — respondí con monotonía, como si tratase con un niño. No pienso discutir con Sebastián por algo así. — Incluso cuando salía con Mariana, me trataba de esa manera.
— Quizás nunca la quiso entonces. — argumento convencido, pero como no le prestaba atención agarro una gran bocanada de aire, sacudiendo un poco sus cabellos rubios. — ¡Demonios! Sé que te resulta ridículo todo esto, más cuando no debería tener ningún derecho tomando en cuenta que estoy casado, pero… Isa, realmente me estas volviendo loco.
— Pues encuentra la cura de esa locura tuya. — le replique, mirándolo con un poco de enojo. — porque Anthony es mi amigo, solo mi amigo, y si, es apuesto, con una personalidad interesante y todo un partidazo si deseas colocarlo en esos términos. Sin embargo, te he escogido a ti por encima de eso porque te amo, te he amado desde ser dos pares de piojos e incluso ahora, te sigo amando con todas tus nuevas facetas intensas. ¡Ni siquiera he tomado en consideración tu matrimonio! O que este formándome una escena de celos por un amigo. Asi que termina entendiendo de una buena vez la verdad.
— Lo siento. — baja la cabeza apenado junto todas sus armas, haciendo que igualmente me relaje. — es solo que, nunca tuvimos esa conexión para bromear entre ambos, todo era tan ¿puro? No lo sé, aunque fuimos mejores amigos, nunca existió esa chispa propia de la amistad.
— Quizás porque jamás nos mirábamos de esa manera. — sonreí ante los recuerdos de mi niñez, entendiendo completamente a lo que se refería Sebastián. — ¿lo recuerdas? Íbamos a todas partes agarrados de las manos, apartaba a chicas de tu lado y tú me tratabas de una forma diferente, no igual a las demás.
— Te dije que eras el sol de mi luna… te regale un oso… — enumero las cosas, sonriendo de medio lado algo avergonzado del pasado. — con razón decían que éramos novios.
— Tu mamá lo dijo frente de la mía. — reí porque, en definición, fue muy gracioso. — su expresión fue de foto retrato, casi y me exigía porque jamás le conté sobre ello. Quería morir de la vergüenza.
— Realmente lo siento por eso. — se disculpó con sinceridad.
— No, bueno, a estas alturas no importa realmente. — me encogí de hombros, restándole importancia. — Aunque a tu mamá, realmente le hubiese gustado tenerme como nuera, recalcó haber sido una lástima no acabar juntos al final, de una bizarra manera, mamá la apoyo.
— Espera, ¿La profesora Annabeth lo dijo? — se pintó asombrado de la información.
— ¿No te has percatado? — ahora la asombrada era yo. — ¡Mi mamá te adora! Creo que secretamente fuiste uno de sus alumnos favoritos, eras calmado y buen portado, aunque te resta puntos lo llorón.
— ¡Oye! — me reclamo dando unas zancadas hasta mí, que reía muy divertida. — te recuerdo que ese llorón fue el objeto de tu querer, así que… deberías expresarte de él con más cariño.
— Por supuesto, por supuesto. — seguía riendo, porque Sebastián de pequeño llorando era muy adorable. Pero no lo diré. — el pollito asustadito del bebé llorón jamás defraudo a su maestra, ¿qué te parece así?
— ¡De ninguna manera!
Peligrosamente se acercó a mi dictaminando corregir malas conductas, porque seguía sin ser la forma de referirte a tu primer amor, seguidamente comenzó a hacerme cosquillas provocando unas carcajadas bastante escandalosas. No sabía como mamá o Edward no venían a comprobar que ocurría, seguramente estaban sumergidos en los informes de lapso, más aun Tony que seguía sin aparecer de su llamada. Mientras, me retorcía como una lombriz tratando de liberarme de las cosquillas de Sebastián, estaba entre avergonzada e inquietaba, soy del tipo de persona que es sensible a morir de la risa si la tocan en cualquier parte del cuerpo, pero tener las manos de mi primer amor tocando partes de él no dejaba mucho por decir, más aun tomando en cuenta las circunstancias de mis sentimientos por él. Con ella deja claro su comportamiento diferente de la niñez, a él no le gustaba robar espacio personal o robarlo, podría sujetarnos de las manos y caminar juntos, pero las otras demostraciones de afecto eran casi nulas. Por ejemplo, en las dos oportunidades de abrazarlo, sentía su cuerpo tensarse y temblar, quizás producto de nerviosismo u otra cosa. Hasta el sol de hoy, aun lo desconozco.
Quedando desinflada igual a un globo, Sebastián me libera sacudiendo sus manos en señal de ganar la contienda, me recuerda que la justicia siempre prevalecerá ante cualquier cosa, por los momentos he cumplido mi sentencia. Intento replicarle pero la puerta de la entrada de abre mostrando la enorme figura de Tony, va observando su teléfono con el ceño fruncido casi enojado por alguna razón, rápidamente me obligo a componerme para ir a su encuentro y saber lo ocurrido. Este comenta que Mariana lo ha contactado solo para hablar mal de mí, lo usual desde enterarse de gustarle a su ex novio, y que por nada en el mundo debería acercarse a mí para resolver las cosas porque terminare en jugar con sus sentimientos, es mi especialidad. Emitiendo un suspiro al inicio, esbozó una sonrisa como si las palabras de la chica me valieran un cero a la izquierda, aconsejando a Tony de tomarse las cosas con calma con ella está claro de aun seguir dolida, pero no tengo en lo más mínimo culpa de su situación y si realmente quiere un cambio en esto, debe empezar por analizar las cosas sin necesidad de empujarle la culpa a alguien más. De lo contrario, su punto de vista empezaras a volverse trillado y desgastado.
— ¿Realmente no te importa? — pregunta por millonésima vez Tony, caminando como un perrito perdido detrás de mí hacia la cocina. Mi sándwich aun me espera. — ¿Realmente? ¿Realmente?
— Para ya, te dije que me da igual. — admite una vez más, dándole un mordisco al pan y palmeando amistosamente el hombro de Tony. — no todas podemos ser rencorosas en la vida como Mariana, a eso le llamamos madurar.
— Está enojada. — puntualizo Sebastián con un rostro acusador, lo mire indignada. ¡¿Cómo se atreve?! — solo finge actuar fresca para no dar una mala impresión de ella.
— ¡Deja de meterte en mi cerebro y husmearlo! — le reclame refunfuñada. — En cuanto a ti, dile a tu ex noviecita que se deje de jueguecillos idiotas y se comporte como una mujer de verdad, que se meta conmigo no ganara nada en lo absoluto contigo. ¡Que madure de una vez!
— Realmente está enojada. — se limitó a decir Anthony sin aire.
— Te lo dije, está enojada. — le recordó Sebastián, sin mucha importancia. — la conozco muy bien.

Sencillamente, no puedo con este par de bobos. ¡Mejor que me dejen en paz de una vez! Me parece increíble que hace unos minutos atrás se asesinaran con la mirada ante sus desaciertos, y ahora, los una simpática coincidencia con respecto a mí. No entiendo a los hombres, muchas veces dicen que las complicadas somos nosotras las mujeres, cuando en la realidad, son ellos. Dándoles la espalda seguí comiendo mi delicioso sándwich conteniendo las enormes ganas de patearlos, ellos siguieron conversando como si nada de las muecas que hago estando feliz, enojada, pensativa o emocionada, el mismo Sebastián contribuía con unos datos para diferenciar algunos síntomas de acidez y descontento en las personas. Era como si de pronto, el tema de Mariana y sus sentimientos fueran dejados aun lado, convirtiéndose en dos casuales chicos conversando a gusto. Eso me hizo pensar en algo, si Sebastián y Tony se hubiesen conocido en otras circunstancias, tal vez fuesen amigos. Sin embargo, los tres sabemos de sobra jamás sucederá, no cuando sostenemos en nuestros corazones sentimientos complejos. Culminando de alimentarme, seguí mi camino hacia el árbol, ya estaba concluido y las menor de las preocupaciones residía en el presente, en los adornos, sino la creciente rabia nacida de mí antigua amiga, Mariana, hacia mí. Particularmente debería de acostumbrarme a esto, lo hace con cada chica de interponerse en su camino hacia el "amor", degradándola a la mínima expresión delante del mismo Anthony y la facultad. No me malinterprete, sentir temor de las miradas de los estudiantes y compañeros de clase por los comentarios de Mariana, me tiene sin cuidado. En realidad, mi preocupación reside en tanto soportare para girar la cara, enfrentarla y gritarle las verdades en la cara. Seria demasiado, darle una importancia no merecedora y nivelarme a su estatus. Lo siento, pero no le daré la satisfacción de verme alterada.
Termino el árbol de navidad con una mueca vacía en la cara, no es por como quedo los adornos, todo luce hermoso y elegante con las luces multicolores, las flores navideñas y las bambalinas doradas, plateadas y blancas, dándole un aspecto acogedor a la sala. Mis pensamientos viajan atrás, demasiado hacia atrás, cuando apenas comenzaba a confiar a mi alrededor en la universidad y enlazaba vínculos con Anthony y Mariana, siendo precisamente en estas fechas, estando demasiado emocionados de los planes para las festividades, más en la pareja, considerando ir a tomarnos unas fotografías en el árbol de la oficina central de la universidad. Es una tradición. Existe una leyenda, bastante absurda de saber mi opinión, quien vaya con su pareja y se tome una foto frente del árbol se casarían. Obviamente, fueron hacerlo, obviamente me arrastraron hacerlo, sobre todo, obviamente me obligaron a imitarlo. Jamás he creído en falsas esperanzas de leyendas inventadas por chiquillas emocionadas, son producto de sus mentes febriles enamoradas e ilusionadas con anhelo a aferrarse a algo, cuando en realidad, nada de eso ocurrirá. Mariana y Anthony lucieron sus rostros bañados en felicidad, entrega y devoción, desprendían el afecto del esplendor del amor. Ahora, en el presente no vale la pena lamentarse de los sucesos que los llevaron a separarse, es inútil de todas formas, porque precisamente la actitud de Mariana le da más indicios de tener la culpa de lo ocurrido y hundirse cada vez, teniendo un resultado irreversible.
Siento la presencia junto un aroma particular detrás de mi relajándome completamente, olvidando el enojo y la preocupación de hace unos momentos atrás. No vale la pena tener resentimientos, no vale la pena sentir temor, no vale la pena malestares o pesares, lo realmente importante es retener el mayor tiempo posible a Sebastián a mi lado.
— ¿Qué ocurre? — pregunto abordando uno de mis costados mirando el arbolito concentrado. — ¿aún sigues enojada?
— ¿Crees que debería? — intuitiva gire la mirada sonriendo serena. — según yo, no.
— Si, tienes razón.
Era increíble el nivel de conocimientos que poseía Sebastián de mí, pudo transcurrir una buena porción de tiempo sin vernos o interactuar, aun así al ponernos al corriente despertó cada gramo de su saber de mí. Por ejemplo ahora. No tenía intenciones de hablar de ningún tema, menos de lo ocurrido con Mariana y Anthony, es algo en no concernirme y querer olvidar lo más pronto posible de mi cerebro. Resetearlo igual a una computadora. Por eso, me valía mas tener al chico de mis sueños justo así, a mi lado, silencioso e inundando mis pulmones con su aromática fragancia del mar. En mi infancia solo bastaba tener su  incipiente mirada esmeralda en la mía para hacerme sentir mejor, mi estómago revoloteaba nervioso y ansioso de su atención, regocijándome a tope el corazón luchando por correr de la emoción. Fui una estúpida al no darme cuenta de la verdad cuando los componentes estuvieron delante de mis narices, más al tener su atención completa muy por el contrario de las otras niñas, el obsequio del osito y los sutiles movimientos de sostener nuestras manos juntas. Fui una completa despistada. Tampoco es momento de lamentarse del pasado, estoy conforme como los acontecimientos surgieron, de ellos, aprendí y me permitieron llegar justo en donde más adoro estar, a su lado. Sonreí en su dirección complacida, manteniendo en la memoria cada una de las visitas al parque montándonos en los columpios, meciéndonos y mirándonos directamente a los ojos para tener esa conexión especial. No me lo imaginaba, fue real, nosotros nos sumergíamos en un mundo fantasioso ajeno a cualquier otro, donde lo primordial era la existencia de ambos sintonizando una misma energía, el cariño. Esos mismos niños no desaparecieron, siguen allí, solamente permanecen ocultos detrás de las piernas de sus versiones adultas estudiando su dar el primer paso o no. De mi parte ya lo he dado, solo falta que el chiquillo de esmeralda mirar sostenga la mano que extendí hacia él.
— No mentí al decirle a la profesora Annabeth de los planes navideños. — dijo de previsto.
— ¿A qué refieres? — la visión de nosotros de cuando éramos niños se esfumo, embargándome el desconcierto.
— Noche buena. — giro completamente hacia mi cuerpo, tornando su mirada tan profunda y seria que el estómago me brinco asustado. — quiero... Quiero que la pases conmigo.
— ¿Qué...?
— Chicos, estoy pensando que sería bueno colar unas luces en la ven... — rompió la conversación Tony entrando a la sala enredado de luces el cuello, su aspecto era bastante despistado pero al leer la atmosfera incomoda de nosotros dos freno su discurso, sintiéndose terrible y un desubicado. — ¿Soy un incordio?
— Estoy impresionado de su capacidad para detectar el ambiente en las personas. — señalo con cautela Sebastián, sonriendo de una manera hipócrita y brillante. A cualquiera cegaría. — ¿se escapó un genio de la NASA?
— Sebastián... — lo regañe.
— Lo siento. — bajo sus enormes hombros junto a su rostro, aparentando hasta los momentos, arrepentimiento.
— Tranquilo. — camine a su encuentro dándole unas suaves palmadas en los hombros de consuelo, Sebastián frunció el ceño del descontento. Se acabaron las treguas entre los dos. — no pasa nada, ya tendremos Sebastián y yo tiempo de conversar. Por ahora nos ocupamos de lo importante, acabar los adornos.
— Muy bien.
Podría parecer estar huyendo de él usando la precaria excusa de arreglar navidad, incluyendo a mi amigo en la ecuación pero no estaba preparada para enfrentarlo, menos tomando en cuenta la esencia de estas fechas donde te reúnes con tu familia y Sebastián ya tiene una, una donde no estoy incluida. No deseo sonar rencorosa, pero lo estoy siendo indirectamente y eso me está doliendo. Afortunadamente mis pensamientos y discordancia se olvidaron, Sebastián tampoco insistió en conocer mi respuesta, no estaba enojado o algo parecido, aun así se sentía una terrible tensión que fue escondida bajo la alegría de ayudarme en mis obligaciones domésticas, lo conocía tanto como él a mí y el evitarme con la mirada era sus síntomas evidentes de descontento. No le daría tantos rodeos, no mientras la burbuja permaneciera intacta. Terminamos en adoptar la idea de Tony de colocar luces en la ventana, era una lluvia de color rojo que en la oscuridad resplandecía impacientemente, también adornamos de cerámicas, calcetines y botines la sala, sin olvidar la respectiva guirnalda en la entrada, inclusive encontré un viejo muérdago que no dude en desaprovechar. Ya saben las milenarias costumbres incapaces de olvidar, menos si la colocas encima de tu chico dorado en tanto tu mejor amigo pega calcetines, ganándote un beso tan dulce y fugaz como el vino de manzanas. Mamá hizo su aparición justo después de culminar los preparativos colocando un chillido en el cielo emocionado, felicito efusivamente a su ex alumno con un abrazo y un apretón de hombros alagándolo de su buena obra, aunque no quisiera le dio una cautelosas palabras a Tony, desagradándole o no ayudo y mamá no es tan desubicada como para pasarlo. Le hubiese gustado ayudarnos pero teniendo un trabajo tan agotador, se lo impidió, por suerte, manos eran lo que sobraban para ayudar. Sorpresivamente, Edward no salió, quizás enroscado de las tablas de deberes de mamá o sencillamente durmiendo, tampoco lo extrañe, entre más alejado de Anthony y Sebastián mejor. Llegada el momento de las despedidas, acompañe a ambos jóvenes hasta la salida de la residencia para abrirle, a mi mejor amigo no lo vería posiblemente hasta el próximo año, tomaría seriamente la decisión de visitar a sus padres a su pueblo natal para compartir con ellos, me llamaría y reportaría una vez pudiese. En cuanto a Sebastián, las cosas aun tenían una definición concreta inquietándome, porque ya me había preparado para su ausencia en noche buena y de buenas a primeras, me ha propuesto estar juntos en un día enteramente familiar. ¿Dejaría a Karla por mí? ¿Le cargaría la responsabilidad a Katherin de la niña? Debo evitarlo, no soy esa clase de mujer egoísta y desalmada en provocar algo asi, mis principios me lo prohíben.
El ojos esmeralda, una vez estando nuevamente solos, me sostiene delicadamente el rostro temiendo herirme, regalándome una mirada suave y tersa desprendiendo cada contradicción de mi cerebro de lo correcto o incorrecto, buscando mis labios y robándome el aliento. Sorprende de no ser la primera vez de hacerlo, sigue surtiendo el mismo efecto, calentando cada rinconcito de mi cuerpo, succionando las ganas de alejarlo y sumándole la necesidad de querer más, desearlo más, mucho más. Algunas personas dicen que una traición duele, y yo les digo que esto lo hace mucho más, un tipo de amor de consumirte al grado de desconocerte y aniquilarte. Estoy en un nivel de alerta naranja, ya estoy desconociendo partes de mí y asustándome de lo que soy capaz de hacer. ¿En qué momento me convertí en esto? ¿Hasta dónde llegara mi egoísmo? No tendré respuesta, no ahora cuando me desintegro en los labios carnosos de mi primer y único amor, en sus brazos estoy en casa.
— Por favor... — susurra contra mis labios, dándome un escalofríos al escucharlo un poco desesperado. — por favor Isa, pasa conmigo noche buena.
¿Aceptaría? ¿Mi hambre por este hombre era capaz de romper esquemas de lo correcto?
— Sebastián... — musite con aflicción, casi doliéndome su anhelo. — yo... Yo... ¡Dios! No sabes cuánto deseo esto, estar contigo sin restricciones y barreras. — puse una distancia prudencial entre ambos, quedándome con mis manos para mí misma. — pero por mas desearlo sabes que no podemos olvidar la realidad.
— Katherin... — dio la respuesta bajando la mirada triste.
— No solo ella, también está tu hija, Karla. — viéndolo descomponiéndose delante de mí, no pude evitar socorrerlo agarrándole su rostro y obligándolo a mirarme a los ojos, esos que una vez me capturaron de niña y seguían haciéndolo sin tregua. — la navidad es la máxima ilusión de los niños. Compartir con tu familia, abrir los regalos... Por más que quiera raptarte para mi sola, así sea una sola noche, no puedo apartarte de ellas, no por mi egoísmo.
— Te doy el permiso de hacerlo, entonces. — sus manos se mezclaron con las mías produciendo una electricidad infinita, que llego a cada célula de mi cuerpo y quemándola. — he permanecido muchas navidades junto a Katherin, guardar una para nosotros no nos matara, es más, la vida no las debe. — una risita se nos escapó a ambos ante su comentario. — Karla... Ella no despertara hasta el otro día, solemos abrir los regalos el veinticinco juntos, es una tradición que tenemos ambos desde tener memoria. Por eso, Isabell, por favor, dame tu noche buena solo para mí.
Estaba cayendo, no podía escapar de caer a la fosa sin fondo de este amor doliente por Sebastián, llegando al grado de necesidad de retenerlo egoístamente como una loca en mi noche buena. Sabía una cosa, dejar ir esta oportunidad de ambos a solas en una fecha importante, menos si me colocaba los motivos de impulsarme a aceptarlo. Nuevamente esa niña de cinco años volvía a asomarse, vestía aquel vestido azul con cuello y lazo rojo en la cintura particular de mi infancia, de la que viví junto al amigo de mi niñez, ella fruncía el ceño exigiendo tener su momento con el amor de su vida, apartando a cualquier chica de querer ocupar su lugar. Es más, nos convenía a las dos tenerlo a nuestro lado, alli era su sitio.
— De acuerdo. — suspire contestando al fin, recibiendo una sonrisa brillante de su parte. — pasemos ese día juntos.
— ¡Oh! ¡Hermosa! — unió sus labios con los míos rápidamente y emocionado, casi me contagiaba su entusiasmo rebosante y brillante. — prometo que funcionara, iremos a un sitio donde nadie nos incordie o juzgue, seremos únicamente tu y yo. Funcionará, te lo seguro.
— Lo sé. — acaricie su rostro con el dorso de mi mano, él cerro los ojos disfrutando del tacto. — confió en ti. Desde el inicio y hasta siempre, apuesto mi fe en ti.
Pronto esa esperanza, se vería truncada por la realidad partiéndola en pedazos, destruyéndola tan vilmente que las repercusiones no serían medievales, sino titánicas. En ese entonces, no vi venir, tampoco lo intuí, estaba tan borracha de felicidad y amor que olvide que la misma vida encargada de devolverme mi deseo con acompañamiento, seria nuevamente capaz de arrebatarme las migas con las que estaba conformándome. Como dije, esa tarde/noche ciega de amor me entregue a la esperanza de imaginar navidad con el amor de mi vida, los días después de ese también, tan entusiasta que ayude a la preparaciones de la reunión familiar previamente anunciada y anticipada. Arregle junto a mamá y mis tías, la casa de mis abuelos mientras el ambiente desprendía el olor de las comidas especiales de esas fechas, contagiándome de un ambiente propio de fiesta. Tuve la visita de una de mis primas mayores, Carolina, la cual, hace poco dio a luz a un encantador bebé, Alejandro, que cumplía tres meses de nacido. Es cierto de tener don para los mocosos, eso incluyo de los tres años en adelante, en reversa... Es otro relato. Sin embargo, teniendo una regocijante alegría brotando de mis poros, me anime a cargarlo y darle mimos al bebé con el desconcierto de mi familia. Andrés, uno de mis primos más fastidiosos y burlones, junto a mi hermano, se atrevió a decir que mi excelente humor se debía a tener una cita en vísperas de noche buena, ¿por qué otra razón regalaría sonrisitas gratis? Estuve a punto de lanzarle un cojín en el rostro, no detenerme María, mi más cercana prima y siendo sincera, la más cautelosa de todos. No existía problema de tener alguien para amar, sin distinción de nadie tenemos el derecho, mas conociendo las calamidades sufridas en ese ámbito. No contentes, atine a sonreír en un agradecimiento silencioso, estoy bien con ese catalizador humano y sus sabias palabras, nada va arrobarme mi felicidad. Carolina, de su parte, arrojo una única pregunta, si serían capaces de conocer a ese asombroso chico capaz de dibujar las más radiantes de las sonrisas en una de sus primas, a lo que conteste ser pronto, muy pronto.
Durante las compras navideñas las hice con mamá, ambas fuimos atraídas a asistir a un bazar de ofertas imposibles de ignorar, siendo el lugar propicio para buscar los regalos perfectos de noche buena. Como era costumbre, mamá compraba obsequios para los más pequeños de la familia, tratándose de peluches o dulces de la época, ayudaba en escogerlos para cada niño. Antes solían ser tres: Mariangel, hija primera de Carolina, Christian, hijo de mi tío Josué, y Rubí, hija de la hermana mayor de María, Ariel. Ahora sumariamos a Alejandro, el nuevo integrante. Recorrimos el bazar comprando varias cosas para la cena navideña, una que no pensaba por primera vez en asistir, pero igualmente acompañaría en su realización. Sebastián y teníamos fríamente calculado, ambos estaríamos en nuestros respectivos hogares, él por su parte antes estaría montando turno en la cafetería como le fue informado por la señora Constance, en tanto yo esperaría a su señal para juntos irnos a un lugar apartado del mundo. Aun no me ha dado signos o señales de donde, solamente de encantarme y explotar mis memorias al mínimo grado. Eso aumento más mi ansiedad por saber, descubrirlo de alguna forma, aunque lastimosamente mi único informante Rafael, no tuvo ningún avance y se estrelló antes de descubrir algo. Ya lo sabría, no debía comer ansias, esperaría al día. Tampoco quiso compartir conmigo la cuartada de usar con Katherin, ni estuve en la necesidad de enterarme, entre más puentes estuvieran entre ambas, menor seria mi culpa de lo que hacía con su marido. Compramos un peluche con forma de estrella para Alejandro, una cesta de bombones y galletas para Christian, una muñeca de trapo para Mariangel y para Rubí, una gatita afelpada. Mientras recorría una tienda de accesorios en la búsqueda de aretes en combinación de mi vestido negro, logre descubrir un hermoso listón rojo en uno de los vitrales. Sabia ser una mala idea, una pésima idea, aunque mi imaginación me gano al dibujarlo con una chiquilla de cabellera rubia ondulada, ojos verde jade y sonrisa brillante como la misma primavera. Hablaba de Karla. Desde luego, al escoger mis pendientes introduje intuitivamente el listón, llevándolo consigo misma. Mamá, extrañada de mi acción pregunto si tenía en mente a una de mis primas menores para el lazo, en su desconcierto señale que no, tenía alguien más en mente. Para mi progenitora no era extraño pasar tiempo con Sebastián o hablar a menudo de él, imaginaba estar retomando la vieja amistad perdida en esa mañana gris de junio, donde solo compartíamos una sencilla alegría de reencontrarnos. No tenía conocimiento de la verdad, de querer retomar un amor inconcluso, perdido y hacerlo autentico, porque la vida no los debía y luchar contra ello era necesidad, jamás egoísmo. Lo necesitaba tanto como él a mí, separarnos era una terrible tragedia. Lo que yo desconocía, era de la astucia de mi mamá, subestimándola y creyendo que por ocultar mis movimientos de ella, no intuiría los cambios notorios de mi humor o sencillos, como lugares de visitar. Aunque, esto, se vería más adelante.
El esperado día, llego y con él la visita en manada de todos los hijos de mi abuela, en su no tan humilde hogar. La casa era de tres pisos, donde en cada uno tenía tres habitaciones, a excepción de la última al ser una especie de ático de madera incorporada y es allí, donde usualmente suelo quedarme a dormir cuando soy invitada. En la primera planta, con una sala amplia de sofás de cuero color vino, meza ratona caoba y buros con un número de fotos de todos los nietos, incluidos los hijos como adornos, siendo el mayor tema de conversación de todos. A la mínima llegada de mi tía Ortencia, junto a mi prima Carolina sus dos hijos se perfectamente que se descontrolara, no lo digo por tener un espíritu fiestero y entusiasta, sino igualmente por su voz estridente capaz de sonar en todo el vecindario. Poco después, llega mi tío Jesús, con su esposa e hijos, comen por tres de ellos mismos y jamás lo asimilan, las personas que aumenta hasta por tomar agua mueren por saber sus secretos. La tía Josefa, el tío Josué y la tía Anita no tardan en hacer su aparición, convirtiéndose la casa en la morada de los hijos pródigos que vuelven para ver a su madre. ¿Y la abuela? Contenta, emocionada y perpleja de cómo cada día la familia crece, en cuanto ella tiene la dicha de verlos juntos y felices. Mamá comienza la elaboración de sus platos, el pollo relleno, el estofado de vegetales salteados, la ensalada legendaria de manzanas, el pastel de zanahoria... Sin mencionar el pie de limón de la tía Anita, estando dispuesta a ayudar a su hermana. Estoy desde las escaleras visualizando el panorama, contemplando silenciosamente la alegría de compartir la noche buena con los seres queridos, una celebración que viene una vez al año. Aunque, mi mente no estaba concentrada en el lugar, sino el teléfono reposando en mi regazo sin signos de vida. Había hablado con Sebastián esa tarde, en su descanso del trabajo en la cafetería y me confirmó su asistencia para nuestra cita, debía de estar lista para cuando me llamara primero iría a su casa a resolver unas cosas, prometía no tardarse.
Espero que estés preparada para vivir muchas emociones, hermosa. — dijo y mi corazón repiqueteo contra mis pulmones, imposibilitándome respirar. — solo espérame, se paciente.
Desde eso ya trascurrió mitad de la tarde/noche, anunciando mi reloj las siete y punto de la noche aumentando mi ansiedad, sabía que le costaría inventarse o liberarse de su familia pero jamás que tardaría tanto. ¿Qué le llevaba tanto? Restregué mis manos frustrada a mi rostro, no quería arruinar mi atuendo de hoy y menos mi maquillaje, solamente que entre más pasaba los minutos, mas comenzaba a considerar ser imposible encontrarnos, es decir, es víspera de navidad y estar con los tuyos es lo primordial. ¿No? Si eso es cierto, si lo tengo bastante claro... ¿Por qué escuece tanto? ¿Por qué duele mi pecho? ¿Por qué? Aaah... Ahora lo sé, entiendo que el primer sorbo de bebida alcohólica arde más y a la segunda, tercera, cuarta, quinta... No dejara de hacerlo, sencillamente te vas acostumbrando a que fastidie. El amor de Sebastián es astilloso, doloroso en cierto gramo, del mismo modo, me es difícil de soltarlo porque entre más me involucro entro en la necesidad de quererlo más, mantenerlo más y más a mi lado sin poder verlo marchar. Soy una masoquista, es amargo y tortuoso, pero es la verdad. Me recuesto entre los escalones de las escaleras colocando mi vista fija al cielo raso, las voces estridentes combinadas junto las risas de Carolina llegan a mis oídos de prisa, están pasándosela bien allá abajo y no dudan en manifestarlo. Me alegro, al memos alguien está siendo feliz en esta noche tortuosa como esta, anteriormente solía pensar en ser la más emocionante de todas y animada. La comida, la compañía, los cuentos de la tía Gertrudis, las indignaciones fingidas del tío Jesús las risas de la abuela María, eran los componentes necesarios para desearlo más a ninguna otra. Ahora, mis esperanzas, mis ilusiones y mi entero anhelo de la navidad estaba siendo pulverizada a granos, quizás motas y todo por fantasear con ideales muertos, difíciles de realizar.
— ¿Vas a quedarte como muerta toda la noche? — la voz de Erika, la hija mayor del tío Jesús, proviene de abajo llevándome a sentarme en los escalones. — ¿O vendrás conmigo a asaltar la cocina?
Sugestivamente movía las cejas con evidente invitación, su sonrisa torcida hizo que ahogara una risa entre mi garganta, aun me negaba a seguir adelante con una noche tildaba al fracaso y dolor. En cambio, Erika seguramente enterada de mis planes por María, venía a mi rescate de las tinieblas.
— ¿Y bien?
— No tengo ánimos, mejor ve tu sola. — rechace sin rodeos, corriendo hacia atrás mi cabeza volviendo a la posición inicial, desparramada en las escaleras.
— ¿Qué rayos sucede contigo? — quiso saber, acercándose y tomando asiento a un lado de mi dándome un suave empujón. — eres la más alegre en estas fechas, hasta ideas planes para salir libradas de las manos de la tía Annabeth.
Era cierto, Erika y yo compartimos la misma edad, somos contemporáneas al nacer en el mismo año, solo nací dos meses antes a ella pero prácticamente fuimos criadas juntas nos llevamos bien, no al grado de María, pero nos convertimos en cómplice en las navidades.
— Ya te lo dije, no tengo ánimo. — repuse firme mi postura. — ve tú. Conseguirás burlar a mi mamá.
— No tiene gracia si estoy sola. — manejo con suavidad la circunstancia, gire impresionada ante su tono de lejos burlón de mi prima y de una expresión serena. — seré un blanco fácil sin nadie cubriéndome las espaldas. La comida es más deliciosa si es acompañada, tú lo dices y estoy de acuerdo con eso. Además, la tía Josefa trajo sus galletas marmoleadas, sé que mueres por ellas y no vas a negármelo.
— Erika...
Y suena mi teléfono, llevándome a levantarme igual a un zombi rejuvenecido de la tumba, Erika arquea las cejas del cambio repentino de actitud con un simple sonido de un artefacto tan útil como mi móvil, siendo capaz de elevar mi ánimo y sumarle esperanzas donde no las hay. No es una llamada se trata de un mensaje, uno de un remitente inesperado e inoportuno, hablo de David. Hemos estado conversando un poco desde empezar a salir con Sebastián, mostro su postura clara de oponerse a mi decisión y un desacuerdo completo, aun así, entendió no poder ir contra mí y frenarme. Una vez se mete una postura en la cabeza, nadie es capaz de cambiar mi opinión y eso lo sabe de sobra. Teme de que esta historia culmine con mi desilusión, entiende no poder consumar nuestro primer amor, ser separados antes de poder comprender algo del significado de querer, sin embargo, merezco algo más a las sobras de un cariño nacido para ser completo. Tuvimos nuestro pasado, nos convertimos en amigos y eso le da el poder para esperar lo mejor para mí, no mitades, menos sobras, solo la felicidad completa y plena. Me quede muda ante sus declaraciones, si existe algo entre David y yo es la sinceridad, contarnos las cosas sin filtros directo y conciso, aunque eso signifique malestar en el otro. Su mensaje me ha tomado desprevenida, no lo vi venir, aunque no calma mis ansias de noticias de Sebastián.
— "¿Hasta cuándo vas a ignorarme?" — lee en voz alta Erika, frunzo el ceño al notar violentar mi privacidad. — ¿a quién estas ignorando?
— A nadie. — voltee el teléfono hacia mi dirección para un poco de humanidad, Erika aun seguía insistiendo ver mi respuesta. — ¿No ibas a asaltar la cocina?
— No sin ti. — insistió mirándome con sus oscuros ojos, eran implacables e intuitivos. Me sentí expuesta. — no voy a dejarte hundirte en tu mierda, será mejor para ti venir conmigo y arrojar ese celular lejos. Siento mucho por el ignorado, pero entre mas rápido te desligues de la tecnología, excelente.
— ¿Qué?
— Ya hable. — se levantó de golpe jalándome con ella, desconocía completamente la tenacidad de mi prima y el verlo en vivo no te da tiempo a responder. — quedarte acostada en las escaleras no va a llevarte a Sebastián y tampoco vale la pena sufrir por él, hoy es navidad Isa y vamos a disfrutarlo como debe de ser. — sujeto mi teléfono guardándolo en uno de los bolsillos de mi vestido. — Mira nada mas como te ves, estás grandiosa. Estoy segura que a nuestros tíos les agradara verte, ¿sí? Solo date una oportunidad de luchar por ser feliz. No por depender de alguien, no por alguien, sino por ti prima, únicamente por ti. Hazlo.
En ese momento, desconocía completamente recibir uno de los mayores consejos en esta travesía, que colocaría en práctica más adelante.
Aguarde silencio siendo llevada hacia estaba concentrada mi familia, al verme, los más pequeños salieron disparados a saludarme preguntándome si quería jugar con ellos. Mire inquisitiva a Erika al empujarme a esto, conocía mi estado de ánimo y rechazar a los chiquillos es algo imposible de lograr, llevándome a aceptar. Aunque mi prima, tenía otras ideas en mente. Al tener a los pequeños de nuestra parte, poseía la liga completa para asaltar la cocina y los guardias propicios para vigilar, ella en cambio daría el remate hacia el botín perfecto. Seremos piratas. Diles eso a niños llenos de fantasías en sus mentes, claramente saltaran y chillaran de alegría capacitados de comenzar con el rescate del tesoro legendario navideño. ¡Santo Cielo! Su nivel de incentivar a las criaturas es supremo, convirtiéndonos en tres pequeños y dos adultas caminando en fila india hacia la cocina. El sitio estaba despejado (por los momentos) emanando un olor increíble de pollo horneado que te hace agua la boca, en los mesones desfilaban platillos exquisitos, entre ellos, la ensalada de mamá, el pie de la tía Anita y las dichosas galletas marmoleadas de la tía Josefa, si nos descubren seremos aniquilados. Erika va de lleno por el botín con los más chicos, mientras Mariangel y yo, cuidamos la entrada de posibles vigilantes. La niña de unos siete años, me observa con cautela queriendo descubrir los motivos de mi decaimiento en noche buena, ella sabe ser la primera en adorar estas fechas y apoyar las ideas de surgir en el momento, total contraste del presente. Sebastián sigue sin aparecer y las manecillas del reloj siguen su curso, angustiando mi alma al mínimo logrando bajar la temperatura del cuerpo. Si no podía cumplir sus planes... ¿Por qué? ¿Por qué ilusionarme de esta forma?
— Sonríe. — el tono presuntuoso casual en Mariangel me llega, viéndola sonreírme como solo ella puede hacerlo. — no dejes que nada opaque nuestra noche, Isa. Tu solo sonríe.
— Mari...
— ¡¿Pero qué carajos hacen en la cocina?! — el grito proveniente de la tía Josefa nos alerta a todos, recorriéndonos un susto desde la cabeza hasta los pies. Llego el momento de huir. — ¡Ya verán cuando los coja!
Sin siquiera pensarlo, agarro la mano de mi prima pequeña y teniendo los gritos asustadizos de los demás, salimos despavoridos rumbo al último   piso, el ático. Allí nadie nos fastidiaría. Íbamos con la lengua a fuera, desgastados al borde del colapso (en el caso de Erika y yo) los pequeños gritaban, reían y chillaban con la adrenalina alta, sintiendo la envidia de su energía. Los niños sí que no se cansan. Ya en el ático, sujete en el pomo de la puerta girándola ayudando a los chicos aun manteniéndose los gritos de la tía Josefa unidos a mamá y cerré con pestillo, solté el aire por la nariz deslizándome al suelo jadeando, rezando las gracias al cielo de liberarme del demonio. La tía Josefa no es conocida por amabilidad, generosidad o alegría, lo contrario, es gruñona, malhumorada, gritona y... ¿Qué rayos? ¡Es amargada! Fin de la historia. Erika es la primera en recomponerse, sonriendo burlonamente y sacando de su chaqueta de cuero una pequeña bolsa llena de galletas, Christian la imita con brownies en miniatura y Rubí con bolitas de carne. ¡Estos niños! ¿De dónde aprendieron esas tácticas? Ah, por supuesto, he sido yo. Luego de un minuto de silencio, las risas estridentes reinaron en la habitación contagiándome con su espíritu, llevándome a imitarlos cogiendo una galleta para comerla. La tía Josefa puede ser lo que sea, pero sus galletas son las mejores.
— Te luce. — dice Mariangel al segundo de calmarnos. — me refiero a la risa, te ves bien con ella.
La abrace fuertemente, ahogándome con su infantil fragancia de las frutillas, gravando en mi cabeza la sensación de ser un niño y no tener preocupaciones de nada. Ese era el mayor problema de convertirnos en adultos, borrar de raíz lo que significa ser feliz, no por conveniencia, sino por obligación. Los problemas no son bienvenidos. Recordando el obsequio esperando en mi bolsa, me separe de la niña mencionándole tener algo para ella, sus ojos brillaron de anticipación y alegría imaginando cualquier cosa menos eso. Envuelto en una bolsita dorada de lazo rojo, se mantenía guardado el listón que antes pensando para Karla, aunque Mariangel le daría un mejor uso.
— ¡Muchas gracias Isa! — manifestó alegre abrazándome efusivamente con su nueva adquisición. — combina perfectamente con mi vestido de año nuevo. Cuando mamá sepa no lo creerá.
— Me alegra que te gustara. — sincera le doy unos suaves toques en la cabeza. — es un listón hermoso y elegante para alguien linda como tú.
— Sabes perfectamente mis gustos.
— ¡Oigan! — Erika nos llamó, los otros chicos estaban a su lado listos para jugar Just Dance. — ¿Van a entrar o no?
— Vamos. — la invite.
Pase el resto de la noche entre comida deliciosa, música, bailes descontrolados y las risas infantiles de mis pequeños demonios favoritos. María y Carolina parecieron casi a media noche con ofrendas de paz, la tía Josefa lucia aparentemente más calmada y casi desinteresada del incidente, tío José coloco la ofrenda de paz para los niños (mas comida) y dieron el asunto resuelto. Carolina me agradeció el gesto hacia su hija, ella estaba emocionada, demasiado de hecho, asegurándome que la reunión de año nuevo se lo vería. Eso, ni en duda lo coloco. También cargue un poco a Alejandro, seguía siendo adorable y suavecito sonriendo cada vez en darle mimos, aparentemente a estas alturas todo el mundo conocía de mi desdicha. Intente no darle rodeos al asunto, si eso ocurría, si no se dieron las circunstancias no lloraría, lamentaría o algo, me concentraría en los hechos importantes y el mal desecharía. Afortunadamente, nadie pregunto o hizo algún comentario malintencionado, respetaron mi privacidad y se los agradecí. Para la media noche, nos organizamos como pudimos en la mesa para degustar el riquísimo plato elaborado por mamá, con la abuela en la cabecera nos deseó una feliz navidad y los mejores obsequios de parte del niño dios, no solo materiales, igualmente espirituales. A veces lo mejor viene en los pequeños gestos son los que marcan la diferencia, ejemplo, un abrazo. La comida estuvo deliciosa, el pollo relleno, la ensalada secreta de mamá y el estofado de a poco desaparecieron del plato, demostrando que una vez más mamá era la reina de las cenas navideñas. Los halagos no tardaron es escucharse, comentarios de querer igualar el sazón o saber la recetas, son lo úsales y mamá sabia como llevarlos. Evadiéndolos, no por supuesto. Me levante del asiento agradeciendo por los alimentos teniendo un par de ojos encima de mí, Erika y María, quienes no esperaron a seguirme muy detrás. Estaban pensando de sobra, no voy a llorar o lamentarme, solo quiero comer pie de limón sin que nadie moleste. Una odisea completa si tienes una imagen de pena en noche buena. De todas formas, logre servirme un poco y caminar directo al balcón del segundo piso el perfecto lugar para contemplar los fuegos artificiales, un buen acompañante si comes algo dulce.
La brisa nocturna invernal choco contra mis mejillas en una suave caricia, mientras mis ojos se enfocaban en un cielo bañado de luces multicolores en un espectáculo único y sin imprecedentes, el entusiasmo en las personas era latente y esplendoroso, más no contagioso. Un dolor agudo se situó más abajo de mi pecho llevándome a jadear en búsqueda de respirar, suelto una risa seca, prácticamente irónica como para ser tildada de loca. ¿Lo estoy? ¿Estoy loca? Si, lo soy porque al pesar de tropezar con las mismas rocas, caer y herirme vuelvo atrás para repetir la misma acción. ¿Una persona racional haría eso? No, se desviaría del camino y tomaría otro evitando el dolor. Está claro no ser normal. ¡Ah! Los niños son hasta más listos, una vez se han caído en un sitio toman precauciones si vuelven por allí o también, no pasan más. Lo supe, desde el inicio lo recalque e incluso, me fui preparando para no depender de una ilusión. Pero no, no funciono así porque basto una frase de Sebastián y yo caí rendida a sus pies, como una esclava, como una ciega, como una... Una... ¡Una condenada tonta! ¿Le es divertido burlarse de mí? ¿Inyectarme esperanzas? ¡¿Lo es?! Porque no lo es, no tiene nada gracioso verme la cara de lo que soy realmente, una mujer enamorada. Ahora, me siento perdida, dolida y arrinconada en medio de una fiesta de noche buena, significando alegría y dichas, convirtiéndola en el lugar propicio para un entierro.
Si quiero llorar, este es el momento.
Antes de aparecer las tormentosas lágrimas, mi celular revive sonando entre el bolsillo de mi vestido anunciando una nueva llamada, a esas alturas ya no me importaba el remitente o las excusas de colocarme, el daño fue ocasionado y era de carácter irreversible. Descolgué el auricular al instante de los pasos de mis primas hacían eco detrás de mí, aclare mi garganta  por si surgía algún sonido ahogado o frágil antes de hablar.
— ¿Si? — conteste borrando cualquier rastro de mucosidad indeseada. — ¿diga?
— ¡Feliz Navidad Isa! — exclamo Anthony en medio de un bullicio, música y parecía su mamá mandándome saludos a lo lejano. Sentí quebrarme en dos. — Espero que la estés pasando bien con tu familia, la cena de la que tanto sueles alardear. — apreté los labios luchando para no salir un quejido, pero falle, pues un ruidito lastimero se me escapo. — ¿Isa? ¿Isabell? ¿Ocurrió algo?
No podía decirle, tenía que tragarme cada uno de mis amargos sentimientos para mí misma, agobiarlo con mis problemas mientras él está lejos compartiendo maravillosamente con su familia seria demasiado injusto. Me gustaría verlo, estrecharme en sus enormes brazos, desprenderme de lo malo y ahogarme en su fragancia de madera. Pero es inútil, no va suceder.
— No... Que va, estaba aguantando las ganas de reírme de tu mamá. — finjo una risa convincente, doliéndome el pecho tanto que quema el respirar. — dile por favor que estoy bien y le mando saludos. Estoy esperando comer nuevamente su tarta de manzanas amarillas.
— No tienes remedio. — murmura indignado, provocándome otra risa seca. — ¿Segura que todo está bien? No suenas tan entusiasta como los años anteriores, sueles estar tan hiperactiva que de todo ríes y haces bromas. ¿Me ocultas algo?
— Ya vas en modo paranoia. — bromeo rodando los ojos, apretando mi puño libre ejerciendo presión para ocultar la realidad, obligándome a llevar la actuación a las últimas consecuencias. — voy a cortar y seguir comiendo el pie de la tía Anita. Adiós.
— ¡Espera! — me detuvo asustado, imagine sus ojos gatunos saltando alarmados de mi amenaza. — Isa, tú no me ocultarías jamás si pasa algo contigo, ¿verdad? Lo prometiste, dijiste que jamás lo harías nuevamente. ¿Por qué siento que lo estás haciendo ahora?
Porque no quiero arruinar tu noche oscureciendola con mi tristeza, porque te extraño como una loca y solo me gustaría estrecharme contra tus brazos mi cobijo, mi escape de la realidad, pero no puedes y no debes te mancharía con mis penurias. Ya tienes suficientes como para sumarle más. Quiero decirle eso, no lo hago, en cambio muerdo la mejilla interna y termino diciéndole otra cosa.
— La Noche Buena te vuelve melancólico, ¿no es así? — incentive empujando mi voz con la poca fuerza que tenía, percibiendo que el pulso cada vez más me temblaba. — estoy bien, créeme. Ahora, cuando vuelvas te contare las aventuras que tuve con mis primos pequeños para evitar ser asesinados, los robos nunca salen perfectos.
— Isa, yo... — seguía sin creerme, lo sabía, el tono de su voz lo dictaminaba y comenzaba a pensar decirle la verdad. — te quiero, eso lo sabes ¿verdad?
— Si, de sobra lo sé.
— Y espero que jamás lo olvides, aunque estemos separados o juntos puedes contar conmigo siempre. — confeso y con ello la primera lagrima se derramo estrangulando mi corazón, opaco y destrozado. Dolía, me dolía tanto que me costaba avanzar, fingir estar bien era más torturoso que desde el inicio. — nunca te dejaría caer, te sostendré cada vez en que desfallezcas o canses. Recordándote lo importante y fuerte de ser, tu valor en tu familia, sobre todo, en ti misma. Eres la luz más brillante en el cielo, Isabell.
— Cursi... — reí secando las lágrimas machando mi cara, reprimiendo un sollozo. — pero gracias, yo también te quiero mucho, Tony. Nunca lo pongas en duda o pateare tu trasero. Créeme cuando te digo estar bien, ahora ve y sigue disfrutando de tu fiesta.
— Volveré para noche vieja. — confeso, lleve una de mis manos a mi boca para amortiguar un gemido. — podemos... Podremos vernos, mis tíos también estarán encantados de hacerlo también.
— ¿Me prometes películas cursis de estas festividades?
— Tu, yo, mis tíos bailando boleros a nuestro alrededor y una pila de películas absurdas de finales felices. — propuso con tino consecuente, tan calmado y dulce como jamás se ha comportado. Lo sabe, sabe que no estoy bien. — ¿Qué dices? Suena tentador.
— Es maravilloso. — concluí, aspirando el clamor de una noche fría y desierta. — el mejor plan para recibir año nuevo.
— Te veo para entonces, Isa. — complacido de nuestro plan rio, escuchando a un lado suyo una voz joven preguntándole si hablaba con su chica, mi amigo lo mando a freír monos. — Lo siento, ese era mi primo Gerardo y... Olvídalo, mejor sigue tu ritual de atascarte de comida te escribiré mas tarde.
— Bien.
— Isabell, — hizo una pausa, escuchándose únicamente su respiración combinada con el ambiente festivo del lugar, desplazando mi quedindo llanto a un lado. — Feliz Navidad.
— Feliz Navidad, Anthony.
Cortamos la llamada e inmediatamente, se desato el huracán de sentimientos explotando desde mi interior hacia fuera, manifestándose desde que di esta noche como un fiasco. Había apostado, una vez más, mi suerte a algo que no puedo ver ni tocar, rogando a funcionar y caerse encima de mí aplastándome de fallar. Pero ocurrió, no solamente estoy herida, igualmente perdida y ahogada en un mar de pesares oscuros. Podría curarme de este mal atacándolo desde la raíz, quemándolo y barriendo sus cenizas, lo malo sería estar incapacitada de lograrlo. Ahora, que sabía el color del amor, el sabor y la sensación no podía desprenderlo de mi ser. Me dolía, ardía tanto que creía estar consumiéndome en vida huyendo de algo que no tiene escapatoria, hundida hasta el cuello de una situación quejumbrosa y desdichada. Me sostuve de la barandilla con ambas manos apretándolas, quejándome y gimiendo agónicamente, sintiendo arderme el pecho lentamente de la desilusión de mis esperanzas. Ni siquiera tuvo la decencia de llamarme, de darme una explicación de lo ocurrido, de porque agarro con manos desnudas mis ilusiones y las arrojo al fuego sin ninguna misericordia. Yo confié en él, le di mi amor, mi querer, las esperanzas que tanto pedí y para qué, únicamente para destruirlas.
Aunque debo de admitir ser también culpa mía, permití que ocurra, le di la libertad absoluta de hacer con mis sentimientos un juego de monopolio absoluto. Donde, claramente, salía perdiendo en todas las contiendas. Hipando, nuevamente mi teléfono vuelve a sonar deteniendo los pasos de mis primas detrás de mí, seguramente luzco demasiado desdichada y patética como para querer rescatarme, si, seguramente. Esta vez, veo el remitente brillando en la pantalla del teléfono y no tarda en atacarme la rabia, la desilusión y la amargura. Es Sebastián, finalmente hacia su aparición tarde, cuatro horas tarde.
Sin más, conteste.
— ¿Isa? — era su voz agitada, afligida y culpable. — Isa, por favor escúchame, puedo explicarlo.
En el pasado, cuando su presencia desapareció completamente de mi vida similar a un soplo de aire invernal, me resigne, adapte cada partícula, cada célula y cada parte de mi cerebro a no verlo nunca más en la vida. Me había alimentado de muchas ilusiones, de memorias compartidas juntos como dos chiquillos complacidos de mantenerse uno junto al otro, felices y sin malas intenciones de por medio. Era la misma razón de comprender no durar esa burbuja para siempre, ser destruida al graduarnos y estudiar en sitios diferentes, tener caminos diferentes. Y sufrí, llore aferrándome a la pierna de mi mamá marcando el final de un amor que jamás pudo ser, ni seria. Pero termine aceptándolo, tarde, cierto, e igualmente lo hice porque la vida es injusta, implacable y dura. Aun así, nada se compara con el presente, en la fría realidad de depositar un grano de confianza y pulverizarlo, siendo desalentado por el mismo Sebastián. Me hubiese dejado sola, me hubiese recalcado estar casado y que lo entendiera de una vez, solo así sería menos doloroso que ahora.
— Isa, por favor...
— Lo hice. — trague en seco, apartando inútilmente las lágrimas de mi rostro siendo atacado nuevamente por más. — te espere pacientemente como me dijiste, cumplí al pie de la letra tu palabra y no apareciste.
— Isa...
— ¿Sabes lo mucho que me costó arreglarme? — aspire mi nariz hablándole irónica, reclamándole su desplante. — escoger el vestido, los zapatos, el peinado, el maquillaje... Cada detalle debía de estar en su lugar. ¡Nada podía fallar! Esta... — mi voz se quebró, saliendo casi igual a un graznido. — esta era mi noche.
— Lo...
— Entonces, espere. — lo interrumpí, aún tenía que escucharme hasta el final. — espere, espere, espere, espere y espere ¡Pero tú nunca apareciste!
— Lo siento, lo siento tanto Isa. — comento quebrándosele la voz igualmente.
— ¿Lo sientes? — le reclame indignada, emergiendo de mis cenas una clase de magia mucho más poderosa que el afamado amor. Era odio. — ¡¿Tu lo sientes?! ¡No me hagas reír! No tienes ni idea lo miserable que YO me siento ahora, para ti es muy fácil llamarme y decirme todo esto. Pero no estás en mi carne, en mi cuerpo... ¡No tienes ni idea de cómo estoy!
— Quería ir, quería escaparnos y vernos. — soltó las palabras atropelladas las unas a las otras, sumando más enojo y dolor en mi alma. — lo juro Isa, quería hacerlo.
— ¿Y es aquí cuando te comprendo? — pregunte rencorosa, no pudiendo evitar hacerlo. — es el momento donde juego al papel de la novia comprensiva, tolerante guardando mi dignidad en el bolsillo y te escucho. De acuerdo, Sebastián, te voy a permitir eso y voy a dejarte hablar. ¿Qué te parece? ¡Es fantástico! ¿O no tienes una cuartada?
— Déjame explicártelo. — suplico. — sé que estas demasiado enojada para escucharme o razonar, pero todo tiene su justificación.
— ¿Destruirme? ¿Burlarte de mí? — enumere con obviedad. — ¡Verdad! Hiciste esas dos cosas y aun tienes el descaro de llamarme, de querer redimirte y salirte con la tuya.
— Isa, por favor se comprensiva...
— ¿Comprensiva? — dolida de su repentino ataque alce la voz, sintiendo cada vez más reducidas las paredes de mi estómago de la acidez. — ¡Maldita sea! ¡Eso es lo que he sido desde empezar a salir contigo! ¿O caso no lo ves? Tus circunstancias, los encontrar pro y los peros... ¡Todo me lo he tragado por ti! ¡Porque te amo! — era indígnate pensar que el mismo caballero de mis memorias, quien me rescato tantas veces en el pasado y sostenía mi mano sin perjuicios estuviera acusándome de esta manera. El dolor pasaba a rabia, ira y rencor. — Incluso cuando planeaste toda esta tontería, estaba siendo comprensiva y objetiva en no poder vernos, en dejarte libre resignadme a estar separados. ¡Fuiste tú quien me cembro la semilla de la esperanza! ¡Quien aplasto mis ilusiones! Yo... Yo está bien... Muy bien con mis antiguos planes pero tu...
— Perdóname, — aprovecho mi punto de quiebre para hablar, exhumar sus pecados y redimirse conmigo. — perdóname por favor hermosa nunca quise hacerte daño, tampoco humillarte o herirte. Solo que Katherin me retuvo toda la noche planeando como ocultarles los regalos a Karla, también llegaron Paola y su novio a visitarnos cuando menos lo espere pasaron las horas y...
— Cállate... — exigí en medio de mi quebranto, frenando un sollozo. — ¡Cállate! De ti solo escucho excusas baratas, diálogos vacíos y palabras sin sentido. Ya no quiero escucharte más me es suficiente, se acabó este tira y encoje entre nosotros Sebastián, no te veo poniendo de tu parte y francamente si este es el inicio no quiero esperar más adelante.
— ¡No! ¡Espera, Isa! — asustando de mi decisión. — ¡no puede ser así, no tiene que ser así!
— Estamos solamente avanzando en círculos, — manifesté finalmente, escuchando como mi pecho daba tumbos ante la agonía de su dueña. — y no es lo que quiero para mí. Puedes seguir inventando excusas, olvidarte de tus promesas y rebuscándote palabras. ¡No me importa! Yo... Tiro la toalla.
— ¡Isa...! — intento pronunciar.
— ¡Adiós!
Pulse el botón de finalizar la llamada, culminando una historia que desde el comienzo jamás tuvo razón de ser. Inmediatamente, los sollozos guardados en mi garganta emergieron como quejidos y gemidos lastimeros, desatándose finalmente en una lluvia torrencial en medio de un día caluroso de sol. Arroje con rabia el teléfono contra el piso, cayendo y haciéndose pedazos junto a los restos que aún quedaban de mi corazón. Deslice mi cuerpo al suelo agotada, exhausta de aparentar una serenidad y calma que jamás he tenido, siendo la verdad estar rota por dentro. Los brazos de mis primas llegaron a envolverme en un caloroso abrazo, hablándome dulcemente de estar bien, que todo estaría bien, el mal cesaría rápidamente y ni me daría cuenta de ello. Pero no las escuche, estaba tan concentrada en las heridas abiertas de mi interior como para fijarme en el mañana, uno donde no estaría unos ojos esmeralda para sostenerme y acobijarme. Resentía tanto su ausencia, me descolocaba que después de luchar por encontrarlo, reunirnos, ser amigos y violar mis principios terminara así. Quizás si estoy siendo irracional, o quizás espere lo justo para mí, como sea aquella noche de navidad se convirtió en la más pesada y tortuosa de todas, una que jamás olvidaría en la vida convirtiéndose en la peor de todas.
El amanecer, aun no se anunciaría.



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